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Fragmento de la novela «Las tres versiones», por Eduardo Varas

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Por Eduardo Varas*

 “¿Qué funciona mejor en la ficción? ¿El pasado o el presente?”.

Romina Paula

“No hay más silencio que el oscuro silencio de mi memoria”.

Mario Montalbetti

“En cada libro que se lee siempre hay un buscador de la verdad”.

Marcelo Cruz

“Nothing can stop me now ‘cause I don’t care anymore”.

Trent Reznor

La voz del muerto

Este debe ser el lugar.

¿El infierno? Debe ser, porque no hay otro lugar para alguien como yo, y no es que me diera miedo estar en el infierno, entonces sé que estoy en el lugar en el que debo estar. Si alguien merece estar aquí, ese soy yo, ¿no?

Tampoco es que me acuerdo si me daba miedo o no.

Es como si tuviera una sola verdad metida en la cabeza. Debo estar aquí y punto.

Una tormenta. Sí, no sé si pueda decirlo de otra forma. Mejor dicho, hay una tormenta afuera y la puedo sentir porque estoy encerrado y no puedo salir. Y desde acá se pueden hacer muchas cosas aunque no las entienda. Es más, no sé por qué puedo hacer algo como lo que estoy haciendo ahora, porque estoy hablándole a alguien mientras sigo en el infierno y no saldré de este sitio nunca, quizás porque no debo hacerlo.

Es una segunda verdad. Debo estar aquí, no puedo salir y listo, es así.

Aquí es horrible. Es como en los cuadros, pero no hay llamas. He estado aquí tanto tiempo que he buscado maneras de controlarme. Creo que eso de la claustrofobia no aparece de una, así que si me pasó cuando estaba vivo, no sé cómo hice para aguantarlo. Creo que me apareció ahora porque estando en este sitio solo queda esperar que las cosas que se vivieron antes se vivan de nuevo. No, no lo creo, lo sé muy bien. No tengo cuerpo, pero siento todo. Hay muchas más cosas que se pueden sentir acá. Es un enredo.

Otra vez eso de las verdades: nada tiene sentido aquí. Es como si sintiera todo al mismo tiempo.

Me siento menos y así es como debe ser en el infierno. Lo peor no es el dolor físico; es más bien esa idea de no poder salir. Estoy por hacer pendejadas, aquí, en este infierno de un cuarto, en el que a duras penas entra una cama en la que me acuesto cuando estoy aburrido, una silla y un escritorio.

Los muertos no duermen. Solo me acuesto y pienso en todo lo que he hecho, en todo lo que me ha llevado a estar así y no lo hago para lamentarme, sino porque es lo que me toca hacer.

Verdad adicional: la condena es repetir lo que se hizo para estar aquí.

El infierno es seguir siendo uno mismo. Por eso me gusta estar en el infierno, me gusta la idea de que todo lo que hice antes me obliga a estar encerrado y repasar una y otra vez las cosas que hice. No pensé que me iba a gustar estar aquí. Pero nada, me gusta y disfruto este ir de un lado al otro, dar siete pasos en cualquier dirección y darme con la pared. No, no me gusta. Es el infierno y nadie quiere estar en el infierno, pero aquí estoy, encerrado, debo seguir aquí y estoy dando muchas vueltas y no digo lo que quiero decir porque no sé muy bien qué quiero decir. No tengo nada claro, sobre todo hoy cuando sé que han pasado tantos años y que tiene sentido que se hayan olvidado de mí, de lo que hice, de lo que supone que quise hacer con todo lo que hice. Uno no se vuelve inteligente a la fuerza en su propio infierno. Si alguna vez hice daño y sí que lo hice, ahora eso no importa. Hice mucho daño y como consecuencia me dañaron también, algo que me lo tenía bien merecido. A quién voy a engañar con ponerme a la defensiva porque ni siquiera lo hice cuando me mataban, cuando me golpeaban y me partían en pedazos. Si grité, porque creo que grité, fue porque dolía y uno no puede hacerse el de piedra porque el cuerpo es tan frágil; lloramos por todo y claro, mientras me pasaba y lo soportaba también podía entender lo maravilloso del momento, la revelación de sentir que el cuerpo se acaba porque alguien lo acaba, como si fuese fácil. Recuerdo la última vez que respiré, cuando se me cortó la respiración y pensé en toda la gente a la que había matado y claro, creo que me sentí igual que los otros. Quizás la muerte te hace más persona.

La historia del muerto

Dígale J.

Tenía 15 años cuando las autoridades lo identificaron como el líder de una banda criminal que entre noviembre de 1991 y enero de 1992 mató a ocho taxistas, a un chofer de un camión, a su ayudante y a 10 homosexuales. Y quizás a más personas. Sí, 15 años. Los 16 los cumplió en custodia policial.

Estaba a horas de cumplir 20 años cuando lo encontraron muerto.

Su padre ya está muerto. Quizás no lo sabe muy bien usted, pero murió en 2010, o era 2007, o 2013. Bueno, lo cierto es que está muerto. Su nombre era Pável Briones Onofre. Su nombre era realmente fabuloso, sonoro, como un algodón empapado de agua oxigenada sobre una herida. Era un tipo de campo, con terrenos, con recursos, ejemplo de trabajo agrario. También era un tipo humilde. La verdad es que no lo sé, elucubro, eso es lo único que puedo hacer con el material que hay. Todo lo que hay aquí es pura elucubración. Sé que algunos conocidos hablaron con él en la época, así que los relatos que tengo son de segunda mano. Lo que puedo obtener de los videos que hay de él en YouTube y de lo que me han contado es que era eso, completamente humilde y bonachón, respetuoso, con una maraña de pelos que escapaba de sus orejas. ¿De qué sirve esto? No sé, es un dato más.

Su madre era Renata Sucre Burbano. Por lo que se puede deducir, lo quería y mucho. Pero estaba casi siempre enferma, pues sufría de artritis y de una sordera que obligaba a la gente a su alrededor a gritarle para comunicarse con ella.

Ella es importante en esta historia. Si la conoce de algo, pues ya sabrá por qué. Y es que ella está muerta, y murió de una forma horrorosa. Revise los datos que están a su disposición, porque a ella la ejecutaron los policías que entraron a su casa a detener a J. Sí, la ejecutaron. En el informe de la Comisión de la Verdad, que estudió los casos de violaciones de derechos humanos en Ecuador, desde 1984 hasta 2008, se recoge este caso de la siguiente manera:

“El 16 de enero de 1992, aproximadamente a las 4:30 de la madrugada, efectivos del Grupo de Intervención y Rescate (GIR) de la Policía Nacional, al mando del mayor Sixto Noriega, incursionaron violentamente en el domicilio de la familia Briones Sucre, ubicado en la Av. América y calle Dibuja (sic), en momentos en que J. se encontraba durmiendo en la misma cama junto a su madre, Renata Sucre Burbano, que adolecía de artritis y falta de audición. Ya en el interior de la residencia, los agentes dispararon indiscriminadamente y Renata Sucre Burbano que dormía, recibió once impactos de bala calibre 9 mm, y falleció instantáneamente. Momentos después J. fue detenido en el mismo apartamento y, con los ojos vendados, fue conducido al ex Penal García Moreno, sin ningún rasguño”.

Esta es una de las tantas cosas extrañas en el caso. Y tengo un serio problema con esta parte de la historia, porque odio pensar que con este trabajo voy a humanizar a un monstruo, como si ese fuese el único camino para hablar de ellos: mostrarlos de carne y hueso para que la colectividad vea que no son entes malignos, ni hijos de Satanás que supuran maldad, sino solo gente que caminó al son de atrocidades. Pero bueno, acá debo caer en esto, porque era su madre y al parecer él la estaba cuidando mientras su padre andaba por el oriente, en una de sus tierras. Y la única posibilidad ante esto debe ser el malestar.

Porque mientras lo llevaban, J. gritaba, preguntaba por ella y no le decían nada.

 —¡Cállate hijupeuta! — le gritó el policía que le doblaba el brazo y que lo llevaba al trooper gris sin placas.

—¡La mataron, chucha! ¡Mataron a mi mamá!

Él no podía ver nada, la capucha con la que cubrían su cabeza cumplió su cometido. Nadie lo vio llorar en ese momento. Lo escucharon sollozar, pero eso fue todo.

—El maricón este llora por su mamá — le dirían en el carro mientras lo trasladaban a la cárcel.

Los demás rieron.

Hasta los asesinos tienen mamá.

Habían tumbado la puerta. Él se había levantado por el ruido, y se supone que su mamá no reaccionó igual. Tuvo tiempo suficiente para subir al techo. Los disparos quizás fueron antes, o simultáneamente, o después. Disparos en diferentes direcciones, disparos a un cuerpo que no había cometido crimen alguno, disparos sobre la madre del asesino. Y mientras subía al techo, J. intentaba responder. Las luces en las casas vecinas se encendieron, pero nadie se atrevió a mirar por las ventanas. Afuera lo buscaban, iluminaban el cielo; adentro, los vecinos se abrazaban y esperaban que esa sensación de película de Sergio Leone desapareciera de inmediato. Se acercaron al cuerpo de la mujer y lo vieron.

—Chucha. La matamos.

Pero eso solo se diría ahí. Nadie más repetiría eso porque lo mejor, en caso de error, es mirar a otro lado.

Aunque en este caso el error signifique la muerte de una mujer que no supo qué la mató. J. caminaba por el techo. Pensaba en cómo salir de ahí. Luego pensaría en ella, en los impactos, en la abertura en la piel y en el desgarramiento de órganos, músculos y huesos. Alguna vez pensaría en ella y en la gente que mató, en esa gente que aseguró que no quiso matar, pero que tuvo que hacerlo porque así se dieron las cosas. Yo les dije que se quedaran quietos, pero ya ve, no me hicieron caso — diría horas después.

Entonces disparaba. Una vez, dos veces, hasta tres. Y eso era todo, huía. Los chicos que lo acompañaban también huían. Una vez un taxista agarró la llave de tuercas e intentó evitar que le robaran, enarbolándola como bandera. Él apuntó y ya, no hubo más problema.

—Esto te pasa por pendejo— dijo.

Arriba, tratando de ver cómo escapaba, pensó en lo mismo.

—Esto me pasa por pendejo.

(Fragmento de Las tres versiones. Cadáver Exquisito Ediciones, 2022)

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*Eduardo Varas Carvajal nació en Guayaquil, en 1979. Escritor, músico y periodista. En 2011 fue seleccionado por la FIL de Guadalajara como uno de los “25 secretos mejor guardados de América Latina”. Ha publicado Conjeturas para una tarde (BCE, 2007), Los descosidos (Alfaguara, 2010), Faltas ortográficas (CCE, 2017), Esas criaturas (Cadáver Exquisito, 2021) y Las tres versiones (Cadáver Exquisito, 2022). En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. Actualmente es editor adjunto del medio digital GK.

*En la imagen aparece Eduardo Varas. Fotografía tomada de El Universo

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