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La larga infancia de Tommy Cardona

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Por Christian Espinoza Parra*

Metros antes de entrar a la iglesia de San Francisco, Tommy Cardona estira los brazos, largando una oración rabiosa, calladamente y se arrodilla como formando una cruz sin dejar de ver a dios entrampado en la pompa del altar mayor, separado por una puerta de rejas y vidrio, como mostrándole, como advirtiéndole, la diferencia entre Él y entre los hombres. Cerca, junto a esa puerta, un viejo venezolano me dice que él no creía, era ateo hasta que combatió en la guerra de Paquisha, en esta patria ajena, en el 81. El dolor del mundo está en la sangre de Cristo, imagínese si tan solo pudiéramos limpiarle la frente. Dice que leyó la biblia por ese entonces, en las noches, en una cueva durante tres meses. Leía burlonamente: amar al enemigo, imagínese.

-Vea joven, los historiadores dizque hacen la historia a la medida del hombre -dice-, pero hasta ahora no han podido dejar de decir que siempre pasa antes o después de Cristo.

-Como quien dice, la historia no es laica.

-No sé, joven, yo solo quiero ver si me dan una posada por acá.

Son las 11h00. Acompaño a Tommy Cardona afuera (está nublado), falta una hora. Aprieta unos periódicos bajo la axila. Me despido del viejo. Tommy Cardona tiene la piel morena, es altísimo, renguea con la pierna izquierda. Usa un pantalón deportivo deshilachado, una chompa de lana, zapatos desteñidos. En la vereda, bajo tres acacias, en las bancas circulares de cemento, frente a la calle Padre Aguirre, esperan gente de Venezuela: muchos vinieron a pie y se metieron al Ecuador por Huaquillas, en el sur, o Rumichaca, en el norte, desde 2016. Hay cerca de 4 millones esparcidos por el mundo, unos 350 mil en Ecuador, unos 10 mil en Cuenca, según la Casa del Migrante. Se estima unos 500 mil a finales de 2019. Les dicen, les decimos cariñosa, repulsivamente, venecos.

Tommy Cardona no es de Venezuela, es de Colombia. Huyó por amenazas de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (el ELN o los elenos). En su tierra era militar, grado: Soldado Dragoneante. Ingresó en el 2007. Sin embargo, hasta el exilio parece haberlos proscrito unos de otros. Eso no impide que en la Posada San Francisco, donde Tommy Cardona trabaja limpiando los baños, barriendo las hojas secas, poniendo las mesas con unos gringos afables dentro de un jardín inmenso, con aulas en la planta baja y el primer piso, las nacionalidades parezcan abolidas: a veces, el exilio, voluntario o no, es la única patria posible. Y no faltaba menos, García Márquez preludiando la debacle sangrienta de Colombia, escribió en su obra maestra: “Uno no es de ninguna parte mientras no tiene un muerto bajo tierra”. El pueblito de Tommy Cardona es hoy un naufragio de muñones negros donde hubo casitas, un montón de cruces donde estuvieron sus padres, donde estuvieron todos. En realidad, uno no es de ninguna parte hasta que se jode.

-Me mataron a mis cuchos cuando estábamos todos en la cama -dice Tommy Cardona-. Y mis familiares no quisieron ayudarme.

Las balas no le reventaron los sesos de milagro, pero un chorro de metralla sí se le encajonó cerca de la porción izquierda de la pelvis en un enfrentamiento contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), 13 años después, con 19 recién cumplidos. Esa es una parte de la historia, o mejor: uno de sus actos, de sus azarosas circunstancias. De niño, Tommy Cardona se extravió por los laberintos de Pasto y Bogotá. Conoció el placer y la derrota, los despojos y la discreta, remilgada exuberancia de los callejones miserables. Que uno está solo y que eso es lo único, lo más sinceramente invariable. Unos compas suyos inhalaban bazuco (cocaína), Tommy Cardona algo de hierba, otros compas se deshacían el cogote con soluca, pocos se enamoraban. Tenía miedo de la gente, de quien se le acercara. Su adolescencia la pasó en reformatorios: la calle era mejor, dice. Por eso, cuando se unió al ejército porque le entraron ganas de cambiar en algo esta mala patria, ya pegaba tiros y sentía un creciente, torrentoso bienestar que apenas se reducía cuando los malos iban directo a una celda. Ahí volvía a hundirse en el abismo del miedo.

Tommy Cardona lo cuenta a saltos, deteniéndose parsimonioso, desencantado, con una sonrisa sardónica. Me hace sentir estúpido, trivial por preguntarle de manera abierta, descarada qué imagen tiene de sus padres. Su esqueleto, me suelta; arquea hacia arriba las comisuras de los labios, en un intento desvergonzado por sonreír. Estamos sentados en una de las bancas, en el lado norte del enorme jardín con cuatro jardineras inmensas; el piso es de piedras picadas de tréboles y dientes de león, vasos de plástico deshechos por tanto sol, una estatua de una virgen color yeso dándonos las espaldas a la sombra de una pérgola con enredaderas en cada esquina. Unos niños entran, detenidos por el eco nublado de la mañana, entran corriendo y el niño mayor, detrás de ellos, dice entusiasmado: “Como será el hambre”. Los venezolanos atraviesan el patio. Al fondo está, a la izquierda, la cocina-bodega y a la derecha, en sucesión, dos comedores, uno guarecido en el portal, y más atrás de ese, el otro. Sobre las mesitas de madera están platos de porcelana blanca, jugos de mora, guineos. Los niños se los llevan, pelándolos, temblorosos, a la boca.

-Coño-dice el papá-, esperen la oración.

Los venezolanos (mujeres y niños primero, pide Tommy Cardona) empiezan a entrar por el costado del jardín, por un pasillo al aire libre, justo a las 12h00, siempre de lunes a viernes y para el almuerzo, en dos grupos de alrededor de 150 personas. Hasta las 14h00 con la limpieza, la jornada acaba. En la Posada son 75 voluntarios que se rotan: 13 adentro, cinco o seis afuera para los sánduches que regalan por los mercados céntricos de la ciudad, desde las 11h00. Son en su mayoría norteamericanos, miembros de un grupo llamado Sustanaible Cuenca, coordinado por Robert Higgins. Un gringo les pregunta a sus compañeros, antes de servirles la comida a los venezolanos en unas fuentes de fantasía, quién quiere poner las mesas, y todos alzan las manos, febriles, casi implorando, porque hay que creer en algo, en cualquier cosa. Si uno mira por doquier, los santos se elevan con sus manos en oración, o por ahí la virgen enseña como una corbata su corazón herido, o Cristo con los ojos negrísimos estira los brazos sin poder abrazar a nadie. Y, en el pasillo, una puerta con rejas impide el ingreso a los cuartos de la Posada; en la pared del pasillo, en un mural, un Cristo cosido a llagas, tapado las entrepiernas con un manto blanco, le enseña a Tomás, el incrédulo, los huecos de las manos, el hueco del costado, como diciéndole, como obligándole: cree, hijo mío, cree. Creer por los menos al ver a tanta gente sentarse a las mesas, que entre las 12h00 y las 14h00, tendrán el estómago lleno. Luego seguirán buscando trabajo, mendigando.

-Sino fuera por Él, hace rato estuviera tres metros bajo tierra-, dice Tommy Cardona.

El viejo de hace un momento, de Paquisha, les pide de favor a los gringos que le dejen agradecer por los alimentos que vamos a recibir; el tiempo de dios, dice, es el tiempo del hombre, pero aún no ha llegado. Se escuchan al fin, los sorbos de sopa, el tintineo de las cucharas, la jodedera de los venecos, las palabrotas, las sutilezas, el ruido de las fuentes de fantasía, guaguas llorando, una mujer que le da su pecho a una niña que no es su hija porque su madre no ha comido suficiente. Y nadie contempla a una niña morena de ojos claros y cabello desparramado en bucles que arrastra su vestidito púrpura, como una cola de pavo real sobrevolando por el jardín, como si de ese plato de comida dependiera su inocencia: ese sueño ingenuo que no le hace saber a uno para qué sirve este mundo.

-¡La gente que sobró, afuera!-dice Tommy Cardona y se molesta con un joven de gorra plana, camiseta y pantalones anchos, sentado frente a mí, en una banca de madera-. Sal, no me oíste. Entras en el otro grupo-. El joven obedece. Los venezolanos son vagos, Chávez les mal acostumbró a querer todo sin hacer nada. De vez en cuando se pegan entre ellos por la comida. Y otras, los mendigos de acá botan la sopa en la basura, por la plaza.

Tommy Cardona me cuenta que estudiaba en una Universidad de Bogotá. No pudo acabar la carrera, le faltaba plata. No precise mucho las cosas, me dice, mienta un poquito na’más pues. Mira mis apuntes, mi libreta anillada, pequeñita, yo escribo. Es muy minucioso, no deja línea sin leer. Me cuenta que se escapó del ejército con una herida en la pierna: un recuerdo de los elenos. En el ejército lo tuve todo, los panas, la gente bien buena; en Cuenca también hay gente buena, solo que allá era distinto; entre los tiros a los guerrilleros y los patrullajes tranquilos, las cosas me salían bien. Tuvo que irse para que no le maten a la familia, aunque dice no haber hecho mujer ni hijos. Arruga los periódicos sin darse cuenta. De la axila, los pone en las piernas. Unos familiares suyos estaban enrolados en la guerrilla, prosigue, unos emparentados con mi mamá y le dieron a escoger si dejarlos libres o arrestarlos. Tommy Cardona escogió lo segundo. Por culpa de ellos me quedé solo, dice. En Cuenca, pasó 15 días durmiendo en el Calderón. Alguien le dijo donde podían ayudarle con la comida y un lugar para dormir y medicinas, unos sedantes que necesita para derribarse en las noches: sueña bastante que está metiendo tiros contra los elenos, acompañado de los amigos del ejército, en unos matorrales, en un camino de montaña; es una persecución, rengueando deja a los amigos atrás, bota la puerta de un chozón, apunta con la metralleta, una M4, y ahí están: perniabiertos debajo de las sábanas, ultimados, papá y mamá; y él mismo se ve inmóvil, ni siquiera pestañea, no llora, pero poco a poco una rabia que está seguro, lo hizo hombre a los seis años, lo duerme de nuevo cuando se despierta espantado.

Después de las 14h00, Tommy Cardona debe esperar la noche. En el Corpus se sintió útil. Me repite que la gente de Cuenca no se porta con él como se portan con ellos, y me cuenta, además, que cuando no hay espacio en la fundación que le ayuda duerme en alguna banca del parque Calderón. Se saca los periódicos de la axila para taparse, y de vez en cuando, escucha a venezolanos, vagabundos, borrachos, adictos varios, llegando a la medianoche a dormir por ahí.

Tommy Cardona siente, entonces, que a sus 31 años la infancia se le repite.

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*Christian Espinoza Parra, cuencano, es editor y subcoordinador de Catarsis Cine Club. También es comunicador y escritor.

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