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«Así descubrí la homeopatía». Una crónica del médico cuencano Patricio Proaño

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__________________________________________

Por Patricio Proaño*

Primero de septiembre de 1984. Traje a Cuenca todas mis cosas (cama, colchón, una silla, mis libros de medicina y una maleta de ropa) en el balde de la camioneta verde perico, marca Datsun 1500, fabricada en 1978.
Venía desde Saraguro, provincia de Loja, donde realicé el año de medicina rural. Fue una experiencia muy buena de aprendizaje, de sentirme médico y de enfrentarme solo a los pacientes.
También volvía cansado porque en el hospital no había los insumos necesarios ni medicación. Por ejemplo, no había máquina de anestesia y el quirófano no funcionaba. Los médicos rurales no podíamos poner en práctica lo que
aprendimos en los años de estudiantes y luego, en el internado rotativo, en el Hospital Teófilo Dávila de El Oro.
Por esa razón y por otras, yo quería regresar lo más pronto a Cuenca, aunque también estaba lleno de temores e incertidumbres por el futuro de mi profesión.
Al llegar a su ciudad fui directo a casa de mi madre, Blanca Andrade, que me esperaba con una sonrisa para darme un abrazo y hacerle sentir bienvenido. Ella tenía el almuerzo listo, comimos juntos y conversamos acerca del viaje. Luego, como es la costumbre familiar, fuimos a nuestros respectivos dormitorios a hacer la siesta. Por la tarde, a eso de las 18:00 pm, me bañé y comencé a pensar en cómo será mi vida como médico.
La idea era buscar lo más pronto un trabajo que me pudiera sostener económicamente y pedirle matrimonio a mi novia de tres años, Eulalia. Ella era una chica de 19, con quien fuimos enamorados desde hace tres. Yo tenía 23.
Era una adolescente muy guapa, llena de juventud, con un sentido del humor muy bueno.

Nos enamoramos y formamos una pareja que se llevaba muy bien, con mucho cariño, respeto y muchos planes para el futuro. Ella se graduó del colegio y al poco rato empezó a trabajar en el SECAP como secretaria. Era una mujer muy inteligente.
Acudí a casa de Eulalia como a las 20:00 horas y, luego de los saludos de rigor, noté que ella estaba nerviosa, como que me quería decir algo muy importante. Cuando se animó me dijo que ha estado pensando mucho en la relación. Que me quería mucho pero que me veía como un hermano mayor, no como su pareja y, peor, como su marido.
Yo me quedé como de piedra, se me cayeron todos mis planes y proyectos. Y ahora qué voy a hacer, decía. Había vivido los últimos dos años casi respirando por ella, no sabía cómo vivir sin Eulalia. No supe qué decir, volví a casa, desconsolado, como si me hubiesen dado un garrotazo, como si estuviera en un sueño desagradable del cual
quería despertar pronto.
Los días siguientes no podía dormir. Llamaba con frecuencia a Eulalia, por si acaso hubiera recapacitado y cambiara parecer, pero no fue así. Ella se enamoró de un compañero de trabajo y fue por él que me dejó.  Después me enteré que se casaron un año luego de nuestra separación. Ahora ella está divorciada.
Por esos días hubo una reunión familiar. El motivo era que se celebraba el santo de mi madre. Vinieron los hermanos que vivían en Quito y Guayaquil y, por supuesto, en Cuenca.
Siempre había sido muy agradable ver a toda la familia, aunque sea una vez al año. Todos se enteraron del suceso amoroso y vieron cómo me iba consumiendo. Algunos decían tranquilo, ya encontrarás a otra persona. Otros me veían con compasión, con ternura, pero nada de eso ayudaba y yo seguía desolado.
Pasaron unos días y Nelly, una de mis hermanas que vivía en Quito con sus cuatro hijos (su marido trabajaba en Nueva York), me propuso que fuera a vivir con ellos en Quito, así les haría compañía. Ella me presentaría a unas amigas que trabajaban en el IECE, a las cuales les vendía joyas que llevaba desde Cuenca, y tal vez podría conseguir alguna beca de especialidad o quizás encontrar un empleo. “En la capital hay más oportunidades”, me decía. Nelly es la hermana que más quiero. La considero una mujer ejemplar, llena de cariño y es una mujer “de armas tomar”.
Mi hermano Pepe también me ofreció trabajo en su fábrica como médico y jefe de personal, lo que se haría realidad cuando resolvieran un conflicto con los empleados de la empresa, que se habían declarado en huelga y tomado la
fábrica. Pepe es el noveno de doce hijos de Blanca y Heriberto y yo soy el décimo primero.
Para mí, Pepe es la persona con mayor habilidad para hacer negocios, pero también la persona que más mal administra el dinero. Nos llevamos muy bien desde siempre, es mi hermano preferido. Yo no supe si la propuesta fue idea de ellos o un consenso familiar viendo el estado en el que me encontraba.
En un impulso, y sin pensarlo mucho, acepté las propuestas que me habían hecho mis hermanos, arreglé mi ropa en una maleta, cogí mis libros de medicina, me embarqué con dos de mis hermanas, Nelly y Mariana, que también vivía en Quito, y emprendí el viaje a la capital con la esperanza de encontrar un alivio a mi pena por estar más lejos
de ella.
En la casa de mi hermana Nelly tuve que compartir el dormitorio con mi sobrino Christian. La casa tenía cuatro dormitorios y los hijos eran dos adolescentes, María y Mónica, una niña de siete años, Gabriela y Christian, de 12 años.
Todos parecían contentos de que su tío estuviera con ellos. Muchas de mis cavilaciones y pensamientos se me venían acostado en la cama, rememorando los días felices que pasé con Eulalia. Estaba deprimido.
Con el paso de los días y con el dinero de la liquidación de la rural compré un equipo médico y el mobiliario para armar un consultorio en el estudio de la casa de mi hermana, ubicada en la ciudadela Andalucía, frente al mercado, donde se realizaban ferias los miércoles y los sábados.

La esperanza era que esos días tuviera pacientes, pero en los primeros meses tuve una sola, enviada por la señora de la farmacia de la esquina de la casa. Habíamos hecho un convenio con ella: la farmacéutica me enviaba pacientes y yo mandaba al paciente a comprar en la farmacia. Pero una paciente era tan pobre que no le cobré y le receté algo muy barato. A los pocos minutos vino la señora de la farmacia a increparme por qué no le había cobrado, que la paciente desconfiaba del médico por no haberle cobrado y que le diera alguna receta mejor.
Mientras tanto, Pepe pasaba por las complicaciones de no poder resolver la huelga del comité de empresa.  Esta fábrica la habían comprado hace no más de seis meses Pepe y su socio René Rivadeneira, una persona de unos 60 años. Pepe solo tenía 35.
Para comprar la fábrica se endeudaron en 41.000 dólares que, para la época, eran una fortuna. Se trataba de una fábrica que confeccionaba medias para mujeres. No habían trabajado ni dos meses y los obreros formaron un comité de empresa.  Cuando llegué a Quito no había visos de solución. En alguna oportunidad, aprovechando que los
huelguistas no me conocían, me acerqué a las instalaciones de la fábrica, ubicada en Pusuquí. Su extensión era de unos 2000 metros cuadrados, estaba rodeada por un muro de piedra y arriba tenía malla. Pero el terreno no podía levantar muro en la parte posterior porque daba hacia una quebrada y la ordenanza prohibía amurallar esa parte.
La nave tendría unos 700 metros de construcción, las máquinas estaban localizadas en la parte posterior, en la planta baja. Las oficinas se hallaban en un mezanine en la parte anterior de la nave. Le rodeaba un espacio grande, lleno de césped. Cuando me acerqué a la puerta de entrada, les pregunté cuáles eran sus reclamos y aspiraciones: ellos me dijeron que la fábrica les pertenecía y que era cuestión de tiempo que eso se concretara.
Ante esta situación tan compleja, había que hacer algo para recuperar la fábrica. Con ayuda de unos jóvenes del sur de Quito, armados con bates de béisbol, cadenas, palos y otras herramientas, nos metimos a las instalaciones de la fábrica por la parte posterior, aprovechamos un descuido de los huelguistas y logramos desalojarlos.
Los policías, que habían resguardado a los huelguistas todo este tiempo, se fueron del lugar y nunca más se los volvió a ver. Luego, se formaron brigadas de defensa de la fábrica. En una de ellas estuve yo, hasta que la situación se normalizara. Tenían una carabina, algún revólver y algo más. Debíamos defender las instalaciones por si acaso los huelguistas volvieran, especialmente acompañados por dirigentes del FUT, pero la fábrica pudo volver a funcionar normalmente.
Un día, cuando llegaba a mi turno, observé que en las instalaciones de la fábrica había varios vehículos y que las luces de las oficinas estaban encendidas. Alguien me dijo que los dueños estaban en gerencia con una señorita de nombre Albita. Ella era una mujer de unos 50 o más años, de aspecto muy distinguido y de un nivel social alto.
Albita leía las cartas y su propósito era ver qué estaba sucediendo en la fábrica porque los dueños llegaron a la conclusión que algo extraño ocurría y que ella podría ayudarles.
Yo estaba sentado en la sala de espera cuando se abrió la puerta de gerencia. Salió mi hermano Pepe, con la mano derecha me hizo un gesto para que me acercara, me saludó y me dijo: «Negro (así me llamaba Pepe), te presento a Albita, ella nos está ayudando para que se resolviera esta situación».
Adentro le dijo Pepe a Albita que “diera componiendo a este guambra que está jodido con mal de amores” y salió de la oficina. Albita me recibió con mucha cordialidad y una sonrisa, me preguntó en qué me podía ayudar, le conté los males por los que atravesaba, ella manejó los naipes y le pidió que los partiera. Comenzó la lectura y ella me dijo que realmente estaba fregado, sufriendo mucho. Volvió a manejar los naipes y otra vez a dividirlos en dos partes. Observó las cartas y me dijo: ”Es raro, pero en estos días, quizás hoy mismo, aparecerá una persona pequeña de talla, morena, con ella vas a encontrar la felicidad, te llenará la vida, no puedo decir si es mujer o tal vez
hombre, no está muy claro, así que estese tranquilo, ya todo se va a resolver”.

Me despedí de Albita y al salir de la oficina vi sentada a una persona. Pepe se apresuró a presentarnos, era Patricio Rivadeneira, hijo del socio de mi hermano, era médico y hacía acupuntura, terapia neural y macrobiótica. Vivía en Salinas con su esposa, médico también ella. Pepe me había hablado mucho de él, describiéndolo como una persona muy inteligente, muy agradable, un gran ser humano. Había venido a darle una mano a su padre en estas guardias y esa noche se quedaría conmigo a cuidar la fábrica.
Mientras conversábamos y nos hacíamos amigos, Rivadeneira me preguntó si conocía algo de la homeopatía y le respondí que no. Me contó que algunos de sus compañeros de universidad habían hecho un posgrado en Argentina, que estaban recién llegados a Quito y que en esos días darían unas charlas. Me preguntó si quería ir, accedí y el martes siguiente fuimos a un edificio en la Amazonas y Orellana, La Torre Alba, en donde se daban estas charlas.
Cuando llegamos, Rivadeneira saludó con muchas personas y me presentó. Entre los asistentes habían gente con terno, muy elegante, otros con bluejean y sacos de lana de borrego, informales. Comenzó la conversación y yo no entendía nada de lo que hablaban, me impresionó la erudición de algunos de ellos, pero no entendía. Me animé a conversar con una persona y le pregunté si había algún libro que me pudiera recomendar para entender un poco lo que estaban hablando. Este personaje era el médico homeópata Iván Salazar. Al ver mi cara de “no entiendo nada” se ofreció a prestarme un libro para que sacara una copia: era «El Organón de la Medicina», escrito por Samuel Hahanneman, creador de la homeopatía. Así lo hice y lo leí en el fin de semana.
El siguiente martes fui nuevamente a la reunión y le conté a Salazar que había leído todo el libro el fin de semana, lo cual le produjo mucha risa a este, quien me confesó que “ya va dos años estudiando este libro y recién puede decir que he leído el libro, en cambio tú, en dos días, ya lo leíste todo, ja ja ja”.  Luego, entendería que ese libro es la biblia de la homeopatía y que hay que leerlo línea por línea, párrafo por párrafo, e irlo estudiando y comprendiendo porque en cada uno de sus párrafos hay información hermosa y profunda.
Poco a poco fui entendiendo lo que leía en el Organón de la Medicina con la ayuda de quienes conocían del tema y entendiéndoles cada vez más cuando hacían sus charlas de los martes.
Pasaron dos meses y la Sociedad de Homeopatía del Ecuador, formada no mucho tiempo atrás, creó la Escuela Médica Homeopática Ecuatoriana. Funcionaría en las mismas instalaciones de la Torre Alba, para las clases teóricas que serían los martes y jueves, de 7 pm a 11 pm.
Las clases prácticas se realizarían en el consultorio popular, localizado en la Mama Cuchara, en las antiguas instalaciones de la clínica Pasteur.
Había que asistir dos veces a la semana, ya sea una mañana y una tarde o dos mañanas, como uno se acomodara y como hubiera espacio en las consultas. Éramos unos 18 compañeros, de los cuales nos graduamos 15 luego de cumplir con todos los requisitos por dos años.
Aprovechando que mi horario de trabajo como médico y jefe de personal en Indumedia, la fábrica que ya funcionaba normalmente, era de 12:00 a 16:00, podía acudir al consultorio popular con más frecuencia que el resto de mis compañeros. Esto me benefició mucho porque tuve mucha práctica en el consultorio popular. Fue el descubrimiento de esta hermosa especialidad que me dio no solo profundos conocimientos médicos sino que se convirtió en una manera de vivir.
Gracias a ella aprendí a vincularme con los pacientes de otra manera: ver la parte profunda de cada ser humano, y cómo nos enfermamos integralmente, no lo físico por un lado y lo psíquico por otro, sino como un todo.

Poco a poco me fui enamorando de esta práctica médica. Además, contribuía mucho la entrega, la pasión que ponían mis profesores. Ellos tenían un solo objetivo: enseñar lo que habían aprendido y que les apasionaba. Vi en ellos unos maestros y amigos entrañables, con quienes podía conversar y consultar. Siempre encontré apertura, estaban al mismo nivel como personas, y no como en la facultad de Medicina con profesores que no se les podía ni ver por inalcanzables, por vacas sagradas. Acá eran personas generosas, amables, interesadas en que aprendiéramos para poder difundir esta medicina y ayudar a los pacientes de la mejor manera.
Esa fue la mejor época que viví desde que me gradué de médico. Allí tuve mis mejores amigos, los cuales conservo hasta la actualidad.
Con el paso de los años, recordaba las palabras de Albita, la lectora de cartas: “Este día o muy pronto vas a encontrar una persona de talla pequeña, morenita, y con esa persona hallarás la felicidad». Cuando salí de esa entrevista con Albita estuvo Patricio Rivadeneira, bajito y moreno, y con él descubrimos la homeopatía, que nos cautiva hasta la actualidad. Él radicó en Colombia con su familia y todavía sigue ejerciendo la medicina homeopática. Yo, por mi lado, me curé de mis males de amor y regresé a vine a Cuenca para abrir camino a esta especialidad que ejerzo desde 35 años.

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*Patricio Proaño es médico homeópata cuencano. Esta es su primera colaboración con loscronistas.net

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Comment (1)

  1. Cumanda Campoverde

    08 Oct 2024

    Doctor Patricio buenos tardes Dios lo bendiga 🙏yo fui su paciente por algún tiempo siempre lo recuerdo y su medicina siempre me hizo bien espero visitarlo algún día cuando vaya para mi país Un gran saludo Doctor 🤗

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