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Recuerdos de un ibarreño en el día de Ibarra. Por Diego Montenegro Andrade

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Siempre será bueno rememorar a Ibarra, la ciudad acogedora donde nacimos, nos enamoramos y nos profesionalizamos. Cada sabor guarda un recuerdo adolescente y cada rincón una historia de la niñez.

Por Diego Montenegro Andrade*

IBARRA.- Tan ibarreño que me enamoré para siempre de una chica que estudiaba en el Colegio Ibarra. La Chivita,sin que ella lo supiera, secuestró mi corazón y desató en mí sensaciones indescriptibles. Con ella, me imaginé caminando de la mano por el parque Pedro Moncayo, cuando aún permanecía incólume el inmenso ceibo que brindaba sombra al pequeño tramo de la movida calle Bolívar. Con ella quise asistir a la retreta de los domingos, después de la misa de la Catedral.
Por la Chivita, de ojos encantadores, caminé por la Mariano Acosta, después del colegio, bajo el sol o la lluvia, sinimportar la hora, solo con el deseo de verla aunque de lejos. Eran tiempos en los que la falda color beige y el buzo rojo abrían las puertas del corazón adolescente y estremecían los sentimientos. Me hubiese gustado invitarla a los helados de paila (de preferencia el de ovo) en el local de Doña Rosalía, ahí en la Oviedo y Olmedo, donde de vez en
cuando atendía la muy atractiva profesora de Inglés, hija del licenciado Rubén Darío Suárez.
Y si ella no podía de lunes a viernes, hubiese sido genial planificar un domingo para degustar los pescados fritos, con una singular vista de la laguna de Yahuarcocha, en ese tiempo sin contaminación. O para asistir a las tradicionales  verbenas de las fiestas de Ibarra, en especial la del barrio El Carmen, para bailar (o hacer el intento de bailar) con la Sonora Dinamita, Don Medardo y sus Players, la Sonora Matancera…
Había mucho por hacer y por visitar. El pan de leche con ese exquisito y único dulce de mora, que en Ibarra lo llamamos arrope, era otra opción para endulzar el sentimiento. O las empanadas de morocho a media cuadra del Parque La Merced, que muy crujientes se derretían en la boca y dejaban impregnado en el paladar ese sinigual sabor. O las fritadas de cajón ahí en la avenida Eloy Alfaro, donde Doña Rosa, una indígena taciturna que con su sazón
enamoraba a más de uno.
Eso era y es Ibarra, un crisol de sabores. Y antes de enamorarnos éramos felices jugando futbol en la acera, el arco iba de la pared al poste, el travesaño era imaginario, se contabilizaba el gol cuando le medían el porte al arquero. El juego de las canicas (bolas) era otro entretenimiento.
En la empedrada calle Salinas dibujábamos con los dedos una circunferencia para encerrar las canicas y tratar de sacarlas desde lejos, haciendo gala de buena puntería. También íbamos a jugar a las escondidas en el Tahuando, inocentes veíamos salir a las parejas de las cuevas o de entre las ramas. Años después entenderíamos que iban allí al derroche de amor.
Por esos tiempos tener una BMX era un modesto lujo. La apertura de la pista en Yacucalle desató la fiebre por el bicicross. Los raspones y golpes contra el piso de tierra no importaban, lo importante era enfrentar al vértigo. Aunque después teníamos que coger, a escondidas, la base de la bolsa de maquillaje de la hermana mayor, para intentar tapar los raspones antes de la cita con las amigas que esperaban en la esquina del Way.

Esas citas eran únicas. Saludábamos y empezaba el peregrinaje adolescente. Subíamos por la Bolívar desde el parque Pedro Moncayo hasta la Pérez Guerrero y luego bajábamos por la acera del frente. Así, hasta las 18:00, que teníamos permiso. Comprábamos los helados de cono de dos sabores y chicles. Todo era risa, criticando los outfits de los otros.
Terminamos el colegio, fuimos a la Universidad y tuvimos que dejar la ciudad para buscar nuevos horizontes. A nuestro regreso ya no vemos deambular a la loca Lupe por las calles, la casa de la Torera está remodelada y nos enteramos que el loco Jimmy ya está regenerado.
En mi caso, volví a ver a la Chivita y entendí que todos estos años he estado locamente enamorado…. De ella y de mi Ibarra del alma.

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*Diego Montenegro Andrade (Ibarra) es periodista de larga trayectoria. Ha estudiado temas de cultura, cine y comunicación. Fue editor en El Comercio y dirige su portal Código Enfoque. Es colaborador permanente de loscronistas.net

*En la fotografía, una imagen de la elaboración del famoso helado de paila, un ícono de Ibarra.

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