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“Sin tolerancia, la vida tiene un punto de desagrado”. Lo decía el poeta español Francisco de Brines

para referirse a la tensión que causa, cada vez con mayor con fuerza, el odio político en redes sociales.

De Brines ampliaba así su criterio: “La tolerancia es una de las formas de la  plenitud. Solo

desde la tolerancia aprendemos a querer a los demás y aceptarnos a nosotros mismos”.

Según el poeta, la tolerancia debería ser uno de los rasgos de los seres humanos: “Esa plenitud de

comprender las cosas desde la individualidad radical, desde eestoicismo de quien gusta de una

libertad personal y colectiva a través de la qse ocupa la realidad aceptando también su precariedad

y su fracaso”.

Quizás a eso se refiera el periodista argentino Pablo Mancini, quien afirma que, al contrario de lo

que se cree, “cada día sabemos más, pero podemos menos”.

Porque, con tanta agresividad 24/7, lo que se está produciendo es una crispación generalizada, una

pérdida de la razón en el ejercicio y en la opinión sobre la política, sobre los políticos y sobre los

seguidores de los políticos.

¿Es tan difícil pensar unos segundos antes de escribir y enviar un tuit o estamos viviendo en una

sociedad de respuestas irracionales, viscerales, en la que triunfa el más rápido y el más agresivo y,

por tanto, ya no es necesario tomarse una pausa en medio del vértigo, ya no es necesario reflexionar

para elaborar un contenido?

Estamos viviendo, sin duda, una época de aguda intolerancia digital. Cualquier hijo de vecino cree

tener el poder para insultar, para denigrar, para golpear la reputación y el honor de quienes él

considera sus enemigos o enemigos de quienes son sus líderes.

Según Alejandro Gaviria, de la Universidad de los Andes de Bogotá, “el odio es una actitud

éticamente inferior a quien se opone a una idea, a una tesis, a un líder, y eso cierra los espacios de

discusión no solo en el ambiente político sino en todos los ámbitos de la sociedad”.

¿Cómo solucionar este problema? Gaviria afirma que es la hora de reaprender a conversar, a

dialogar. Porque el odio en las redes, en especial en el Twitter, genera que los mismos políticos sean

víctimas de esos contenidos, como si fuera un incierto boomerang.

En la medida en que los tuits son más agresivos, más superficiales, más parcializados, más falsos,

más llenos de medias verdades o de acusaciones que no tienen asidero legal, lo que se está

construyendo (?) es una democracia de pésima calidad, una democracia donde no existe el diálogo

entre los diferentes, una democracia donde no es posible el disenso.

Según Gaviria, la inmediatez sin contexto ni bases que tengan credibilidad está creando

desconfianza en las instituciones y en las personas, frustración, sesgos y desbalances en el

conocimiento a medias de los hechos, horribles repercusiones individuales y colectivas y, al final,

mucha información pero poca comprensión de la vida cotidiana, de la vida política, del rol del

Estado.

La salida parecería fácil: alguien tendría que ceder, alguien debería dejar de atacar, alguien tendría

que proponer acuerdos fundamentales no para evitar el uso de Twitter sino para manejarlo en

función de elevar la calidad del debate, de las ideas, de las propuestas, de las informaciones y de las

investigaciones.

Pero Gaviria teme que no haya quién lance la primera piedra del discurso racional, pensado y

reflexionado. “Los políticos tendrían que ser quienes encabecen el diálogo empático y compasivo

para evitar que se difundan, sin ningún filtro, videos descontextualizados de 10 segundos, porque

eso nos envenena a todos y aumenta la crispación social. Las redes sociales tienen que dejar de ser

una trinchera espantosa, un amasijo de odios, pero para eso hay que recuperar la razón y la

sensatez en el ejercicio y en la difusión de las ideas”.

¿Hay una posibilidad, por lo menos lejana, de que cambie la actual situación? El sacerdote jesuita

estadounidense Roberth White pide que los medios tomen la iniciativa y abran espacios al

pensamiento crítico, pero respetuoso, pluralista, democrático, capaz de escuchar a todos los que

tienen algo que decir sin que este decir venga contenido de veneno.

Pero existe algo mucho más trágico: el uso obsesivo, venal, irresponsable e impune del Twitter tiene

consecuencias graves en el desarrollo (o retroceso) de la sociedad.

Según el periodista estadounidense Nicholas Carr, finalista del premio Pulitzer y autor del libro

“Lo que internet está haciendo con nuestras vidas”, las redes sociales y, en especial, Twitter, están

haciendo que cada día nos volvamos menos inteligentes, más cerrados de mente e intelectualmente

limitados por una tecnología que, en apariencia, hace las cosas por nosotros y, supuestamente, las

hace mejor, aunque, por el contrario, afecta de manera grave a la concentración, a la memoria y al

proceso de la información.

En una entrevista con BBC, de Londres, Nicholas Carr asegura que “sabemos que el cerebro

humano se adaptar a su entorno; que nuestra mente se vuelve muy buena en los medios de pensar

que practicamos mucho, pero si no los practicamos comienza a perder esa habilidad”.

“En términos generales -dice Carr-, internet nos brinda información de una manera que debilita

nuestra capacidad para llamar la atención. Obtenemos una enorme cantidad de información

cuando navegamos por internet o cuando usamos el celular (en especial, Twitter), pero los

contenidos nos llegan muy fragmentados, muchos pedacitos de información multimedia (sonidos,

palabras, fotos, imágenes en movimiento, textos) que compiten entre sí, solapándose

mutuamente”.

A eso -añade Carr- hay que sumar las muchísimas interrupciones de las alertas y las notificaciones

y el hecho de que creemos que en las redes siempre hay nueva información disponible.

“Hemos aprendido a estar constantemente estimulados para recabar pedacitos de información todo

el tiempo, pero no nos sentimos estimulados para tomarnos las cosas con calma, para

concentrarnos, para estar enfocados en algo, para prestar atención”.

¿Qué podemos hacer los medios y los periodistas, más allá de iniciativas que deberían surgir de los

ciudadanos, para contrarrestar la cada vez más agresiva y peligrosa intolerancia digital? ¿Cómo

podemos frenar el odio, el conflicto y la violencia verbal?

Según White, “abrir un espacio de diálogo en el cual personas de diversas procedencias, costumbres

e ideologías pueden intercambiar experiencias positivas no solo en el uso de la red, sino en el

desarrollo productivo social y cotidiano”.

Los medios que se atrevieran a emprender iniciativas como estas sentirían la satisfacción de que,

gracias a su apertura, es posible desarrollar una cultura de tolerancia y reconciliación entre

personas de clases, razas y sentimientos políticos diversos.

Y no solamente tendrían ese gozo desde su contribución a una sociedad que ya no resiste más

intolerancia, sino que verían cómo la colectividad va logrando juntarse en proyectos de desarrollo,

de salud, de empleo, de cooperación.

Pero, por desgracia, los contendientes de las guerras digitales son cada vez más furiosos, iracundos,

emocionales, subjetivos, compulsivos y políticamente ciegos.

Las democracias no necesitan que las granjas digitales o los influencers golpeen los cimientos de

las sociedades y horaden sus cimientos. Hay que estar conscientes de que los grupos sociales

marginados y pobres son las víctimas de la intolerancia digital, con menor razón, porque,

como dice White, “se encuentran en la mitad de esa batalla, entienden poco sobre los estereotipos,

los prejuicios, los fundamentalismos y la propagación deliberada de ideologías falsas para proteger

intereses económicos y políticos”.

Ellos nos necesitan a nosotros como mediadores, como propagadores de la paz y el diálogo entre

diferentes, como barreras que impidan la profundización del odio.

Vale, por tanto, volver al pensamiento del poeta español Francisco de Brines: “Sin tolerancia, la

vida tiene un punto de desagrado. La tolerancia es una de las formas de la plenitud. Desde la

tolerancia aprendemos a querer a los demás y a aceptarnos a nosotros mismos”.

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