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*Por Viviana Garcés Vargas

«No puedo enseñar nada a nadie, solo puedo hacerles pensar». Sócrates.

La mayor ambición de un graduado universitario es conseguir empleo en su carrera y, por ende, no era ajena a ello.

Llevaba más de seis meses en busca de una labor cercana a mi profesión; mi proceso no fue sencillo.

A pesar de trabajar de manera estable (negocio familiar) no me observaba allí permanentemente; mi urgencia era regresar a vivir a Guayaquil (donde estudié mi carrera: Comunicación Social). Este campo es mucho más amplio allá que en la península de Santa Elena, lugar de donde vengo.

Afortunadamente, la universidad nos enviaba, de manera constante, ofertas de trabajo, en especial de instituciones educativas que necesitaban docentes en diferentes áreas.

Nuestros profesores siempre nos recalcaban que las áreas en las cuales podíamos emplearnos de inmediato: docencia y
escritura creativa, aspectos en los cuales nos habíamos preparado desde el primer semestre.

Siempre dudé de la primera opción, no me veía dando clases a grupos mayoritariamente grandes y en las exposiciones no era la más elocuente.

No obstante, precisaba salir de mi zona de confort. Experiencia no tenía y deseaba aprender con mucho ahínco.

Así que, en cuanto tuve oportunidad, apliqué en la unidad
educativa Santa Madre de Dios (nombre protegido), colegio que acogía a estudiantes de clase media-baja que requerían con urgencia docentes de lengua y literatura.

Una amiga había acudido al llamado, pero, debido a que laboraba en un medio de comunicación, se le complicaba los horarios.

En cuanto hablé con ella me aseveró que los chicos tenían serias falencias ortográficas. No manejaban comprensión lectora y se encontraban faltos de cariño. No se equivocó en lo mínimo: necesitan una hermana mayor.

Desde la primera semana de labores decidí ser severa y entender la problemática a la cual me enfrentaba, iba a ser tutora de un grupo de 35 niños de noveno año, que tenían mes y medio sin profesor a cargo, no tenían el hábito de la lectura y su ortografía daba lástima.

Realizar 36 horas de clase, más tutoría, no era fácil, ya que carecían de disciplina y pocos estudiantes presentaban tareas de manera puntual.

Mi voz no ayudaba, la paciencia menos, en tan solo un mes ya había llorado al menos una vez en clases, ya que las últimas horas, ellos se negaban a recibir algo sobre la materia, vociferaban, se paraban o copiaban de forma descarada durante las evaluaciones. Sus notas se vieron reflejadas en ello. Y mi
paciencia también.

Los reclamos no esperaron, en especial de los representantes a los cuales citaba debido a notas o comportamiento y que nunca se aparecían cuando se los llamaba de forma oportuna para remediar la situación.

Amenazas con ir al distrito de educación por mi supuesto bajo desempeño académico, o simplemente porque presuntamente hostigaba a los alumnos o tenía preferencias, asunto que jamás lo pudieron comprobar y que las autoridades del plantel supieron ayudarme.

Las notas en mi materia no mejoraban y las tareas escaseaban. Asuntos que no solo se daban en lenguaje sino en otras asignaturas.

Increpar no era eficaz, citar a los padres, mucho menos. Encontraba las convocatorias a representantes tiradas en el piso de los salones. Mi salud mental y el comportamiento que algunos estudiantes eran poco saludables.

A pesar de contar con cierto apoyo de las autoridades del plantel, tuve severos inconvenientes con estudiantes y padres.

En un examen final, al observar que un alumno copiaba, le retiré de inmediato la hoja. El chico reaccionó amenazándome de forma cruel. El niño no pasaba de los 14 y yo de los 26.

Se vio obligado a pedirme disculpas frente a la rectora. Sus padres, arrepentidos de lo sucedido, deseaban que el niño no regresara el próximo año al mismo plantel.

La mayoría de mis compañeros docentes condenaron la situación. Sin embargo, en junta de curso, varios lo tomaron a broma y dijeron que el joven sería incapaz de hacerlo.

Al año siguiente, la situación mejoró de manera progresiva con él, pero no con otros estudiantes, qué veían al colegio y a sus docentes como bromas de adolescencia.

Las faltas de respeto se daban al menos una vez al mes. Los padres que más adeudaban a la institución solo aparecían para quejarse de cómo las profesoras no sabían manejar el salón y, al menos una de ellas me pidió que renunciara, ya que, decía, no me preocupaba por el rendimiento de su hija.

Muchas veces me planteé renunciar de inmediato. No obstante, decidí seguir por año y medio, porque mi propuesta no solo como docente sino como jefa de área de la asignatura era que a todos los estudiantes se les motivara el amor por los libros y por su idioma materno, así como ganarme la confianza de muchos de ellos, ya que provienen de hogares disfuncionales y con graves problemas de conducta por esa razón.

Cortes en los brazos y en diferentes partes del cuerpo eran unos de los hábitos más frecuentes. Así mismo, abandono, golpes físicos y falta de comunicación, ya que algunos buscaban apoyo entre sus compañeros o los docentes, que le permitían mayor acceso en forma de afectos.

Al final, mi decisión estaba tomada. La presión porque el aprovechamiento y comportamiento de mi aula era un caos generó que un amplio grupo de estudiantes se quedaran en el supletorio y al menos dos ya habían perdido el año lectivo en mi materia.

Al terminar ese año lectivo, renunciamos al menos tres docentes, unos por mejores ofertas laborales y otros por el mínimo apoyo de parte de los padres de familia y por la insolencia de los adolescentes.

En realidad, nos fuimos porque era urgente escapar.

___________

*Viviana Garcés Vargas es periodista y escritora. Pertenece al equipo de loscronistas.org

(Fotografía referencial)

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