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La boda de la Princesa y el Encantador, historia de amor y pueblo

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Por Teresa Lema Guamán*

Estoy en Cuenca. No, estoy en las calles Cuenca y Mideros, en Quito. Me resigno a comprar la cubeta de huevos a tres dólares y veinte y cinco centavos en la tienda que está cerca de la casa, porque en todos los lugares en los que pregunté repitieron el mismo precio. En Cuenca, la última vez costaba solo dos cincuenta. Mi mochila espera llenarse con todos los alimentos para la semana, pero la multitud me confunde y yo sigo teniendo miedo de que las vendedoras se fijen mucho en mi inexperiencia y me cobren más de lo que deberían. En la calle Cuenca, el movimiento de la gente se hace más pausado. Es la tarde del sábado 4 de septiembre de 2021. Después de 18 meses en los que un microorganismo detuvo al mundo todos intentamos volver a la normalidad.

Ayer en la noche, un tweet de la periodista Sol Borja me ayudó a entender el por qué de las flores en el arco de la iglesia de San Francisco. La Plaza estaba vacía, mi amigo Ángel y yo caminábamos especulando sobre el motivo de la música e iluminación en la terraza del Centro Cultural Metropolitano y de la elegancia de los uniformados que se ofrecieron a escoltar a una pareja. Debe ser un evento político, dijo él, cuando, mirando hacia la puerta de la iglesia, cambió de tema: ¿y ahí qué estará pasando? Asumí que lo que sea que fuese ya había terminado.

Continuamos por entre el gentío de viernes a las 06:30 de la tarde. Puertas enrollables que se cierran, personas con ropa de colores cargando fundas, sacos, bolsos. Niños de la mano de sus padres, llorando, riendo, pidiendo. Y entre esa prisa el ritmo se detuvo en cada piedra que pisaban ellos: tomados de la mano, dos jóvenes con vestuario de Otavalo caminaban como quien no quiere llegar a su destino.

Ella, esbelta, con su anaco azul marino, la faja y su blusa blanca. Él con un sombrero de paño, un saco negro y un pantalón blanco corto. Cada prenda era pulcra y de alguna forma potenciaba el efecto de la luz que los rodeaba. Había tanto que ver, pero mis ojos eran arrastrados hacia ellos; sin querer incomodarlos busqué otra cosa que ver mientras pasaban a nuestro lado. Pero qué elegancia, dijo Ángel, y supe así que no había sido solo percepción mía lo que ellos mostraban. Al llegar a una puerta negra, él se despidió y volvió a bajar la calle hacia nosotros. En la intersección se alejó por la derecha mientras hablaba por teléfono, yo no dejé de mirarlo hasta que desapareció. Y en mi cabeza se repetía una y otra vez la imagen del sombrero y la trenza, mejor cuidada que la mía. Ya en la casa, el ruido de los fuegos artificiales lo invadió todo.

Después de leer el tweet fui a stalkear en Instagram al “ángel de Victoria Secret que se va a casar con un ecuatoriano”. Una historia rompió las especulaciones anteriores: Jasmine mostraba a una pareja de bailarines con traje típico rodeados de espectadores vestidos de gala en la terraza del Centro Cultural Metropolitano. Una foto del feed llamó mi atención: sobre un fondo blanco, la mujer en ¾ mira hacia la cámara, su cabello cubre la mitad de su rostro y con su mano derecha toca su brazo izquierdo. La paleta de colores de su piel me hizo sonreír un rato.

Continúo por la misma calle hasta llegar a la Plaza San Francisco que, a diferencia de ayer, está invadida por jeans, licras, delantales, anacos, camisetas con rostros y leyendas, zapatos deportivos, botines, chancletas de todos los colores y estilos. Hay mucha gente, pero no tanta como para llenarla o para no poder mantener el “distanciamiento social”. En la iglesia, las flores ya no cubren solo el arco de la puerta sino también las gradas. Mientras cruzo escucho muchas veces la palabra “boda”.

—Pa’ lo más que se case un hijueputa que mañana o pasado ya estará preso…

—¿Qué es lo que hay, vecino?

—Que se casa el hijo del Vicepresidente y ya mañana o pasado el taita ya estará preso.

Debe estar cerca la hora de la boda, porque una pareja elegante llega y sube las gradas sobre las que tres hombres de negro están de pie, mientras una señora de pantalón rojo, blusa rosada y delantal azul está limpiando. Hay hombres con trípodes y cámaras.

Hay policías metropolitanos. Policías de casaca verde fosforescente. Y los del uniforme elegante de ayer.

—Hasta militares, vea papi— dice un mini Spiderman.

El edificio detrás de mí debe ser Casa Gangotena. Leí que esta “tradición” —elegir a Quito como postal turística— la había empezado el Toño Valencia. Suenan sirenas policiales, gente vestida de gala sale del hotel y entra por la parte lateral derecha de la iglesia. Supongo que esos son sus mejores trajes, pero yo qué sé de elegancia. Pensé reírme de las mascarillas hechas con la misma tela del traje, pero ahí nadie usa esas cosas.

Me pregunto si podré ver a la Princesa o al Encantador, porque aquí afuera el pueblo espera ver algo. Espera ser salpicado, mirar siquiera el resplandor. Un pueblo que decidió esperar, y con esa espera poner en pausa su vida, por un momento del día parar todo, que no importe nada, no hay cosas que hacer, no hay que preocuparse por mañana. Dueños de sus minutos se detienen en la Plaza deseando ver algo que solo se pueda ver una vez. Por unos minutos, respirar otra realidad. Porque es imposible no ver un “nosotros” y “ellos” en este espacio. La iglesia y la Plaza. Casa Gangotena y la calle.

—Un avión por donde va a caer la novia— dice una niña mirando al cielo y los adultos que la acompañan sueltan carcajadas.

—Ya quisiera yo tener dinero para gastar en todas esas flores…— dice un hombre de camiseta blanca y gorra azul.

La verdad no les veo el gusto. Si me hubiesen preguntado a mí, hubiese elegido poner más color en esos arreglos florales. El verde de los tallos y hojas se come el blanco de las flores. Me pregunto si la organizadora está contenta con eso y con nuestra presencia aquí afuera. Giro y la gente que estaba a mi alrededor me ha dejado sola para ir a acumularse frente a la entrada de Casa Gangotena: va a salir por ahí la Princesa de Ébano. Eso de una forma tonta me pone feliz, que sea morena, aunque tal vez para ella no es lo mismo que para mí, quizá a ella el color de su piel nunca la acomplejó. Porque Jasmine Tookes, aunque tenga la piel más oscura que Jazmín Lema, no morirá en la frontera dejando a su bebé en brazos de su compañero pidiéndole que lo llevara con su abuela.

—¡Ya sale la novia!

Pero no sale, la gente vuelve a dispersarse y se sienta en las gradas de la Plaza. Esto parece un acordeón que se cierra a la mínima señal de la aparición de la Princesa. No me quiero levantar, aunque tengo miedo de que en un momento de furor la gente me aplaste. Pero no son tantos, sobreviviré. Caminé demasiado como para esperar de pie. El sol me molesta. ¿Y qué hago aquí? Quiero ver a una princesa Tiabeanie y al diablo de Cantuña disfrazado de Lucy salir corriendo de esa iglesia y armar una fiesta en la Plaza. Quiero ver a ese borracho de casaca roja y mascarilla en el mentón, subir de intensidad sus ininteligibles reclamos que alientan a la revolución. Quiero ver cualquier cosa que estoy segura que no ocurrirá.

La mayoría de los que estamos aquí no teníamos esta parada prevista. Del otro lado de la Plaza, en las tiendas, la gente hace su día normal. Una señora gorda y pequeña, vestida con una licra azul y chompa amarilla, pasa a mi lado casi corriendo, se da la vuelta para decirle, enérgica, a alguien, que se quede dónde está, y continúa. Le sigue un niño pequeño, vestido completamente de azul. Dudo que tenga más de cuatro años. Baja las escaleras riendo y se entretiene con unas burbujas que alguien sopló. La señora va ya por mitad de la Plaza. El niño, al darse cuenta, corre hasta alcanzarla y se cuelga de su mano. Lo que es crecer en la ciudad… Si Daniel, mi sobrino, estuviera conmigo, jamás le soltaría la mano.

Uno de los uniformados elegantes se acerca a la gente, pidiendo que se sienten un poco más lejos, pero a nadie parece importarle mucho su presencia. Todavía se escuchan los gritos del borracho que después de ser enfrentado levemente por un policía se aleja cruzando la Plaza. Otra vez el acordeón se cierra. Ya no les creo y me esfuerzo por entender las palabras del borracho para escribirlas aquí. Quien ha salido es un hombre calvo rodeado de más hombres. Es el Vicepresidente, dicen. Al estilo monárquico se acerca al pasamanos y saluda sonriente. Unas señoras con delantal se acercan por la Plaza y desde abajo le dicen algo. Él responde, efusivo. Poca gente, un tanto confusa, responde el saludo, otra poca aplaude. No es a él a quien quieren ver. Yo no quiero que le saluden de vuelta. De hecho, tengo ganas de gritarle insultos sin saber bien por cuál de tantas razones, aunque creo que es más por costumbre.

El borracho ya calmado se pasea entre la gente y mira atento a un grupo de gringos, quizá intentando entender lo que dicen, como yo hacía antes con él. Un niño —turista, supongo— les da comida a las palomas que, asustadas por el ruido de las sirenas, se levantan en grupo, rodean con su vuelo la Plaza y se posan un poco más allá. Los anacos roban mi atención recordándome la historia de amor que vi ayer. Una niña muy pequeñita viste el atuendo otavalo; en Cuenca no es tan común ver niñas con pollera. ¿Y a qué hora va a salir la Princesa? Mira, hay mujeres guardaespaldas, ¡viva la equidad!

—Aquí, ñaño, en la boda de mi pana— dice un joven que viste de negro y lleva una cadena en el pantalón.

Hasta a mií me toca contarle a alguien que “se casa el hijo del Vicepresidente”. Él tiene más méritos, pero aquí nadie dice nada de Snapchat —empresa de la que es su creador y ejecutivo—. Una señora, mostrando decepción en su rostro, se aleja diciendo “pensé que venía el Papa”. Otro borracho entra en la escena reclamando a los curiosos: “¿Y a ustedes qué, Lasso les va a dar recuerdos? Manada de vagos”. Y me recuerda a la rabia de mi papá cuando nos veía de balde. En Guapán mi familia debe estar sembrando maíz.

No pienso esperar más. Debo encontrarme con Ángel más tarde y todavía me quedan muchas cosas por comprar. La gente vuelve a acumularse. Me levanto y unos niños empiezan a correr. Frente a la entrada de Casa Gangotena se escucha: “¡Jasmine, Jasmine, Jasmine!”, como porras de amigas cercanas. Dura poco, luego el silencio se toma el lugar.

Jasmine camina a paso ligero, debajo de la tela blanca resalta su piel intensa. Con una mano agarra su gran vestido y con la otra aprieta el velo contra su cabeza. Hay muchas personas vestidas de negro a su alrededor. Una sostiene una sombrilla que la cubre. Se detiene cerca de la puerta de la iglesia, se acomoda el velo pero el viento quiere robárselo. Las personas a su alrededor se asustan e intentan ayudarla, pero ella lo soluciona sola. Se para frente a la puerta y entra a la Iglesia. Hasta los reporteros tienen cara de decepción. ¿Qué es lo que esperaban de la Princesa? ¿Un saludo? ¿Un beso volado? ¿Alguna muestra de afecto? La gente empieza a esparcirse, desencantada. Jasmine no vino a Sudamérica para espolvorear su magia de ángel. Jasmine solo quería casarse. No vino a ver a un pueblo hundido en el hartazgo de la realidad, sediento de fantasía, ni a saber si aprobamos la gestión de su suegro o de la organizadora de bodas.

—Esta noche hay entierro—, dice riendo una joven a otra que carga un bebé en la espalda.

—Usa siempre la mascarilla. Usar mascarilla no es opcional, es obligatorio—, se escucha en la Plaza mientras una parte de la gente se retira.

Una reportera y un camarógrafo siguen buscando un sitio estratégico. Me imagino que la salida de la iglesia será triunfal. Pero “con permiso, señor Delgado…”.

Más tarde, al volver a la pileta de la Plaza miro a la gente irse, llevando flores blancas en sus manos. Ángel, que había llegado más pronto, me cuenta lo que vio. Con otras palabras, narra una escena que ya había leído antes en la novela El Perfume: “Y de improviso desapareció en ellos la última inhibición y el círculo se deshizo. Se abalanzaron sobre el ángel, cayeron encima de él, lo derribaron. Todos querían tocarlo, todos querían tener algo de él, una plumita, un ala, una chispa de su fuego maravilloso. Le rasgaron las ropas, le arrancaron los cabellos, la piel del cuerpo, lo desplumaron, clavaron sus garras y dientes en su carne, cayeron sobre él como hienas”. Solo que, a diferencia de los habitantes de la Rue aux Fers, donde pudieron llevarse un trocito de ángel, el pueblo acumulado en la Plaza San Francisco tuvo que conformarse con unas cuantas flores.

Quizá sí necesitamos una monarquía, pienso sarcásticamente, pero en lugar de shows elitistas sería mejor que todos, de vez en cuando, pudiésemos disfrutar del teatro, del cine u otra forma de arte para tener el privilegio de permitirnos sentir de otras formas, de ficcionarnos, de ser y no ser más de lo que nos obliga el día a día, porque aquí ya nadie tiene interés por creer en la realidad.

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*Teresa Lema Guamán (Azogues, 1994). Fisioterapeuta y estudiante de actuación. Realizó el cortometraje documental Devenir. Es colaboradora permanente de loscronistas.net

 

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Comments (2)

  1. César Rodríguez

    09 Sep 2021

    Una lectura increíblemente cargada y a la vez tan vacía, describiendo de forma tan repetitiva una serie se personajes, dando paso cada tanto a pinceladas de resentimiento, que es en resumen lo que guarda este escrito. Por mucho, peor lectura que he tenido en mucho tiempo, al punto de terminar escribiendo un comentario y no simplemente ignorarlo como correspondería.

    • Los Cronistas

      09 Sep 2021

      César: Gracias por su comentario. Nosotros valoramos todo tipo de opinión, no solamente las que son favorables a nosotros o a nuestras historias. La línea editorial de loscronistas.net es de libertad de expresión absoluta para cada uno de sus colaboradores, estemos o no estemos de acuerdo con el texto. Esperamos que nos siga leyendo porque nuestros textos tienen contenidos de todo tipo, ideología, temática y estructural. Le invito a seguirnos leyendo y estoy seguro de que encontrará material interesante y de calidad.

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