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«El día en que se partió el cielo». Crónica de Hernán Gaibor.

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 A mediados del siglo pasado, un viejo sacerdote ora furioso para que los habitantes de lo que hoy es la Libertad de Chillogallo, en Quito, vuelvan a la iglesia. Pero debido a su falta de interés, el sacerdote le pide a Dios un favor personal que acaba por cumplirse.  

Por Hernán Gaibor*

Frente a un fogón, de esos que ya no se ven en estos días, tomaba una taza de café mientras escuchaba una historia que sucedió en un barrio en el suroeste de Quito. Allá a mediados del siglo pasado, en 1941 para ser exactos, cuando para ir al centro de la ciudad se hacía un día de viaje a pie o a lomo de mula. Este barrio, hoy llamado la Libertad de Chillogallo, en ese entonces era un pequeño poblado donde todos se conocían, sus moradores en su mayoría eran campesinos que poco conocían de los adelantos del mundo; primaba en ellos el desconocimiento y el temor a Dios.

Aquel día, el sacerdote oraba en la iglesia, con las manos en la cara. Al frente suyo, una imagen de más de un metro de estatura de la Virgen del Tránsito; al costado el altar, una mesa donde celebrar la misa y un púlpito; atrás, bancas vacías; dos ventanas entreabiertas dejaban pasar los últimos rayos de sol; al fondo, la puerta se balanceaba golpeándose repetidamente por la fuerza del viento del verano.

“Hágase tu voluntad aquí en el cielo y en la tierra”, rezaba el sacerdote cuando fue interrumpido por unos pasos. Seguro que es una de las beatas que viene a contarme los mismos pecados, si ya me los sé de memoria, dijo en voz baja, mientras retiraba sus manos de la cara sin dejar de sostener su gastado rosario, con la mirada en dirección a la imagen de la Virgen. Exclamó:

–Señora mía, cómo voy a seguir rezando, son siete rosarios al día los que te prometí a cambio de un milagro, un solo milagro…

–¡Padre, me puede…!– pronunció la mujer que se acercaba lentamente.

–¡Hija estás perdonada, tu fe, te hace salva! Puedes ir en paz– dijo interrumpiéndole sin siquiera regresar a ver. Además, la tarde caía, y a este ritmo no terminaría sus plegarias a pesar de la importancia que tenían para que se cumpliera el milagro…

–¡Padre solo quería…!

–Te escucho– dijo–, aunque mejor no me cuentes tus problemas que con los míos tengo suficiente… Acaso no miras la iglesia, está vacía. Ya no acuden los feligreses, buscan pretextos, son ocupados, con tareas como bañar al chancho, corretear al gallo, en fin, o se han ido… al mar, a conocer dijeron, no les importa dos o tres días de viaje, pero allá van, a conocer el mar… deberían venir a misa conocer a Dios, prepararse para un viaje más importante… ¡Conocer el cielo! Sí, el cielo. No tienen reparo en gastarse el dinero en un largo viaje…al mar. Y… las limosnas, los diezmos–. Luego de esas palabras el silencio volvió a aquella pequeña iglesia enclavada a un costado de una loma llena de sembríos.

Aquella tarde, el viento cruzaba la plaza levantando el polvo. Las casas de adobe y teja estaban vacías. Todos fueron a la fiesta. Allí, los graderíos improvisados de troncos estaban llenos. Todo el barrio, en fin, se reunía con los priostes para festejar a la Virgencita y a la buena cosecha. Los más pequeños participaban en carreras de ensacados y palos encebados, mientras los mayores una vez más arreglaban partidos de vóley… Reinaba la alegría, las mujeres se aprestaban a repartir suculentos platos de toda clase de potajes preparados para la ocasión.

Frente a ellos, en el portal de la pequeña iglesia, el señor cura había dejado de rezar para mirarles uno por uno, parecía que los contaba, y así pensaba en la penitencia que les iba a imponer y los que no estaban, era claro, se habían ido a conocer el mar. Para ellos el castigo sería mayor…para eso sí tenían dinero. ¡Paseos, fiestas, trago, hasta juegos pirotécnicos, y con vaca loca incluida!, repetía el sacerdote… Enojado, entró y volvió a salir una y otra vez, necesitaba con urgencia hacerles entender que debían escuchar misa, conocer al Señor, ser generosos con las limosnas, porque de seguir así este sería un barrio de ateos, comunistas o, peor aún, de otras religiones que dizque hay por otros lados. Sintiendo escalofríos solo de pensar, se apresuró a santiguarse; un frío recorrió su cuerpo, necesitaba volver a rezar, solo que en esta ocasión siete veces siete rosarios o quizás más, era urgente un milagro, tenía que ser visto y sentido por todos, un milagro que haga estremecer la conciencia de los feligreses, ancianos, jóvenes y niños, en fin, de todo el vecindario… ¡Un milagro!

Habían pasado las horas, era casi la media noche, el sacerdote cansado del bullicio que no le dejaba rezar salió con campana en mano resuelto a que lo escucharan… Erguido, frente a los enfiestados vecinos, empezó callando a la banda de pueblo. Había logrado llamar la atención

–¡Impíos, hasta cuándo van a estar olvidándose de Dios! Recuerden que el juicio final está cerca… va a llegar el día en que el cielo mismo les dará señales… – Entonces tomando aire sentenció definitivo–: el día del juicio va a llegar.

Uno tras otro, apurados se retiraron a sus casas. Los músicos fueron los últimos en abandonar la cancha, mientras la fogata terminaba de consumirse. Las palabras del sacerdote hicieron efecto: no quedó nadie, ni siquiera los perros, o quizás fueron ellos los que mejor entendieron el mensaje, por eso fueron los primeros en abandonar el lugar.

A las pocas horas, un nuevo día había llegado. Era domingo y el sol brillaba. En lo alto, el cielo se mostraba azul, propio de la estación veraniega. El viento un poco más suave revolvía el polvo y los desperdicios de la noche anterior. Las campanas de la iglesia sonaron una y otra vez, y aun así solo asistían a misa las pocas beatas. Los demás estaban reunidos en la plaza comentando las locuras dichas por el sacerdote. Unos aludían a la edad del curita que debía pasar los ochenta años. Otros sabían que no pasaba nada. Alguien dijo no creer y así opiniones, comentarios y chismes circulaban hasta que poco a poco el párroco fue transformándose en burlas y….

De pronto, un ruido nunca antes escuchado vino desde lo alto. Todos miraron como una cruz brillante recorría el cielo partiéndolo en dos, una gran nube blanca era marcada por la cruz brillante a su paso; el sonido, sin duda, era de las trompetas de los ángeles que venían a pedir cuentas y juzgar. El fin del mundo había llegado.

Cayeron de rodillas hombres, mujeres, niños. El padrecito tenía que ver lo que estaba pasando… El día del juicio había llegado. Todo el pueblo de rodillas rezaba, no hubo quien pudiera sostener las lágrimas, unas de arrepentimiento y otras de temor. El cielo estaba partiéndose y los ángeles lo anunciaban… el sacerdote mismo no salía del asombro y posiblemente fue el más asustado…la señal divina se manifestaba a sus ojos, y al frente suyo todo el pueblo estaba rezando. De pronto, entre empujones, todos querían ingresar a la iglesia, no faltaron quienes pidieron la confesión, otros pedían a gritos el perdón. Piedad, gritaron… Las promesas de asistir a misa, ser buenos cristianos y dar limosna se escuchaban por doquier…

El milagro estaba cumplido… El sacerdote nuevamente estaba inclinado orando frente a la Virgen del Tránsito, dando gracias.

Poco después se supo que la cruz gigantesca, acompañada de un sonido estremecedor que partió el cielo, dejando una nube blanca,fue el primer avión a propulsión a chorro que cruzaba el cielo de Quito y, por tanto, también el de este barrio.

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*Hernán Gaibor es Licenciado en Diseño Teatral U.C. Tiene un Diplomado superior en Artes escénicas. Fundador de C.P.A.E. Creador del Concurso Nacional de Textos Teatrales. Entre sus libros publicados están la novela Sin salida y la obra de teatro infantil El árbol perfecto. Tiene varios cuentos inéditos y es cronista en varias revistas.

*Quito al atardecer. Imagen tomada de dubaikhalifas.com

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