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Por Viviana Garcés-Vargas*

Ángel empezó a interesarse por el mundo del sexo a los 16 años. De 1.75 mts, cabello castaño claro y profundos ojos azules, que se mezclaban con sus largas pestañas y una firme masa muscular desarrollada en el gimnasio de la ciudadela, se iba convirtiendo en un hombre apetecido por las chicas.

Con sus amigos intercambiaba cds piratas de películas pornográficas que bajaban de internet o compraban en la Bahía. Tenía acceso a las revistas «Pirate» de su primo Leonardo, quien las guardaba con mucho cuidado bajo el colchón de su cama. Cada tarde o noche Ángel liberaba la tensión sexual estimulando sus genitales hasta llegar al orgasmo. Estaba explorando su cuerpo y se otorgaba placer con un recurso simple: pensar y concentrarse en sus apetitosas compañeras de colegio mientras veía videos XXX en la aplicación YouTube de su celular. Ángel aprovechaba las clases de anatomía para conocer algo más de los órganos del cuerpo.

La educación sexual que recibía en la secundaria lo confundía, pues los sacerdotes profesores exhortaban al coito solo por reproducción y únicamente luego del matrimonio eclesiástico.

Sus padres vivieron de la política desde que Ángel tenía memoria y ya habían lucrado lo suficiente para contar con varias residencias en distintos lugares del país, las cuales no arrendaban porque todas estaban amobladas y listas para cualquier capricho vacacional de la familia.

La casa en Guayaquil, donde residían, estaba decorada con un cuadro original de Cristóbal de Villalpando en homenaje a la virgen Dolorosa y un gran crucifijo del Corazón de Jesús que adornaba (‘’santificaba’’, decía la madre) la entrada principal de su hogar. Afuera, en el garage, descansaban tres autos último modelo.

De origen libanés, los progenitores de Ángel pasaban ocupados en sesiones de oración, reuniones sociales y políticas. Creció con la imagen de un padre que tomaba dos o tres vasos diarios de whisky Jhonny Walker azul mientras se consolidaba como líder espiritual del grupo de parejas que cada semana oraban a Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo del Opus Dei. La madre, además, pasaba las tardes en el club de la Unión, en charlas de té con las damas de Guayaquil  o Samborondón o recaudando dinero para la fundación antiabortista Provida.

Las carencias afectivas de las que adoleció Ángel le hicieron recurrir, desde adolescente, a las empleadas de la casa, que se daban el tiempo para jugar con él y compartir abrazos, juegos y, sobre todo, historias personales sobre relaciones de pareja que intrigaban al muchacho.

Ángel empezó a gustar de Camila, su vieja amiga del colegio. Siempre le atrajo lo inteligente y atractiva que era, su piel blanca, hoyuelos en el rostro cuando sonreía con sus blanquisimos dientes, coqueta, cintura estrecha y muslos atléticos. Ángel encontró en Camila lo que buscaba en una mujer. Anhelaba que la primera relación sexual que tuviese con Camila fuera muy especial.

Una tarde decidieron salir y Ángel compró un ramo de orquídeas, vino Garnacha de Fuego, un oso de felpa de un metro de altura y preservativos, los cuales no conocía cómo utilizarlos

Recogió a Camila en el Lamborghini Huracán Evo -uno de los autos de la familia- y se dirigió al motel Royalux, de cinco estrellas, gracias a que hace pocos días había descubierto que su padre tenía una tarjeta de membresía escondida en la biblioteca entre los tomos de la antigua enciclopedia británica.

En la amplia habitación de paredes negras y enormes pinturas y murales, donde resaltaba un par de carnosos labios femeninos, la cama redonda y giratoria con espaldares rojos, el blanquísimo edredón de algodón y un enfriador de vino, Ángel empezó a conocer la felicidad: besos apasionados y ansiosos, el ritual de desvestir el uno al otro, ella con un vestido negro sport y él con una camisa azul y un jean negro. Se juraron amor, se prometieron estar juntos para siempre, se susurraron palabras de deseo y rompieron todas las normas. Las prendas volaban desde los cuerpos hasta el piso de mármol.

Ambos se acostaron de lado en la cama. Ángel, detrás de Camila, jugaba con los pezones y recorría a besos el cuello y la espalda y las nalgas. La abrazó para penetrarla y Camila sintió el grosor del miembro dentro de ella mientras sonreía de gozo.

Pero la rigidez del pene no duró mucho. Ángel volvió a intentar, sin embargo ocurrió lo mismo: la impotencia y la eyaculación precoz eran parte de sus miedos ocultos y defraudó a una silenciosa y sorprendida Camila.

Luego de aquel episodio lo intentaron varias veces. Sin embargo, los pensamientos intrusivos de Ángel no lo dejaban completar la euforia y no entendía por qué con Camila no podía, pero sí lograba erección firme y eyaculación cuando se masturbaba solo, en su habitación.

Camila intentaba reconfortarlo. Ensayaron diferentes posturas que habían visto en Pornhub o seguían los consejos de cómo seducir a un hombre en la revista «Cosmopolitan», de Camila. Pero Ángel empezó a visualizarse como un fracaso para el coito y a pesar del amor que tenía por su pareja, la relación se desgastaba. Ángel comenzó a deprimirse y a echarse la culpa por su endeble masculinidad.

Había algo que no cuadraba: Ángel fingía que no le ocurría nada y coqueteaba de manera exitosa con la chica que se propusiera Admiradoras no le faltaban. Una sonrisa era más que suficiente para invitar a salir. Él buscaba un romance que perdurara no solo con sexo, sino con la ternura que no había recibido de sus padres.

Pero se volvió reservado con su vida sentimental. No contaba a nadie lo que le ocurrió la primera vez y solo Camila conocía la más grande vergüenza de su novio.

Hastiado, Ángel indagó en páginas de internet y en libros de biología. Acudió a sexólogos, motivadores, homeópatas, pero todo era en vano.

Una noche, buscando en su celular, vio un anuncio que le pareció cursi pero que, paradójicamente, pensó que podría curarlo.

‘’¿Te imaginas rendir con tu pareja a cualquier hora del día como un verdadero hombre? Haz swipe up al link de la página y comprueba el poder de Vigorex. Fabricado con el néctar de las plantas y las flores ancestrales, Vigorex te transformará en una máquina sexual. Un comprimido cada 12 horas y estarás siempre listo’’.

Era el último recurso. A la mañana siguiente solicitó por la web dos frascos de 30 grageas que llegaron a domicilio. Ingirió la primera pastilla a las 11 a.m., luego de encomendarse a Santo Tomás de Aquino, para que lo ayudara a ser un hombre de verdad.

Ángel se aproximó después a Dayanna, compañera de universidad de la que se enamoró. Ella moría por involucrarse sexualmente con él ya que existía química entre los dos, aunque Ángel siempre se comportaba como un caballero sin exigirle mayor acercamiento corporal. Ángel confiaba que ahora sí podría satisfacer a una mujer.

Se hospedaron en el Radisson Hotel. En la habitación los esperaba una botella helada de champagne Moët, recipientes con inciensos rojos, velas blancas y música de tonos y ritmos sensuales.

Dayanna estaba fascinada: una amplia cama de tres plazas con pétalos de rosas sobre la colcha. En la mesa de noche, un vibrador para deleitar a la pareja si deseaban juegos previos. Ella vestía un enterizo largo rojo, ajustado en la cintura, que mostraba sus formas delicadas y su pecho deseoso de las caricias de Ángel.

Él le apartó la negra cabellera y le bajó el cierre del conjunto mientras ella lo desvestía: la camisa color beige de mangas cortas, el jean negro, los converses. Ángel recorrió con sus labios y sus manos el cuello, la espalda y los glúteos de Dayanna y ella se meneaba y se acaloraba con las caricias simultáneas e interminables. Él recorrió la vagina, lamiéndola y jugando con el clítoris. Dayanna gimoteaba mientras Ángel estaba atento a su pene erguido, listo para irrumpir entre los muslos de Dayanna.

Tomó el consolador y propuso jugar con él. Lo introdujo de forma lenta en la vulva de Dayanna, ambos gritaban de goce y Ángel pensaba en que Vigorex no le fallaría.

Ella se arrodilló en el borde de la cama y Ángel se puso de pie. Se acercó, le colocó lubricante e irrumpió en Dayanna, tocando sus pezones y lamiendo su espalda. Fueron tres minutos de intensidad hasta que el pene volvió a suavizarse. Dayanna intentó erguirlo, poniendo el pene en su boca y lamiéndolo. Cambiaron de postura. Ángel ahondaba con su pene en la vagina de Dayanna, pero flaqueaba.

Se puso pálido y empezó a llorar en silencio. Dayanna lo abrazó para calmarlo, pero él se alejó. Confirmaba que en la cama era un inútil. Maldecía a Vigorex y se maldecía a sí mismo. Le pidió a Dayanna que se vistiera para ir a dejarla en su casa.

Salieron de la habitación en completo silencio. Ella balbuceó algunas palabras de consuelo e hizo algunos gestos de ternura, pero Ángel prefirió manejar a 120 kilómetros por hora sin prestarle atención.

Dejó al pie de la puerta de su casa a Dayanna y arrancó sin despedirse. Estaba desconsolado. No sabía a quién recurrir y mucho menos deseaba regresar a su casa. Dio vueltas por Samborondón, buscando una respuesta que lo aliviara.

La desconcentración hizo que su auto se golpeara contra otro, sin causar mayores daños. Bajó a disculparse y conocer cuánto será el costo de la reparación, aunque en su mente solo escuchaba recriminaciones contra sí mismo.

Estaba fuera de control y su casa era el sitio menos acogedor para él. Dayanna lo llamó, pero el celular de Ángel no respondía. Lanzó el teléfono y su billetera con documentos personales, dinero y tarjetas de crédito por la ventana del Porsche 911. Vagabundeó muchas horas hasta que se acabara la gasolina. No había comido nada y sus padres habían emprendido una búsqueda desesperada para encontrarlo, pidiendo ayuda a sus amigos de los altos mandos en el Ejército, la Policía y la Agencia Nacional de Tránsito.

Se estacionó a un costado de la vía a la costa y sacó de la guantera una botella de vodka Absolut azul. La bebió cas sin respirar hasta vaciarla. Dayanna, desesperada, buscaba por sus contactos  que la ayudaran.

Nadie lo halló. Intoxicado por el alcohol y desorientado por la depresión, mientras sus padres y su novia lo buscaban por todas partes, Ángel bajó del auto, cerró los ojos, empezó a cruzar la avenida sin ningún motivo y, de pronto, se escuchó un estruendoso golpe metálico y un fuerte golpe de huesos y músculos contra el asfalto. Un amplio y espeso charco de sangre empezó a rodear el cuerpo de la víctima.

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*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva,  busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental. Es integrante de la mesa central de loscronistas.net

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