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La infinita tristeza de la depresión

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Por Carlos Narea*

Julia busca un celular. Pide uno a cualquiera de los visitantes de la unidad Nuestra Señora de Guadalupe, en Quito, la clínica para deprimidos, como le apodan sus internos.

Asegura que no entiende el porqué está ahí. Solo sabe que sus padres la llevaron a este lugar. “Es que tengo que llamar a mi familia para que me venga a sacar”, le repite a las enfermeras y a los otros pacientes. Intentó escapar durante su primera noche, pero no es fácil y la regresaron a su habitación.

Julia sufre de esquizofrenia paranoica. Su tratamiento, además de psicólogos, psiquiatras, medicinas y terapias, incluye electroshocks. Se recuesta en una camilla, los doctores colocan electrodos en su cabeza, le administran electricidad en su cabeza y olvida el día anterior.

“Hola, me llamo Julia, ¿me dices quién eres, por favor? Es que el tratamiento me hace olvidar”. Cada mañana es lo mismo, una escena de película o un cuento de García Márquez sobre el olvido.

En ese olvido está la calma. Salvo su intento de fuga, es una paciente tranquila. En ese acto puso su último espíritu de rebeldía. Obedece las indicaciones de las enfermeras. Toma sus medicamentos a las horas marcadas.

Recostarse en el patio de la clínica es su actividad favorita. Extiende su cuerpo al sol, habla de las terapias y de lo gracioso que es para ella no recordar el día anterior cada mañana. Fue así durante todo el mes que Julia estuvo interna. También sufría depresión. Los médicos le explicaron por qué estaba ahí. Hubo días en los que se ponía triste y era la persona más indefensa del mundo.

Pero se llevaba bien con los otros internos, hablaba sobre ella y su historia de vida. Al fin y al cabo, en una clínica para deprimidos, consumidores y adictos, lo mejor es hablar de cómo se llega ahí.

——–

La depresión no es una enfermedad fácil de tratar. No es como extirpar un tumor, recetar un antibiótico o suturar una herida. La depresión vive en el paciente y es causada por múltiples factores: la pérdida de un familiar, el fin de una relación, problemas laborales, factores hereditarios o circunstancias propias del pasado del interno. Una enfermedad de la que se contagian los seres humanos en su contacto con la sociedad. El mal de los tiempos, se la llama.

La depresión es vivir en tristeza, todo el tiempo. No hay alegría. No hay luz. Si no hay un tratamiento adecuado, la familia no tiene importancia. Se vuelve un hoyo oscuro donde se cae y no se puede ni se quiere salir.

El trastorno bipolar es igual, aunque más complicado, porque la persona no solo está triste: pasa de la alegría a la tristeza en cuestión de segundos. Puede ocurrir que el paciente quiera quedarse en cama durante días, sin comer.

Hay una frase que repiten los psicólogos y psiquiatras para este tipo de casos: el mejor amigo de la depresión es la cama. “Porque la cama no critica, no reprocha”.

Ecuador está en el puesto 11 de países con personas con depresión, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), con un 4,6% de sus habitantes. Es, a escala global, la causa de unos 800 mil suicidios al año. Así de letal.

Y apenas está empezando a tomar conciencia de este tipo de condiciones mentales. Lo más común es que las personas te digan “ya supéralo”, «solo estás triste» “es temporal” o pongan cualquier tipo de explicación al mal. Creen que es un simple problema de voluntad. Pero no funciona así.

“Se piensa que tener una patología de salud mental es estar loco. Y no es la realidad. El tema de este tipo de dolencias es no estar en equilibrio. Uno debe buscar ese balance emocional, si no, nuestra condición médica se afecta. Pero es un estigma que persiste en la población”, dice Elena Oña, especialista y directora de la clínica Nuestra Señora de Guadalupe.

La depresión se trata con medicamentos, terapias grupales, ayuda psicológica o psiquiátrica. Es un proceso largo. En Ecuador, las enfermedades mentales incluso están consideradas en la lista de discapacidades.

En enero de 2018, el Ministerio de Salud del Ecuador atendió 42.823 casos de personas con trastornos afectivos, neuróticos y de estrés. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en el planeta al menos 300 millones de personas están deprimidas.

La doctora Oña confirma que Ecuador aún empieza a despertar con la existencia de este tipo de enfermedades, que son una pesadilla para quienes la padecen, aunque no aparezcan como prioridades ni para familiares, ni amigos ni para pacientes.

Hay muchos casos famosos de depresión, como el pintor holandés Vincent Van Gough o el escritor estadounidense Edgar Allan Poe o una serie de cantantes y artistas que en los últimos años se han suicidado. Y no son pocas las estrellas actuales de los medios quienes han declarado que sufren este mal. La depresión no hace distinciones ni de fama ni de dinero.

——–

La clínica Nuestra Señora de Guadalupe está ubicada en el límite entre el centro y el norte de Quito. Un barrio tranquilo, donde las viviendas son antiguas y existen pocos comercios. En su entrada -como una cosa de locos, por entenderlo de alguna forma- está la imagen de la Virgen de Guadalupe, que fue adoptada como patrona de la institución; aunque esta fue creada por las Hermanas Hospitalarias, cuyo patrono es San Benito Menni.

Tiene una característica. A pesar de estar al pie de la avenida 10 de Agosto, una de las más transitadas de la capital, una vez que se ingresa a las instalaciones no llega al interior el ruido de los vehículos, las bocinas, el bullicio propio del tránsito pesado.

Más bien persiste un silencio, una tranquilidad que ayuda mucho a los pacientes a mantenerse lejos del contacto externo. Una necesidad imperiosa para sanar a quienes sufren depresión, bipolaridad, o adicciones al alcohol y drogas. Es como estar desintoxicándose de ese mundo exterior, al que aspiran, más temprano que tarde, volver como nuevos.

Muchos pacientes llegan con ideas suicidas, sin encontrar sentido a sus vidas. Cada día, cada momento de oscuridad, podría ser el último. Por esto no se permite ni rasuradoras, ni esferos, ni cortauñas ni objetos ni cuchillos que, por más pequeños que parezcan, se los pueda usar para dañarse.

También están prohibidos los celulares, las llamadas telefónicas, las computadoras… El único vínculo con el mundo exterior es un televisor en la sala de estar, la sala común.

Los pacientes pasan su tiempo haciendo terapias ocupacionales, como pintar o hacer manualidades. También reciben citas médicas, con el psicólogo o la psiquiatra. El extenso patio interno sirve para practicar algún deporte, caminar o, simplemente, echarse en el césped y hablar.

El deporte favorito es el fútbol y suele ser difícil ponerse de acuerdo en los equipos o las reglas. En una ocasión un paciente no entendía que debía “jugar despacio”, porque sus compañeras oponentes tienen diferentes edades y era difícil convencerlo que bajara la intensidad, para evitar lastimar al resto de internos. O algo tan simple como definir hasta qué altura vale un gol era válido.

Las habitaciones, sean simples o dobles, son vigiladas con cámaras. Los baños y las ventanas no tienen cortinas. Son espacios confortables, donde se puede leer, escribir, descansar. A las 9 de la noche las puertas de los cuartos se cierran por fuera y ningún paciente puede salir. Hay 13 pacientes en ese lugar.

———

Julia tiene tres amigos más cercanos: Manuel, Hugo y Karina. Cada uno tiene una historia, un recorrido de vida que los llevó ahí.

Manuel es periodista. Acabó de divorciarse. Sumado a un problema laboral, se internó con depresión crónica. “Un día ya no aguanté más. Tenía ganas de matarme. No me importaban ni mis hijos. Solo quería salir del mundo ya. Todas las cosas que me gustaban ya no me importaban. Finalmente mi exesposa me trajo aquí”.

Él no puso reparos en internarse. Las ideas suicidas, la oscuridad que sentía lo hizo decidirse de inmediato: era mejor el hospital. La depresión es así, un pozo negro donde vas cayendo sin que tu voluntad pueda detener la caída. Es vivir con la única meta de no vivir. Detener esa oscuridad que parece inconmensurable y sin fondo y que está en la música, en tu televisión, en tu celular… que te rodea y te aprisiona y te asfixia.

Hugo está por cuarta vez en la clínica. Es terapista y sufre un trastorno de bipolaridad y lo hace caer en episodios de depresión muy fuertes. Tiene esposa, hijos, una vida profesional.

Pero la depresión puede atacar a cualquiera. “Esta vez voy a salir y me siento mejor. Las ocasiones anteriores sentí que el tratamiento no me ayudaba, pero ahora siento que puedo salir adelante”.

Karina es joven, tiene 26 años y 2 hijos. Su familia la internó a causa de una depresión crónica por su matrimonio. Ella salía con su actual esposo desde los 15 años y ya entonces él era infiel. Incluso con sus propias amigas. Ella sabía de estas indiscreciones, pero aun así se casó. “Pensé que cambiaría. Aun ahora me siento triste y con el tratamiento estoy más calmada, pero a veces me lleno de tristeza. Me preocupan mis hijos sobre todo”, confiesa.

Como Manuel y Hugo, hay otros profesionales, personas con puestos en grandes empresas, que también están internos. Técnicos del sector público y privado. Todos con el mismo diagnóstico: depresión.

Pero en el centro también hay mujeres de 50, 60 años, con este mal. Hay hombres que cayeron en la adicción al alcohol por alguna tragedia familiar, como la muerte de una esposa. O porque su relación terminó.

Hay una paciente que lucha contra el cáncer. Hay jóvenes con cuadros psicológicos tan complejos que sus familias no saben cómo tratarlos y prefieren ingresarlos a la clínica. El hospital termina siendo su hogar…

Incluso cuando están dados de alta y vuelven a sus vidas cotidianas, regresan a la clínica para recibir terapias grupales, que dan apoyo a la recuperación y sobre todo para impedir que se recaiga en este mal.

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Desde las tres de la tarde se permite el ingreso de los familiares. Es el momento preciso para que Julia vaya a la cacería de un celular. Tal vez haya un visitante que no sepa las reglas. Baja las escaleras hasta la sala común y al primero que encuentre, le lanza su pedido: “¿Puede prestarme una llamada?”.

Pero siempre hay enfermeras atentas a los internos y que ya la conocen. Ya saben cómo cada interno se comporta en ese tiempo de las visitas.

Julia no tiene suerte. Hoy tampoco pudo conseguir su llamada. Regresa al patio con sus amigos. Se vuelve a extender al sol, sobre el césped, y cierra los ojos.

¿Quién sabe…? Mañana tal vez tenga más suerte…

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*Carlos Narea, guayaquileño, es periodista y experto en cine. Pertenece al grupo de escritores de loscronistas.org

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