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Fragmento del libro «Lo Fractal». Dos relatos en clave Noir. Por Leo López

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 Por Leo López *

 fractal

Del fr. fractal, voz inventada por el matemático francés B. Mandelbrot en 1975, y este del lat. fractus ‘quebrado’.

  1. m. Mat. Objeto geométrico en el que una misma estructura, fragmentada o aparentemente irregular, se repite a diferentes escalas y tamaños. U. t. c. adj.

(Diccionario De La Real Academia Española, 2014)

 NOTA BENE

Lo fractal es una recopilación de dos relatos extensos –o novelitas, no he reparado en eso todavía– que fueron escritos como parte de un experimento sobre la forma policial. Es decir, son relatos outsiders, limítrofes, escurridizos por mano propia: no les interesa organizarse bajo ninguna consigna genérica, no les interesa cruzar la frontera, están cómodos habitando el limbo. Aunque resulta evidente que la forma policial es el horizonte de previsibilidad, es la forma ideal con la que se reconocen.

El primer relato, Errores en tiempo de ejecución, es una evocación a los textos noir norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Es indiscutible, aquí, en estas páginas, el rastreo del tono violento, urbano, anodino, melodramático y vertiginoso propio de escritores como Charyn, Urrea, Pelecanos, Doctorow, Ellroy ­–Ellroy, sobre todo– y otros más.

(Si hablo de «evocación» es porque considero que la literatura está hecha con otra literatura y yo no tengo miedo de admitirlo. No obstante, la evocación no significa plagio ni apropiación. ¡Cuidado!).

Dependencia sintética, como no podría ser de otra manera, es mi homenaje personal –como «La muerte y la brújula» es un homenaje a «The minons of Midas»– a la estupenda y olvidada novela ¿Acaso no matan a los caballos? de Horace McCoy. Si bien hay que hacer una pertinente distinción: Dependencia sintética no establece vasos comunicantes con la obra de McCoy en tanto argumento, personajes, situaciones, tramas… cosas de fondo. Más bien, el texto que presento explota la técnica y la forma de la novela a la que loa. Así pues, Dependencia sintética es un texto policial en un sentido de «encuentro con la verdad», de «revelación», de «recopilación de testimonios», de «llevar al lector hasta la última página».

Por último, animo al lector de estos dos relatos a que no permita ser arrastrado por las ilusiones que puedan brotar del reconocimiento de las palabras «detective» o «revólver» –u otras semánticamente cercanas–, pues esto no significa nada «policial». Casos hay en los que se han puesto en jaque las premisas taxativas: Papá Goriot y Crimen y castigo corresponden a dos ponderables ejemplos en donde abunda el crimen, el misterio, la culpa y los policías y, a la postre, no se los ha reconocido como tal. (O la gran mayoría de la crítica no las reconoce como tal, porque, en rigor de verdad, no lo son).

Entonces, hablar de policial después de Horace McCoy –el novelista que no hizo cánon–, James M. Caín, incluso desde los primeros relatos de Ricardo Piglia, es otra cosa: es una poética, una perspectiva, una forma de narrar, una forma de organizar las cosas, una obsesión, un tono…

En todo caso, un tono…

Y ese lóbrego tono humedece todo lo que está dentro de Lo fractal.

 Cuenca, 2021.

ERRORES EN TIEMPO DE EJECUCIÓN

I 

And when I met her, she was the drug, and I took her and took her, and when i took her, I didn´t care about anything. All the blood and all the bullets in the world could not penetrate that high.

Luis Alberto Urrea

La mujer preguntó –haciendo una vocecita infantil– a qué lugar debía ir y Daniel Rubinstein le respondió: «Dirígete a donde siempre. Ve al café de Shady Grove» y asentó el teléfono porque consideró que no había nada más que decir. Esta vez la llamada no tenía tintes, ni ademanes, ni nada cercano a la esfera de lo afectivo.

Hablar con Clara Holz le causaba, ahora, una angustia y un asco terrible.

Esa tarde, cuando Rubinstein recogió valor para encararla y solucionar el problema de una buena vez, marcó a su móvil intentando ser lo más conciso posible, de lo contrario Clara –la muchacha rubia, la bonita de ojos claros– tergiversaría el tenor de esa búsqueda. Por tal motivo, cuando ella respondió del otro lado de la línea, Daniel Rubinstein devino –apegado a una estrategia maligna– en puro emisor, una voz impersonal, un sujeto desleído en el mensaje y articuló cada una de las palabras de la misma guisa.

Aun así –a pesar de lo tosco que sonó y de la impresión negativa que causó en la mujer–, ella aceptó verlo y de esa forma se cerró un lacónico algoritmo comunicativo.

Se verían dos días después, en el lugar perpetuo.

*

Como en todas las oportunidades anteriores –entre soberbias y protervas–, y evitando una exposición pública, Daniel Rubinstein la citó en un furtivo café de la zona de Shady Grove cerca de la estación de metro homónima, al noroeste más alejado y boscoso de la ciudad. El lugar, sin duda, era acogedor y se puede decir que hasta pulcro, pues era un café adecuado al más diáfano estilo parisino, pero la zona donde había sido emplazado era lúgubre, planificada y ejecutada bajo la lógica del brutalismo y, por lo mismo, ampulosa, artificial y árida como una gran maqueta cartón y arena.

Además, en invierno, la muerte general de los abundantes árboles que habían sobrevivido a la avalancha de buldóceres, ligada al derrame desmedido del concreto, daba la sensación de estar dentro de un delirio de algún Poe contemporáneo. Por lo mismo, pocas personas transitaban por ahí o esa era la impresión que daba la exuberancia extraña del lugar.

Aunque –para ser justos– Rubinstein no solo seleccionaba ese sitio por ser el más alejado de la ciudad sino porque, por un lado, le gustaba el café que servían ahí y, por el otro, en ese punto había sido el lugar en donde conoció a Clara… hace un buen par de años ya.

Ese espacio, por lo tanto, tenía su gracia metafísica. Era un símbolo de la complicidad y de la clandestinidad de un amor irruptor dentro de las buenas costumbres occidentales; algo que le había seducido a Daniel hasta perder el juicio, sin duda, pero que ahora era la pletórica fuente de su zozobra.

*

El día marcado, Rubinstein llegó algunos minutos antes de las cinco a Shady Grove y se dirigió sin ambages al café porque afuera se había desatado el invierno. Cuando entró se quitó el rompevientos que llevaba sobre sus hombros y que se había humedecido por efectos de la débil, pero precisa, nevada. Deshizo, asimismo, el falso nudo de la bufanda de lana que llevaba al cuello y se dispuso en la mesa más humilde y alejada del lugar: un mueble ensamblado con fierros retorcidos que ostentaba una agonizante y vulgar flor de plástico taiwanés como adorno.

Una moza se le acercó con afabilidad y entregó la carta de bebidas, postres y ensaladas. Rubinstein, de modo automático y sin mirar la larga nómina de comida –porque era la décima quinta o décima sexta vez que ingresaba al lugar–, ordenó un café «de urgencia» –ya que se sentía congelado por dentro– y se acomodó a aguardar a Clara que, según lo que él calculaba, no tardaría en llegar. «Siempre fue una chica ligada a los buenos modales», masculló Daniel.

Mientras tanto, la mesera le sirvió la quemante bebida y le tiró dos frases amistosas que aludían al clima y al resultado del baseball y a las que Rubinstein dribló porque no le interesaba iniciar una conversación con esa mujer que articulaba mal las palabras y que «de seguro no sabía nada del clima y peor del deporte nacional».

Algunos minutos después –y como Daniel lo predijo– Clara Holz ingresó al café. Ubicó desde el vestíbulo del local a Rubinstein y se dirigió, como si fuera una ninfa que danza y trota en un locus amoenus de una novela bizantina, hacia su blanco.

La mujer exteriorizaba una felicidad supina: en sus ojos había un clima de primavera, de amor.

–Mira, Daniel –dijo Clara ni bien se sentó y se sacudió la nieve que había acumulado sobre sus delicados hombros– yo estoy dispuesta a correr el riesgo… no por las circunstancias… sino por ti… porque te quiero… veo que has reconsiderado las cosas y eso me gusta. Sin embargo, hay una condición… –la mujer se detuvo para pensar un poco, luego tomó de la mano a Rubinstein con delicadeza intentando persuadirle a través del tacto y clavó sus ojos en los del hombre con desmesurada ternura.

Aunque Clara Holz se equivocaba redondamente. Su belleza, su ternura, sus poses, sus morisquetas y su gallardía ya no generaban efectos sobre Rubinstein. Lo que, para él, antes, había sido un motivo necesario para perder la cabeza, ahora le engendraba una aversión… y le repugnaba no solo porque la mujer había engordado y había cultivado con método estrías en su piel, sino porque esa atracción carnal le estaban tejiendo una red de errores, mentiras y culpas que le quitaban el sueño por las noches y por el día le arrebataban lucidez y eficacia.

El problema con Clara Holz había cooptado un lugar central en su vida para bien y para mal y era menester dar fin a ese asunto cuanto antes. Por lo mismo, Daniel Rubinstein respondió:

–Tú sabes que no podemos. Ya no podemos seguir adelante con todo esto. Es peligroso. ¡Es peligroso! –el hombre remató en un tono que bordeaba lo dramático y retiró su mano de las de la mujer.

–Yo no tengo dificultad con nada. No me importa nada –volvió a atacar Clara con gracia mientras soltaba cada palabra con devoción y con un dejo de candidez–. Tengo los medios para comenzar una vida juntos. Podemos escapar de la ciudad antes de que ingrese la primavera.

–Escucha, Clara –exclamó Rubinstein un poco irritado por la incongruente estrategia de la mujer–, no podemos echar todo por la borda y largarnos de aquí. Lo nuestro no es definitivo. Todo lo que hicimos parece una ilusión…

–¡Entonces no me vuelvas a buscar, imbécil!

La anterior, desde luego, no era la contestación que Rubinstein estaba esperando, pero tampoco se sorprendió dado lo complejo de su problema. En el fondo, él sabía que esa reacción estaba contemplada en el gran abanico de posibilidades.

Como toda persona que se aferra a lo perdido, Clara Holz podría reaccionar con resignación, violencia o lo que fuere. Todo dependía de los astros, las formas, de la situación o de lo que ella sintiera en ese preciso instante.

En lo único que podemos convenir, sin embargo, es que la reflexión y la frialdad no habían presionado sobre el proceder de Holz y sus palabras y la forma de proferirlas exteriorizaban aquello. En ese instante todo había quedado reducido a lo más pasional del sujeto: algo cercano a la locura, a la insania.

En fin, Clara –tras sus incómodas palabras– abandonó el lugar ofendida en medio de las miradas morbosas de los bultos helados que habían ingresado al café y del par de meseras que rondaban por todo el espacio con esos ojos chismosos…

Ahora, es difícil saber si Clara lloraba o no, pues afuera la mujer metió su cabeza dentro de las solapas de su abrigo de piel artificial y se perdió entre unos autos estacionados en batería, los cadáveres de árboles y la perpetua cortina de nieve.

Daniel Rubinstein, por su lado, solicitó abochornado otro café a la camarera que vestía un ridículo suéter con motivos navideños –y de los cuales él se percató recién en ese momento– y procedió a encender su laptop. Se decidía a retomar su trabajo que tenía ya retrasado varios días porque había destinado mucho tiempo para resolver el lío con Holz.

De pronto, el sonido y las vibraciones insistentes de su móvil lo desconcertaron. Era Clara.

Rubinstein dudó si contestar. De hecho, nada le obligaba a presionar el botón verde y establecer líneas de comunicación con Clara, pero algo en su interior le aconsejó que lo hiciera, que escuchara por última vez las palabras de la mujer. Así que se dejó llevar:

–Daniel, estoy en la estación del metro. En el andén que lleva a la plaza central. En cuatro minutos llega el subterráneo. Si no estás aquí para cuando el tren ingrese al túnel, voy a cometer una locura… y tú vas a ser el culpable, estúpido miserable –colgó.

Era evidente que Holz había introducido su última ficha en la ranura del patetismo. Maniobra por demás útil en estos casos. Sin embargo, a Rubinstein –llegado a ese punto– le interesaba poco o nada la vida de Clara y, además, él sabía que la mujer no tenía el mínimo valor para arrojarse a las vías del tren.

Es más, la muerte de Holz a él lo beneficiaba en su totalidad.

Ahora, lo que Rubinstein temía –y con todas sus fuerzas– era el conato de escándalo que el suicidio de su amante le causaría. ¿Qué pensarán los forenses al encontrar el móvil de Clara con sus mensajes y con sus llamadas? ¿Lo relacionarán con el suicidio? ¿Qué pensará la comunidad de aquello? ¿Sería una vergüenza?

Por tal motivo, Daniel Rubinstein guardó –nervioso– su computadora en su maletín y extrajo de su cartera un perfecto billete de veinte dólares, lo arrojó sobre la mesa sin pensar en los buenos modales y abandonó presuroso el lugar, otra vez, entre miradas voyeristas y acusantes.

Tampoco deseó una feliz navidad a la moza, quien se quedó con la taza de café en la mano.

Una vez fuera, Daniel Rubinstein se puso a trotar, con dificultad, hacia a la estación que quedaba a unos cincuenta metros –o menos– del café en el que se habían visto con Clara. La pequeña nevada le impedía acelerar sus pasos, aunque no lo detenía. El hombre iba a una velocidad constante que le salvaguardaba de un tropezón y de una eventual caída: cosas comunes cuando el concreto se congela y se humedece por efectos de los traviesos copos de nieve.

La corta peripecia terminó. Rubinstein llegó a destino. En la estación Shady Grove no había ni una sola alma ni en la caseta de seguridad, ni en las escaleras, lo cual le permitió, primero, saltarse el torno de pago y, luego, descender hacia el andén por dónde arribaba el tren.

Cuando por fin divisó a Clara al final de la estación, le chifló e hizo un saludo al estilo nazi intentando llamar su atención con la pretensión final de matar cualquier esbozo de arrebato de la rubia. Quería que ella lo notase, que viera que él está ahí, quería que ella creyera que él estaba ahí –al final del andén– para contenerla, para no dejar que ella se fuera de este mundo.

Holz, en efecto, reconoció el silbo de Rubinstein y alzó la cabeza como si fuera un cálido cachorrito que oye a su dueño y esa misma señal le indicó al hombre que ella ya estaba al tanto de su presencia en la estación de trenes. Así que él ya no tuvo motivos para seguir corriendo, bajó el ritmo y dejó que la inercia le llevara hasta su destino.

Por fin, cuando los dos cuerpos hicieron contacto se propulsó una escena lacrimógena; o, por lo menos, por el lado de Holz pues se arrojó al cuello del hombre con sobrada tibieza y con palabras de amor extraídas de una novela de Brontë, Esquivel o Tellado. Rubinstein, por su cuenta, sintió una profunda incomodidad y proyectó un visaje y un suspiro de asco que, de nuevo, la mujer decodificó de manera errada porque tanto el asco como el amor son sensaciones equivalentes.

–Clara: ¿Cuál es tu problema?  –le sancionó Rubinstein con un tono cariñoso antes de zafarse de los brazos de su amante. Ella, permutando sus lágrimas de felicidad por unas de prieto abatimiento, respondió:

–¿Cuál es el tuyo, Dan? ¿Acaso no te gusto? ¿Soy fea para ti? ¿Y todos estos años, qué?

Eran varias preguntas a la vez, varias preguntas dolorosas y Daniel Rubinstein no tenía respuesta para ninguna. Ya no podía mentir más ni ser protocolario, no podía tratar con «mano de cirujano» la situación, la cosa se le escurría como arena entre las manos. Él, más bien, se había convertido en un tipo toscamente sincero, arrollador y bruto que no era capaz de emperifollar su discurso para regatear del momento incómodo. La batería de engaños, de palabrería, de zalamería y de cordialidad se quedó sin metralla.

Sin embargo, de alguna manera Rubinstein tenía que solucionar el asunto y él estaba consciente de aquello. Así que continuó evitando, en medida de lo posible, sonar como un tipo despiadado. Continuó, entonces, cediendo terreno al azar armónico de las palabras. Respondió:

–Ese no es el asunto, mujer, y tú más que nadie lo sabe.

¿Qué pretendía decir Rubinstein con eso? ¿Cuál era el objetivo de sus palabras? ¿Eso significaba algo? Era una frase carente de discurso. Si algún lingüista o psicoanalista –sobre todo lacaniano– estudiara lo que Rubinstein había dicho, de seguro no encontrarían nada en el orden de los significados más allá de que lo que él había expresado era eso mismo: la vacuidad del sentido, el pacto con la neutralidad.

Clara, de igual forma, no halló ni un poco de esperanza, ni afecto, ni un conato de promesa, ni nada semejante en esas palabras, así que arremetió con furia porque sabía que era su turno de atacar; y lo hizo según su plan: apelando al más pavoroso patetismo.

–¿Pero entonces por qué viniste a salvarme? ¿Por qué? Si me muero eso te ayudaría… Te liberaría de una carga tan pesada como la que tienes ahora. Si no te importo: ¿por qué regresaste, Dani? ¿Por qué me sigues buscando? ¿Por qué no me dejas en paz de una vez? ¿Por qué no me dejas que desaparezca?

–Mira, Clara –Rubinstein intentó consolarla, aunque ya estaba fastidiado por toda la escena enternecedora que se había construido–, tú me hablas como si estuvieras dentro de una obra de teatro de los años cincuenta o como si fuéramos personajes de una novela de Cosmopolitan. Esa no es la realidad; esa no es nuestra realidad. Tú lo sabías desde el comienzo.

La mujer recrudeció su talante, sorprendida de lo que Rubinstein le acababa de decir: de malo o patético trastocó a humillante; en esa guisa respondió:

–¡No pienso perder al niño, Dan! ¡Eso no! ¡No me pidas eso!

___________________________________________

*Leo López nació en Cuenca, en 1991. Estudió Letras en la Universidad de Cuenca y Literaturas Española y Latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires. Publicó el libro de cuentos Ficción de origen (Casa de la Cultura, 2019) y Lo fractal: dos relatos en clave noir (GAD Cuenca, 2022); además de publicar textos de crítica literaria en diversas revistas de Ecuador y Argentina. Seleccionado en la lista larga del premio “La Linares 2020” de novela con Errores en tiempo de ejecución. Mención de honor en el concurso “Miguel Riofrío 2020” con la novela La narrativa: un ensayo sobre la forma. Junto con la editorial Verbalóbrego prepara su nueva novela Baja entropía de la ficción y el diario visual Entelequias del cerebro pensante, proyectos ganadores de los Fondos Concursables 2021 del Instituto de Fomento a la Creatividad y la Innovación.

*Si deseas adquirir Lo fractal puedes contactarte con la Dirección de Cultura de Cuenca o con el autor a través de sus redes sociales, tanto en Facebook como Instagram.

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