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El fútbol, una metáfora de la vida. Por Aníbal Fernando Bonilla

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Por Aníbal Fernando Bonilla*

El fútbol atrapa el regocijo público. Contiene el gemido de los partidarios predispuestos a romper la armonía dominical y la furia de los cuerpos atléticos derritiéndose ante el efímero éxito.

El fútbol lo conforman jugadores (actores principales), directores y directivos, extras y fanáticos que enloquecen con la singularidad de sus estratagemas. La pelota como instrumento para alcanzar la perfección es diafragma que peligra constantemente ante el estallido en las redes, simuladas telarañas que reposan en el arco y el tapete verde. Hay una confabulación generalizada por el grito colectivo como acto irreverente, como ansiedad de gloria, como espléndida sinfonía de gol.

Los niños (y ahora también las niñas) duermen con el balón, susurran el pase perfecto, sueñan con estadios repletos, compran guantes de guardameta, elaboran arcos ficticios con las prendas de los uniformes escolares. Los jóvenes apuestan el honor, muestran con orgullo pletórico el emblema de su equipo, transpiran con furia la obtención de un resultado favorable.

El fútbol es un rompecabezas que no requiere únicamente de teoría pura, ya que el aparecimiento de genios desbarata cualquier intento técnico previo, ante la demostración pragmática de habilidades suficientes para el deleite de la fanaticada que hierve -a veces de manera literal- en las tribunas. El jugador es un guerrero que se enfrenta sin clemencia con el rival, contando con las armas de la precisión, sagacidad y encanto.

El fútbol es efecto de lo inesperado y lo inverosímil. Las estrategias son meras conjeturas que pueden diferir ostensiblemente de la realidad con la pelota. Es el crack quien delimita el camino al laurel, es el arquero quien detiene la ruta de los ojos encendidos al horizonte.

El fútbol es magia. Y la magia es literatura. Por tanto, su vínculo es cercano a través de autores y de una poética propia. Camilo José Cela, Eduardo Galeano, Adolfo Bioy Casares, Mario Benedetti, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Manuel Vásquez Montalbán, Javier Marías, Juan Villoro, Eduardo Sacheri, Martín Caparrós, Daniel Samper Pizano y muchas plumas más (por supuesto, en otras lenguas) sostuvieron -y siguen sosteniendo- una intrínseca correlación amor-odio con el balompié.

No hay que olvidar que Jean-Paul Sartre, quien calificó al fútbol como metáfora de la vida, fue acérrimo seguidor del Paris Saint Germain (club en donde hoy brilla Lionel Messi). Y, que Albert Camus fue guardameta de un equipo argelino.

 La pelota bendecida

El balón coadyuva al ritual. Ha iniciado el fervor con el ingenio y los pies. El griterío es apenas la advertencia de un desquicio colectivo. Son veintidós quijotes proclives a conquistar la victoria, encaramados por el triunfo momentáneo. La felicidad del aficionado se reproduce en calles y plazas. No importa la etnia, sexo, religión, credo, sino el estremecimiento unívoco por el balón. Y con ello, la emoción del gol.

El estadio es el monumento al derrumbe de multitudes, mansión de los pobres y ricos, monasterio donde evocan plegarias iconoclastas, conjugación de gritos y lágrimas. Los dorsos desnudos se descubren en un intento por develar la máscara posmodernista. Entre el bullicio, mujeres hermosas se contornean al ritmo incontrolable de la seducción.

La cerveza salpica la espuma del descontrol. Las hinchadas con júbilo dedican su bravura al cielo. Es una escena indescriptible. Noventa minutos cuyo oxímoron es el infinito. El tiempo se detiene y a la vez se esfuma, junto con el sonido catalizador de ilusiones. Las banderas flamean como símbolos, como identificación geográfica, como anhelo histórico.

El fútbol, más que un deporte, es arista y complemento identitario. La explosión de la anarquía social se observa desde el tumulto, en las puertas de acceso al estadio. Congrega su atención a todos los estratos sociales, sin reticencias. La jugada perfecta es el simulacro del festejo multitudinario. Esas veintidós máquinas humanas juegan por similares objetivos, reteniendo el aliento de la fanaticada. El césped tiene el color de la esperanza. Acoge con dureza a los gladiadores que, asentados en sus raíces, enaltecen la dignidad de sus camisetas.

El sujeto de vestimenta distinta a la de los dos equipos es un juez que vigila lo incontenible y detiene lo inimaginable. Su prestigio se desmorona de súbito ante la reacción e insubordinación de los espectadores. Está pendiente de la falta irrefrenable, de lo que no alcanza la mirada del aficionado, de la jugada que puede cambiar el futuro.

El Mundial de Fútbol es la máxima expresión de este deporte que alimenta los sentimientos populares (en esta cita de la pelota, se derivan -por supuesto- intereses económicos lucrativos y hasta políticos). Cada partido trae nerviosismo. Un tiro de esquina es el camino posible a la meta trazada. Un penal es la puerta abierta para el grito y cántico de la masa enardecida. Los segundos transcurren y la angustia se desborda en los graderíos delirantes.

El pitazo final inclina la mirada de los perdedores y ahuyenta la tensión de los triunfadores. El templo va quedando vacío.  Culmina la alegría fugaz de la metáfora de la vida.

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*Aníbal Fernando Bonilla, (Otavalo, 1976). Poeta. Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana en la UNIR. Licenciado en Comunicación Social. Fue articulista de diario El Telégrafo entre 2010 y 2016 y hoy es columnista de El Mercurio de Cuenca. Textos suyos han sido incluidos en la revista digital venezolana Letralia. Autor de Gozo de madrugada (2014), Tránsito y fulgor del barro (finalista del Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2018) e Íntimos fragmentos (2019), así como la recopilación de artículos de opinión en ConTextos (2009), y Evocación de la tierra habitada (2011, 2014). Ha participado en eventos de carácter literario, cultural y político en España, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Cuba, Bolivia y Colombia.

 

 

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