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«El suicidio: la devastadora consecuencia de un tabú», por María Dolores Cabrera

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«El suicidio: la devastadora consecuencia de un tabú», por María Dolores Cabrera
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*Por María Dolores Cabrera

Miro dormir a mi gato naranja. Su sueño es plácido y en medio de una gran paz. Lo admiro y lo respeto. Quisiera ser como él. Sin preocupaciones, sin angustias, sin prejuicios, sin tabúes. Me quedo un momento en silencio y pienso en lo último que mi mente acaba de pronunciar.

Sí, pronunciar, porque el pensamiento articula palabras mudas que se escuchan con claridad dentro del cerebro. Reflexiono sobre lo que en verdad es un tabú. Sobre lo que la gente cree que es, sobre su significado en el diccionario. Tomo mi celular y busco la descripción del término: “Prohibición de hacer o decir algo determinado, impuesta por ciertos respetos o prejuicios de carácter social
o psicológico…”

Yo diría de pensar algo también. Para mí, no solo acarrea la prohibición en sí sino, además, consecuencias fatales para la humanidad como la culpa y la represión, como conflictos emocionales peligrosísimos para las personas.

Estos tabúes a los que se los define como prohibiciones han sido impuestos, a través de la historia, en principio por religiones, incluso ancestrales, en el transcurso del tiempo. Como primera idea, se lo asocia con temas relacionados a la sexualidad; y sí, en una gran parte así es. Las religiones en sus diversas formas y representaciones, credos, cultos, sectas, doctrinas y similares han encasillado el concepto de sexualidad como pecaminoso, siempre.

Aquí entraríamos frente a otro campo en el que me encantaría inmiscuirme y analizar, que es el tema del “pecado”, muy polémico y controversial, pero apasionante. Sin embargo, no quiero apartarme del tema concreto que me atañe en este escrito.

Me acomodo y aparto un poco a mi gato acurrucado para escribir sin estorbarle. El tabú, más allá de las prohibiciones pecaminosas de la sexualidad, abarca una inmensidad de temas vetados y uno de ellos es hablar, mencionar, analizar, escribir e incluso pensar sobre la innegable presencia del suicidio en las sociedades del mundo.

Solo mencionar la palabra desata susto, miedo, temor. “No se debe hablar de aquello”. “Para qué topar el tema”. “Es un asunto muy feo, mejor evitarlo”. “No debemos ni pensar en eso”. Pero el problema que vive el mundo respecto a esta realidad es justo ese: no abordarlo, no afrontarlo, no tomar el tema por los cuernos.

Debemos destapar y mirar todo lo que está oculto, escondido, detrás y en el fondo de este contexto. Estudiemos los móviles, las raíces, los motivos. Investiguemos sobre el sinnúmero de razones psicológicas y espirituales que puede tener el alma humana para rechazar la vida, pues solo una vez que lo entendamos podremos intentar ayudar para prevenir.

La gran pregunta es: ¿por qué se ignoran los pedidos de auxilio, silenciosos o no, de la gente que advierte su suicidio? Porque de ese tema no hay que hablar. ¿Por qué la respuesta inmediata a alguien que nos dice: “Me quiero morir” es: “No vuelvas a decir eso, no lo repitas jamás”. La única explicación es porque es un tabú. ¿Es cierto que estamos convencidos de que al evadir el tema vamos a evitarlo?

Investiguemos con meticulosidad la información que tenemos de casos de suicidios a través de la historia. Desde épocas inmemoriales conocemos casos de seres humanos que se han quitado la vida (Cleopatra, Nerón). Quizás las causas hayan sido diferentes a las actuales, pues las circunstancias de vida y el entorno de las personas generan diferentes tipos y niveles de conflictos emocionales, según las vivencias de cada época, de cada sociedad; pero es posible que las reacciones, los prejuicios y el tabú frente al tema no hayan variado mucho a lo largo del tiempo.

Voy a mencionar poquísimos ejemplos, en proporción a cifras reales, de personalidades conocidas en el cine o la literatura y los años en los que se suicidaron: Alfonsina Storni (1938). Virginia Wolf (1941). Ernest Hemingway (1961). Sylvia Plath (1963). Alejandra Pizarnik (1972). La literatura de estos personajes en narrativa, cartas, diarios o poemas, fueron las más estridentes solicitudes de auxilio.

El famoso actor Robin Williams (2014), según su propia esposa Susan Schneider, durante el último año de su vida enfrentó ansiedad, paranoia e insomnio debido a una enfermedad llamada DCL. Y un muy cercano compañero de trabajo comentó que Williams le dijo: “Ya no soy yo. No sé qué me está pasando. Ya no soy yo”.

Todos los casos de suicidio, incluso los que acaban de acaecer hace corto tiempo, emiten señales de alerta por parte de la persona, unas más claras que otras, como ocurrió hace pocos meses con la actriz española Verónica Forqué, sobre quien me voy a permitir hacer un análisis un poco más largo y una investigación más extensa:

Verónica, nació el 1 de diciembre de 1955 en Madrid, España. Fue hija del director y productor José María Forqué y de la escritora Carmen Vázquez- Vigo. En 1981, se casó con el director de cine Manuel Iborra, de quien se divorció en 2014.

Tuvieron una hija en común, María Clara Iborra Forqué. El 13 de diciembre de 2021 se suicidó en su casa de Madrid por ahorcamiento. En 2014 había sufrido una fuerte depresión debido a su divorcio después de tres décadas de matrimonio, enfermedad de la que habló sin tapujos. Además, ya había intentado provocarse la muerte en otra reciente ocasión.

Verónica Forqué nunca ocultó que sufría de depresiones, que incluso provocaron su salida de la última edición de Master Chef Celebrity. La actriz afirmó en la presentación de la nueva colección del diseñador Eduardo Navarrate que abandonó el concurso por circunstancias de la vida. «No podía más. Mi cuerpo dijo basta». (1)

La depresión es una enfermedad y la sociedad solo evita hablar de ella. Tuvo una en 2014 y otra en 2017. La primera fue una crisis muy aguda, desencadenada por problemas familiares y afectivos. Tenía una angustia tremenda, pero no sabía por qué estaba tan mal.

Si de una depresión no llegas a saber la causa -aunque te cures con antidepresivos- que te sacan de ahí y son mano de santo-, nunca terminarás de salir. Es esencial saber por qué quieres morirte cada día cuando abres los ojos por la mañana.

La depresión es un camino espinoso, pero cuando se sale de ella uno se siente más fuerte y conociéndose más, sabiendo qué es lo que necesita para estar viva:

“Me siento otra vez fuerte. Primero tuve una depresión muy grande en 2014. Después, me separé de mi pareja de 34 años, Manolo Iborra, una persona maravillosa, pero la vida te lleva por otros caminos. Luego, murió mi hermano Álvaro, que era la luz de mi vida, al que quería y quiero con todo mi corazón. Después, mi mamá murió en marzo, con 94 años…”.

Sobre el estigma que todavía supone hablar con apertura de la salud mental, Forqué afirmaba: Cuando lo estás pasando, cuando estás tan mal, todo el rato quieres hablar de eso y descubres que a tu alrededor hay muchas mujeres que también han pasado por esto.

La actriz era muy crítica contra los que dicen «anímate», como si estuviese en la decisión de los depresivos hacerlo. Esto es una enfermedad. Más que banalizarla, lo que hace la sociedad es evitar hablar de ella. Nadie quiere que le hablen de la muerte y lo que quiere un deprimido es morir. (2)

Su indiscutible e impecable carrera artística la llevó a ser parte de las mejores producciones cinematográficas y televisivas. En este contexto, aunque Forqué inició sus estudios de Psicología, antes de que cumpliera la mayoría de edad estaba formándose en Arte Dramático, ámbito en el que pudo presumir de haberlo logrado todo tras más de cincuenta años de dedicación y más de 30 largometrajes a sus espaldas.

Quiero mencionar un caso más actual, como el de la reina de belleza Cheslie Kryst, Miss EEUU 2019, quien además era abogada y trabajaba en la defensa de los derechos humanos de los convictos. Ella terminó con su vida la mañana del domingo 30 de enero de 2022. Aunque sonreía siempre y se podría decir que lo tenía todo, dejó una carta a su madre antes de suicidarse. Activa, trabajadora, próspera, “feliz”, bella, admirada y quizás envidiada.

¿Por qué nadie se dio cuenta de que en su interior no estaba bien? ¿Por qué nadie se percató del infierno que vivía dentro de su alma y de su psiquis? Porque literalmente son demonios los que atormentan a un ser humano que decide que la vida ya no es buena, aún en medio de la fama y la fortuna. Aquí nadie se acercó lo suficiente a ella para advertirlo, porque nadie fue capaz de percibir los sutiles detalles
que podían ser su grito de auxilio.

Nadie da verdadera importancia a poner atención suficiente a un ser humano que emite con constancia señales subliminales de socorro, aunque aparente “normalidad”.

Cuando la catástrofe ya ha sucedido, escuchamos de manera repetitiva: “Pero si estaba bien… Yo hablé con él o con ella y estaba bien”.

Pues no estaba bien y nadie lo percibió, porque todos tienen algo más importante en sus propias vidas como para tomarse el tiempo de percibir las sutilezas en un ser querido. Sin embargo, si la persona que se siente tan sola como para no desear vivir, lo dijera ya no con discreción, ya no con cautela, si se atreviera a decirlo con apertura: “Ya no deseo vivir”, la respuesta inmediata sería: “No quiero volver a escuchar eso nunca más”.

El espantoso tabú que nos impide abordar el tema de frente, con valentía, es lo que en verdad permite el desenlace de una muerte deseada desde hace tiempo atrás.

Pero también hablemos de los no famosos ni conocidos, de la gente de nuestras ciudades, como el extranjero que se suicidó lanzándose de un edificio en Guayaquil, Ecuador, el 1 de febrero de 2022. De él se dijo que estaba drogado, lo cual evidencia aún más, la presencia de un trastorno mental frente al que no se hizo nada.

Hay personas de nuestro entorno, personas de nuestras familias cuya verdad hemos preferido esconder, tapar y callar. Si hubiéramos escuchado las llamadas de alerta, si hubiéramos entendido los mensajes de socorro que intentaron enviarnos y ante los cuales pusimos nuestros oídos sordos y volteamos a mirar hacia otro lado tal vez las estadísticas del suicidio en el mundo serían menores y nos sentiríamos orgullosos de haber tenido responsabilidad en ello con tan solo haber puesto atención a las palabras, a los mensajes, a las actitudes de los demás.

Seamos más sensibles y perceptivos frente a los detalles que podrían hacernos sospechar que una persona cercana sufre de ansiedad, por ejemplo. La persona que padece de este trastorno siente angustia, ahogamiento, no ingresa suficiente aire a sus pulmones y se le dificulta tragar la saliva. El estómago y los intestinos se contraen y producen espasmos muy desagradables. Experimenta náuseas. Percibe que su cerebro se calienta, se ensancha, siente taquicardia.

El terror y el miedo frente a algo que no puede identificar rebasa los límites de lo tolerable y lo entendible y puede llegar a convulsionar. Se agita y quisiera emitir alaridos que delaten su necesidad de apoyo; sin embargo, no lo hace. Todo esto puede ocurrir a puerta cerrada, dentro de su cuarto o de su baño. Cuando se reúne con los demás todo va a parecer normal para el resto, pero miremos, observemos si tal vez ese día no quiso comer. Si quizás se fue a dormir más temprano o habló menos.

Pongamos atención en su mirada, en el vacío que esta nos pueda mostrar, en el cambio del tono o del volumen de su voz. Fijémonos en si cambia su forma de vestir, su aseo o cuidado personal. Si deja de salir o se niega a socializar. Tratemos de ofrecerle lo que le falta: cariño, tiempo, atención, mimos, cuidados, detalles; en resumen, amor.

Las personas que viven con trastornos se queman en su propio infierno. Por la noche duermen, se desvelan y comparten la luz del día con sus terroríficos demonios particulares. El cuerpo les estorba porque les duele el agujero que sienten dentro. Ahí, en medio de sus entrañas, habitan seres oscuros que las amenazan y torturan hasta la agonía.

Si alguien de nuestro entorno baja o sube de peso de manera súbita y sin una obvia razón. Si se siente más enfermo y cansado que antes, aunque los médicos no encuentren razón aparente. Si la vemos palidecer y la mirada se vuelve algo mustia. Si parece que los labios le dolieran cuando intenta sonreír, es momento de preocuparnos. De hablar. De acercarnos a tiempo para ofrecerle nuestra mano, nuestra compañía, nuestros cuidados. Reflexionemos sobre esa frase trillada que tanto duele: “Cada uno tenemos nuestros propios problemas como para cargar con los de los demás”.

Si la aceptamos, no lloremos ni nos sintamos culpables cuando ya sea demasiado tarde porque alguien querido se ha ido de este mundo por su propia voluntad.

Mi gato aún duerme y al despertar seguirá intuyendo, aunque sin entender, el brutal egoísmo del ser humano en medio del que él se mueve y maúlla. Yo continuaré inmiscuyéndome un poco más en descubrir la verdadera razón que las sociedades tienen para alimentar la presencia de absurdos y  tabúes en vez de arrimar el hombro para destruirlos, para enfrentar escenarios y plantear soluciones que ayuden a entender en su real magnitud, el gravísimo problema de la salud mental, fruto de la incomprensión, de la ignorancia y de la absoluta soledad interna que puede llegar a padecer el ser humano.

(1) https://www.marca.com/tiramillas/cine/2021/12/13/61b78a86e2704ede2e8b4634.html
(2) https://www.elmundo.es/cultura/cine/2021/12/13/61b76219e4d4d8fd418b4594.html

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*María Dolores (Loly) Cabrera (Quito, 1962). Escritora y psicóloga clínica, ha publicado tres novelas y tres libros de cuentos. Escribe mensualmente para la revista literaria Máquina Combinatoria y pertenece a la comunidad de loscronistas.net

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