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El nieto del Chimborazo

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*Crónica de María Alejandra Almeida, basada en entrevista a Santiago Vásconez.

Fue un viaje de fin de semana, en febrero de 2008. Llegamos a Cuatro Esquinas un viernes por la noche en el Vitara azul oscuro de Ricardo e Isa, coordinadores del club de periodismo. Ambos viajaban en los asientos del frente, mientras David, Jorge, Omar y yo viajábamos en los asientos de atrás, algo apretados. En la cajuela llevábamos el equipo de video del Colegio San Gabriel para filmar un documental con el tema “Yo, naturaleza”, que enviaríamos a un concurso.

Nos recibieron los representantes de la comunidad: dos mujeres y un hombre indígenas que vestían gruesos ponchos de lana de borrego. Dirigían un proyecto de turismo comunitario y ofrecían alojamiento y paseos guiados al volcán Chimborazo. El recibidor de la casa donde nos hospedaríamos olía a leña. En los rincones había bufandas, ponchos y diversas artesanías para la venta. Subiendo una grada se llegaba al comedor, donde cenamos un delicioso locro de papas y un café con tortillas de maíz preparadas al tiesto. El aire helado que bajaba desde el Taita, como llamaban las mujeres al Chimborazo, se colaba por las ventanas. Las camas que nos proporcionaron estaban cubiertas con cobijas pesadas que sirvieron para ahuyentar el frío.

Nos levantamos con los primeros cantos del gallo. Debíamos prepararnos para emprender el viaje antes del amanecer. Durante el desayuno se nos unió Rodrigo, el joven que sería nuestro guía, también comunero de Cuatro Esquinas. Tenía la piel tostada y hablaba muy bien el español y el quechua. Al terminar de comer, salimos al patio y vimos perros y gallinas frente a la casa. Subimos al auto. Nos apretujamos en el asiento de atrás y el guía se acomodó junto a nosotros, como pudo.

Avanzamos por la carretera hasta el punto que indicó Rodrigo, donde se apreciaba un sendero. Dejamos el Vitara parqueado en ese lugar e iniciamos el ascenso. En poco tiempo, nos alcanzó un hombre de poncho rojo, acompañado de dos burros, con un pico al hombro, botas de caucho y un sombrero de ala corta, corroído por el paso de los años. Tenía el rostro lleno de surcos y le faltaban varios dientes, pero el vigor de sus músculos le permitía moverse con agilidad. Sabía, porque me lo habían contado, que tenía más de 60 años. Era Baltazar Ushca, el último hielero del Chimborazo. Medía apenas 1.50 metros y era de contextura delgada. Llevaba ascendiendo al volcán desde su niñez, para cortar bloques de hielo que posteriormente vendía en el mercado. Ejercía un oficio que, todos, excepto él, habían abandonado. Un oficio que morirá con él, pero que, un siglo atrás, había sido muy popular.

Pertenecía a la comunidad Pulinguí, que vivía en el sector de Cuatro Esquinas, llamado así debido al cruce entre la antigua calle García Moreno y la carretera que desembocaba en el Chimborazo, por la que transitaba Baltazar. El color rojo de su poncho simbolizaba la rebeldía y valor de los pueblos indígenas de la cultura Puruhá. Cuando estuvo junto a nosotros sonrió, hizo una inclinación de cabeza, pero su mirada no se cruzó con la nuestra. Le dimos los buenos días y luego le pedimos su autorización para grabarlo.

―Sí, pero dejen ver ―respondió él―. Mucha gente viene y graba, pero no dejan ver. Solo una vez dejaron ver.

Isa le tomó una fotografía y le mostró su imagen en la cámara. Al verlo sonreír, mirando su propia foto, creí notar la inocencia de aquellos que han descubierto la paz en las cosas sencillas. Luego, cortó paja con el machete que llevaba atado a uno de los burros y, mediante el movimiento circular de sus manos, la torció y creó sogas artesanales para atar los bloques de hielo. Entonces, se llevó la mano derecha a la frente, trazó una línea imaginaria hasta su corazón y la cruzó con otra, desde el hombro izquierdo al derecho. Con la señal de la cruz masculló una oración al Taita Chimborazo, pidiéndole permiso para subir. Rodrigo nos explicó que era importante que también le pidiéramos permiso para que regresáramos sanos y salvos. El Taita era un Dios celoso, que decidía quién subía y, sobre todo, quién bajaba.

Cada uno, a su manera, le pidió permiso. Luego, emprendimos el ascenso, acompañados de una leve neblina que se derramaba desde la cúspide. Baltazar no caminó al mismo ritmo que nosotros. Adelantó el paso con facilidad y se perdió de nuestra vista. Conocía el terreno mejor que nadie y su cuerpo estaba habituado al clima y a la altura del volcán. Llevaba varias décadas subiéndolo y, pese a su edad, estoy seguro de que su respiración se mantenía estable y no se agitaba a cada paso, como nos sucedía a nosotros.

Después de cuatro horas de caminata y estando a 5.100 msnm, lo encontramos clavando su pico en una pared de hielo que debía medir dos metros y medio de altura. Cuando llegamos ya había cortado y cincelado tres cubos y arremetía contra la pared para obtener tres más. Trabajaba en silencio, coordinando sus movimientos con experticia, usando únicamente la fuerza de sus brazos, el pico, la vara y el azadón. Grabamos el proceso durante la siguiente hora y media, observando cómo cortaba el hielo, cómo lo labraba y envolvía con la paja del propio volcán y las sogas que había hecho antes de subir para mantenerlo frío.

Cuando terminó, le ofrecimos habas y mellocos que llevábamos como almuerzo. Baltazar aceptó, pero comió muy poco y en silencio. Escuchó nuestra conversación, pero no intervino en ella. Amarró los bultos de hielo en el lomo de sus burros cuando dábamos el último bocado. Cada bloque pesaba más de 30 kilos, según mencionó Rodrigo, pero los animales estaban habituados a la faena, como su dueño. Entonces, ya listos para descender del volcán, empezó a nevar. Los copos de nieve cayeron sobre nosotros y mojaron nuestra ropa con suavidad. No golpeaban, como la lluvia, sino que se posaban con delicadeza sobre el paisaje y sobre todos, bañándonos de blanco, convirtiéndonos en una parte de aquella infinita visión que sobrecogía.

Baltazar Ushca se adelantó con sus burros. Eran los únicos que podían seguirle el paso, pese a los kilos que cargaba cada uno. Los vimos convertirse en pequeños puntos, recortados sobre la blancura, antes de desaparecer por completo. Aconsejados por Rodrigo, emprendimos un lento descenso, cuidando cada paso. La nevada había convertido el trayecto en un tramo peligroso y un error podía ser mortal. Mientras bajaba me pregunté si, alguna vez, Baltazar se habría sentido igual de aterrorizado que yo al observar el barranco, el sendero estrecho y resbaladizo, y escuchar los aullidos del viento.

Demoramos cuatro horas en llegar al Vitara. No vi a Baltazar por los alrededores y eso me desanimó. No habíamos podido despedirnos de él, arriba, junto a las minas de hielo o razu surcuna, como se llaman en quechua. Seguramente se hallaba en ese momento en el mercado de Riobamba, vendiendo cada bloque a seis dólares, el precio máximo al que podía aspirar. Un precio que había convencido a muchos de dejar el oficio y dedicarse a algo más rentable y menos peligroso.

Subimos al auto, nuevamente apretujados. Ricardo condujo de vuelta a la casa donde nos habíamos hospedado, en Cuatro Esquinas. Las mujeres nos esperaban con hirvientes tazas de agua de hierba buena y cedrón, sándwiches de queso artesanal y huevos duros de las gallinas de la comunidad. Se alegraron cuando les contamos que habíamos conocido a Don Baltazar Ushca y lo habíamos visto trabajar en las minas de hielo del Taita.

―El Taita es su abuelo ―nos contaron las mujeres―. Papá de su papá, que tenía el pelo blanco como la nieve. Él le enseñó a ser hielero.

A la mañana siguiente emprendimos el regreso a Quito. La figura del Chimborazo, recortada contra un cielo despejado, se despedía de nosotros. El Taita nos había dejado subir hasta razu surcuna y descender sin problemas, pese a que éramos unos extraños. Tal vez estaba contento porque su nieto, el último hielero, también lo había visitado ese día.

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*Soy María Alejandra Almeida, abogada, escritora y amante del anime y el manga. Nací en Ibarra, pero resido en Quito desde hace años. En 2018 fui la ganadora del premio nacional de literatura infantil Darío Guevara Mayorga. Dos de mis novelas fueron finalistas en el concurso internacional de literatura infantil Julio C. Coba Libresa (2017 y 2019).

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