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Las siete vidas del Gato

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El cronista conversa con el «Gato», un popular fotógrafo de la playa de El Murciélago. Mientras camina para revelar las fotos del día, el «Gato» cuenta sobre su naufragio cuando era asistente de máquina, su periplo por Venezuela y su regreso a Manta, donde compró su primera cámara.

Por Freddy Solórzano*

Clic, clic, clic. Mar de fotos con el celular.

Una pareja con el agua hasta la cintura utiliza el palo de selfie para la fotografía de un beso interminable. Repite la escena del beso. Otro clic. Otro beso.

Una chica se sienta a la orilla de la playa con las piernas cruzadas y las palmas de las manos hacia arriba, como si fuera un Buda mirando el horizonte. La amiga que la acompaña le hace una sesión de fotos. Luego las dos se toman varias juntas. Se arreglan el cabello, la sonrisa y las muecas. Muchos clics. Tres amigos abrazados gritan «whisky», y uno de ellos con el dedo pulgar toca la pantalla de su iPhone.

Es miércoles 9 de agosto. Llevo diez minutos en la playa El Murciélago buscando al «Gato» y los selfies de los turistas se cruzan en mi camino.

Un vendedor de helado me dice dónde lo puedo encontrar. Y sí, allí está, hablando con una pareja. El «Gato» se despide de sus clientes. Aprovecho para acercarme, le digo que soy periodista y quiero entrevistarlo. No tiene tiempo para hablar porque debe ir a revelar fotos a un estudio frente a la iglesia La Merced. Hoy ha tenido suerte.

Lo acompaño en la caminata. Es un recorrido de 40 minutos, ida y vuelta, incluido lo que dura esperar que revelen las fotos. Es un viaje que hace cada vez que encuentra un cliente en la playa para sus fotografías. Cada foto revelada le cuesta 22 centavos y la vende en un dólar. El viaje es ahora menos frecuente porque hay más visitantes, como la pareja del beso, la chica «Buda» y su acompañante y los tres amigos, que van preparados con sus celulares.

El «Gato», llamado así por sus ojos verdes, como fotógrafo de playa es un espécimen en peligro de extinción. Él espera que la muerte sea lo más lenta posible.

El centenar de comerciantes de la playa sabe poco de su vida. Creo que ninguno conoce que su nombre es Carlos Alcívar, tiene 66 años y un pasado de sobresaltos. Mientras caminamos, cuenta que en su juventud fue asistente de máquina de un barco hasta que un naufragio lo puso en tierra firme, y desde entonces decidió no meterse al mar más arriba del ombligo.

El barco estaba en altamar cerca de Colombia, eran las 9 de la noche cuando empezó a entrar agua a la sala de máquina. Se pidió auxilio por radio. La ayuda fue rápida: un crucero llevó a la mitad de la tripulación rumbo a Panamá, mientras que los otros pescadores subieron a las embarcaciones auxiliares del barco.

El «Gato» estaba entre los que se subieron al crucero de 9 pisos lleno de europeos y asiáticos. Era un náufrago rodeado de glamour.

El viaje

En un par de semanas volvió a Manta, donde no tenía nada que hacer. Corrían los años 70 del siglo anterior y muchos mantenses viajaban a Venezuela, donde se vivía el boom petrolero. Un amigo lo convenció; hizo maletas, consiguió algo de plata y partió a la tierra de Bolívar.

En Venezuela se dio de narices con la realidad, porque la riqueza del petróleo no era para todos. Trabajó como repartidor de alimentos de consumo masivo y luego de soldador. Conoció a una mujer y tuvo dos hijos.

Reconoce que tener una familia no lo hizo sentar cabeza. Le gustaban las fiestas, y en una de ellas conoció a una muchacha que después de algunos encuentros le dijo que iba a tener un hijo de él.

La venezolana iba en serio. No midió las consecuencias, porque fue hasta la casa de la mujer del “«Gato» y le contó lo del embarazo. Cuando él llegó del trabajo, lo esperaba la madre de todos los escándalos. Su esposa le quemó la ropa y todos los documentos personales. Lo botó y le dijo hasta de qué se iba a morir. Nunca más supo de sus hijos ni de ninguna de sus dos mujeres. Sin dinero, cayó preso por estar indocumentado. Pidió limosna y, como pudo, regresó derrotado a Manta.

Un familiar le dio la mano y lo llevó a tomar fotos a la playa de Tarqui. El «Gato» compró una cámara Polaroid, de esas que dan las fotos al instante, y entró de lleno al negocio.

Cuando las aguas servidas empezaron a contaminar la playa de Tarqui, los turistas y él se mudaron a El Murciélago. De eso hace más de 20 años.

Era una época en la que no había competencia tecnológica. Las familias llegaban y, para eternizar la visita, lo contrataban al «Gato». Pero en febrero de 2008 Polaroid anunció el fin de la fabricación de película para sus cámaras. Adiós a las fotos instantáneas.

No le quedó más alternativa que comprar una cámara digital. Entonces empezaron las caminatas hasta el laboratorio a revelar las fotos. Después se popularizaron las cámaras, hasta que aparecieron los celulares. El negocio se vino a pique.

Termina la conversación. Otro día seguimos hablando, me dice, porque debe regresar con las fotos a El Murciélago.

Un buen negocio

Martes 15 de agosto. El «Gato» camina por la playa mostrando a los bañistas la fotografía de una familia feliz que posó para su lente.

—Foto, foto, tómese una foto —va diciendo.

Me cuenta que la vez anterior que nos vimos fue el mejor día que recuerda desde hace cinco años. Los clientes, una pareja formada por una dominicana y un chileno, le compraron 70 fotos.

Fue un golpe de suerte. Hay días de dos fotos y otros, muchos, de ninguna. Muchas veces ha tomado fotos, va a revelarlas y, cuando regresa, después de 40 minutos, el cliente se ha marchado. Si tiene fortuna, al día siguiente lo puede volver a encontrar en la playa.

—Foto, foto, tómese una foto —vuelve a decir mientras se acerca a una pareja.

—¿Para qué quiero una foto, si tengo aquí mi teléfono? —le responde en tono burlón el tipo, un grandulón de metro 90, puro músculo.

El «Gato» está acostumbrado a esas respuestas.

La chica que anda con el grandulón, una rubia que parece sacada de un catálogo de modelos, coge el celular y se alista para el selfie. Le estampa un beso en la mejilla al señor músculos, que pone cara de niño bueno. Clic.

El «Gato» sabe que le quedan pocas vidas en el negocio, pero hasta que no se terminen todas seguirá llevando su cámara a la playa.

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 *Freddy Solórzano (Manta). Es periodista y narrador. Desde el 2007 es editor del Diario La Marea, especializado en crónica. Durante un año dirigió, con mucho éxito, Diario El Ambateño. Ha participado en encuentros de periodismo en El Salvador, Panamá, Perú y Argentina. Es colaborador permanente de loscronistas.net

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