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 Por Diego Cazar Baquero*

La mentira original

Ese jueves 11 de abril de 2019 no hubo música ni silencio. Solo ruidos. Ruidos humanos. Por la mañana, Ola Bini despertó en su departamento, en el norte de Quito, con la noticia de que su amigo Julian Assange había sido expulsado de la embajada de Ecuador en Londres, donde residía desde 2012. Assange fue arrestado por la policía metropolitana de esa ciudad. La escena del operativo recorrió el mundo: el australiano fundador del portal WikiLeaks salía de la sede diplomática ecuatoriana casi arrastrado y rodeado de policías británicos, esposado y gritando. “¡El Reino Unido tiene que resistir!”, exclamaba Assange –la barba larga y encanecida, el cabello crecido y desaliñado, el rostro de un hombre confundido, impotente y desesperado– mirando a las cámaras de decenas de fotorreporteros que se codeaban para atrapar la mejor imagen de uno de los momentos más esperados por la prensa mundial.

Los apuntes que hizo ese día el entonces ministro de Estado del Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Mancomunidad de Naciones para Europa y las Américas en Londres, Alan Duncan, detallan los pasos que se dieron para llegar a ese momento. “De repente, comienza la partida: me dijeron que Assange saldrá de la embajada hoy –escribió el político conservador británico–, de modo que dejo todo y me dirijo a la Sala de Operaciones en la parte superior del Ministerio de Relaciones Exteriores. La Operación Pelícano está en marcha, debidamente asistida por un funcionario que lleva una corbata con motivo de pelícano”.

“Afortunadamente –continúan las notas de Duncan que en 2021 se recogieron en el libro In the Thick of It. The Private Diaries of a Minister–, los manifestantes que habían acampado afuera [de la embajada ecuatoriana en Londres] parecían haber desaparecido cuando, a las 10 de la mañana, dos o tres policías vestidos de civil, por acuerdo, ingresan a la embajada. Esperábamos que trajeran a Assange muy poco después de su llegada, pero los mensajes de texto [que llegaron] a la sala de operaciones revelaron que había causado un poco de conmoción y que había estado gritando y llorando mientras se dirigía hacia la oficina del embajador, momento en el que fue inmovilizado por la fuerza… Luego, con precisión militar, seis policías marcharon para alinearse a cada lado de los escalones de entrada, para formar un corredor protector a través del cual Assange fue cargado alrededor de las 10.20 a. m. (…) trabajo hecho por fin, y nos tomamos una foto conmemorativa del equipo Pelican (…) Habían necesitado muchos meses de pacientes negociaciones diplomáticas y, al final, todo salió bien. Atiendo millones de entrevistas, tratando de disimular la sonrisa de mi rostro”.

Con la noticia que había llegado desde Londres y que se difundió en todo el planeta, llegó también el mensaje que esa mañana dio la entonces ministra del Interior de Ecuador, María Paula Romo, en una rueda de prensa desde el Palacio de Carondelet, la casa del Gobierno de Quito. La ministra apareció al lado del entonces canciller ecuatoriano, José Valencia, luciendo una seriedad sobreactuada. De chaqueta azul marino llano, blusa blanca, con los labios apretados y contraídos, Romo no pestañeaba y paseaba su mirada por cada uno de los periodistas presentes. Uno a uno los veía en movimientos oculares rápidos, inquietos, mientras el resto de su cuerpo estaba inmóvil. “Desde hace varios años vive en Ecuador uno de los miembros claves de esta organización, de WikiLeaks, y persona cercana al señor Julian Assange”, dijo María Paula Romo luego de que el canciller Valencia anunciara oficialmente que el australiano no era más un huésped de esa sede diplomática. Valencia, a su lado, evitaba mirar a las cámaras cuando ella tomó la palabra. Miraba solo sus manos, sus papeles, y escuchaba a Romo, quien clavaba su mirada en los lentes de las cámaras. “Las intromisiones en asuntos de otros estados también incluyen la intromisión del señor Assange y su organización aliada en asuntos de política interna del Ecuador”, continuó la ministra y la percepción que provocó su relato daba lugar a concluir que la expulsión de Assange suponía también el bloqueo de riesgosas conexiones suyas con supuestos operadores dentro del país sudamericano. Sus palabras pusieron de inmediato a trabajar a periodistas y a policías. Sus asociaciones buscaron además crear la idea de que ese supuesto miembro de WikiLeaks en Ecuador habría tenido relación con el excanciller Ricardo Patiño, hombre fuerte y muy cercano al expresidente Rafael Correa, otrora coideario de Romo y luego su enemigo político. “Tenemos evidencias suficientes de que ha estado colaborando con los intentos de desestabilización en contra del gobierno y trabaja de manera cercana, y ha viajado a otros países, junto con Ricardo Patiño, quien, como ustedes recordarán, era el canciller de la República cuando se le otorgó este asilo. Junto con Ricardo Patiño ha viajado, el año pasado, en dos ocasiones, a Perú; en algunas ocasiones los viajes son juntos, en otras las fechas coinciden de manera cercana, y también a España. Finalmente, la última pista la tuvimos a fines de febrero de este año, a fines de febrero del 2019, cuando viajaron con diferencia de un día a Venezuela. Estos datos, además de la identidad y la ubicación de dos hackers rusos que también se encuentran viviendo en el Ecuador, será entregada en las próximas horas a la Fiscalía General del Estado. No vamos a permitir que el Ecuador se convierta en un centro de piratería informática y no podemos permitir que actividades ilegales, ya sea para perjudicar a ciudadanos ecuatorianos o de otros países o a cualquier gobierno (sic). Esto no va a ser aceptado por el Ecuador y son pruebas que hemos seguido y que hemos obtenido en las últimas semanas. Teníamos varias de estas sospechas, pero, como les digo, algunos viajes y la vinculación con Venezuela, y hackers rusos viviendo en el Ecuador, se ha verificado en las últimas semanas. Finalmente quisiera añadir, porque el mensaje del presidente y el mensaje de los funcionarios de gobierno durante estas últimas horas ha sido la decisión soberana del Ecuador, quisiera añadir que en las próximas horas el gobierno va a revelar algunos detalles que, aunque el mundo no conoce todavía, van a justificar de sobra la decisión que ha tomado el presidente Moreno…”.

Romo dijo todo eso sin leerlo en un documento ni en un teleprompter. No dio los nombres de esos supuestos hackers rusos pero sí nombró a Patiño para dar cuerpo a su insinuación y develó que no se sentía muy convencida de lo que decía cuando al final ofreció justificaciones y pruebas. Pero con esas palabras, Romo dejó claros los eslabones de su discurso, ya convertido en posición oficial: Julian Assange, WikiLeaks, Ricardo Patiño, Venezuela y Rusia. Dos hackers rusos y un miembro de WikiLeaks en Ecuador. Todos estos elementos fueron arrojados en un mismo canasto y todos funcionaron como coadyuvantes de la decisión de expulsar a Assange de la embajada ecuatoriana en Londres.

Patiño salió de Ecuador seis días después, el 17 de abril, huyendo de una orden de prisión en su contra dispuesta por la fiscal general, Diana Salazar, por el supuesto delito de instigación, relacionado con otros hechos muy distintos al caso de Julian Assange.

Ahora, volvamos al diario de Duncan y a esos pasos previos anotados por él. A la foto conmemorativa de la que hablaba, el ministro británico le puso un nombre: Assanges’s Brexit Special Team. Duncan escribió varios párrafos sobre Assange y sobre un proceso que habría llevado al menos tres años de negociaciones con autoridades del Estado ecuatoriano con el objetivo de sacarlo de esa sede diplomática. Sus apuntes revelan, por ejemplo, el giro entre los funcionarios del último año de gobierno de Rafael Correa y los de los dos primeros años del régimen de Lenín Moreno. En 2016, Duncan escribió: “Bilateral con el canciller ecuatoriano Guillaume Long. Tiene el aspecto de un jugador de polo, pero se pavonea él mismo sin sonreír, y defiende los supuestos derechos humanos de Julian Assange, que ha permanecido en su embajada de Londres durante cuatro años para escapar del arresto. Lo llama amigo personal. Él es prepotente y desdeñoso, un ostentoso poco atractivo”. El 16 de febrero del 2017, escribió: “Reunión con el Comandante de la Policía sobre Assange. Julian Assange se ha autoencarcelado en la embajada de Ecuador durante años, y tenemos que sacarlo, pero también asegurarnos de que no se escape inadvertido. Estoy tomando gradualmente el control de la situación para estar 100% seguro de que la vigilancia policial es adecuada y de que no nos sorprendan durmiendo la siesta. Aunque sería un problema del Ministerio del Interior principalmente, los aspectos diplomáticos son importantes”.

Los diarios de Duncan revelan los intereses de Londres volcados en sacar de la embajada ecuatoriana a Assange mediante estrategias diplomáticas que disfrazaran cualquier otra acción forzosa potencial. Y también alumbran el comportamiento timorato del gobierno de Moreno y de sus funcionarios, que parecían no hallar la manera de agradar a sus aliados extranjeros sin generar molestias en la población ecuatoriana que aceleren su desprestigio. Moreno no llegó al poder con cuadros operativos en materia de relaciones internacionales y diplomacia que estuvieran a la altura de una operación como la que buscaba sacar de esa embajada a Assange manteniendo, al mismo tiempo, un argumento sólido acerca de la soberanía. La dinámica discursiva de Moreno fue siempre supeditada a lo que dijera la opinión pública, reactiva pero torpe. No hubo nunca una agenda clara de gobierno ni una estrategia de comunicación que consolidara una narrativa de Estado sino apenas decisiones a palo de ciego, casi siempre en función de complacer las expectativas externas.

Un año después, el 7 de febrero del 2018, un nuevo apunte de Duncan da cuenta de que se habrían retomado los intentos de presión. “Richard Clarke, director internacional del Ministerio del Interior. Él es genial. Si logramos que Julian Assange sea desalojado de la embajada de Ecuador, será recibido calurosamente por el inspector Knacker de la Scotland Yard”, escribió Duncan en sus diarios. El viernes 21 de septiembre de ese año, parecía que una puerta se hubiera abierto: “Llamé al Canciller de Ecuador, José Valencia, para hablar sobre Venezuela y Assange. Ambos queremos que Assange salga de la embajada, después de lo que ahora son seis años, pero el gobierno de Ecuador aún no dará el paso final necesario por temor a la reacción interna”, escribió Duncan. Ese año, varios actos de presión por parte de las autoridades ecuatorianas habrían sido parte de una estrategia de hostigamiento en contra del australiano para encontrar razones para su expulsión. Por ejemplo, Duncan se refiere a un reporte de prensa en octubre: “La BBC informa que la conexión a Internet de Assange se ha restablecido en la embajada de Ecuador. La embajada como que le tendió una trampa. Si lo usa mal, como probablemente lo hará, lo echarán. Veamos”. Y en ese mismo mes, el 19, escribió: “El embajador de Ecuador dice que se llevaron el gato de Assange. Después de vivir en su embajada durante cinco años, Assange ha presentado hoy una demanda contra el gobierno de Ecuador por violar sus derechos humanos, pero probablemente por restringir su Internet y no por quitarle su gato”.

En Ecuador, el gobierno de Moreno enfrentaba un descrédito creciente y la imagen del presidente y de sus funcionarios caía en picada luego de que, a inicios de ese año, entre marzo y abril, miembros del Frente Oliver Sinisterra, disidente de las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), secuestraran y asesinaran a un equipo de prensa de diario El Comercio. Investigaciones periodísticas que estaban en marcha por esos días revelarían más adelante que las decisiones de los gobiernos de Juan Manuel Santos y de Lenín Moreno, así como las de sus ministros de Defensa y de Gobierno y las de sus operarios en la zona fronteriza habrían sido causa del desenlace mortal que se cobró la vida del reportero Javier Ortega, del fotógrafo Paúl Rivas y del conductor Efraín Segarra. Pero, además, por esos días se cocinaban episodios de protestas que desencadenarían una gran revuelta en las calles de Quito un año después. Moreno no sabía cómo manejar esas vulnerabilidades.

(Fragmento de Colateral)

Editorial Tizarrón, 2022

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*Diego Cazar Baquero (Quito, 1977). Es periodista y antropólogo visual, docente y cantante. Es director y editor general de la revista digital La Barra Espaciadora, y es cofundador y miembro del consejo editorial de la revista LATE. Es miembro fundador de la Fundación Periodistas Sin Cadenas. Obtuvo el Premio Nacional Jorge Mantilla Ortega 2019 y fue finalista del Premio Gabo 2019 con la investigación Frontera Cautiva, realizada por una veintena de periodistas de tres países, y semifinalista de la misma convocatoria del Premio Gabo por su serie de reportajes “Abacá: esclavitud moderna en los campos de Ecuador”, un trabajo coproducido con la periodista Susana Morán. Además, es ganador de la beca 2021 del Rainforest Journalism Fund del Pulitzer Center. Ha editado los libros de periodismo “De a pie” (Doble Rostro Editores, 2015), “El otro portal” (Doble Rostro Editores, 2016), y “Cuarentena. Los encantamientos de la democracia en Ecuador” (El Conejo, 2019).

*Para adquirir Colateral puedes contactarte con la editorial a través de su página web tizarrón.com

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