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Amanda y Tamia Villavicencio, herederas de la poesía de su padre. Por Rubén Darío Buitrón

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Por Rubén Darío Buitrón*

QUITO.- Hoy es viernes, 8 de septiembre de 2023. La mañana quiteña está cubierta por un cielo limpio y luminoso. Afuera brilla el sol. Adentro brilla la tristeza.

Hace un mes, exactamente el 9 de agosto, muy cerca de aquí, del edificio de la Unión Nacional de Periodistas (UNP), sicarios acribillaron a balazos al candidato presidencial Fernando Villavicencio. Eran las 6:20 de la tarde. Minutos después los médicos de la Clínica de la Mujer, donde le prestaron atención de emergencia, anunciaron su muerte.

Sí, adentro brilla la tristeza. Una tristeza dura de digerir. Pero también sobrevuelan los espíritus de la valentía, del coraje, de la indignación, del amor solidario, de la urgencia de honrar con acciones concretas el legado del candidato desaparecido.

Afuera y adentro, veinte policías armados, francotiradores en las terrazas de los edificios colindantes, guardaespaldas que forman rigurosos anillos de seguridad alrededor de los excandidatos Christian Zurita y Andrea González, sentados en primera fila junto a Gloria, madre de la víctima, y Cristóbal Peñafiel, presidente de la UNP y anfitrión del evento.

En el auditorio principal de la organización a la cual Fernando pertenecía, con asistencia de más de 250 personas, se desarrolla un acto de homenaje al líder de una tendencia que no es política ni ideológica: es social, es de la gente. Porque Fernando, que también era poeta, solía decir, como el peruano César Vallejo, “nada humano me es ajeno”.

Hay discursos, hay promesas, hay lágrimas, hay oraciones, hay una conmovedora participación de Martha Roldós, hija del mandatario Jaime Roldós, asesinado hace más de 40 años, de quien nunca se supieron las razones ocultas de su muerte en un sospechoso accidente de aviación donde nadie de la tripulación quedó vivo.

Roldós fue el primer presidente constitucional luego de la larga dictadura militar de siete años. Su discurso era humanista. Democrático. Inclusivo. Y dice Martha: “No deben repetirse las historias buscando una verdad que nunca encontraremos. Ahora tenemos que conocer la verdad del crimen a Fernando”.

Ese es el principal miedo colectivo: la incertidumbre. Todos los que estamos aquí, en el homenaje, y muchos de los que están afuera tememos que nunca se sepa quién fue el autor intelectual del magnicidio contra Villavicencio.

El cierre del evento, que hasta este rato ha durado más de dos horas, es conmovedor. Mientras en la pantalla gigante del fondo pasan imágenes de Fernando en la campaña electoral, en la Asamblea Nacional, en la clandestinidad cuando fue perseguido, en la presentación de sus libros de investigación periodística, en su trabajo como reportero de calle, en su militancia juvenil cuando subía a los buses a vender el periódico Lucha Obrera, aparecen en el escenario dos jovencitas de piel morena, de vestir informal, de sonrisas luminosas.

Son Amanda y Tamia Villavicencio, las hijas de Fernando y de la periodista Patricia Sandoval.  Tienen entre 30 y 35 años. El aire se deja invadir de un invisible y cálido abrazo colectivo y solidario.

Tamia toma el micrófono y, sin ningún rubor, exhibe su amplia sonrisa de dientes blanquísimos y empieza su alocución, en tono dulce y casi ingenuo, con una poética aclaración: “Nosotras ya no somos las semillas, ahora somos los árboles”.

Bromea con su hermana mayor, Amanda, que está detrás del telón cambiándose de ropa. Dice: “Yo acabo de casarme y tengo casi 30 años, pero mi hermana ya creo tiene 40”. Amanda aparece detrás de una cortina y con una sonrisa de características similares a la de Tamia refuta, dice con sus manos que no, no es cierto , que aún no tiene 40, y luego vuelve a desaparecer.

Es el momento clave del homenaje. El público, bañado de ternura, no se ha movido de sus asientos. Intervienen las dos hermanas, la una con una plática larga, lenta y profunda, la otra, con un aire más combativo y temerario, habla poco, pero es rotunda. Incluso cuando dice que si hay algo que le cabrea es que la gente no entiende que en un acto como este no apaguen sus celulares y la interrumpan y la desconcentren. Hay rubores y rumores que circulan por las butacas.

Algo queda claro en estos instantes previos al concierto que ofrecerán las dos chicas y su madre: la herencia de la templanza, el carácter luchador, la valentía para decir las cosas de frente, la habilidad para hacer música, la sensibilidad para escribir poesía.

Ambas recuerdan a dos de los poetas que amaba su padre: el salvadoreño Roque Dalton y el español Federico García Lorca.

Cuando se habla de la admiración por Roque, un escritor que combatió con la palabra y con las armas a las largas y crueles dictaduras en El Salvador, cruza por el escenario una certeza cargada de simbolismo: a Roque Dalton no lo asesinó la derecha política, sino un compañero del movimiento guerrillero. Así actúan las largas manos del fanatismo.

La traición desde adentro. La más vil. De eso hablan sus hijas, por eso se les escapan las lágrimas. Poco antes lo había sugerido Christian Zurita, el periodista que luego del crimen tuvo que reemplazar a la víctima en la papeleta de votación: él recordó que Fernando tenía claro que vivimos bajo un liderazgo presidencial blandengue.  Y luego dejó sembrada la sospecha por la actitud de los altos mandos policiales que tuvieron en sus manos pruebas contundentes de que se lo iba a matar. Y no hicieron nada para evitarlo. ¿Por qué?

“Mi papi no ha muerto, ahora vive conmigo todo el tiempo”, expresa Tamia, profesora de escuela en la costeña ciudad de Manta, pero tiene claro lo que le espera en la vida: “Todos los días hablo con él, releo sus libros y llego a concluir que, si bien la indignación por el asesinato a mi papi es grande, mucho más grande es el trabajo que nos espera para construir una verdadera democracia”.

A un lado del escenario hay un guitarrista que está listo para el mini concierto que ofrecerán las chicas y su mami. Tamia termina de hablar y prepara su trompeta.

Ahora le toca a Amanda, la hermana mayor, la primera hija, la más rebelde contra la vida que vivimos, la más directa, la que vive en la pequeña y bella ciudad de Cuenca, al sur del país, la que trabajaba con su padre en el portal Periodismo de Investigación.

Amanda recuerda que la lucha por una sociedad diferente, «por un país donde no haya tantos ladrones”, como decía indignado su padre, no puede ser individual. Debe ser colectiva. “Debemos tejer una red fuerte e imbatible, pero eso solo es posible tejiéndola entre todos”.

El testimonio estremece al auditorio, que también se avergüenza cuando se escucha un ring tone y ella vuelve al insistente pedido de que “esto ya es el colmo, por favor, apaguen sus celulares”.

Y Amanda, en voz alta y firme, sin que le tiemblen las palabras, redondea el discurso de su hermana: “Yo veo un Ecuador cobarde, aunque mi padre creía que es un Ecuador valiente”.

Su discurso va tomando tonos líricos a medida que se acerca la hora de cantar. “No hemos tenido tiempo para sufrir desde el día que mataron a mi padre, porque a partir de entonces todo es poesía, canciones, presentaciones, entrevistas, testimonios. Y más poesía”.

Toma su guitarra sin perder de vista al micrófono. “Nosotros rendimos homenaje a mi papi con nuestro arte, hacemos terapia con nuestro arte y cantamos y escribimos lo que él nos enseñó. Él, un niño humilde del campo, él, un luchador. Los asesinos no mataron solo a un periodista, mataron a un hombre que no solo quiso ser un padre para nosotras, sino el padre de una nueva sociedad”.

Los nombres que ella pone a sus grupos musicales dibujan su personalidad: “Oveja negra”, antes, y ahora “Gente del caos”.

Las hermanas toman asiento y preparan sus voces y sus instrumentos. Esperanzador es verlas así, como son: una dulce, otra combativa, ambas valientes.

Patricia, su madre, también se sienta junto a ellas. Además del periodismo, a ella le apasiona tocar la guitarra y cantar con convicción.

Entre el público se escuchan, bajito y casi susurrando, lágrimas, lamentos, dolores, impotencias, nostalgias por el compañero y amigo caído en la batalla de la dignidad.

La tercera y última canción del recital, con el cual se cierra este homenaje, habla de un guerrero sin miedo, el guerrero sin miedo que anda buscando la nueva tierra con el alma limpia y la sonrisa plena.

Las almas limpias y las sonrisas plenas que heredaron Amanda y Tamia.

Y que, talvez, ojalá, lo hereden también las nuevas generaciones de un país al que la hace falta nuevas e intensas y honestas dosis de valentía para enfrentar al futuro, al miedo, al omnipoder, a las narcomafias, a las poderosas sombras que hoy se deslizan por las calles y ciudades del Ecuador sembrando de muerte y de sangre y de dolor el alma nacional.

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*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es cronista y poeta. Tres premios nacionales de Periodismo. Máster en Periodismo por la Universidad de Alcalá (España). Autor y coautor de 12 libros. Director General de NOTIMERCIO. Fue editor general de los diarios El Universo y El Comercio. Es miembro de la Unión Nacional de Periodistas (UNP). Su obra más reciente es «Dicen que mis demonios son inofensivos» (2023). Director del portal loscronistas.org y de los programas «La Otra Mirada» y «Los Cronistas», que se difunden por Srradio/TV. Escribe en la revista digital Plan V y en el diario El Espectador, de Colombia.

 

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