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Cuando la noche se pinta los labios

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Rubén Darío Buitrón*

Son miles. Y Carmen es una de las que se suman y se multiplican.

Están entre los 20 y los 45 años de edad y ya no solamente se reúnen cada jueves por la noche, el clásico día que cafeterías, bares y restaurantes lo dedican a mimar a las mujeres con ofertas de dos tragos por el precio de uno, en especial cócteles.

Es el gancho. Porque el resto es consumo rutinario: café, té, alcohol, trocitos gourmet y tablitas de quesos y jamones, pero también ideas, novedades,  rumores, chismes, sorpresas y asombros.

“Ladies night” no es un lugar específico ni es un sitio que se repite.

Es el espacio clave para las mujeres que necesitan decirse cosas que en otra situación y con otras personas jamás lo harían. Por ejemplo, hablar de lo que les gusta hacer con el sexo. O mirar las dimensiones de las infidelidades. Las atracciones no resueltas por personas prohibidas. Los deseos insatisfechos.

Es el lugar para dejar a un lado los prejuicios y las subjetividades y hablar y hablar y hablar y hablar con desenfado y libertad.

Es el espacio para desfogarse, para soñar en voz alta, para expresar  las frustraciones y las esperanzas, para compartir alegrías y penas, para comparar ropas y estilos de moda, para consejos, para estrategias, para diseñar tácticas acerca de la última conquista o para olvidar, definitivamente, al amor que resulta imposible.

Los temas de las “Ladies night” dependen de la edad promedio del grupo, pero, casi siempre, son asuntos que, de preferencia, ningún hombre podría o debería escuchar, porque se rompería el encanto del secreto compartido, susurrado, pícaramente revelado.

Escuchan música, por supuesto, pero música que combine con los temas de la charla o que se convierta en la banda sonora de los sentimientos particulares y grupales.

En un bar de clase media alta es fácil escuchar a Lucía Méndez (“Para qué/ me haces llorar,/ que no ves/ que más no puedo”) José José, Juan Gabriel, Ricardo Arjona y Ana Gabriel, por ejemplo ella con su legendario himno “Simplemente amigos”.

La charla, que suele durar hasta pasada la medianoche, deriva también en el tema de los objetos del deseo: los vestidos, los viajes, los accesorios de belleza, los zapatos, los almacenes con la mejor ropa de temporada.

O también sobre los perfumes, que se perciben justo el momento del saludo entre ellas, en especial quienes tienen un muy particular sentido del olfato y suelen detectar, con inusual facilidad, cuando alguna emana una nueva fragancia.

Si el grupo gira entre los 40 y 50 años también hablan de cirugías plásticas, liposucciones, balanzas, libras ganadas o perdidas, gimnasios, la dieta en boga y que (esta sí) da resultado inmediato sin sacrificar la buena mesa.

Hay cuarentonas que se jactan de sus aventuras con chicos de 20 años o, al revés, veinteañeras que sacan a relucir su orgullo por haber conquistado a un hombre de 50.

“Ladies night” no es un lugar específico, como repiten ellas, y por eso se lo hace no solo en sitios públicos sino en casas, departamentos, suites.

Y lo hacen casi cualquier día de la semana, excepto lunes, porque el jueves, solo el jueves (como era el hábito) ya es insuficiente para tanto que hay que decirse, tanto que hay que compartir, tanto que hay que contarse a voz en cuello, tanta libertad reprimida.

En restaurantes y bares exóticos, donde cada copa tiene un alto precio y donde el noventa por ciento de las mesas están ocupadas exclusivamente por “Ladies night”, parecería ocurrir un capítulo de “Sex and the city”.

Porque hay tipos de mujeres. Las reinas. Las súbditas. Las líderes. Las depres. Las liberadas. Las autosuficientes. Las recientemente abandonadas. Las que no quieren saber nada de compromisos. Las que se encuentran en la soledad más abrumadora. Las que reniegan de su pasado. Las que viven un presente monótono. Las que odian a los hombres. Las que esperan un futuro, cualquier futuro que sane las heridas de cualquier presente.

Algunas son irreverentes. Les importa un rábano la moral, la ética, la prudencia, la discreción, los convencionalismos, el qué dirán.

Son casadas, divorciadas, viudas o solteras. Proclaman cierto feminismo militante cuyo concepto no lo tienen preciso.

Dicen que les gusta el sexo sin ataduras, sin el tradicional “cuándo nos volvemos a ver” o con la metodología del «vamos poco a poco».

Están orgullosas de que nunca “hacen el amor”, sino que, simplemente, tienen sexo: conquistan, logran su objetivo y nunca regresan. En su lenguaje, la filosofía sagrada es “picaflorear”.

Algunas, porque les cuesta aceptarlo, dicen en voz alta que jamás permitirían que un hombre les quite su libertad, pero sufren en silencio su soledad.

Mireya, casada con un francés, tiene dos hijos adolescentes. Parece feliz, lo tiene todo (dinero, lujo, comodidades) pero se siente vacía: va a los “Ladies night” porque tiene 48 años y siente terror a la vejez. Y por eso se desfoga con cualquier hombre coyuntural.

“Son vaciles nomás, loca”, dice mientras brinda una copa de vino a Carmen, que le pregunta por qué no volvió a ver a su última conquista y por qué no es sincera con el esposo.

Hay aquellas que sienten un deseo terrible de tener pareja y lloran cuando se toman un trago. Sus sabores y combinaciones favoritas en cócteles son Cosmopolitan, Medias de Seda, Margaritas, Tequila, Bailys…

Si no toman alcohol beben jugos cítricos con granadina, lo más parecido al sabor de los licores. El ritual siempre tiene que ver con la bebida. Sea lo que fuera.

Están las competitivas, aquellas que a pesar de que ser conscientes de que se reúnen con sus amigas más queridas, no dejan de compararse: no se visten para sentirse bien con ellas mismas, sino para alardear frente a sus colegas sobre la calidad de ropa que usan (los mejores zapatos, la blusa más fina, el  jean más “nice”).

¿Y los celulares? Ocurre algo mágico: casi ninguna los usa en las reuniones, porque en el espacio donde se encuentran los temas son tan importantes o interesantes que no hay tiempo para distraerse con chatear, revisar tuiter o whatsappear.

¿Quién podría perderse el último rumor sobre el jefe, sobre la oficina, sobre la nueva pareja en el trabajo, sobre los extraños vecinos, sobre la secretaria que huyó con el gerente, sobre la aventura sexual del pasado viernes?

Si están en un sitio donde hay personas extrañas en otra mesa o ambiente, por supuesto que hablarán de alguna de esas personas.

Las observarán con atención, con agudeza, con suspicacia, con ganas de liberarse de todas las vergüenzas y abordar, ese mismo momento, a quien les atraiga.

Mariela tiene 32 años y es soltera. Arma las conversaciones casi siempre sobre el tema de los “cachos” que les ponen los hombres o de la escasez, cada vez más dramática según ella, de hombres sinceros, tranquilos, caballerosos.

Pero una de ellas le hace notar que las propias mujeres, en muchas ocasiones, se ponen una máscara de independientes o liberales y ahuyentan a los hombres.

Y ahí están la gordita, la chiquita, la flaquita, la cholita, la blanquita. La elegante, la hippie, la informal, la sobria, la fuera de tono.

Casi no mezcladas, porque para pertenecer a un grupo “Ladies nigth” deben tener algo en común: secretarias, vecinas, relacionistas públicas, marqueteras, excompañeras del colegio o universidad, empresarias, funcionarias estatales, publicistas, ejecutivas privadas, visitadoras a médicos.

Pero todo cambia, al menos por unos días o semanas, cuando una noche Carmen no va al encuentro sin advertencia previa.

Habrá decidido cambiar de rumbo, conocer a una persona buena, estar sola, estabilizarse, encontrar el reposo espiritual, quizás tener un familia.

Se multiplican los chismes, las bromas de doble sentido, las largas conversaciones y dudas, los amores de barra.

Carmen, en cambio, cree que quizás, esta vez sí, ha terminado definitivamente el picafloreo.

Y ahora, solitaria, el “Ladies night” pasa a ser una nostalgia porque le toca enfrentarse a sí misma.

Y ni ella misma sabe si será capaz.

_________

*Rubén Darío Buitrón, poeta y periodista, es el director-fundador del portal digital loscronistas.org

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