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El huérfano

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Ese deseo obsesivo de querer saber quién soy lo pagaron mis padres adoptivos, a los que jodí hasta el final para conocer pistas o al menos un bosquejo de lo que fue mi pasado y de lo que podría destinarme el futuro.

Fui amparado por los Zenck en los 90’s. Mi madre de acogida se sentía frustrada porque la mayoría de las damas de la sociedad guayaquileña tenía hijos y ella, con el arrebato de cumplir las expectativas ajenas y ante todo las de Dios, decidió hacer un acto de caridad y acoger a un niño huérfano, fruto del accidente aéreo en el 96 ocurrido en Manta, donde volaron cuerpos, pescados y flores de exportación. De esta manera, asumió esa maternidad con un esposo que nunca estuvo de acuerdo en que un desamparado invadiera sus apacibles y cómodas vidas.

Mi nueva mamá me escogió por el físico. Bebé de seis meses, piel dorada, regordete como los pósters de niños blancos en consultorio pediátrico, ojos celestes y facciones que armonizaran con los rasgos de la familia Zenck.

Malcriado desde la cuna. Mami llenándome los dormitorios con juguetes que jamás usé, colmándolo de dinosaurios, hot wheels y diferentes versiones de Nintendo, cachivaches que rompía a propósito para que mis papás me prestaran atención.

Cambios de colegio constantes por insultos a profesores, encierros con compañeras en los baños o inasistencia alegando enfermedades catastróficas de mi papá, quien pasaba jugando golf con sus camisetas Polo, gorra deportiva, pantalón largo, zapatos de clavo bicolor, cinturón y guantes en Isla Mocolí, nuestro hogar, el Averno.

Mami vestía impoluta sus vestidos Channel, zapatos de tacón Jimmy Choo y maquillaje tenue para ocultar el sufrimiento de los años malvividos con papá. Ella se rajaba el cerebro creando un holding con azucareras y centros comerciales, sentada en su escritorio de madera maciza, elaborado por artesanos italianos, con el celular en la mano izquierda programando reuniones y con la derecha secándose las lágrimas en su cutis terso gracias al bótox: una vez más había encontrado a mi viejo en el hidromasaje con una prepago en la terraza de la mansión.

A pesar de ello, los Zenck Quintana fingían a la perfección. Mami donaba dinero a la iglesia Santa Teresita del Niño Jesús para acallar los comentarios sobre los pecados de su cónyuge. Él persiguiendo a los monaguillos detrás de las palmeras que rodean el templo y yo buscando mi nueva presa, alguna muchacha para tener sexo.

Chicas iban y venían de mi habitación. Nadie ponía orden. Cuando papá se percató lo callé de inmediato con la amenaza de contar a Mami sus múltiples infidelidades frente al cuadro laminado de oro de Santo Domingo. Él se iba, rezongando, con su botella de Johnny Walker Blue Label hasta que Mami regresara del Guayaquil Yacht club en su búsqueda de auspiciantes para su nueva fundación.

Las adolescentes de Mocolí, rubias, altas, bajitas o morenas, todas tenían algún trauma que con buen sexo se difuminaba. Nunca tuve la intención de esconderlas, a Mami la controlaba preguntándole el origen de mi verdadera familia, eran los únicos momentos en que podía tenerla callada. Bajaba las escaleras de cristal con aislamiento térmico en silencio absoluto para enviar a la doméstica con mini hamburguesas y Sabai Beer Cumbayá.

El último año de colegio, como castigo, fui a estudiar a la Unidad Educativa Fiscal “teniente Hugo Ortiz”. La sanción familiar se dio por chocar el Masserati de papá. Pensaron que una educación militar ayudaría a que mi comportamiento mejorase, pero estuvieron completamente equivocados y no sabían el error que cometían.

Ingresó una nueva profesora de inglés para darnos clases a los de tercero de bachillerato y le puse el ojo de inmediato. Cuarentona, labios inyectados de pasión, caderas y senos que revelaban poder, uniforme azul que resaltaba el color de sus ojos y un anillo de oro en el dedo anular. Mi obsesión fue quitárselo.

Yo fui el más pilas de su clase. Siempre tenía las respuestas porque estudiaba mucho para que la profe me tomara en cuenta. Fuera del salón, las miradas nos fulminaban y luego de una lección de Vocabulary me quedé hasta el final, simulando que aún no terminaba el examen. Verifiqué que no hubiera sapos alrededor, me acerqué a entregarle la hoja y me quedé haciéndole compañía. Era la última hora y noté que estaba distraída, le propuse un café a las 5 pm en Biscuits by Nane en Plaza Navona para que la ayudara a relajarse antes de terminar el semestre final. Cruzamos números telefónicos y aceptó, recelosa. Antes de la hora pactada ya estaba allí. Vestida de rojo y con gafas oscuras, mirando a todas partes, un poco asustada creyendo que alguien la identificaría. En mi caso, era la primera vez que compraba flores para una hembra, pero Maribel se lo merecía.

Nos sentamos en la mesa de madera más lejana a la entrada. Empezó a contarme sus penas amorosas, me fijé en su mano izquierda, no llevaba el anillo. Su matrimonio de once años no era placentero. El marido era general de la Fuerza Aérea y nunca pasaba en casa.

Maribel bebía su café latte, comía gustosa una porción de bizcocho de naranja y yo solo pensaba cómo hacer para llevármela a la cama.

Luego de un silencio incómodo, le tomé la mano izquierda y le pregunté: “¿Miss, le parece si vamos a un lugar más privado? Está inquieta, no quiero que se sienta observada”. Solo acertó a decir: Do you have any condom? Salimos de la cafetería de inmediato.

Cruzamos el puente en el Subaru BRZ que papá me regaló por mi graduación, mientras Maribel bajaba el cierre de mi jean para palpar mi entrepierna. Corría a 100 kms sin miedo a que la Policía de Tránsito nos detuviera. Mami tenía suficientes influencias.

La suite del hotel River Garden nos estaba esperando. La vista a la Perla iluminaba la habitación, completamente blanca. Maribel, inquieta y ansiosa, me desabrochó el jean Ralph Lauren y la camisa blanca y acarició los músculos que estaba desarrollando. Lanzó el vestido rojo al piso y me mostró el cuerpo resplandesciente que el marido hacía tiempo no tocaba.

Desnudo, me arrimé contra el ventanal, sostuve el rostro de Maribel, empecé a besarla apasionadamente y de inmediato ella colocó el condón en mi pene. Pasé mi mano en medio de sus piernas, sentí su calor húmedo y la penetré en diferentes velocidades mientras se aferraba a mí colocando sus manos en mis nalgas. Jadeamos a la par.

Nos esperaba una botella helada de champagne Cordon Negro Brut en el mini bar. La Miss sonreía. Nos volvimos a ver en el mismo lugar cada martes durante dos meses.

En el colegio nos veíamos al disimulo. Para despistar, vacilaba con alumnas de grados inferiores y varias veces me encontró metiendo las manos debajo de las faldas caquis del uniforme. Maribel hacía guardia en los recesos. Comía callada. Y sola.

Llegó el último martes de enero. En el colegio preparaban la graduación. Mis papás tenían planeado enviarme a estudiar a EE.UU. para ser un emprendedor de éxito, como mamá. Visa, departamento, universidad, ropa, nuevo celular, tarjeta de crédito, etcétera. Al fin se separarían de mí, su gran dolor de cabeza.

Una tarde la Miss y yo decidimos separarnos, aunque yo estaba muy enamorado de ella. Maribel me advirtió que su esposo estaba por llegar y quedarse en casa un tiempo. Meses de no verlo y podía sospechar si ella se mostrara indiferente o fría. Como todo militar, era muy celoso.

Nos encontramos cerca del MAAC, a las 4 pm. Fuimos a nuestro refugio. La última vez debía ser memorable. Reservé la terraza solo para los dos. La piscina reflejaba el azul cielo de aquella tarde, el bartender nos trajo dos mojitos, el ron blanco haría la magia. Maribel se sacó el pantalón azul y camisa celeste del uniforme y reveló el bikini rosa que tenía como ropa interior donde sobresalían los senos jugosos y los muslos que me invitaban a amarla de inmediato.

Se encontraba relajada a la orilla de la piscina, esperándome. La quité el bikini y la penetré llevando el control. Ella abrazó mi cuerpo con las piernas y me pidió que masajeara sus senos y chupara sus pezones. En nuestra última tarde juntos brindamos por ella y por mí.

De repente se empezaron a escuchar gritos, golpes que hacían temblar la puerta de la terraza. Los guardias no pudieron con la fuerza del esposo de Maribel. Tiró el portón, enfurecido, tomamos la ropa de baño e intentamos vestirnos.

Entre lágrimas desenfundó la Glock. Hizo dos, tres, cuatro disparos y Maribel y yo caíamos de espaldas en la piscina. El cuerpo inerte de la Miss se hundía y yo cerré los ojos al ver que el general me apuntaba. Una estruendosa bala estalló dentro de mi pecho y un enorme charco de sangre se mezcló con el cloro del agua. Me fui de este mundo sin saber nada de mi origen ni de mi familia verdadera.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión», que pronto saldrá a circulación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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