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El nido vacío: saltar del escenario al palco. Crónica de Carmen Inés Merlo

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¡Cómo extraño su voz, sus ojos pícaros y sus pobladas cejas camufladas detrás de sus redondos lentes negros! ¡Cómo añoro su manera de apapacharme con esos brazos fornidos! Su caminar inquieto por la casa, su música reguetonera y rap, sus ropas tiradas en el piso por doquier y hasta su desorden… En un acto casi masoquista entro a su dormitorio, me recuesto en su cama y con suavidad acerco su almohada a mi nariz para reconectarme con su olor a hierba mojada.

Por Carmen Inés Merlo*

No lo vi venir: fue un proceso imperceptible, casi susurrante.  

Recuerdo aquella opresión en el pecho que sentí cuando una tarde fuimos al centro comercial Scala y, mientras subíamos juntos por las escaleras eléctricas, soltó de forma abrupta mi mano porque vio a sus amigos acercarse a saludar. 

Yo tenía la costumbre de tomarle la mano siempre que salíamos juntos a pasear.  Él no se incomodaba. Por el contrario, parecía sentirse orgulloso y hasta me la apretujaba con fuerza.  Pero esa vez fue distinto.  La  dejó en el aire, de sopetón. 

¿Qué pasó con ese niño que hace unos pocos meses buscaba mi consuelo, mis consejos, mi tiempo?  

A veces me pellizco, incrédula, para ver si es el mismo hijo que sólo unos años atrás me miraba con dulzura y ternura, ese adolescente que me usaba como su chofer a tiempo completo, que necesitaba mi opinión para saber si podía combinar camisas estampadas con pantalones a rayas o a qué temperatura se fríen los camarones para no quemarlos. 

Ya no buscará mis brazos, mi atención, mis oídos.  Ahora su enfoque está a miles de kilómetros de su hogar, en un país gélido donde decidió ir a estudiar y aprovechar, al igual que su hermana, las oportunidades que ofrecen la educación y la cultura canadienses.

No soy novata en este proceso. Ya viví ese vacío y lo tuve que interiorizar tres años atrás, cuando mi bella primogénita optó por estudiar en el exterior.  Sin embargo, esta vez es peor, porque el nido ha quedado vacío, deshojado de sus dos polluelos.  

¿Qué me sucede? ¿Por qué me cuesta soltar? ¿Por qué me cuesta visualizarlo como un ser independiente y confiar en que hice un buen trabajo de crianza? ¿Haberlo gestado, haberlo tenido en mi vientre nueve meses y criarlo con dedicación 19 años me impiden distanciarme de él?

A mis casi 50 años comprendo -a regañadientes- el vértigo de la vida. Que mi niño de rizos negros, manos firmes y espaldas anchas se va desprendiendo de mí, que se va alejando de forma inexorable.  

Me aferro a la idea, equivocada, de que estaría mejor en casa porque lo puedo ver, aconsejar, controlar y proteger. Pero no es cierto.

Porque no se trata de él, sino de mí. De mi egoísmo, del deseo de retenerlo para siempre, de la idea inconsciente de que me pertenece.

Me aferro a los momentos compartidos, atesorados por siempre en mi alma. En un ejercicio de raciocinio, casi obligado, comprendo que a los 20 años deja oficialmente la adolescencia.   

Sentada en mi escritorio, bebiendo a sorbos mi infusión cotidiana para enfrentar los embates de la menopausia, mezcla de hojas de higo y valeriana, diviso lejanas, casi diminutas, las luces acuareladas del norte de Quito. 

¡Cómo extraño su voz, sus ojos pícaros y sus pobladas cejas camufladas detrás de sus redondos lentes negros! ¡Cómo añoro su manera de apapacharme con esos brazos fornidos!

Su caminar inquieto por la casa, su música reguetonera y rap, sus ropas tiradas en el piso por doquier y hasta su desorden…

En un acto casi masoquista entro a su dormitorio, me recuesto en su cama y con suavidad acerco su almohada a mi nariz para reconectarme con su olor a hierba mojada.

Algo se me mueve en el corazón. Ya lo sabía, pero no quise verlo ni prepararme para la segunda etapa de mi vida. Ahora sobran dos habitaciones con sus inquilinos trasladados temporalmente a otro mundo.

Aunque no sé si temporalmente: quizás nunca más vuelvan a vivir en esta casa que se ha vuelto quieta, casi inerte.  Sí, los hijos deben volar, dejar el nido,  enfrentarse a entornos desafiantes y así expandir sus alas.  Para eso los criamos. Pero duele.

¿Cómo llenar el nido? ¿Cómo llenar este vacío, esta pérdida que se asemeja a un duelo? No hay recetas ni tiempos. Entiendo que el Síndrome del Nido Vacío no es un trastorno mental, sino una fase ineludible de la vida que debe ser experimentada con todos sus matices.  

Y he decidido que lo mejor para mi psiquis es desapegarme del rol protagónico al que me dediqué con esmero por casi dos décadas.  Decirlo es fácil, hacerlo no. Comprendo, igual que lo hice antes, que el nuevo vínculo con mi hijo adulto ya no se basa en mi necesidad de protección.  Deberá ser un desapego sano, una especie de destete delicado y armonioso. 

Debo aceptar que mi rol de madre deja de ser protagónico y que paso a ser una  espectadora. Es como estar en el centro del escenario y que, de repente, te envíen a sentarte en el palco. 

No pido atención ni espero que lo comprendan. No cuestiono ni critico sus decisiones. No me apodero de sus triunfos ni me desplomo ante sus fracasos, pues ellos no me pertenecen. Ya los formé y cuidé. Solo me queda soltar y mirar de lejos sus vidas.  

¿Será posible? Apenas empiezo este camino.

___________________________________________

*Carmen Inés Merlo (Quito, 1974). Soy madre de familia y economista. Apasionada por el bienestar sostenible y la escritura, incursioné en el mundo corporativo como consultora económica de empresas. Obtuve un masterado en Economía Financiera con la Universidad de Londres y luego dos especializaciones en Economía del Desarrollo y Emprendimiento. Trabajo como docente investigadora de la Universidad Andina Simón Bolivar y como Directora de Sostenibilidad en el Hotel San José de Puembo. He escrito en revistas como Gestión y América Economía y en Diario Hoy.

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Comments (14)

  1. Mauricio

    01 Oct 2023

    Preciosa crónica. Todos los que tenemos el nido vacío nos identificamos. Gracias!!!!

    • Carmen Inés Merlo

      03 Oct 2023

      Gracias por tus comentarios

  2. Dra. Elizabeth Benites Esrupiñan

    01 Oct 2023

    Excelente, muchas felicitaciones

  3. Gabriela

    01 Oct 2023

    Los hijos son prestados y sólo podemos quererlos y acompañarlos en sus vidas sin olvidarnos que nosotros fuimos parte importante te en su formación

  4. Maria Letort

    01 Oct 2023

    Me gusta la sencillez y transparencia de la reflexión, pienso que muchas madres pasan por lo mismo pero no todas lo viven como una realidad que forma parte de la riqueza del corazón de una madre.

  5. Maria Jose Benitez

    02 Oct 2023

    Así es … entregamos y damos lo mejor por nuestr@s hij@s !! Después y generalmente a la mayoría de edad 18 acá y 21 en otros países . Lo q nos queda es amarlos y acompañarlos en sus procesos de vida ! Y siempre tenerlos en nuestras oraciones!!
    Bella y muy acertada crónica !

  6. Eliana Sáenz

    02 Oct 2023

    Me identifiqué tanto con esta crónica, mi hijo menor está por irse al final de este año lectivo y el mayor aún no regresa de sus estudios en el extranjero. También tuve el enorme privilegio y bendición de dedicarles gran parte mi tiempo y cuidados todos estos años. Los últimos, opté por retomar mi profesión y así pensar que estaré lista para el inevitable nido vacío. Solo doy gracias a Dios por el privilegio de haberlos acompañado, guiado y disfrutado todos estos años, no queda sino bendecirlos y seguir con fe en que todo lo que sembramos en sus corazones les ayudará a ser felices. Saludos a Mauri uno de mis queridos alumnos en la catequesis.

    • Carmen Inés Merlo

      03 Oct 2023

      Gracias Eliana, yo también recuerdo con nostalgia aquellas clases de catequesis y qué bien que te hayas preparado para el Nido Vacío pues no hacerlo es un error… Me alegro por ti

  7. Monica SAnchez

    02 Oct 2023

    Divino escrito y creo es, con lo que nos identificamos todos los padres a esta edad. Estoy segura, entregamos todo y sin cuestionar a nuestro hijos. De ellos depende ahora, el rumbo que toman. Soltar es lo nuestro, volar es de ellos.

  8. Carmen Inés Merlo

    03 Oct 2023

    Gracias Mónica por tus palabras. Asi es nos toca soltar y aunque duela hay que aceptar que ya los criamos y confiar en que ahora tomarán las mejores decisiones para sus vidas.

  9. Leny

    03 Oct 2023

    Lei palabra por palabra como si estuvieran describiendo mi historia, totalmente identificada!
    Profunda y asertada reflexión final!

    • Carmen Inés. Merlo

      04 Oct 2023

      Muchas gracias por tus comentarios

  10. MERCEDES

    03 Oct 2023

    Felicitaciones.

  11. Fernando Merino

    04 Oct 2023

    Increíble!! Y muy real ????

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