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Por Carlos Narea*

Cuando empecé en el periodismo tenía en mi cabeza un destino muy distinto. Me había imaginado en alguna empresa, encargado de negociar, de dirigir la comunicación hacia los medios o cualquier bagatela similar.

Años después, como cronista de ciudad, tuve que entrevistar a una niña de 7 años que fue violada por su padrastro.

Hasta ahí llegaron las empresas.

Hablé con ella con el cuidado de un médico cirujano. Escribí esa historia con igual rigor y con igual sentimiento de haberme metido en una camisa de doce espadas que requiere que te la pongas encima esquivando su filo.

El periodismo es así. Se compara con una montaña rusa que te sube, sube y sube hasta que te llega el momento en que te arroja al suelo a tal velocidad que ves toda tu vida pasar frente a tus ojos. Sin paradas.

Estaba trabajando en un periódico cuando me tocó otro momento de visión clarividente de lo que es este oficio. Entrevistaba a una famosa cantante de los años 60 y 70. La mujer no quería fotografiarse hasta no maquillarse y arreglarse el vestido. “Una no debe dar el gusto a la gente de no verte perfecta”, me decía.

Estaba hospitalizada, con diabetes. Había perdido su pie. Pero exigía el mismo rigor, la misma calidad para ella como para mí.

La montaña rusa apenas empezó su subida.

Cuando se entraba a su historia, de gloria y decadencia, tenías que absorber en tu propio corazón esa misma gloria y decadencia. Había que entrevistar a sus conocidos. Escuchar lo arrogante que fue en sus años más famosos. Y todo eso escribirlo con la prolijidad adecuada.

Muchos periodistas más jóvenes olvidan la enseñanza principal del oficio: ser buena persona. Ya sea que te enfrentes a la muerte de un Juan Pérez, de un delincuente o de un político. Siempre hay que mantener la pluma firme y el respeto.

El periodismo requiere pensar un eje, hacer una planificación, establecer citas para entrevistas, luego ponerte de acuerdo con tu editor, con el fotógrafo, con el diseñador. No es sencillo. El trabajo del periodista es pasar horas planificando un tema, como si fuera el organigrama de una empresa, un partido de fútbol o hasta tu propia vida.

Si eres cronista, tu lugar es la calle. Funciona igual para la radio, la televisión o la prensa escrita. No esperas ni dejas nada al azar. No dejas que ningún detalle se te escape. Porque al primer contacto con el tema te das cuenta que hay que improvisar.

No son pocas las ocasiones en que debes correr detrás del entrevistado. O esperar afuera de su oficina, sentado en un mueble para las visitas, con una taza de café enfrente. Siempre hay que esperar. Pasas gran parte del tiempo en esperar.

Los grandes políticos o empresarios suelen ser expertos en la materia. Están muy ocupados decidiendo, tomando las grandes decisiones que definen el futuro de miles.

O cuando la noticia está caliente, está ocurriendo frente a ti, luchar codo a codo para poder meter la grabadora en medio de un puñado de micrófonos, de cámaras, de celulares que están peleando por una exclusiva o por las mejores declaraciones.

Los periodistas buscan esa exclusiva… Los periodistas buscan esa noticia que marque. Es un mecanismo mental un poco olvidado por las nuevas generaciones que meten el micrófono, la grabadora, la cámara, el celular y ya está.

No. El verdadero periodista está pensando, olfateando. Es un mecanismo mental que se activa tan pronto llegas a la oficina, lees los periódicos del día o ves el noticiario matutino. Se activa tanto cuando hablas con una fuente o escuchas una secretaria, guardia de seguridad, etc; quienes suelen ser tan importantes para el trabajo como tener batería en la cámara.

Ese olfato es como lo llaman los viejos en el oficio. Y se pueden citar miles de frases de famosos reporteros que lo llaman igual. El periodista es ese lobo que avanza en la nieve buscando información.

No los obtienes de la noche a la mañana. Ni con un título. Ese olfato se lo cultiva con la práctica. Aprendiendo a leer los escenarios que plantea la sociedad.

Un periodista sin olfato es como un perro guardián que no ladra.

Como cronista no olvido cómo funciona la mente y la capacidad de observación del oficio. Cuando está bien afinada, eres un satélite recibiendo, analizando y procesando información todo el tiempo. Todo lo que te rodea es importante.

Los aromas, los colores, cada palabra y el orden en que la colocas puede decidir si un texto es bueno o no. Un periodista es un albañil. Cada palabra es un ladrillo. Colocarlo en el orden adecuado es un arte.

Pero claro, si fuera tan fácil como colocar ladrillos en un orden adecuado…

También hay que saber escuchar. Muchos consejos de un editor, de un compañero con más experiencia es vital si estás en formación.

Ese es el problema de quienes apenas consiguen el título. Creen que eso los vuelve profesionales y expertos per se. Por eso acostumbran prender la grabadora y olvidarse de su alrededor. Están tan pendientes de sí mismos que se olvidan que lo importante está fuera de ellos.

Una vez, un periodista ya mayor dijo “el problema de los periodistas jóvenes es que creen que con el título bajo el brazo ya lo saben todo”.

El oficio lo aprendes en la calle. La sensibilidad viene contigo. Las aulas te pueden enseñar cómo empezar una entrevista, pero cómo guiarla, cómo manejar a un entrevistado severo o que tal vez evita dar información es tema de experiencia.

Eso pasó cuando entrevisté a un famoso presentador de televisión. Era una personalidad de Guayaquil. El hombre intentó suicidarse cuando su esposa falleció, y mi editor me decía que era un tema inevitable para tratar.

Además, era un hombre muy culto. Sabía de música como sabía de literatura. No se podía llegar y simplemente prender la grabadora y hablar. Había que estar a la par. Había que estar informado sobre su vida, cómo llegó a Guayaquil, qué recorrido hizo en la ciudad, cómo había sido la relación con su esposa, qué música le gustaba.

No era de llegar y decir “hola, ¿cómo se llama?”.

Esos son errores de novato. Como me pasó alguna vez con un caso de violación. Trabajaba para la sección judicial de un diario. Al mediodía, luego de hacer mi reportería, llegué a escribir mi nota. En esos tiempos las horas de cierre de cada sección eran muy estrictas.

Tenía una hora para poder entregar mi escrito. Entonces vi un noticiario de televisión que se refería al mismo tema sobre el cual escribía. El reportero decía que la jueza a cargo de mi tema, sobre una acusación de violación, ya había dictado una sentencia liberando al sospechoso.

Me quedé mudo. Mi nota decía algo diferente. Me acerqué a la editora y le dije lo que había visto y enseguida salí corriendo a la oficina de la jueza para que me explique qué había pasado. La mujer me mostró un cerro de cajas donde estaba toda la información del caso y me dijo “ni siquiera he abierto las cajas”.

Regresé con el rabo entre las piernas a hablar con mi editora. Con su sarcasmo usual me preguntó qué había aprendido: “Nunca más confiarse de otras fuentes que no sea la propia, que no sea yo mismo”. “Correcto”, me respondió.

Los periodistas más jóvenes te dirán la frase cliché de esta generación: “García Márquez dijo que es el oficio más lindo del mundo”. Puede ser.

Pero el tiempo que dedicas a esto es enorme. Las salas de redacción están llenas hasta las 10 o 11 de la noche. Y no miento. En un viernes, salir de la oficina a las 6 de la tarde valía que tus compañeros te digan “medio tiempo”.

Cuando los más novatos se dan cuenta que no todo es emoción y aventuras se les suele acabar la batería. Algunos se retiran. Otros optan por carreras dentro de las mismas empresas donde al principio yo quise trabajar.

Más de un editor me ha repetido la misma frase: “La noticia nunca para, no duerme”.

Una empresa española, CareerCast, pone al periodismo entre las 10 profesiones más estresantes del mundo. Compite con policías, bomberos, militares, piloto de avión, alto ejecutivo de empresa, entre otras.

El Informe Anual de la Profesión Periodística reporta que entre el 25% al 50% de los periodistas aseguran tener síntomas de hartazgo en el trabajo.

México es el país “más peligroso” para ejercer esta profesión. Desde el 2000 fueron asesinados 100 periodistas y solo en el 2018 mataron a 11.

En Ecuador, está fresca la memoria del equipo de diario El Comercio, asesinados por la delincuencia en la frontera norte. Dejó una gran lección “por mucha noticia exclusiva que quieras, la vida se cuida”.

Solo Luisa Lane tiene la suerte de tener un Superman que la rescata de cualquier parte del mundo. El resto, los periodistas de a pie, no.

Lo único cierto es que este oficio tiene una adrenalina que es única. No importa que seas novato, experimentado o viejo en este trabajo. Todos coincidirán que lo mejor es ese corre corre que hay entre cubrir una noticia, llegar a la redacción, a la editora, etc.

Lo último que quieres es dejarla. Es adictiva. Es difícil describirla más allá de eso, adrenalina. Es tener el tiempo en contra, es buscar ese dato faltante, es hacer esa entrevista que tanto buscaste.

Ahora miro atrás y veo en mi mente a esa niña de 7 años. Nunca más la volví a ver. Cuando pienso en ella pienso en cómo será su vida. Si habrá superado su tragedia. Si tendrá hijos, esposo, una familia, un hogar.

De esos momentos cuando extrañas la adrenalina…

______________

* Carlos Narea, guayaquileño, es miembro de loscronistas.org

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Comment (1)

  1. Los Cronistas

    15 Mar 2019

    Carlos Narea explora los sentimientos y las conductas que enfrenta el reportero, aquel periodista que vive en la calle y que tiene la misión de mostrar al público la vida real, la vida cotidiana. la vida tal como es.

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