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Por Tatiana Mendoza.

Esta noche jugaré como ciega en el sótano. Busco el vestido menos ostentoso, pero no tan sencillo. Quiero verme sexy, no pornográfica.

No es una tarea fácil: más bien resulta un tanto arriesgada como muchas cosas que suceden en la vida, estando fuera o dentro de la casa, la vida es una maldita ruleta rusa.

Son las diez. Carolina envía un mensaje. Dice que ya llegó al aeropuerto José Joaquín de Olmedo. Frente al espejo dialogo, nerviosa como nunca, determinante como siempre. No le escribo la respuesta, le llamo, es más rápido y puedo sentir su tono de voz.

-Carolina, ahora estoy viviendo en La Alborada, atrás de Plaza Mayor. ¿Sí te ubicas?

-Claro, en diez minutos estoy allá, espérame afuera.

-Listo.

Cuelgo o ella cuelga, a la final estoy con el celular y las manos empiezan a temblar. Aún tengo siete minutos para ir a la tienda y fumar un cigarrillo, bálsamo para la ansiedad.

Con el segundo cigarrillo y expirando humo, Carolina baja del taxi, se pone de acuerdo conmigo, también está vestida de negro, pero con camisa y pantalón, muy a lo alemana.

-Tatiana, tengo hambre, vamos a ese asado.

-Sí, muero de hambre también.

La noche de Guayaquil está más ruidosa que nunca, mujer gritando al vecino, tráfico, niños inhalando la droga H, indígenas vendiendo rosas y corazones de algodón. Es 14 de febrero.

La comida está buena y ya con el atuendo nos vamos a disfrutar de esta celestina noche.

El bar con el nombre de “Revólver” nos abre la puerta y escuchamos la voz sensual de Jim Morrison, pedimos un par de bielas heladas.

La señorita noche está avanzando y está perdiendo los estribos y un poco la moral, hemos bebido unas cuatro cervezas cada una y siento su mano en mi espalda, de arriba a abajo, en ese tono, un masaje con energía diáfana, eso es.

Carolina sabe que soy heterosexual y yo sé que ella desde que nació es lesbiana, pero esta noche no somos etiquetas de la sociedad, somos dos personas en el mundo real.

En mi ignorancia de cómo seducir a Carolina pido otra biela, sería la quinta y ahora sí me siento sexy.

-Tatiana, bailemos por favor.

-¿Quieres bailar rock? Eso no se baila.

-Vamos, quiero hacerlo contigo.

Está David Bowie con su Modern love, alzo las manos, muevo mi cintura, cierro los ojos. Tenemos público, pero eso no importa. Tampoco voy a ponerme filosófica.

Sus manos en mi cintura, mi cara en su cuello, estoy en terreno desconocido. Carolina sabe manejar la situación y yo por primera vez en mi vida me dejo llevar, no sé si alguien del lugar me conoce pero estamos dando un buen show.

Termina Modern love y nuestra puesta en escena, miro el reloj. Estamos a minutos de la medianoche, voy al baño y tengo mojado el interior como si hubiera entrado al mar, empapado y salado.

Carolina guarda todo en mi cartera, me acerco y decidimos irnos, la rondita de bielas nos salió un poco cara, pero igual queríamos que la noche perdiera su virginidad.

Garzocentro aparece ahí, en una de esas avenidas tan grandes, tan amplias. Circulan pocos autos, pero ahora vemos travestis, chicas prepago y rockeros de poca monta.

Carolina me toma la mano, cruzamos la calle, muertas de risa como si no existiera mañana, ni deudas de alquiler que pagar, ni trabajo mal pagado como ser maestra de colegio.

Avanzamos a una licorería, nos sacamos los tacos, pisamos tierra y ahí está un hombre discutiendo con su pelada, no la golpea, pero le habla tan fuerte que escuchamos todo y estamos listas si él quiere hacerle algo, pero el algo nunca sucede.

La noche cambia a madrugada, la licorería acompaña nuestra aventura con un ron Cienfuegos, una Coca Cola, hielo y cigarrillos.

Mi casa no está lejos, vamos conversando sobre Alemania, donde ella vive, lo que hace. Cuenta que tiene una pareja, recién una semana saliendo, pero asegura que fue amor a primera vista.

-Carolina, eso no existe, no estás en el colegio.

-Tú sólo conoces de hombres, esos manes no saben lo que es amar.

-Ah. Y tú tienes la varita mágica.

Abro la puerta de mi casa, un desorden completo como mi cabeza, entramos, enciendo la luz y no se me ocurre más que poner el tocadiscos y el vinil de Soda Stereo, Canción animal. Carolina prepara la bebida y al ritmo de Cerati nos sentamos a beber en la cama.

En un segundo busco el cigarrillo, ella me detiene y ubica su mano en mi muslo. Suave y delicada, besa todos mis labios.

Madrugada inexperta, la cama relincha, jugamos en todas las posiciones.

La dueña de casa que vive al lado golpea la pared, estamos gritando sexo, Cerati llega a la última nota de Entre caníbales y estamos comiéndonos Carolina y yo, los dedos y las lenguas recorriendo paisajes oscuros y desconocidos, las vulvas acariciándose, las sábanas empapadas y todo enmudece frente a nuestro divino caos.

Tengo obsesión con el tiempo. Miro el reloj y ya flota la aurora en el cuarto.

Hay vasos rebosando ron, colillas de cigarrillos, Cerati termina su concierto, Carolina dormida, yo cierro los ojos.

Es miércoles 15 de febrero y el calor me despierta. Todo es un horno, pero estamos desnudas y sonriéndonos, un descubrimiento para mí, una noche cualquiera para ella.

¿He traicionado mi moral? No. He ganado una escalera al infierno. He abierto una puerta y quiero abrir otras.

 

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