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Cuando aprendimos a morir: el año de la pandemia. Por Ronald G. Soria

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«G, a quien como periodista enrolado le depositaban cada mes su sueldo en una cuenta bancaria, sentía a veces que se le agriaba el almuerzo cuando se ponía a pensar en cómo sobrevivía aquella gente sin la posibilidad de salir a ganar sus ingresos. Más de una vez se dijo, de manera egoísta: «Tranquilo, no es tu caso. Tu esposa y tus hijos tienen qué comer. Agradece eso». Otras veces recurría a la frase que recomendaban los médicos: «Evite que sus emociones debiliten su fortaleza inmunológica». Por eso, cuando G leyó el pdf con los resultados PCR –Prueba de Proteína Creactiva-, un escalofrío lo hizo temblar. Su edad -59- estaba cercana a la de la mayoría de víctimas del virus, en el llamado grupo vulnerable».

Por Ronald G. Soria*

A la una de la madrugada G despertó con las piernas húmedas. Se llevó la mano a la frente y se sintió fresco, pero sus piernas exudaban. Antes de volver a dormir se dio cuenta que la garganta le picaba. Seguro es faringitis, se dijo. Reconoció que esa suele ser una de sus dolencias recurrentes. O tal vez lo asumió así para tranquilizarse.
Al despertar, observó el reloj que marcaba las 5:00 am. Recordó que le habían prometido el envío de los resultados de una prueba de laboratorio que se había hecho el mediodía anterior. Encendió su laptop y verificó en el correo. Ahí estaba. Resultado de prueba PCR. Si dos años antes hubiera recibido este correo, no hubiese entendido nada. Pero ese día, un 26 de abril de 2021, aquel término –como muchos otros que aparecieron entonces- se había vuelto tan común. Si alguien mencionaba en aquel enero de 2019 palabras como coronavirus, SARS–CoV-2, comorbilidad, inmunocomprometido, EPI o EPP, aplanar la curva, prueba molecular (o de PCR), prueba rápida (o serológica), el común de las personas se quedaba en las nubes. Para nadie es desconocido que el coronavirus nos legó un diccionario nuevo. Decenas de términos que se volvieron imprescindibles para entender mejor un tema de salud pública que llenó los periódicos y noticieros de todo el planeta. Pero que también saturó los hospitales, primero, y los cementerios, después.
En el mundo, a esa hora, sumaban miles de millones las personas -de todas las nacionalidades, en lugares tan lejanos y recónditos- que como él habían recibido desde marzo de 2020 aquel tipo de resultados. En su país, G fue apenas uno de los 1’408.901 que en más de un año también lo recibieron. A muchos le salió negativo. Al abrir el documento en pdf se dio cuenta de que él era de los otros, a los que le dio positivo. Estaba contagiado del virus del que se publicó la noticia en su diario, perdido en un corto, un dos de enero de hacía más de un año.
El maldito virus reventó la cuarentena que se impuso en China en enero del 2020 en la ciudad de Wuhan para intentar contenerlo. Para entonces, el coronavirus SARS-CoV-2 o Covid-19, como finalmente y para hacerlo -qué ironía- más cercano al común de las personas, lo nombró la Organización Mundial de la Salud (OMS), había contagiado a alrededor de 168,4 millones de personas. Las muertes llegaban a 3,5 millones. Para esa fecha uno de sus tíos, tres vecinos de su misma manzana, dos amigos cercanos y un primo en otro sector de la ciudad ya habían muerto -en sus momentos- contagiados por el virus que ahora escarbaba sus intestinos en busca de sus partes más blandengues para atacarlas.
Cuando recién comenzó la pandemia, se desconocía todo lo relacionado con la forma en que el virus embestía. Tampoco dio tiempo. Cuando G dejó de llenar cortos con las noticias provenientes de Wuhan y las colocó como apertura de página, aún no le tenía mucha fe. Es decir, creía que el virus no llegaría tan lejos. Sin embargo, él cumplía informando cada día a sus editores cuáles eran los titulares más importantes que llegan en los remitidos de las agencias internacionales de noticias. Además de algún atentado en Oriente Medio y de nuevos cuerpos descuartizados en México, aparecía lo de China y la investigación en torno a un «brote viral de neumonía».
G tuvo que reconocer después que nunca lo vio venir. Nadie en este planeta, ni los periodistas más previsibles y visionarios, ni los consejeros científicos del área de la salud del gobierno de los países desarrollados, lo pudieron prever.
En algún momento le tocó leer entre los tantos remitidos de prensa que le llegaban enviados de todos lados por el servicio de las agencias de prensa con las que trabaja el diario de G, frases contundentes y decidoras de lo que estaba viviendo la humanidad en los días posteriores a aquel 2020 y en lo que iba del 2021, el año dos de la pandemia. «Al igual que a los discípulos del Evangelio nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos». Lo dijo el papa Francisco la mañana del viernes de 27 de marzo desde el atrio de una solitaria basílica de San Pedro.
Luego de que el virus se presentase con 27 casos en la ciudad china de Wuhan en ese recordado diciembre de 2019, a los pocos días, semanas apenas, además de la capital de la lejana provincia de Hubei, cercada para evitar que la contaminación se extendiera, se sumaron otras. Cada día se ampliaba más el perímetro de los infectados.
De los once millones de personas que viven en Wuhan, zona de donde el gobierno chino aplicó una cuarentena, se pasó a los 20 millones, y de una ciudad se pasó a cinco. Eso era el 23 de enero, cuando ya se habían confirmado más de 600 contagios en siete naciones del mundo, entre ellas Estados Unidos, Japón, España, Italia. Todos infectados por alguien que estuvo en Wuhan, de paseo, visitando a un familiar o a un amigo o en una cita de negocios o en un evento académico.
Para G, aquello que arrasó la humanidad era como si alguien regara gasolina sobre el planeta y dejara caer una cerilla encendida. Lo quebró todo. Las vidas de las personas fue lo más grave y triste. Pero también que fuese dejando miles de personas sin sustento con los encierros obligados: 31 millones de empleos perdidos. Encerrados, durante las cuarentenas que iban aplicando de un país a otro desde ese enero de 2020, los trabajadores independientes recurrieron a sus ahorros, los que hasta entonces estaban destinados a solventar alguna mejora en casa, el pago de una cirugía programada, el financiamiento de un viaje en familia. Los informales, aquellos que viven del día a día, quedaron impedidos de salir a las calles en busca de sustento. Encerrados, no los mataba el virus, pero sí el hambre. Se resistían al obligado enclaustramiento. Si en algún momento le temieron al covid-19, con el paso de los días, cuando miraban que no había nada para parar las ollas, preferían que los dejaran salir para solventar los alimentos de sus familias y matar el hambre.
G, a quien como periodista enrolado se le depositaba cada mes su sueldo en una cuenta bancaria, sentía a veces que se le agriaba el almuerzo cuando se ponía a pensar en cómo sobrevivía aquella gente sin tener cómo salir a ganar sus ingresos. Más de una vez se dijo, de manera egoísta: «Tranquilo, no es tu caso. Tu esposa y tus hijos tienen qué comer. Agradece eso». En otras veces recurría a la frase que recomendaban los médicos: «Evite que sus emociones debiliten su fortaleza inmunológica».
Es por eso que cuando G leyó aquel pdf con sus resultados PCR –Prueba de Proteína Creactiva-, un escalofrío lo hizo temblar. Su edad -59- estaba cercana a la de la mayoría de víctimas del virus, en el llamado grupo vulnerable.
De cara a ese escenario, G sabía algo -y lo conocía de tanto leer y publicar notas relacionadas con el coronavirus-, que además de los efectos devastadores que el virus iba provocando por todos lados, lo peor que podía hacer era tener miedo. Se levantó y le dijo a su esposa que tenía Covid. Ella lo miró despacio, de pues a cabeza, y respondió: ¿Y qué esperabas con tus síntomas? Él se había resistido a pensar que su tosecita, como le llamaba, era uno de los síntomas del coronavirus. Es más, esa misma mañana que se llevó el primer sorbo de café en su desayuno, se dio cuenta que no tenía aroma y que los huevos fritos sobre su plato no olían a nada.

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*Ronald G. Soria es un periodista guayaquileño de amplia trayectoria en los medios impresos más importantes del país. Su especialidad es la crónica, género con el cual ha ganado premios en innumerables ocasiones. La profundidad de sus historias y su personal voz narrativa son sus principales características profesionales y vocacionales. 

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