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Placer y revancha

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Por Viviana Garcés-Vargas* 

Alex tiene ganas de una maldita farra. Sus dos divorcios lo han convertido en un bohemio de escaso patrimonio. De lo único que puede presumir es de su Ford Mustang 92 que es, hasta el momento, su único bien material y que no ha refaccionado hace al menos cinco años. Nunca terminó la universidad ya que las múltiples carreras a las cuales aspiró a estudiar no le proyectaban el estatus de vida que siempre ambicionó.
Ha perdido cabello desde los 25, arrugas prematuras por el sol y la delgadez que lo caracterizaba en la juventud se ha transformado en un vientre redondo y generosos.
Se encuentra decepcionado de su vida y la pandemia ha reactivado ese instinto por beberlo todo. Necesita olvidar por una noche la mala racha que lo escudriña desde tiempos memorables.

Decide armar un grupo en Whatsapp para convocar a sus ex compañeros de colegio a una chupa dónde pudiesen beber de forma copiosa y ver a la man que le ha tenido hambre desde el último año académico: Sofía.

Alex conoce que sigue tan rica de manera física y económica ya que, debido a su buen aprovechamiento en la universidad y al capital que le aportó su padre pudo convertirse prematuramente en una exportadora de chocolate a países de medio Oriente; gracias a ello, su familia sigue apoyándola.

Whatsapp: Alex ha creado un nuevo grupo «Reencuentro colegio»:

Alex: ¡Qué fue, chicos!, Oigan, hace tiempo que no bebemos, ¿qué les parece pegarnos una farra maldita, de máscaras y disfraces, como las de antaño convenciéndole a Sofía que ponga la casa?
-Efrén: ¡Oye, loco! Estamos en pandemia, pero claro, esas farras en cuarentena son el éxito. Yo pongo las bielas.
-Santiago: Yo pongo el vodka.
-Mario: Yo el whisky, pero no reclamen por la marca.
-Karina: voy a preguntarle a Sofía. Aún la ubican, ¿verdad?

El plan está armado. Alex conoce que Sofía sigue viviendo en la casa de sus padres. Las celebraciones en su mansión que se vanagloria de tener un extenso jardín, con piscina incluida, siempre fueron colosales. Nunca escatimaba en el lujo y eso era lo que más le atraían de Sofía y familia. A pesar del rechazo que ella siempre le tuvo porque lo consideraba un trepador que fingía prosperidad con ropa de marca cuyas etiquetas eran falsas. Ignorarlo siempre le pareció muy divertido. Pero Alex nunca perdió el sueño de volverla a ver: el hambre por su cuerpo y su dinero se mantenían latentes.

(¡Ay, Sofía! ¿Seguirás tan buena cómo antes? Te recuerdo con los pechos más grandes de todo el salón, tu estatura de 1.65 m., pero con el autoestima de dos metros. Esa cintura que las demás envidiaban y ese rostro de porcelana que simulaba tranquilidad, pero que evidenciaba el infierno).

Luego de 10 años nos volveríamos a ver. Debía obviar mi panza bielera con un traje negro y encontrar una careta capaz de no volver a mostrar esa sonrisa de pendejo, cada vez que ojeaba a Sofía cuando subía las escaleras del colegio.

Llegó el día y me sentí más ansioso de lo normal. Esa pulsación que indicaba otro tipo de emociones. Seguía siendo la misma Sofía del pasado. La reconocí por su amplio escote. Venía disfrazada de Bella Genio, mostrando el ombligo que ha cambiado de aspecto luego de varios partos pero su risa, contagiosa como siempre. El sombrero negro de ala alta, capa, traje y máscara de «V» me ayudarmee a otorgarme un aire más elegante a la situación. La saludé y aunque no me reconoció, me dio un beso en la máscara.

-Hola, Sofía, ¿Qué tal te ha ido?

Al ritmo del perreo colegial, transpiramos y juntamos nuestros cuerpos hasta el suelo.
Bajaron las luces y era momento de deslumbrarla. No nos despegamos durante toda la noche a pesar de las múltiples llamadas de atención por parte de los otros integrantes del grupo, que fueron vaciando cuánta botella cayese entre manos.

La gran mayoría de belicosos ya se habían ido, armando escándalo porque el trago era escaso en confinamiento y, los pocos que quedaron ocuparon las diversas habitaciones que Sofía tenía en su casa, originando diferentes parejas que no se habrían podido concebir en la época académica.

El esposo de Sofía se había escabullido con una de sus excompañeras en uno de los dormitorios. Yo solo anhelaba las caricias debajo del pupitre para que se cumplan de forma inminente.
Luego de las 5:00 todo se encontraba en extremo silencio. Botellas esparcidas por diferentes partes de la casa, colillas de cigarrillos a la orilla de la piscina, rezagos de pitillos de marihuana y disfraces de los invitados que aún se encontraban en diferentes habitaciones y en la sala.

Al percatarse de esa quietud, Sofia llevó a Alex de la mano a una de las múltiples alcobas en la casa de sus padres. Observó a lo lejos: esposas, vendas y una caja de preservativos de diferentes sabores. Ella dijo, coquetamente:
¿Jugamos?

Lo tiró al lecho y decidió colocarse las esposas en las muñecas y atarlas. Sintió cómo al aproximarse le latía de forma exagerada el corazón y como su verga se endurecía rápidamente.
Al verlo atado le sacó al compás de «Do I wanna know«, de Artic Monkeys, la camisa, pantalón y zapatos, la capa y el sombrero serían testigos de esta revelación. Cubrió una parte de la careta con una venda en los ojos y eso quería decir que Sofia lo guiaría en lo que resta del encuentro sexual.

Sintió algo helado en el cuerpo; jamás conocerá con exactitud que era. Ella recorrió su tórax y muslos. Subieron las revoluciones. Pidió que se sentara al filo de la cama y ella lo hizo encima mío. Sus glúteos firmes se corresponden con a pelvis. Es un compás que ambos disfrutan entre jaleos y orgasmos.
Luego deciden cambiar de roles. Sofía establece ponerse los grilletes acolchados que la atan a placer, al igual que la compresa que tapa los ojos de Alex y se la coloca. La recuesta boca arriba con sus manos esposadas a su espalda. La penetración se da cuando sitúa sus piernas en mis hombros. Vibra de placer, moviéndose de forma enloquecida y pidiendo más y más.
Alex se excusa y dice que va al baño. Haceun par de llamadas y de inmediato llega una camioneta. Sofia está dormida. Ales busca en la habitación principal los diamantes, los brillantees y las esmeraldas de su madre y los fusiles corneshot de su abuelo. Los hombres embarcan en el vehículo televisores y electrodomésticos. El golpe es perfecto. Satisfechas las ganas que siempre tuvo de Sofía y un suculento botín que le permitiría vivir como siempre quiso.

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*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Nacida y radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva,  busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental.

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