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«El brujo Rohn». Una crónica de Víctor Vizuete Espinosa

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Por Víctor Vizuete Espinosa*

Tuve una infancia feliz. Mis padres eran afectuosos y preocupados por nuestro porvenir. Aunque proveníamos de un hogar modesto siempre anduvimos, como decía mi mamá, vestiditos como ricos. La familia Rhon era respetada en La Floresta, donde siempre residió.

Mi vida seguía su curso normal. Estudiaba y pajareaba, como todos los adolescentes de mi edad. Y aunque no era una lumbrera, los dos primeros cursos en la Unidad Educativa Juan Montalvo los pase sin ningún contratiempo.

Sin embargo, a los 14 años me pegué la primera borrachera y me gustó. Entonces ya andaba con los pelados de la esquina haciéndole al fantoche y jugando a ser grande.

Todos mis panas le metían duro a la marihuana. Yo pensaba que nunca llegaría a probarla pues una vez al Roge le dio una blanca del otro mundo y eso a mí me dio mucho miedo.

Pero un día en que nos emplutamos todos los del grupo me convencieron. Además, estaba la Marga, una chamita que me gustaba ‘full’ cantidad y también le entraba a la hierba. Por estar a su lado, yo hubiera fumado eso y mucho más.

Empecé metiendo hierba una vez por mes, luego cada 15 días, cada ocho… cada vez que podía. !Qué tenaz! Lo fácil que me resultó entrar y lo difícil que me resultaba salir.

A los 17 probé por primera vez la coca. Me había retirado del colegio y mi relación con mis viejos era intolerable. Pero la droga me ayudaba a evadirme de todo.

Traté de mejorar. Entré a trabajar en una fábrica de cosméticos. A los tres meses me botaron porque empecé a robar para poder pagar mi vicio. Me encontraron llevándome unos perfumes. No me encarcelaron de milagro.

Decidí marcharme. Sabía lo que sufría mi familia por mi culpa. Mi angustia era grande; sentía que no servía para nada.

En Guayaquil anduve peloteado por más de un mes. Viviendo como un menesteroso y sufriendo como un infeliz por la falta de «nieve». La primera vez que puse el brazo a un cucho pluto no pude dormir por una semana. La conciencia me acusaba…, pero más pudo mi adicción.

Me hice experto en perseguir borrachos, mujeres confiadas y montuvios despistados. Les robaba por las buenas o por las malas. Así viví por el lapso de dos años.

Para seguir el mismo cuento me trasladé a Esmeraldas. En mi nueva fuga tuve más suerte. Me dediqué a abrir candados y puertas Lanfort. Así pude saquear algunos almacenes, lo que me reportó mucho dinero, que me sirvió para vivir y solventar mi vicio.

Hice rutina caer todas las noches en Las Palmas, donde me aprovisionaba de droga y me embriaga en unión de las chicas que bajan a la playa en busca de diversión.

Una de ellas me puso en contacto con dos amigos suyos que eran traficantes pesados. Entre cerveza y cerveza estos me pidieron que les ayudara en la distribución de la pasta y yo acepté. Por ese tiempo, ya sabía el teje y maneje de este comercio y me pude desenvolver tranquilamente.

Ganaba mucha bola y frecuenté los mejores sitios. Vestía la ropa más caché y tenía siempre a mi servicio las hembritas con más feeling. A pesar de eso, nunca pude dormir tranquilo, pues empecé a tener frecuentes pesadillas, en las que siempre era perseguido y apresado.

Una sobredosis me sacó de circulación. Me tuvo entre la vida y la muerte en el hospital Delfina Torres de esa ciudad. Fueron más de cuatro meses de una lenta recuperación.

Cuando salí, mis proveedores se habían conseguido otro brujo.

Volví a Quito decidido a cambiar. Nada que ver. Mi estado natural era vivir volando y asaltando para volar. Traté de suicidarme algunas veces, pero me faltó valor. Empecé a ver cocodrilos de colores que trataban de atraparme. Estaba cerca de la fase final.

Por esas cosas de Dios, mis hermanos dieron con mi paradero. Fue uno de esos viernes en los que yo divagaba por los antros de la Zona buscando droga y ellos, los dos, salían de una discoteca en unión de sus amigos. Me reconocieron y me condujeron a casa de mis padres.

Luego me internaron en el psiquiátrico Julio Endara, en Conocoto. Ellos pagaron mi tratamiento y estuvieron pendientes de mi estado. Fueron nueve meses de desintoxicación y adaptación. Dolorosa, desesperada desintoxicación.

Hoy estoy cambiando. Llevó siete meses sin probar droga y cuatro trabajando como bodeguero en una fábrica de plásticos. Nunca he topado un clavo, ni pienso hacerlo….

Estoy saliendo de la locura, del abismo total. Ya no tengo ningún infierno personal.

____________________________________

*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Trabajó por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

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