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Por Tatiana Mendoza*

MANTA.- Los viernes y sábado el mar nunca está solo.

Un hombre entra en el cajero automático del Banco Guayaquil, su mujer espera en el auto mientras mira los movimientos de las chicas de la calle.

Ellas maquillan su rostro al estilo de Kika, de Almodóvar. Extravagante con sus uñas de rojo intenso. Aquí no vacilan los puritanos, de ser así la Iglesia La Merced está cerca.

Aunque el morbo nunca tuvo escuela, dos técnicos de la empresa eléctrica caminan, las observan y continúan su paso. Las chicas del placer están distribuidas y listas para trabajar.

En la fría escalera del edificio de la entidad financiera, tres chicas están sentadas, dos hablando por teléfono.

Me presento como estudiante de periodismo y les pregunto si puedo conversar con ellas. De inmediato y en forma cortante responden: “No nos pregunte a nosotras, la señora que se encuentra en la otra esquina es la presidenta. A ella diríjase”.

Con una blusa transparente verde oliva, pantalón diminuto, unas plataformas blancas y un carterón café posa la líder en la otra esquina. Ahora se fija en mí, que voy a paso lento hacia ella.

La señora se aproxima, acompañada de dos mujeres, una joven morena, alta y con ropaje diminuto y la otra es una mujer sin mucho maquillaje, pero en sus arrugas se evidencian las indefinidas y arduas labores nocturnas.

“¿Eso le dijeron las peleoneras?”, increpa Patricia Andrade al decirle que sus compañeras de la otra esquina me enviaron a ella.

 

Con catorce años de viuda explica que no estudió y exclama: “Soy la presidenta de las trabajadoras sexuales”. Al unísono, las otras dos damas sonríen y reafirman esa verdad con sus rostros.

La noche parece estar bien enrumbada, un camión de trabajadores del Municipio pasa tres veces observando lo que los hombres llaman la mercancía.

María (nombre protegido), una de las mujeres que escoltan a la presidenta, sonríe de manera escandalosa mientras habla por el celular y dice a la otra persona que está al otro lado de la línea que sí estará en aquel lugar y que la esperen.

Con una soltura y sin reservas Patricia menciona al paso las muchas marcas que este trabajo le ha dejado, aunque hay una que no puede dejar de mencionar: “Era una noche que no tenía para el taxi, no había ganado nada esa noche así que paramos un carro, el tipo era un joven, me dijo que dejaría primero a mi amiga en su casa y luego a mí. Eso hizo.

Sin embargo, al ya ir sola en el carro me dijo que me llevaría a un hotel, yo le dije que si hacía eso yo gritaría. “Fui cojuda al decir eso, porque luego me llevó al monte y allá me estaba estrangulando, yo solo rogaba en mi pensamiento que no me matara, mi hijo tenía cinco años. En un momento él se quedó dormido y corrí semidesnuda hasta la carretera y un hombre que conducía un tráiler me ayudó”.

Termina la historia del taxista, hace una pausa y sentencia: “Hay que ser berraca para estar en la calle”.

Con un hijo de 23 años y transexual, sabe lo que es la discriminación. Tiene otro de 17 años y un menor que aún está en el colegio, por este último tiene claro que sea cual sea la hora de llegada a casa, debe cumplir su rol de madre y darle desayuno para que él vaya a estudiar.

Como presidenta de las trabajadoras de la noche tiene a su cargo a 38 mujeres, incluyendo transexuales.

Cuando expone todo lo que ha logrado como presidenta, por ejemplo que la Policía las respeten, que no haya batidas, que los subcentros de salud les dé capacitaciones, que los exámenes de VIH sean gratuitos, se muestra orgullosa y con un brillo en los ojos alega que su grupo está protegido.

Su lema es, “Con derecho, sin discriminación”. Absolutamente nadie debe tratarlas mal porque son iguales al resto de las personas.

 Caso “extranjeras”

“No permito que ninguna extranjera, venezolana o colombiana esté en mi asociación”, esa es su consigna.

Hay gran cantidad de extranjeros en la ciudad y esto incluye que acaparen este sector.

“Hace años una cobraba 40 dólares la hora, pero desde que llegaron las venezolanas, que son bonitas y jóvenes, han dañado nuestro negocio, porque cobran hasta 10 dólares la noche e incluso todo el día. Entonces llegan clientes que prefieren ir al kiosko (pequeños locales que quedan al frente de Autoridad Portuaria), pero es por lo barato que cobran”.

Los hombres de su vida

Las damas de la noche consideran que en este negocio no hay amigas, solo colegas.

“A veces ellas tienen maridos a los que llamamos auspiciantes, a quienes deben llevarles el dinero que trabajan. Ellos les exigen incluso laborar hasta las 4 de la madrugada”, masculla la líder.

En la vida real nada es color rosa, ni siquiera el que tiene una vida medianamente feliz. Es lo que María transmite con un dolor resignado transmite.

“Un amigo me trajo de Esmeraldas, el papá de mi hija me involucró y trabajaba para él. Hace tres años que lo dejé, pero este es mi sustento. Debo ayudar a mi madre que tiene cáncer”, menciona.

No todo es dinero en el negocio del placer masculino: las damas también necesitan amor. Concuerdan en que necesitan el calor de un hombre y que incluso cuando las celan se sienten bien.

“Un hombre cuando comparte a su mujer con otros hombres no la ama, esto anótalo en tu escrito”, indica Patricia Andrade.

Jóvenes con uniforme pasan y saludan a las chicas, ellas responden amablemente, otros pasan gritando perras o putas o aprietan las bocinas de sus autos. Ellas hacen como si no los escucharan.

Entre risas mencionan lo que necesitan sus corazones, pues es lo único que quieren llenar al final de la noche. Aunque a veces sea una utopía romántica, no dejan de soñar y a veces de esperar que un hombre les saque de esta vida y las haga olvidar lo que fueron.

Nos despedimos, ellas posan para la foto, una de ellas se retira del retrato, me desean una buena noche. Quizás ellas, con fe, sí la tendrán.

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*Tatiana Mendoza, escritora manabita, es integrante de la organización y el portal digital loscronistas.org

Fotografía tomada de Periodismo Digital

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