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Coronavirus: No hay escape

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Por María José Carrera*

El reloj marca las 15:30 y hago mi arribo al Tena. Es lunes 21 de diciembre de 2020, un año que difícilmente olvidaremos por todas las implicaciones que trajo consigo.

Viajar en estos tiempos se ha vuelto complicado. Y yo, que no puedo pasar dos meses seguidos sin escaparme de Quito, finalmente, decidí aventurarme, una vez más hacia la Amazonía.

Es una de las cuatro regiones del Ecuador, famosa por el verdor inconfundible de su vegetación, por la frescura de sus aires y porque el tiempo parece transcurrir más despacio o, a veces, incluso detenerse.

Innegablemente, existe algo místico en estas tierras, un halo de misterio y lejanía que aun en este siglo no logra despejarse. Ni siquiera los noticieros develan esa realidad, muy poco se dice sobre lo que sucede en este rincón del país. La atención se centra en las grandes ciudades, por ahora son estas el caldo de cultivo del virus, en tanto que cantones más pequeños o de menor importancia económica y política se desvanecen en el mapa –pero eso solo hasta que haya elecciones, porque en tiempos de campaña se recuerdan sin falta las 24 provincias, y los aspirantes de pronto saben Geografía.

Mientras transito por la parroquia de Misahuallí, K nos cuenta que hace un par de meses dos enormes anacondas escaparon del zoológico de Tena que, a raíz de la pandemia y restricciones, quedó en abandono por falta de turistas.

Según su versión, durante el período en que el lugar permaneció cerrado al público, e incluso después, no se hizo un mantenimiento adecuado. Por esa razón, los temibles reptiles pudieron vulnerar las cercas y salir a deambular por los que –a fin de cuentas- fueron sus territorios desde tiempos remotos, antes de que casas de concreto y puentes de hierro se levantaran sobre su selva.

De algún modo, la naturaleza parece haber retomado el orden de las cosas, cubrir las aceras con hierba, humedecer y pintar de moho las paredes y dar a hoteles y hosterías del camino aires de soledad, de quietud, de penumbra.

Y cómo no si la leyenda urbana cuenta que después de la fuga de los reptiles varios cuerpos fueron hallados sin vida, cubiertos por una sustancia viscosa y con una languidez tal que pareciera que el responsable se había llevado algo más que sus almas.

Vaya momento para contarme esta historia, K; precisamente, ahora que voy camino a alojarme en una casita de madera en medio de la nada. “Buena suerte con eso de conciliar el sueño”, me digo a mí misma.

Llevamos cerca de 30 minutos de viaje por una carretera empedrada, deteriorada por las lluvias, con grandes baches, adornada a los lados por esporádicas viviendas que se dejan ver entre la maleza de cuando en cuando; custodiada por plantaciones de plátano, yuca, cacao, guayaba y maíz; copada de plantas ornamentales y medicinales. No hay duda de que este lugar es privilegiado, ¡cuánta abundancia! Es por eso que la gente aquí dice que a donde sea que estiren la mano, hallarán una fruta.

K es hijo de colonos. Llegó aquí cuando tenía apenas cuatro años; hoy tiene 38. Llegó cuando no había caminos ni luz eléctrica, cuando en lugar de casas había árboles, cuando las serpientes no temían al ser humano y merodeaban muy cerca de los asentamientos.

Así aprendió a usar un machete, a bañarse en el río, a criar ganado, a sembrar y cosechar, hasta que se fue a la ciudad a terminar la secundaria y a estudiar Psicología en la universidad.

Quizá esa misma lógica fue la que hace algunos meses lo trajo de vuelta a San Miguel de Palmeras. El declive de la civilización nos lleva de regreso a la esencia, al origen.

K hace sonar la bocina cada vez que alguna persona o vehículo aparece, todos los conocen: no hay más de 200 habitantes en esta comunidad. Nuestro anfitrión afirma que todos aquí ya se han contagiado de Covid-19, por eso es que no atienden restricciones –o al menos esa es la excusa que han hallado.

Al igual que muchos otros poblados de Ecuador, en este lugar parecen tener su propio gobierno; las reglas de otras provincias y ciudades no se aplican, pues nadie hace algo al respecto.

Yo diría que la seguridad ha quedado a su suerte: el tema de las mascarillas es un asunto caduco, al igual que el distanciamiento. Por la ventanilla veo a un grupo de hombres, reunidos en el graderío del coliseo, que se aprestan a jugar un partido de vóley. Esta escena me trae a la mente la conversación que tuve por redes sociales unos meses atrás con mi amigo N. Él es de nacionalidad shuar y vive en el Puyo. Me contó que todos los miembros de su comunidad se habían contagiado pero, por fortuna, la mayoría pudo curarse con medicina natural. Solamente una persona de este grupo falleció por complicaciones.

Pese a que N agradecía que esto no haya tenido un desenlace peor, me dejó ver su enojo al asegurar que ninguna autoridad o médico visitó la comunidad para brindar ayuda. Según su versión, la enfermedad llegó hasta su pueblo a través de los trabajadores de una compañía maderera, gente que viajaba con frecuencia fuera de Pastaza y retornaba sin garantías.

¿Cuántos de estos casos existieron realmente?, ¿cuántos no constan en las estadísticas? Las cifras de contagios y defunciones a nivel nacional son incongruentes, de hecho, irrisorias. Pero a estas alturas, no tiene caso ponerse a contar con los dedos.

A medida que el vehículo avanza por el centro del poblado, noto que además de una pequeña iglesia, en donde se podría rezar por el bien –o por el alma- de algún enfermo, no hay un centro de salud. El hospital más cercano está en el Tena, a casi una hora de distancia.

Entonces me pregunto qué pasa con otras comunidades, todavía más distantes. Días atrás de comunicarme con N, justamente, recibí una petición electrónica de carácter internacional para exigir atención gubernamental al pueblo waorani, que estaba siendo afectado por el virus, sin obtener respuesta de las autoridades.

Los pueblos no contactados de nuestro país, conveniente e irónicamente, habían quedado aislados y olvidados más que nunca durante la pandemia. Los “esfuerzos del Gobierno” se volcaron a lo visible, a lo inmediato; la problemática tras bastidores es otra historia.

Contabilizar los decesos en zonas tan remotas resultaría una labor imposible, sobre todo por el negligente manejo que se dio en Ecuador a la crisis sanitaria. De acuerdo con un dato de 2019, la población total de los waorani es de aproximadamente tres mil personas. Este número causa preocupación, pues la posibilidad de que esta nacionalidad indígena desaparezca significaría una terrible pérdida para la diversidad étnica y cultural de la nación.

Por muchos años, la Amazonía ha sido una de las zonas más desatendidas en Ecuador. Quince años atrás, cuando recorrí la región en compañía de mi familia, no existían carreteras asfaltadas y llegar hasta aquí era una hazaña debido al mal estado de los caminos. Qué decir de las escuelas del milenio o grandes hospitales; nada, parecían una utopía.

Ahora solamente me pregunto si en este sitio me encuentro segura, estando tan lejos de los focos de infección, fuera de las urbes principales donde hay aglomeraciones, adonde llegan en mayor cantidad los visitantes internacionales o retornan los patriotas, que aprovechando las ofertas desesperadas de las aerolíneas han tomado apacibles vacaciones en familia.

Es difícil saberlo, aquí todo luce demasiado tranquilo. En esta comunidad, obviando los teléfonos inteligentes que tienen los nativos y las antenas de televisión por cable, la vida parece no andar con prisa.

Luce igual a aquella ocasión cuando guiados por un joven indígena, mis padres, mi hermana y yo atravesamos la espesa vegetación y escalamos una cascada para llegar al corazón de una comunidad quichua en donde, en su lengua, cantaron para mí, pues estaba cumpliendo años.

Cómo olvidar esa noche que nos refugiamos en una cabaña rústica y muy humilde en la que nadie pudo dormir por un incesante ruido sobre nuestras cabezas. Solo a la mañana siguiente pudimos descubrir que aquello que sonaba como un aleteo había sido un murciélago planeando y, con la luz del día, yacía dormido boca abajo colgando del techo, pacífico, inofensivo.

Dudo que algo haya tenido que ver con el mentado animalito acusado de propagar este temible virus alrededor del mundo. ¿Será que me vuelvo a encontrar con este mamífero volador en la que será mi morada temporal?

Esta idea no puede hacer menos que arrancarme una sonrisa; ¿cómo es que en mi intento físico de evitar el virus, mi mente ha llegado directo al origen?

__________________________

*María José Carrera Pacheco (Quito, 1989). Periodista y Máster en Estudios Lingüísticos, Literarios y Culturales. Es Miembro Honorífico de IFLAC (The International Forum for the Literature and Culture of Peace). Fundadora y directora de Lluevediciones, la primera editorial del Ecuador especializada en libros-arte. Fue productora del proyecto de poesía en radio versoTRASverso en la Radiodifusora de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Ha publicado varios libros de poesía e investigaciones académicas sobre periodismo y literatura. Además, está inmersa en la gestión cultural, la docencia y la asesoría editorial.

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Comments (4)

  1. Nancy Pacheco

    01 Feb 2021

    Realmente interesante, quedo con la expectativa de la siguiente publicación.

    • Los Cronistas

      02 Feb 2021

      Muchísimas gracias por su comentario, Nancy. Síganos cada día. Tenemos siempre nuevos textos de la calidad del que usted ha leído.

      Abrazos,

      Rubén Darío Buitrón
      DIRECTOR

  2. JORGE CARRERA

    01 Feb 2021

    UNA REALIDAD MUY BIEN CONTADA.

    • Los Cronistas

      02 Feb 2021

      Muchísimas gracias, Jorge. Esa es la ética con la que escribimos quienes formamos parte del portal digital loscronistas.net

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