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«Quiero preguntarle a todos
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Rupi Kaur

He vivido durante quince años serpenteándome en el porcelanato de una mansión llena de servidumbre encubridora, deshabitada de calor paternal, en carreteras abrasadoras, zigzagueándome en la tierra que intentó cubrir el accidente que sufrió mamá y en la rampa plástica que se dirigía hacia la habitación perteneciente a papi.

Este cuerpo engatusador e incomunicado. Aquel armazón áureo y resplandeciente que era desplazado a diario en una silla de ruedas ya que mis piernas evaporadas y caderas inamovibles recordaban que era incapaz de valerme por mí misma. Soy esa armadura tostada y castigadora tan semejante a papi y extremadamente disímil a los días más prósperos de Carolina Seminario Arosemena, mi madre.

Mamá era empresaria cacaotera de fino aroma. Formó esa idea luego haberse criado entre callejones de árboles de teca, madera de color marrón dorado intenso, sin imaginarse que esos arbustos nobles luego de haberla visto crecer, serían testigos de su propia muerte.

La Hacienda Guayas & Quil fue su lugar de acogida y aprendizaje en donde el clima cálido, húmedo y seco de Milagro, su ciudad natal, la ayudó a estar en contacto con la naturaleza, disfrutando del verano, bañándose en el río que solía ser de diferentes tonos: ambarino, verdemar y azul. Rodeada de sombreros de ala larga, protegiéndose del lodo con botas de plástico y de los mosquitos e insectos con camisas de manga larga cerrada hasta el puño, aprendiendo al observar cómo un grano de cacao se transforma en una excelente pasta de chocolate y luego de ello se convertiría en una barra de dulce temperado.

Mamá buscó inspirarse en el olor amargo y fragante de la almendra del cacao que percibió desde niña. Desde un principio, quiso entregar un precio justo a los agricultores y brindar conocimientos acerca del manejo y cuidado de la tierra y creó las barras de chocolate Guayas & Quil. El perverso manjar de los dioses atraería en forma de hongo a papi, regocijándose de los frutos que él de ningún modo se dignó sembrar.

Papi se presentó como un hombre encantador, de gran sonrisa, piel dorada, cabello rizado, mirada enigmática y argumentos convincentes. Bernardo Farah conquistó a mamá enmascarándose de inversionista, endeudándose con dinero del cual él no gozaba y robando ideas a la competencia.

En seis meses, papi incorporó nuevos sabores a la marca. Pitahaya, maracuyá y granadilla, logrando exportar a países como Qatar, Alemania, Indonesia. Le demostró a mamá lo hábil que era en los negocios y las argucias para sustraer los derechos a emprendimientos, malversando las tarjetas de crédito sin fondo, adquiriendo una mansión en el Buijo histórico, decorándola con cuadros del Génesis, presagiando que Sodoma y Gomorra estarían presentes en la familia Farah Seminario.

El enlace resistió seis años. Media docena de infidelidades, alaridos y contusiones. Cuentas bancarias sin registros de ingresos, barras de chocolate en Islandia. Mi nacimiento no calmó las molestias, solo derivó a que ese vínculo Electra y Agamenón se fortalezca.

Lloraba con desconsuelo cada vez que Bernardo se iba de viaje. Me colocaba siempre en medio de papi y mamá para alejarla de él. Le pedía a la ama de llaves que buscara los vestidos más lindos para verme guapa cuando Bernardo llegase. En mi imaginación soñaba, a los cuatro años, que mamá podría desaparecer y dejarme el camino libre. Esa fantasía de la primera infancia, se convirtió en inevitable realidad.

Papi y mamá vociferaban a diario. Acertaban a darse mutuamente porrazos en cualquier sitio, sin importar quién saliera lastimado. Viajábamos en el auto a la hacienda a catar la nueva producción de chocolate y girasoles. Bernardo y Carolina querellaban por los altos egresos en la cuenta compartida entre los esposos. Papi iba a 80 kms/h. Fue un impacto frontal contra el árbol de teca. Mamá iba de copiloto, sin cinturón de seguridad. Su cabeza golpeó contra el cuerpo y un movimiento brusco le provocó de inmediato la muerte.

Mi cuerpo, que viajaba en el asiento trasero, voló por los aires. El color rojo del Toyota Camry convertible de papi se mezcló con la sangre de mamá, cuyo cuerpo quedó cubierto por el lodo. Papi intentó levantarme del polvo. Fue el primer beso en los labios que recibí. Tenía cinco años.

A partir de aquel accidente mi cuerpo se elevó al firmamento y cayó tullido en los brazos de Bernardo. Papi se responsabilizó de mis piernas lisiadas, corazón enmarañado y una mente ininteligible. Anhelaba ser la versión no litúrgica de Lot y sus hijas, repoblar el linaje Farah Seminario.

Desde tierna edad entendí el significado de complacer. El sí estaba tatuado en mi boca y en la vulva que papi empezó a explorar con ternura encima de su escritorio de guayacán, en la tina de hidromasajes que compartíamos de la mansión o frente a la empacadora de chocolate Guayas & Quil. Los empleados y agricultores percibían nuestro profundo amor, pero callaban por temor.

Luego de la muerte de mamá, Bernardo resolvió modificar la fortaleza con desniveles verticales para mayor movilidad y pudiese recibir educación y terapia dentro de la mansión. Entretanto, despedía agricultores y contrataba a sus hijos, niños de mi edad en la producción de cacao, porque los consideraba mano de obra más barata.

Papi sentaba mis piernas inútiles en su ingle, rozaba sus manos en esos muslos imposibilitados, besaba lentamente mi cuello escuchando «Baby Shark» mientras ordenaba por el celular, al cual no tenía acceso, derrumbar el cemento de las letrinas y desarrollar un kilómetro de ciclovía en la finca como atracción turística.

Era el príncipe que me entrenaba en equinoterapia para cabalgarme en la noche.

Era el soberano que había llegado a posesionar Guayas & Quil en Australia tocando la marimba como baile tradicional, descartando el servicio de energía eléctrica a los campesinos en sus chozas para asegurar las ocho horas de sueño.

Bernardo desconocía que era mi cristal e iba a reflejar la totalidad de luz y sombra que recibía.

Las revistas del corazón se filtraban bajo el portón principal de la residencia, eran mi acceso a la realidad. El semanario informaba sobre los acuerdos rimbombantes que pregonaban amor e interés. Papi se encontraba en la mitad del magazine, anunciando su pronto convenio con la marca Marivel, revelando su compromiso matrimonial. El viudo de la pepa de oro desposaría a una mujer idéntica a mamá, a una mujer que no sería yo.

Papi continuaba llenando estantes en los supermercados, implementando sabores, colmando de esperma mi monte de Venus, eliminando el seguro social a quienes sufrían accidentes laborales, todo en absoluto recato y paciencia.

El enlace fue programado el sábado 15 de junio, rememorando el aniversario de luto por mamá. Papi bajó de su habitación luego de arroparme bajo su manto carnal, engalanado con un smoking negro un espejo que se rompería por sí mismo.

Bernardo salió de la residencia rumbo a la Iglesia Santa Teresita en Entre Ríos, donde lo esperaría el remedo de calco de mamá. En medio de la vía, lo esperaban los cultivadores desahuciados, a quienes había eliminado sus beneficios y servicios básicos. Los machetes iluminaban la carretera. Las hojas de acero detuvieron el auto, sacaron de allí a papi, le gritaron y torturaron por lo que hizo con ellos y cortaron en pedacitos el cuerpo que tantas noches juró ser solo mío para siempre.

___________________________________

*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021) y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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