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«¡Ay, papito!, Nunca te tuve consideración, ni cuando empeñabas el televisor para comprarme los libros de inglés o cuando me advertiste del chulo disfrazado de niño mayor y que tenía su emprendimiento de mujeres».

Por Viviana Garcés-Vargas*

Papi siempre quiso darme todos los caprichos que se me antojasen, se sacrificaba el pobrecito. Era triste porque trabajaba doce horas diarias como guardia de seguridad y conserje en el colegio donde yo estudiaba becada.

Lo llenaba de quejas, excusas y arranques. Él siempre cumplía, aunque no tuviese siquiera para un desodorante y usara tapitas de limón al día para disminuir el tufo del uniforme y de su vida.

Papi siempre se sacrificó. Vivíamos en la institución en un cuarto de 6 metros cuadrados donde solo entraban mi ego y una cama de fierro que compartíamos entre los dos para que él no me etiquetara de egoísta. Ninguno de mis compañeros sabía mi dirección domiciliaria, se me habría caído la cara de vergüenza, mucho menos que el conserje fuese mi progenitor. Vivía en una eterna mentira.

No heredé sus rasgos, su color de piel, mucho menos lo afanoso que era. “Colorada, flaquita y nalgona, como tu mamá”, decía con orgullo pese a que conservábamos solo una foto de ella y no por haber fallecido, solo murió en el corazón de papi cuando decidió irse a España y renegar de nosotros.

¡Ay, papito!, Nunca te tuve consideración, ni cuando empeñabas el televisor para comprarme los libros de inglés o cuando me advertiste del chulo disfrazado de niño muy mayor que yo y que tenía su emprendimiento de mujeres.

A Roberto lo conocí en una fiesta organizada para adolescentes en el malecón de Salinas, la típica matiné donde ofrecían alcohol tapiñado en vasitos de colores y algunos polvitos que ya transitaban en chiqui corto desde hace varios años por los baños de la secundaria más cara de la península. Me encontraba perreando con mis amigas cuando apareció mi futura maldición disfrazado de querubín.

Se presentó como un joven estudiante de derecho, encantador, inteligente y, por qué no, atrevido. Las propiedades le sobraban, contactos mucho más, decía, sin gota de sorna. Bailamos en lo que restaba de la noche, a las dos de la madrugada terminaba mi encanto de Cenicienta, pero Roberto a esa hora recién empezaba a vivir.

Se ofreció a dejarme a las cinco de la mañana en la casa, decía que necesitaba seguir disfrutando de mi presencia mientras papi tiritaba de frío frente a la discoteca en su destartalada bicicleta Chopper; ignoré la preocupación de mi viejo, a pesar que la intuición auguraba desgracia tras desgracia. Pero a los 17 años, ¿quién le hace caso a la perspicacia?

Vacilamos en el balcón, en la pista de baile, en el baño. Manos bajo de mi falda jean y dedos bajándole el cierre del pantalón hasta que, por fin, pusieron la de Topo Gigio: “a la camita”. Desaparecí de inmediato, me arreglé el outfit y salí corriendo a ver a papi, le di un beso en la frente y regresé al tugurio mal llamado hogar por la tercera avenida, sin recriminaciones. Papi no merecía una hija tan caprichosa.

Luego de un par de días, Roberto se apareció en el portón principal del Spondylus High School. Siempre arrogante, con ínfulas de leguleyo, a pesar de tener aprobado solo el primer semestre de Derecho.

Era esa soberbia que papi siempre desdeñaba de los pelados aniñados porque consideraba que les faltaba mucho cariño en casa. El pelado de veintiún años que hablaba con la papa en la boca y con diseño de sonrisa, mostrando su Jeep impecable, sin dinero de padrinos, pero sí de dinero inmoral, lo cual supe mucho tiempo después.

Le preguntó a papi por mí, papi no quería dar ese tipo de información, no le importó y moviendo su cabeza con un dejo de desdén fue hasta la piscina a verme practicar en las clases extracurriculares. No pudo quedarse mucho tiempo porque el profesor de gimnasia lo expulsó del colegio, solo logró anotar mi número y seguimos el romance por Whatsapp. Papi me fustigaba y se cabreaba cada noche que me veía prendida del celular chateando con Roberto. La primera vez me castigó quitándome el iPhone 6 que conservaba desde hace años y yo le armé un escándalo para que me lo devolviera, no iba a coartarme tan rápido el amor de Red Flags.

Roberto era tenaz, desconocía el significado del no y terminó convenciéndome hasta de lo impensable. Después del veto en la secundaria, debimos ser más perspicaces y buscar dónde topar sin mayor peligro. Los trabajos grupales fueron el pretexto para vernos con más frecuencia.

Mar Bravo, Chipipe, la playa de la Milina. Roberto aseguraba que una pareja como nosotros necesitaba privacidad, mientras en ausencia de condones y exceso de adrenalina adolescente, los sostenes y bóxers se mezclaban entre la arena y las algas.

Roberto, entre caricia y caricia, me aseguraba que si cooperaba en su microempresa obtendría beneficios suficientes para obtener independencia financiera a corta edad.

Lo escuché atenta, al fin podría comprarme ropa en Forever 21 y no conformarme con la ropa del pulguero del Cepeda Jácome, rechazar los celulares heredados de los hijos de la rectora y dejar de esconderme por ser la chiquilla pobretona de un colegio exclusivo.

Pero, ¿de qué se trataba el sistema de Roberto? Él me lo explicó como si fuese un mundo Konitos:

-Mira, Vero, armé con un amigo del Espiritual Teach una app que transformará la visión que se ha tenido hasta el momento sobre la soledad: “Lovely girl”, será una aplicación de cariño a la carta. Ganarás el 60% de comisión al momento en que hombres de diversas edades hagan clic en tu foto de perfil para solicitar el servicio de compañía que los clientes requieran.

“Los horarios son flexibles -me dijo- y no te preocupes por tu identidad, siempre será protegida. Date cuenta, Vero, esto es una oportunidad que solo estamos brindando a las chicas más guapas e inteligentes de la península. Se te realizará una photoshoot en lencería y obsequiará vestuario para las convocatorias. Sacó un maletín de cuero sintético debajo del asiento y dentro de este había un contrato que yo solo debía firmar. Era la segunda Red Flag que observaba desde que empecé a salir con él, pero, ¡cómo deseaba plata sin tantas complicaciones! Asenté mi nombre y apellido en ese documento misterioso sin leerlo por completo porque Roberto me daba confianza. Luego me arreglaría con mi papi.
El primer encuentro fue con un hombre de 50 años, la misma edad de papi, semejante voz, parecido en los gestos de sus manos, en su caballerosidad. Era un empresario hotelero con múltiples alojamientos. El Miramar era parte de su ruta de hospedaje.

Salí de mi cuchitril con el pretexto de armar una obra de teatro en inglés, aunque me dolía montar una vida falsa, pero me interesaba el dinero.

Sostén e hilo Leonisa, rojo, de dos piezas, tacones negros, una sonrisa fingida y mi cuerpo. Eso tenía para ofrecerle. Mi sponsor había hecho decorar la pasarela con pétalos de rosas. El mesero se encontraba a un lado, nos sirvió una copa de vino a cada uno y todo empezó a fluir. Se acercó al mío, me besó lentamente y fuimos abrazándonos con el pretexto del frío salinense.

En menos de un minuto logró desamarrarme el bra y nos ayudamos de forma mutua. Aguanté la respiración dentro de la pileta para bajarle la pantaloneta y una felación por cortesía. Fue una hora acelerada, donde rodeé su cintura con mis piernas, mientras él, de pie, me penetró en variadas velocidades. Me regaló $150 más de la cuota pactada y se despidió. Fui al comisariato, compré todo lo necesario para llenar la vieja refri, papi no quiso aceptar ninguno de los víveres, siempre fue muy soberbio.

Empresarios, industriales, banqueros, académicos, generales del ejército y la policía, todos profesionales de tercer y cuarto nivel, buscaban interés, simpatía, un oído que prestara atención, una mirada que escaseaba en casa.

A papi cada vez lo sentía más callado. Prefería irse con su fiel martillo de uña a extraer los clavos de los pupitres dañados. Él veía con espanto la lencería que yo lavaba con prolijo. Me dijo que con cada paso que daba estaba alejando a la niña de su viejo. En el colegio empezaron a rumorear que la colorada se alimentaba mejor y usaba aretes y pulseras Pandora. La envidia me importaba poco, pero lo que sí me preocupó era que papi había empezado a seguirme sin que yo sospechara.

Una tarde, Roberto me dijo que existía un hombre que insistía en que yo lo acompañara. La cita fue en el hotel Punta del Mar. Roberto era el encargado de llevarme a cada encuentro.

Yo solía esperar a los clientes en el lobby del hotel. No obstante, en cuanto vi su calva brillante supe quién era de inmediato: Xavier Pinargote, esposo de la rectora, buscaba mis servicios. Don Xavier se aproximó y puso su dedo en mis labios, nos dirigimos a una habitación. El hombre solo atinó a sacarme la crop top negra y el short blanco. Lamió mis senos y se dio el gusto de ingresar varias veces a mi vagina sin preservativo (había pagado un extra por ello).

Lloré durante el trayecto de regreso y don Xavier reía, tocándose la barriga con gusto. Me tomó fotos, a pesar de que intenté impedirlo, pues era parte de las reglas que no quedara ningún tipo de huellas ni de registro.

Roberto me esperaba en su auto, parqueado en la esquina. Nos fuimos, pero papi estaba cerca. Al volver a Salinas, un semáforo en rojo nos detuvo a la altura del shopping. Roberto intentaba serenarme cuando escuchamos un fuerte golpe en la ventanilla del lado del conductor.

Ambos saltamos, era papi. Volvió a golpear el cristal y los vidrios estallaron. Roberto intentaba defenderse y se protegía el rostro con las manos. El tercer golpe hundió el cráneo de Roberto y yo odié para siempre a papi por dejarme sin trabajo.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión», que pronto saldrá a circulación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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