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Por Rubén Darío Buitrón

No recuerdo aquello. Me lo contaba mamá. Me lo contaban mis hermanas. Todo entre sonrisas, aunque a mamá se le humedecían los ojos.

Tendría unos cuatro años. Mamá y Elisa, la empleada de la casa, me habían llevado al centro, de compras y, como siempre hacía mamá, a visitar la iglesia de La Compañía, confesarse y comulgar.

Decían que, de regreso a casa, entre las cinco de la tarde, nos habíamos subido a un bus repleto de pasajeros y que, de pronto, desaparecí de la vista de las dos.

Cuando me lo contaba, mamá decía que me había encargado con Elisa, pero nunca entendí por qué confió en ella para que me cuidara. ¿En qué estaría pensando mamá? ¿En su descubrimiento de que su marido la traicionaba y que esa certeza la atravesaba el alma hasta la obsesión y el dolor más vivo?

Había sido una noche devastadora. El más pequeño de la familia no estaba y se creía lo peor: que me robaron o secuestraron, que caí del bus, que estaría herido o muerto, que sería de llamar a la Cruz Roja y a la Policía, que papá tendría que pedir a sus amigos del Gobierno que lo ayudaran a encontrarme.

Casi no habían dormido. Mamá, por el peso de la culpa. Papá, porque sentía la responsabilidad de encontrarme. Mis hermanas porque extrañaban y les hacía falta su mimado. Eso decían.

Pero, tal como me lo contaban, para mí el desenlace de esta historia es ambiguo. ¿Cómo fue tan fácil que al día siguiente una señora de apellido Mantilla, de los dueños de El Comercio, llamara a la Cruz Roja para avisar que me había visto caminando desorientado por las calles del centro, que me había dado la mano, que yo había accedido a ir con ella, que me había llevado a su casa y que ahí había comido y dormido bajo el cuidado de la señora hasta el día siguiente, cuando decidió avisar.

Desde que supe esta historia, hasta hoy, me hace hoyitos el alma la idea de haber sido descuidado por Elisa y mi mamá en medio del tumulto del bus.

Y aunque pudiera parecer intrascendente, ya que con los años el episodio se volvió una anécdota familiar, supongo que ese hecho marcó mi vida torciendo alguna fibra de mi capacidad de entender los sentimientos.

Quizás es la razón para que mi corazón quedara tocado para siempre por los olvidos. Por los míos y por los ajenos. Tiendo a dejar atrás, con facilidad, la memoria afectiva y, más bien, lo que recuerdo son las cosas que me han hecho daño o me han dolido.

Las personas suelen acusarme de que valoro con ligereza el pasado y a los personajes importantes de mi existencia.

Nunca sentí rencor por aquel olvido, pero admito que algún placer se me ilumina cuando desaparezco de la vida de alguien que me quiere, como si la vida fuese un bus repleto y resultara fácil escurrirse entre la gente.

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