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El origen manaba de los «Panama hats». Crónica de Víctor Vizuete Espinosa

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Por Víctor Vizuete Espinosa*

Al igual que Goyo Quimi, ese mítico cholo  transgresor de los manglares costeños, inmortalizado por Demetrio Aguilera Malta, don Rosendo Delgado Garay fue, hasta el 16 de enero del 2019, un patriarca de la paja toquilla; uno de los artífices más antiguos en transmutar en sombreros y más dijes a las hojas de una palma, bautizada por los científicos como carludovica palmata.

Al igual que a don Goyo, a quien le adjudicaban más años que a Noé, a don Rosendo sus conocidos, vecinos de la calle Rocafuerte y, en general, los 2 500 coterráneos de su natal Montecristi le chantaban, sin pestañear y bajo juramento de galleros, mínimo 120 años de caerse, levantarse y volverse a caer en este valle de lágrimas.

Lo cierto, afirman las cuatro generaciones de Delgados que le sobreviven, es que “nuestro viejito” murió en santa paz y en su silla preferida a los 93 años. Y tejió la paja desde los 17. Lo que pasaba, afirma Rosendo Jr., uno de los herederos del maestro, es que mi papá ya no tejía, pero siempre salía en las fotos con un sombrero a medio acabar en las manos, como si lo hiciera.

Al menor atisbo de alguna persona en plan de turista, comunicador o influencer merodeando por las viejas casas de guadua y cade, los comedidos bajaban al Matusalén quien, canchero, descendía alistando su mejor sonrisa y desentumeciendo con parsimonia esas especies de sarmientos hinchados que eran sus ancianos dedos que, en sus mejores tiempos, tejían mejor que las patas de las arañas.

Pero don Rosendo no era el único ancestro que llevaba la alquimia de la tejida de la paja en la urdimbre de su ADN. La historia de don Pedro Fausto Mero Mero es una copia al carbón de la suya.

Nacido el 1 de agosto de 1909, don Pedro tejió su último sombrero el 19 de marzo del 2007. Le sucedió en el oficio, Eva Delgado, 25 años más joven y quien cuidó, aseó y dio de comer al patriarca en su última parada. Fui su lazarillo, dice alegre la dama mientras muestra una sonrisa inmaculada.

María, Felicia, Fortunata y Alicia también le hacen a la tejida. Son hijas del viejo artesano y buscan con pericia ayudar a sus maridos en el sostenimiento de sus hogares.

Estos dos recordados artistas del tejido son, asimismo, casi contemporáneos del equivocado bautizo como “Panama hats” de esos bellos, livianos, eficientes y empáticos sombreros fabricados en Montecristi pero, principalmente, en las parroquias y recintos manabas de La Pila, Las Pampas, El Mangle, La Solita, Los Bajos, Toalla Chica y Toalla Larga, así como en las comunidades azuayas de Chiquintad, Sigsig, Checa y Cuenca.

Lo que pasó, explica la experta Andrea Toala, es que con la construcción del Canal de Panamá desde 1904 y para frenar el efecto del lacerante sol se dotó a los trabajadores de sombreros llevados desde Manabí, Ecuador. Hasta el presidente gringo Theodore Roosevelt, quien había bajado a observar la magnitud de la obra, se agenció uno de esos singulares “gorros”, que se empezaron a conocer como Sombreros de Panamá… y así se quedaron.

Los artesanos y artesanas de Azuay y Cañar también tienen reconocida fama, pero Montecristi es Montecristi y de aquí salen los mejores productos de paja toquilla, afirma Felicia, una de los 12 hijos e hijas de Pedro Mero, sin un ápice de dudas.

La pequeña y robusta señora se activa a la máxima potencia cuando toma en sus manos las blancas hilachas de la paja. Entonces sus dedos regordetes, callosos y retorcidos, torpes en apariencia, se transforman en los ágiles y veloces de un prestidigitador y empiezan el anudado exacto de cuatro hebras, las mínimas que se necesitan para elaborar un sombrero de calidad.

Este trabajo ya no es rentable, afirma Jacinto Zambrano, un manaba de nueva generación. Por eso pocos jóvenes se dedican al tejido. La mayoría trabaja en las fábricas y atuneras de Manta, el puerto que se abre al Pacífico a escasos 15 minutos del pueblo.

Los verdaderos y pocos tejedores que sobreviven, se encuentran más al sur, en Pile, Los Bajos y Las Pampas, afirma Zambrano. Allí se encuentran los últimos 200 o 250 artífices de la toquilla que le quedan a Manabí.

Las zonas que rodean a esos poblados son, también, los últimos reductos donde la paja toquilla, una planta veleidosa y exigente, encuentra el clima y la humedad precisos para desarrollarse.

De esas “fábricas” sale la mayoría de productos que se venden en los 6 almacenes grandes y muchos pequeños que se diseminan sin orden en el cantón cuna de Eloy Alfaro, una población llena de casas chatas y viejas donde los escasos edificios parecen caramelos gigantes esparcidos con desorden en medio de terrones de azúcar.

Modesto Hats, Panama hats by Toquifina, Fábrica de sombreros Pachay hat’s, Montecuador Panama hats, Eva Delgado tocados & Complementos son algunos de los locales más visitados…

En esos almacenes bautizados con razones sociales sui géneris y hasta chuscas se apiñan sombreros de todos los precios y colores, shigras multicolores, bolsos de cordón, bolsones, carteras, mochilas, canastos… Y allí se quedan hasta que algún turista les ponga el ojo.

La irrupción y vigencia de las redes sociales no han quedado al margen de la comercialización de los artículos de paja toquilla. De hecho, explica Pablo Franco, tejedor y comerciante por 25 años que continuó la tradición de su madre María López Mero, la venta por las redes salvó a muchos de esos negocios en tiempos de pandemia.

90 días de trabajo y un precio mínimo de USD 300

Un cuidado constante. El cultivo y el tratamiento de la paja toquilla demanda de un proceso super exigente. Luego de cultivada, la caña se cosecha cuando las plantas han cumplido tres años y miden exactamente un metro de altura, pues si superan esa talla se vuelven inservibles.

Las ramas se cortan verdes. Luego se cocinan en agua hirviendo por un lapso de 10 minutos. Se lavan y se curan en un cajón hermético, con azufre quemado en un brasero. El humo blanquea las hojas. Luego, las hojas se secan al sol durante media hora, hasta que las hebras quedan dóciles.

El proceso. La elaboración de un sombrero de buena calidad no es cosa fácil y muy pocos privilegiados conocen el secreto. Generalmente se utilizan cuatro hebras de paja.

El tejido comienza por el armado del huevo (centro del sombrero). A continuación se sigue con la plantilla, la copa, el ala y el remate.

El más complejo demanda de mínimo 90 días de trabajo y se realiza con finísimos hilos de paja. Su precio no baja de los USD 300.

Los sombreros extrafinos contienen mínimo 300 fibras por pulgada cuadrada y están conformados por 1 600 a 2 000 hilachas de paja. Los extrafinos miden su calidad pasando en su totalidad por el agujero de un anillo de varón, explica Mero, y su precio es muy elevado.

La variedad es la constante. Con la paja toquilla se fabrican una infinidad de artículos que van desde los más pequeños monederos hasta canastos, moisés, shigras, alacenas, baúles y tapices de todo porte. Los precios varían según la calidad de las fibras, el diseño, el colorido y el tamaño de los productos. Hay desde monederos de un dólar hasta sombreros extrafinos de USD 10 000 y más.

En el Azuay quedan pocos artífices. Si los tejedores de toquilla de Manabí son escasos, los de Azuay no pasan de las tres decenas, que se distribuyen como pequeños oasis en las comunidades de Chiquintad, Sigsig, Checa y Cuenca.

Las damas azuayas son la abrumadora mayoría. En la Cooperativa Uniendo Manos Ecuador (Unima), por ejemplo, son 20 mujeres y un solo caballero. La entidad, que fue fundada en plena pandemia (octubre del 2021), tiene como fin mejorar las condiciones sociales y económicas de sus socias teniendo como principal meta la exportación.

Un patrimonio inmaterial. El sombrero de toquilla, mal llamado de Panamá, fue reconocido el 5 de diciembre del 2012 como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación. La Ciencia y la Cultura (Unesco).

Un accesorio de alta gama. Un extrafino de paja toquilla tiene una fama muy merecida y sus principales propulsores fueron y son artistas, cantantes, escritores, bailarines, influencers… ¿Ejemplos? Winston Churchill, Luciano Pavarotti, Madonna, Joaquín Sabina, Johnny Deep, Ben Afleck, Salma Hayek, Bruce Willis…

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*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

*Imagen: Las tejedoras de Chiquintad en el Azuay trabajan de consuno. Su interacción es sólida y refuerza su convivencia y la cooperación. (Fotografía tomada de Saberes Ancestrales).

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