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Una escalera al cielo

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Por Eduardo León*

Karina es terca y cuando lo digo nadie debe de dudarlo. Una mañana de diciembre se levanta con los ojos bien abiertos, yo ya lo veía venir porque así me mira cuando se le ocurre alguna de sus locuras. Me sonríe y me dice: Necesito una escalera para llegar al cielo.

¡Para qué diablos necesitas una!

Karina escuchaba a los vecinos decir que, por estas fechas, en las nubes reposan tesoros en forma de caramelos. Dulces de sabores, dulces didácticos, dulces de felicidad, dulces que le encantarían a cualquier niño.

No tengo opción. Ella pide y yo lo debo conseguir. Siempre ha sido así. No importa la forma, hay que encontrar la manera, ser recursivo, creativo, hasta improvisar. Por lo general, todo lo encuentro cruzando el Puente de la Unidad Nacional, en la tierra del Ferrocarril, el mágico Durán.

Así fue. Llegue a varios locales de construcción con la consigna de conseguir la célebre escalera. Las señoritas de atención al cliente me miraban de forma extraña y murmuraban entre ellas: este señor debe estar chiflado.

Por favor, repliqué, necesito la escalera. Una de ellas, Jocelyn, me interrumpió. Estimado señor, tenemos de 4 metros y esa que usted dice para llegar hasta allá arriba podría ser la de 7 metros, sería suficiente. Me enojó, y cuando lo hago, se me nota. Niña, por favor, no he venido para ser su burla. No me trate como un tonto.

Jocelyn, entre dientes, trata de pronunciar algo que no entiendo. Lo repite y lo descifro: Jaime Nebot Velasco. Entiendo lo que me quiere decir, pues en esa avenida del cantón aledaño a Guayaquil, podría encontrar esa escalera extravagante. Estaba a unas pocas cuadras, así que acudo al local diagonal al Registro Civil y un señor con piernas de palo, que mide alrededor de tres metros, me recibe. Aquí es, dije sin dudarlo.

Amigo, vengo desde el otro lado de la orilla, buscando la escalera más grande nunca antes vista. El vendedor, cuyo nombre ahora revisando en la factura corresponde al de Hermógenes, sin dudar me contesta. Usted ha llegado al lugar indicado, pero tengo una inquietud. ¿Semejante escalera piensa movilizarla en su camioneta Datsun 1200?

Usted no se preocupe, caballero. ¿Tiene en stock la que le pido o se agotaron en el Black Friday?

Hermógenes ríe a carcajadas. Nos queda la última, que en realidad es la única, pues solo pedimos una. Se encuentra en el tercer nivel, está llena de polvo, tiene meses ahí, me imagino que la escalera telescópica lo estaba esperando a usted.

La subió al carro, la amarraó y comenzó el viaje de retorno. Qué suplicio, cruzar el puente con el fuerte viento que sopla, mecía la escalera de lado a lado. Pensaba que en cualquier momento podía caer, pero más allá me preocupaba que si eso sucedía escucharía la más grande de todas las puteadas.

En todo caso, llegué a mi destino sano y salvo. Ningún vigilante de tránsito me detuvo en el camino. Presioné la bocina varias veces, Karina salió corriendo, se detuvo con una sonrisa, la misma que puso el día que me conoció, y alcanza a decirme en medio de besos: te amo.

¡Soy un ganador, lo sé!

Karina se sube al carro. Vamos por la León Febrescordero, largo, por ahí hay una cantera en un sector que conocen como Hanna. En todo lo alto del cerro debemos de abrir la escalera. No hagas preguntas, solo maneja. Usted será luego recompensado con todas las de ley.

Llegamos, el cielo despejado, para nuestra mala suerte ni una sola nube. Pero ella igual me pidió bajar la escalera y armarla hasta llegar donde deba llegar. Así lo hago, ya saben, siempre hacerle caso trae buenos resultados.

Mientras la escalera subía, subía, subía, apareció una nube. Karina trepó la escalera y desapareció en el horizonte. Me preocupé por un momento, dijo al principio que solo serían 20 minutos y llevaba esperándola una hora.

De repente, un saco inmenso cayó en el balde, nunca había visto tantas golosinas y a lo lejos, en el firmamento, alcancé a divisarla, feliz, bajando paso a paso hasta llegar junto a mí. Prosigue con las instrucciones, deja la escalera aquí, es de una sola vida y luego desaparece por sí sola, por eso la quería, es amigable con el ambiente.

Es Navidad, los caramelos son para los niños que se les acabaron los sueños y deben volver a tenerlos. Ustedes no se imaginan los rostros de esos pequeños, cada vez que tocábamos a la puerta. Cada una de sus sonrisas era canjeada por una lágrima que bajaba por mis mejillas.

Esta es una historia verídica.

_________________________

*Eduardo León, guayaquileño, es narrador y poeta. Es uno de los principales colaboradores de loscronistas.net

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