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 Por Cristóbal Zapata *

 

EL RETORNO

¡Oh dulces prendas, por mí mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería,

juntas estáis en la memoria mía,

y con ella en mi muerte conjuradas!

GARCILASO DE LA VEGA, “Soneto X”

(A mi madre)

 

 

Desde que recuerda, Augusto vivía con sus padres en esa casita de una sola planta, muy cerca del río exiguo y turbio que bordea el pueblo –casi siempre el río, o riachuelo, tenía esa coloración del chocolate de hoja diluido en agua que sus tías solían ofrecerle cuando iba de visita–. Como muchas viviendas del lugar, la suya gozaba de un portal conseguido gracias a los pilares de madera siempre angostos que antecedían la puerta de entrada, y sobre los cuales reposaban los aleros o se erguía un segundo piso apagado y austero. Con frecuencia, solo un par de ventanas dispuestas a exagerada distancia una de otra salvaban a las fachadas de la monoto­nía de sus muros calizos y ciegos; otras veces –como la casa de las tías–, tal cual su alarife hubiera concebido la galería de un teatro, las habían exornado con ventanales, balcones y balconcillos, detrás de los cuales, cada tarde, las mujeres se apostaban para asistir al único espectáculo que ofrecían las vacías calles del pueblo: el lento e ininte­rrumpido despliegue del tiempo.

 

Los cambios eran más visibles en los interiores. Mientras el elemental diseño y disposición de las habitaciones –arrimadas en hi­lera, sin comunicación entre ellas– recordaba las celdas de un monas­terio, cuyas puertas daban a los bordillos del patio, o al pasillo en el segundo piso; los huertos desconocían todo orden y geome­tría. Una vez abierto el cancel, en las casas más viejas podía encon­trarse una desbordante vegetación, y más allá los umbrosos patios, guarnecidos por gladiolos y crisantemos.

 

Pero Fortuna, que solo existe para sus cinco mil almas, apenas sería una ocurrencia topo­nímica –tan afortunada como irónica– que hace sonreír a los viajeros que por las ventanas de los autos alcanzan a leer su nombre en los rótu­los de piedra dispuestos por el Concejo Cantonal a la entrada y sa­lida del pueblo (“Bienvenidos a Fortuna”;  “Fortuna les augura un feliz viaje y pronto retorno”), si en su montaña más alta el peregrino no advirtiera la inmensa cúpula del Santuario, ese cono celeste que se erige contra las nubes coronando la extensión metafísica del firmamento.

 

Si el turista, por curiosidad o devoción, desvía su camino para conocer el Santuario del Rocío, al que la gente del pueblo llama “la gruta” –subrayando, sin saberlo, su aspecto gótico–, con­forme ascienda por sus enrevesadas escalinatas de piedra, sentirá, a cada paso que dé, un profundo vértigo que le llevará a aferrarse a sus balaustres. El vértigo se apaciguará cuando por fin haya arribado a la capilla y se encuentre con ese silencio compacto que parece haber sido modelado por el rigor de sus naves y muros de roca viva, por sus arcos y columnas de granito, envolviendo por igual las sillas, los lustrosos confesio­narios de cedro apostados en las naves laterales, el órgano replegado en la navecilla central y pro­tegido por un manto siena –el mismo que ha sido empleado en las cortinas de los confesionarios, y al cual el paciente trabajo del polvo ha dado un nuevo espesor–; la inmensa araña de cristal que pende de la cúpula, y cuya suspensión sobre el transpeto ha sido reforzada –como si del mástil de un barco se tratara– con amarras de metal atadas al balcón del coro; la mesa eucarística sobre la que reposan algunos utensilios litúrgicos, todos lisos y dorados: un cáliz cu­bierto con la patena, un copón, y hacia el extremo, al alcance de la diestra del sacerdote, una campanilla. Por fin, al fondo, en el centro del altar, entre los pliegues de la roca constelada de estrellas doradas, ence­rrada en una cápsula de cristal, verá a quien un remoto día fue la causa de todo este ampuloso despliegue arquitectónico y esceno­grá­fico: la Virgen del Rocío, diminuta madona, policromada muñequita de porcelana.

 

Como para tantos otros habitantes del pueblo, por su enrevesada y caprichosa arquitectura, como por su ubicación y su imponente presencia, la gruta se convertirá para Augusto en una especie de figura totémica, ya protectora o intimidante, que se imponía desde las alturas con su cúpula celeste y su repertorio musical. Pues, temprano en la mañana el administrador del santuario –el mismo hombre grueso y bonachón que en las tardes regentaba la cantina del pueblo, como un ser bifronte que encarnara por sí solo los dominios sagrados y profanos– programaba una miscelánea audición emitida por dos altavoces dispuestos en la punta de la torre y cuyo ámbito sonoro cubría todo el radio geográfico de la comarca. Así descubrió y se enamoró de Los Beatles, así –a golpe de cíclicas repeticiones– aprendió de memoria las baladas de Camilo Sesto, Julio Iglesias, Roberto Carlos, José José, Leonardo Favio o El Puma, efusivos intérpretes de la pasión amorosa cuya cátedra sentimental lo despertaría tantos días de su infancia y adolescencia embargándolo de una emoción que aún perdura.

 

Solo muchos años después, cuando lea las hermosas líneas de Fulcanelli sobre las catedrales góticas comprenderá ese éxtasis, esa atracción que puede suscitar en el alma de un niño el encuentro con esta arquitectura espléndida y arcana que revisitará con frecuencia en los sueños de la vida adulta, y a la que volverá ocasionalmente en una especie de peregrinaje personal y solitario.

 

Desde el balcón que rodea la capilla de la gruta se puede ver el pequeño desfile de casas que conforman el pueblo: animal inverte­brado, mo­lusco de tierra donde sobresalen el estadio, la plaza central, y, junto a ella, la torre de la iglesia nueva, aquel anodino edificio de hormigón cuyo campanario gobierna hasta hoy el tiempo y los quehaceres cotidianos. Pero desde el balcón, con un poco de esfuerzo, también puede distinguirse la casita –ahora pintada de un verde pastel– donde Augusto vivió los primeros años de su infancia; el domicilio que va a dejar de repente, una fría mañana de julio de 1974.

 

***

 

Ese día va a cambiar tu vida. Ese día en Fortuna lo recuerdas paso a paso. Como casi todos los días de vacaciones, has ido temprano a la casa de tus abuelos y tus tías solteronas, esa vieja construcción de dos plantas hecha de bahareque que en las noches expedía un pesado aroma a humedad mientras alrededor las ranas croaban hasta el amanecer de manera que se tenía la sensación de vivir en mitad de un charco.

 

Hacia las diez de la mañana, cuando sabías que además de la empleada solo quedaban los abuelos –pues las tías estaban en sus trabajos–, has subido hasta el corredor de la segunda planta, donde se suceden de izquierda a derecha: el dormitorio de los abuelos, el de las tías Irene y Eugenia, y el cuarto de la tía Patricia, la más joven de las tres. Aunque no hay nadie alrededor, te diriges sigilosamente a la última habitación, pues has concebido tu plan y te aprestas a realizarlo: sabes, porque la has visto depositarlo allí, que en el primer cajón de su cómoda Patricia guarda un monedero. Hace algún tiempo te has obstinado por tener en tus manos un chocolate Crunch de Nestlé, cuya envoltura azul lapislázuli y su rótulo de un rojo carmesí te atrae de un modo irracional. Quieres conseguir el dinero para comprarlo, pero quizá el dinero es un mero pretexto, pues podrías pedírselo a tus padres; lo que realmente te impele a cometer el acto es un poderoso arrebato delictivo, una atracción precoz por lo prohibido. Entonces abres el cajón lentamente para evitar cualquier chirrido delator que pueda emitir el mueble, y cuando lo consigues te encuentras estupefacto ante un verdadero paisaje de algodón y de seda hecho de calzones, enaguas y sostenes perfectamente apilados, de manera que las copas de los brasieres dispuestos a intervalos te parecen las siluetas de las dunas sobre la playa, una imagen que conoces por una fotografía que tu padre ha colgado en la sala de la casa. Sientes, además, que las prendas emiten un punzante aroma, una fragancia al mismo tiempo ácida y dulce, vegetal y animal, que te recuerda el cuerpo de tus propias tías las veces que has dormido a su lado, o el de tus primas mayores cuando te han consentido en sus camas. Eres todavía un niño pequeño que las mujeres consideran inocente e inofensivo. Extasiado ante el espectáculo de las piezas femeninas por un momento pareces haber olvidado tu objetivo, o haberlo desviado. Pero no tardas en recordarlo y tu mano tierna se lanza a buscar el monedero hurgando suavemente por debajo de la lencería blanca y cremosa como si la hundieras en la intimidad de un cuerpo dormido, tratando de no despertarlo, de no dañar el meticuloso orden impuesto al conjunto. Pronto das con una pequeña chauchera de cuero, pero al abrirla te aguarda una nueva sorpresa, no hay monedas sino apenas un billete de cien sucres, una cantidad exorbitante para satisfacer tu pueril requerimiento.

 

Por unos segundos vacilas ante el billete, dudas en hacerlo tuyo, miras por la ventana que da al pasillo para verificar que nadie te ve y al fin lo guardas en el bolsillo del pantalón. Cumplido tu propósito, antes de cerrar el cajón te sientes tentado a tomar una de las bragas como si te dieras un premio o una recompensa adicional. De la resplandeciente columna de prendas tomas la que está encima, la más menuda de todas, la despliegas ante tus ojos y la llevas a la nariz, oliéndola intensamente, como si tu olfato tasara o verificara el valor del trofeo. El aroma te seduce de un modo irresistible, estrujas la prenda, la empuñas y la depositas en el bolsillo de la chaqueta. En un impulso hipertélico has ido más allá de tu finalidad, has rebasado tu objetivo. Entonces te apresuras a cerrar el cajón y a dejar el cuarto.

 

Sin saberlo, has cometido tu primer acto de fetichismo, has estrenado tu identidad. En el futuro serás un niño, un joven y un adulto fascinado por los fragmentos del mundo material, por ciertos retazos del mundo sensible, por los indicios y rastros del cuerpo femenino. Serás, a tu modo, un voyeur, un erotómano, un estilista.

 

Excitado y nervioso te encaminas automáticamente a la tienda más lejana de la casa, donde apenas te conocen, convencido quizá de que allí la transacción comercial que vas a llevar a cabo estará fuera de sospecha. Así ocurre, pides una tableta de Crunch y la pagas con el billete de cien sucres. La vieja dueña de la tienda abre los ojos sorprendida y refunfuña considerando que el costo del chocolate no se compadece con el valor del billete pero se resigna y te da el cambio, un puñado de sueltos y papeles moneda que parecen multiplicar el volumen de la falta. En el menudo bolsillo de tu pantalón, el peso de cada real, de cada centavo, de cada sucre parece aumentar el peso de tu mala conciencia.

 

Cumplido tu propósito ahora sientes la imperiosa necesidad de protegerte, de ponerte a salvo de la mirada de los otros que te juzgan y condenan. Ya eres sartreano antes de leer al primer filósofo que adoptarás cuando empiecen tus lecturas: el infierno son los otros. Rápidamente resuelves dirigirte a un recodo del parque central, aquella depresión de tierra que conoces bien, donde hay una suerte de resbaladera de cemento por la que a veces deslizas tu cuerpo cuando te diriges a casa, como si introdujeras un evento lúdico en medio del trajín cotidiano. Se trata de un lugar abandonado, libre de transeúntes la mayor parte del tiempo. Es allí donde te instalas y te dispones a disfrutar de los botines de esta batalla que has librado contigo mismo.

 

Hete aquí en un momento crucial de tu vida: tienes en tus manos las cosas que te harán feliz en adelante: los colores, el sabor del chocolate, el perfume íntimo del cuerpo femenino. ¡Goza, goza el color, la luz, el oro!

 

El rito empieza por el Crunch: miras deslumbrado como si se tratara de una miniatura flamenca el contraste de los colores y lentamente desenrollas la envoltura de la barra, procurando no arrugarla ni dañar sus pliegues para enseguida guardarla celosamente en el bolsillo de tu chaqueta. Luego te quedas con el chocolate en las manos, y empiezas a paladearlo con fruición, saboreando sus ingredientes: la leche y los cereales tostados. Abandonado a tu placer todo a tu alrededor crepita, tu cuerpo se llena de sonido y de sentido. Ese deleite –lo descubrirás mucho tiempo después– incluye el gozo verbal, la onomatopeya del término, el crujido que entraña. De vez en cuando, mientras disfrutas del chocolate extraes la prenda que te quema en el bolsillo de la chaqueta y la hueles embriagado, como si aprehendieses el cuerpo de tu madre, de tus tías, de tus primas, como si hicieras tuya esa hendidura pilosa que has entrevisto deslumbrado en las alcobas femeninas. Sospechas que el mundo empieza y termina allí, en esa flagrante abertura de las mujeres. Por ahora, todo pasa por tu cuerpo, sabes por primera vez que el universo es tu organismo, una turbulenta constelación de sensaciones y deseos.

 

En medio de ese arrobo, de ese estado de gracia, ocurre lo inesperado: el chico que cada mañana trae a casa de tus padres la leche en una cantarilla de aluminio, aparece de repente y sus ojos se iluminan cuando se encuentra contigo: “Niño, qué hace aquí, sus padres le están buscando, se están yendo a vivir en Convención. Vaya corriendo a la casa”. Y vos, completamente perplejo, sin entender muy bien su exhortación, sientes que ese intruso que ha quebrado bruscamente ese pequeño limbo en el que te hallabas inmerso te ha ofrecido un salvoconducto, ha venido a redimirte de tu culpa.

 

Es cerca de la una de tarde, corres a casa, presientes que puedes escabullirte del juicio y del castigo. Cuando llegas te encuentras con un inmenso camión de mudanza donde han arrimado camas, mesas, veladores, repisas; todo aquello que hasta esa mañana constituía tu cosmos doméstico. Distraído en otras cosas, nunca te habías enterado de los planes de tus padres, o ellos no te habían contado, al fin y al cabo, eres todavía un mocoso que no tiene ninguna participación en las decisiones familiares. Desde el portal de la casa miras la sala vacía: ha desaparecido el tocadiscos donde tu padre escuchaba los elepés del Festival de San Remo, de Mona Bell, de Eydie Gormé y Claudia de Colombia; ya no está la televisión donde veías con la familia las novelas venezolanas y mexicanas. Cuando ingresas constatas que nada queda en los dormitorios ni en la cocina; nada en el patio y el huerto del fondo donde hasta ayer jugabas con tus hermanos. Todo ha sido vaciado, arrasado, y aunque esa repentina mutación de lo que hasta este momento ha sido tu hogar te produce una honda desazón, sientes al mismo tiempo un alivio profundo.

 

Escuchas que el camión hará una parada en la casa de las tías para despedirse de ellas y de los abuelos, y no dudas en esconderte en el balde del vehículo, entre los muebles, las repisas y los colchones que arrojan un pútrido olor a orines. Cuando, pocos minutos después, llegan hasta allí te arrebujas en los huecos que dejan los bártulos apilados y simulas dormir.

 

Así fue tu último día en Fortuna, el reino del juego y del azar, la patria materna, la patria frugal y rústica en la que has vivido los primeros seis años de tu vida. Ese lugar donde tantas veces te sentiste amado y feliz, y que ahora dejas como un villano, como un prófugo; con las pruebas del delito ardiéndote en las manos.

 

***

 

Transterrado de improviso, he vuelto a mi ciudad natal, pues cada vez que mi madre estaba a punto de parir, mi padre la trasladaba oportunamente a Convención para evitar que sus hijos nacieran en un sitio tan insignificante como Fortuna, convencido de que el lugar de nacimiento otorgaba o restaba de antemano una especie de crédito o prestigio biográfico. Aquí había nacido el 22 de enero de 1968, en una habitación esquinera en la segunda planta del Hospital Militar, un cuarto que mira de frente al Matador, el río cardinal de la ciudad.

 

De la mano de mi madre ya había conocido la ciudad anteriormente. Recuerdo con nitidez los traslados en los pequeños autobuses que cubrían la ruta Fortuna-Entrepuentes-Convención, viajes que podían durar cerca de dos horas y que para mí importaban el encuentro con la naturaleza; una especie de intimidad con el paisaje andino. El itinerario con mi madre solía tener tres paradas: el consultorio del primo dentista dominado por un inmenso acuario de pececillos tornasolados, cuya contemplación me ayudaba a soportar los tormentos del taladro; una antigua casa del centro donde nos recibían unas viejas dadivosas y locuaces que nos ofrecían té y bizcotelas, y las visitas a La Colmena donde la fragancia femenina, ovular, del pan caliente se confundía con el aroma cítrico de los helados de naranjilla. Ya era proclive a las figuras dialécticas del barroco, a los deleites semánticos de la antítesis donde el fuego y el hielo se funden. Allí, instauro con mi madre un pacto indestructible sellado con los arabescos de la repostería y de los fastuosos helados de copa, torres multicolores embadurnadas de miel que para el niño rural significaban el atisbo de otro mundo, la promesa del paraíso.

 

Ahora, en el retorno definitivo, voy a vivir con mi familia en el quinto piso de un flamante edificio levantado por un próspero comerciante de café, que usa la planta baja como almacén, de modo que vivimos traspasados por su punzante aroma. El inmueble da frente al mercado 10 de Agosto, otro depósito de fragancias y sabores deliciosos o nauseabundos. Algunas veces, en la noche, salgo con mi hermano mayor y la empleada a corretear por el pasaje que circunvala el edificio, cuyas veredas expiden un agrio olor a frutas y verduras descompuestas. Mientras todos duermen en una ciudad de hábitos conventuales, nosotros jugamos como si fuéramos los dueños de la urbe y de la noche. Vivimos la ciudad con el impulso dionisíaco y arcádico que traemos del campo.

 

Con mi hermano vamos a asistir a la más prestigiosa escuela fiscal de la ciudad –un edificio neoclásico de dos plantas, construido en 1933 por Luis Lupercio, el arquitecto autodidacta–. En esta escuela regida por un cejijunto y severo director haré mis primeras amistades. Ya en Fortuna, en el instituto conducido por mi madre, había aprendido a leer y escribir, pero no entendí nunca las multiplicaciones ni las divisiones. Así que a poco de empezar el ciclo escolar como estudiante de segundo grado, mi deficiente rendimiento en matemáticas obligará a los maestros y directivos a descenderme de grado. “Degradado”, es la primera vez que experimento cierto sentimiento de humillación, pero supero pronto el trauma porque escucho a la profesora decirle a mi madre que sé leer muy bien. No recuerdo cuándo y cómo aprendí a leer en medio del permisivo régimen escolar materno; recuerdo con mayor claridad los ejercicios iniciales de escritura, los cuadernos interlineados de caligrafía donde con letra imprenta y manuscrita debía copiar frases como “La mula sale a la loma”; “Luisa asea la sala” o “Lola pela la papa”, aliteraciones infantiles que encontraba al mismo tiempo fascinantes y misteriosas, y que acaso constituyeron el primer llamado de la lengua, incapaz de sospechar aún que la poesía es la aritmética de las palabras.

 

Pero la revelación de la ciudad no me aguardaba en las aulas sino en las salas de cine. Mi padre, cinéfilo empedernido, nos introducirá en ese reino ilusorio donde las sombras y los espectros del celuloide se erigían como la realidad verdadera y perfecta. Cada fin de semana el padre acude a la cartelera cinematográfica que trae el diario con el fin de establecer la programación adecuada para sus hijos. Elegida la película deposita en las manos de mi hermano el dinero para pagar las entradas y las golosinas. Todas las salas están cerca de casa, dentro de ese perímetro que más tarde se llamará –con unas mayúsculas acaso excesivas– “Centro Histórico”, donde ya hemos aprendido a movernos con cierta prestancia. Vemos Le Ballon rouge en el Teatro Alhambra; Mary Poppins en el Municipal, El libro de la selva en el Edén. Poco después asistiré a la proyección de varios hitos del cine musical de los setenta, entre ellos, Saturday Night Fever y Grease, donde el auditorio zapateaba al ritmo de las canciones y en la emoción del baile que transcurría en la pantalla –ya perdidos los límites entre la realidad y la ficción– los hombres no temían manosear a las mujeres que tenían a su lado o se dirigían al baño por los estrechos callejones de la platea, de modo que las sesiones de cine estaban a punto de convertirse en una especie de carnaval expandido.

 

Lo que guardaba de todo aquel fervor cinematográfico era un cúmulo de imágenes que empezaré a trasladar al dibujo, elaborando en hojas de papel bond una suerte de películas a semejanza de los rollos de celuloide que había entrevisto en las cabinas de cine: con la delicadeza de un miniaturista medieval, asistido de lápices de colores me pondré a reconstruir de memoria los pasajes que recordaba para confeccionar mi propia versión del filme, como si elaborara una antología personal de fotogramas. Recuerdo, entre esos ejercicios, la traducción plástica de King Kong: me había enamorado de Jessica Lange y de su romance postrero con el gorila; además, estaba deslumbrado con la vertiginosa arquitectura de Nueva York. Seguía obsesionado con el color, pero ahora había contraído la fascinación por el movimiento y las formas, por el cuerpo femenino.

 

Los fines de semana, o durante las vacaciones, no he dejado de volver a Fortuna. En uno de esos viajes ocurrirá un encuentro decisivo. En el barrio de las tías vive con su familia un adolescente retraído, que todos juzgan extraño y loco, dedicado a experimentar con cualquier objeto que tiene a su lado. Le llaman, socarronamente, El Científico, y es un curtido lector de manuales tecnológicos e instructivos mecánicos que han llegado fortuitamente a este remoto perímetro.

 

Un mañana El Científico me lleva a su casa y entre otros ensayos y artefactos me enseña su proyector de cine. Se trata de una rústica caja de cartón en una de cuyas tapas ha hecho un orifico circular donde ha insertado un lente de aumento, y ha quitado la tapa del frente para introducir una linterna; entre los dos huecos, en las paredes laterales de ese recipiente de cartón ha tallado unas ranuras por las que hace pasar fragmentos de celuloide que ha conseguido negociando con los proyeccionistas del cine de Entrepuentes, el pueblo adyacente a Fortuna.

 

Al niño cinéfilo, El Científico acaba de descubrirle una posibilidad de extender sus placeres y sus juegos solitarios en la ciudad nueva y todavía extraña. De vuelta a Convención me dedico a fabricar mi propio proyector, y no tardo en descubrir una excitante fuente de abastecimiento de “filminas” –que es como El Científico llama a los fragmentos de celuloide que ha recopilado…

 

De manera casual, un día que salgo de casa, sobre las cinco de la tarde, encuentro en la vereda del Cine Doré algunos pedazos de película que se han roto durante la proyección y que el operador –cuya cabina se encuentra al borde de la acera– no ha dudado en tirarlos por la lucerna que servía para alumbrar y ventilar la diminuta casilla. Fundado en 1955 por la célebre Lucía del Pilar y su esposo, el Doré fue en sus inicios una sala dedicada al cine- arte y al cine de autor (los viejos habitúes de entonces aún recuerdan haber visto en los años dorados del lugar El silencio de Bergman, Sin aliento de Godard, Cul de sac de Polanski, Besos robados de Truffaut), y que pasado el tiempo devino en el primer espacio dedicado al cine para adultos en Convención, convirtiéndose en una especie de infierno temido y deseado: películas X escandinavas, soft porn americano, italiano y francés conformaron la programación del lugar hasta su extinción en 1984. Fue alguno de esos fotogramas el que cayó en mis manos esa tarde: el primer plano de un hermoso vientre femenino, bronceado por el sol Báltico o Mediterráneo, en medio de un claroscuro caravaggesco, sobre el que destacaba el perfecto triángulo del pubis, y debajo del cual el subtítulo rezaba: “Esa mancha obscura que me atrae”, una frase que no olvidaría jamás, como las palabras inaugurales de una plegaria.

 

Sospeché que el proyeccionista tenía el hábito de lanzar a la calle esos trozos de celuloide, y una vez que verifiqué la hora del hallazgo, durante varias semanas me convertí en un asiduo y prolífico recolector de fotogramas hasta el momento en que el proyeccionista salió de su cueva a fumar un cigarrillo y me sorprendió in franganti, ahuyentándome a carajazos del lugar.

 

No volví al sitio, pero para entonces ya había acumulado un ingente repertorio de filminas que sumadas a las que me había regalado El Científico conformaban un delirante mosaico cinematográfico donde alternaba el blanco y negro con el tecnicolor, los planos interiores con los exteriores, las tomas diurnas y nocturnas. Esto es, grosso modo, lo que tenía entre manos: planos generales de campos de batalla invadidos de humo y sangre; ciudades en escombros; tomas anodinas de carreteras; diligencias, indios y cowboys del Lejano Oeste; atardeceres portuarios; paisajes alpinos y desérticos; edificios siniestrados; accidentes automovilísticos; el fuselaje de un avión en medio de la selva; un hombre con túnica y gorro leyendo un volumen del Decamerón en el interior de un gabinete medieval; un chico de belleza angelical, con un traje marinero, sentado en  la mesa de un exquisito comedor; la cuerda de un cuadrilátero donde gotea una mancha de sangre fresca; una mujer con sombrero, reclinada sobre el sepulcro de un cardenal; un hombre blandiendo ante otro una braga blanca en medio de un galpón; un helicóptero transportando una estatua de Cristo por un cielo despejado y brillante; un niño tendido en el tejado de una abadía, en medio de un cúmulo de manuscritos abiertos; un encapuchado, con guantes negros, arrancando el pedazo de un caballo muerto en la calle; un muchacho lamiendo el rostro de una mujer madura; una mano tomando un ejemplar de Les affinités électives; un hombre cosiendo un vestido rojo de percal en una habitación desordenada; una pira de colchones en mitad de un patio alborotado; dos hombres y una muchacha corriendo por los pasillos de un museo; un fonógrafo en el techo de un barco que navega entre la jungla; un hombre sucio y desgarbado, de aspecto oriental, copulando una loba blanca en la noche; una fachada neocolonial en una mañana soleada, encima de cuyo frontis se lee “El Macondo Apartments”… Sin proponerme, con el ímpetu del coleccionista, había urdido mi Aleph: un espacio donde confluían todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

Ahora, el desafío estaba en combinar diez o doce de esas imágenes para hacer mi propio microfilme, para construir un relato verosímil que proyectaría y relataría a mis hermanos en la penumbra del dormitorio que compartíamos, improvisando mi historia con una suerte de voz en off. Así, una vez que he juntado con cinta Scotch esos heterogéneos retazos de la tragicomedia humana, estoy presto a iniciarme en el arte de contar.

 

–¡Que empiece la función! –prorrumpe impaciente mi hermana menor, sentada junto a mi hermano en los cojines que hemos dispuesto sobre el piso.

 

Entonces oprimo el interruptor de la luz para crear la oscuridad propicia.

 

«Retorno», de Lecciones de abismo

Editorial La Caída, 2019

 

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*Cristóbal Zapata nació en Cuenca, en 1968. Escritor, editor y curador. Ha publicado los poemarios Corona de cuerpos (1992), Te perderá la carne (1999 y 2013), Baja noche (2000), No hay naves para Lesbos (2004), Jardín de arena (2009), La miel de la higuera (2012) y los libros de cuento El pan y la carne (2007 y 2013), Premio Nacional de Cuento Joaquín Gallegos Lara del Municipio de Quito, y Lecciones de abismo (2019). En 2015, la editorial Renacimiento de España publicó su antología personal El habla del cuerpo. Sus textos constan en selecciones de poesía, cuento y ensayo ecuatorianos. Actualmente es Profesor Honorario de la Universidad del Azuay.

*Para adquirir Lecciones de abismo puedes contactar con Editorial La Caída en sus redes sociales, tanto en Facebook como en Instagram.

 

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Comment (1)

  1. Nancy Carrillo

    29 Nov 2022

    Me encantó, se adivinan los lugares porque están descritos con la precisión del lenguaje literario.

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