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La reina de la prisión

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Los lujos y las preferencias se evidencian cuando un capo detenido recibe la visita conyugal de su mujer quien, de manera audaz y temeraria, controla su permanencia junto a su marido gracias al poder de éste en la cárcel.

Por Viviana Garcés-Vargas*

Ir a la Regional es, para mí, como visitar un hotel. El servicio es de lujo cuando te manifiestas con plata a diario, como lo hace Pepo. Los muros, con una densa capa de moho, que alguna vez fueron blancos y grises, miden cinco metros de altura con supuesto alambrado y son un chiste. El gobierno y la Policía son los únicos que tienen miedo, a pesar de que ellos son los que están libres y no los presos.

Las pantallas de revisión sirven de amague, están apagadas, los escáneres igual, no detectan metal alguno. En las puertas revisan hasta por debajo de los calzones a las mujeres que visitan a los reos chiros, de lo contrario puedes filtrar de todo: un cuchillo, una pistola con logo policial, un fusil en piezas. Pregúntale en corto a los guardias, a los que les pasas de 80 a 100 semanales para que se queden fríos. Allí es donde entro yo.

Llevo cinco años visitando a mi hombre y siendo la mujer de uno de los tipos considerados los más peligrosos del país. Le achacan tantos crímenes y si hubiese pena acumulativa no saldría nunca, pero ya sabes, aquí se engatusa a la ley sin mucho trámite, pronunciar su nombre es suficiente para que los guardias se pongan a temblar. El que pudo fugarse de la cárcel de la que nadie podía escapar, según el Gobierno, solo él. ¿Quién más? Sin violencia, solo encañonándolos para no hacerles daño, con cariño.

La vía a Daule me ve cada semana recorrer la prisión más grande de Ecuador. Siempre desenvuelta, jamás con terror. ¿Por qué debería asustarme? Si a casi todos quienes viven en esa pocilga los conozco, aunque sea de reojo o porque son de Los Cuervos, la banda de mi marido Pepo. Él el líder y nadie se atreve a dudarlo.

Barbón, de piel morena y ojos de un color café intenso, maneja dos pabellones porque sabe cómo transar con las autoridades de turno para sapear todo lo que pasa allí adentro y hasta para recapturar a los presos que se fugan. Este trigueño de 41 años me ha embrutecido lo suficiente para aguantarle pendejadas porque me da todos, sabe guiarme en la movida, hasta cuando nos toca encierro.

Hacerme el viaje desde Manta hasta Guayaquil no es ningún problema, tres horas en el Audi R8 rojo que me compró. Ni se siente la distancia. Desde que cayó en cana voy siempre bien arregladita, como a Pepo le gusta. Los jeans Tommy Hilfiger que muestran mis nalgas de gimnasio, la blusa negra transparente de Zara para lucir los senos que Pepo me regaló por mi cumpleaños cuando cumplí 30, el labial rojo para acentuar la piel blanca de Chone, hilo y sostén Victoria Secret’s y tacos.

La larga fila para entrar a visitar a los reos se forma desde los exteriores de la correccional, con vallas, una triste carpa de plástico que intenta protegernos del sol y una mujer guía que pretende ponernos en orden. Tanta alharaca que ni ellos se lo creen.

Yo entro sin hacer cola, pero algunas se desesperan porque creen que no alcanzarán a tener su probadita, pero apenas llegan se cierra la cortina para acostarme sobre los colchones con sarna. Claro que hay que acostumbrase al tufo, al mal olor, pero ahí se desbaratan en dos horas de amor.

Pero Pepo, gracias a su autoridad, ejerce de comandante de los pabellones de mediana y máxima seguridad y, por ende, él sí tiene un calabozo decente para las visitas conyugales. Manda a todos al patio y grita que nada de mirones ni escuchones.

De los dos venusterios de la sección, Pepo tiene reservado el mejor, a cualquier hora y cualquier día, cuando yo llego. Lo ha equipado con cortinas de terciopelo color vino, esferas de luces en el tumbado del calabozo, un tubo de pole dance en la que le he bailé “Noche de sexo”, de Romeo & Wisin y Yandel, un jacuzzi redondo con difusor de aceites esenciales. Ahí nos relajamos con una botella de champagne Don Perignon, cortesía del director del penal. Las almohadas son rojas, con estampados de corazones, velas blancas, hielo para sofocar la calor, acondicionador de aire, una mini refrigeradora con frutas, nutella, leche condensada y halls negros, pétalos de rosas rojas que recorren el pasillo, girasoles dentro del calabozo.

Pepo me saca rápidamente la ropa, me empuja a la cama y sus movimientos pélvicos ayudaba a sentir toda la pasión y el impulso en el sexo salvaje que tanto nos gusta. Me pone boca arriba y apoya mis piernas sobre sus hombros, me coloca de rodillas o en cuatro y se desliza dentro de mí. Levanta mis nalgas con sus manos largas y fuertes para que encaje su verga dura y gruesa. Pepo es único, siempre muy imaginativo en lo sexual y en los negocios.

Sin embargo,  cuando vino la pandemia se jodió todo. Las videollamadas por Whatsapp me dejaban con ganas y extrañaba pegarme un palito con mi marido. Se prohibieron las visitas para evitar contagios, pero a mí nadie me negaría un encerrón con él y luego ayudarlo a matar a Gerardito, su cuñado y enemigo, internado en la sección #12, quien pretendía quitarnos la ruta de la coca por Esmeraldas, Carchi y Santo Domingo de los Tsáchilas. Para esas cosas Pepo tiene refuerzos afuera y puede exterminar a cualquiera sin levantar sospechas.

Uno de sus comandantes quería ascender y le pidió una manito a Pepo. El trueque consistía en entregarle un par de fusiles Colt M-4 a cambio de que yo obtenga pase directo al pabellón de máxima seguridad. El director recibió una suculenta maleta con plata y como agradecimiento le dio a Pepo más armas, un celular Nokia que nadie puede interferir y un uniforme de guía (la gorra negra, la camiseta del mismo color con las insignias ASP (Agente de Seguridad Penitenciaria), pantalón con estampado de camuflaje negro con blanco, cinturón de cuero y botas oscuras.

La jefa de guías, por orden del rimbombante y ridículo Servicio Nacional de Atención Integral a Personas Adultas Privadas de Libertad y a Adolescentes Infractores (SNAI), me esperaba en un jeep Suzuki sin placas afuera de la casa de mi hermana, en Villa Bonita, a 15 minutos de la Regional.

Ella me entregó el traje, le di un fajo de billetes adicionales a los que recibió el director y, de inmediato, asumí mi papel. A las 9 am ya estaba en la entrada de la Penitenciaria. Llevaba conmigo tres granadas en medio de las tetas, una pistola Glock y las ganancias por las ventas de la semana las adherí a mi cuerpo con cinta pegante, para que no se maltrataran los billetes.

Fueron los seis días más apasionantes de mi vida con él. Con el traje de guía me hice una cebolla en la cabeza, me puse la gorra y miré a los ojos a los guardias para intimidarlos, la oficial solapadora me envió directamente a la sección #5, el caporal me abrió la puerta y Pepo me llevó de inmediato al venusterio.

Fueron horas y horas de intenso cuerpeo. Pepo encendió el parlante y los guías ya sabían que debían largarse. En la celda, Pepo se ató a la cama vibratoria con esposas de cuero, se acostó boca arriba y yo me coloqué encima de él con las piernas dobladas y con la espalda erguida. Me encanta controlar el ritmo y la profundidad del tire. ¡Qué rico se siente tenerlo sin la presión del tiempo!

Luego del sexo, cuando nos sentíamos satisfechos, debía fingir que hacía vigilancia por los otros pabellones para despistar. La mascarilla de bioseguridad era perfecta para que  nadie me identificara ni cachara que yo estaba ahí de intrusa. Al momento de tomar lista, la jefa de la cuadrilla me alcahueteó todos los días que pasé ahí. En las noches dormía abrazada a Pepo mientras planeábamos cómo caer a Gerardito.

En la Regional puedes encontrar cualquier tipo de armamento, como si fuese un almacén de venta de armas. Allí dentro existe una fábrica artesanal donde todo lo metálico servía para defenderse y atacar: cuchillos, machetes, pistolas, carabinas… Pepo los distribuía a sus compañeros y a mí me llenaba de caricias, mordiscones y horas enteras de amor con la cortina cerrada.

Con una parte del dinero que llevé le sugerí a Pepo que contratara a los Latin Boys para que lo asustaran y luego, sin que él se diera cuenta, manejaran tres drones que a pesar de los inhibidores de señal nadie cacharía. Pepo me felicitó por mi idea y a las dos horas se escucharon explosiones en el #12 mientras en el patio Gerardito jugaba pelota con sus yuntas. Las granadas se desplomaron encima de él gracias a la puntería del robot, que también arrojó una al pabellón.

Cuando estalló el incendio, Gerardito ya estaba muerto pero había que rematarlo a machetazos. Mientras tanto, el terror puso once a los presos, algunos llamando al #911, otros corriendo desesperados y unos cuantos trepándose al techo de la Penitenciaria con una sábana escrita en la que pedían ayuda.

Pepo, súper sereno, arrodillado al pie de su altar de la Santa Muerte, le agradecía por sus calacas (una amarilla y otra negra) con un pan de dulce, una botella, naipes de cartón, un rosario negro.

Los policías y los bomberos entraron a calmar la situación. Yo boté por la ventanilla del wáter del baño el uniforme de guía, me puse rapidito mis tacones de 10 centímetros de altura, mi jean Levi Strauss blanco, la crop top negra y me despedí de Pepo en medio del caos y el humo con un rapidito hasta la próxima semana. Un caporal y dos guardaespaldas me acompañaron hasta la entrada de la Peni.

Los guardias verificaron mi nombre en la lista: señora Victoria Barzola, puede salir. Le guiñé un ojo a la jefa de guías, mientras me soltaba el cabello y subía al carro, sonriendo y agradecida con Pepo por tanto sexo y por sus cuidados. Mientras Pepo siga preso, esa sensación única de ser la dueña y señora de la Regional nadie me la podrá quitar.

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*Viviana Garcés-Vargas, nacida y residente en Salinas, es escritora y periodista. Integra la mesa de redacción de loscronistas.net

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Comment (1)

  1. Denisse Torres

    22 Dic 2021

    Cada vez haces más envolventes los relatos, ¡felicitaciones Viviana!

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