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El vínculo detrás de la máscara

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La pandemia ha replanteado nuestras ideas sobre la vida, pero, sobre todo, nos ha mostrado la cercanía de la muerte con la que lidiamos todos los días y nuestra fragilidad como seres humanos.  Los casos de Karla, Valeria y Mayte desnudaron, además, la dramática situación de los hospitales públicos.

Karla Armas Lanas, médico residente UCI Covid-19, Quito, Ecuador

—Para mí la muerte es ahora el fin del sufrimiento— dice Karla. El 17 de mayo de 2021 tuvo un turno que nunca olvidará. En el hospital donde trabaja tenían a un paciente de 35 años intubado mucho tiempo. Era muy joven y su pronóstico era malo, parecía que no saldría del ventilador. Con harto trabajo del jefe del área y de todo el equipo, el paciente salió, y lo vieron despierto y sin tubo. Pero estaba infectado con una bacteria —es muy normal en la UCI que los pacientes por su estado se sobreinfecten—, seguía con fiebres muy altas y se descompensaba fácilmente. A pesar de esto, los médicos tenían la esperanza de verlo de nuevo con su familia. Había vivido muy poco aún y ahora perdía la oportunidad de despuntar con una profesión que tanto anhelaba, de ver crecer a sus hijos, de conocer a sus nietos y de envejecer con dignidad. Todos creían que tenía mucho por hacer, pero entró en paro. Trataron de reanimarlo sin éxito y falleció. El mismo día murieron dos personas más: una que la doctora Armas intubó y que, minutos antes, había confiado su vida en las manos de ella, y otro paciente que ya llevaba mucho tiempo en la lucha. Además, tuvo cinco ingresos de pacientes jóvenes que demandaron bastante trabajo, pues estaban en estado crítico. Tuvo una vía aérea difícil y no pudo intubar. El cansancio se juntó con la frustración. A las dos de la madrugada, Karla salió a descansar y recibió una llamada telefónica de una de sus mejores amigas: le contó que su papá necesitaba una cama en cuidados intensivos y que no lograban encontrarla. Había una libre donde Karla. Terminó ese turno recibiendo al papá de su amiga. Salió agotada emocional y físicamente. Sin duda no lo olvidará nunca.

Confiesa su frustración, quizás debido a experiencias relacionadas con su historia personal, lo que provocaba un impacto mayor. Sin embargo, le dolían más las secuelas de la muerte que la muerte física de una persona. Con el tiempo llegó a sentir que muchas de las muertes le daban paz: eran el final de un largo e intenso sufrimiento. Por momentos cree que estar en estado crítico no es vivir y que morir es lo mejor. Hay pacientes que aún sedados y sin conciencia se aferran a la vida y luchan contra la enfermedad. Resulta más difícil aceptar estas muertes, porque parece que aún no están listos para irse, aunque desde el punto de vista médico no tengan como pronóstico una oportunidad de sobrevivir.

En cambio, cuando los pacientes logran recuperarse es una alegría compartida. Karla valora la importancia de la comunicación visual: puede generar un vínculo detrás de la máscara que muestra únicamente sus ojos mientras ella puede ver el rostro completo de sus pacientes. Algunas veces los encuentra afuera, sin mascarilla, y ellos no saben quién es. Quizás, de alguna manera, el vínculo generado es unilateral, aunque pueda sonar egoísta.

La doctora Armas y otros médicos dan las noticias a los familiares. Es un enorme peso emocional porque no pueden hacer nada para ayudarlos, ni dar soluciones ni remediar su tragedia. Karla procura que los enfermos todavía conscientes se comuniquen con sus familias a través de videollamadas, la mayor cantidad de veces posible. Ve gestos temblorosos: sonrisas generalmente forzadas que intentan aferrarse a una esperanza, comisuras casi cerca del llanto. Les hace bien hablar con sus seres queridos, explica, los tranquiliza. Las videollamadas también son dolorosas. Se escuchan despedidas, perdones y arrepentimientos por lo que no hicieron y quizá ya no podrán nunca más. Hace poco, Karla hizo una videollamada de despedida a los familiares de una paciente que estaba intubada y sedada. Ellos querían verla. Y lo consiguieron: verla así de frente como se mira a la muerte, para encontrar fuerza, o quizá un acto de fe ante tanto quebranto, pero solo dejaron salir sus gritos. Una de las hijas pedía disculpas por haberla contagiado. Al final, la familia decidió liberarla de su dolor y dejarla trascender.

Por cuestiones personales, Karla siempre tuvo una guerra inacabable con la muerte. Desde sus 14 años, cuando murió su madre en un accidente de tránsito, no había logrado entenderla. Ahora que han pasado 16 más, Karla cree que la pandemia ha cambiado su concepto. Antes, la muerte era el enemigo silencioso que llegaba de improviso a quitarnos todo. Pero como ya lleva un tiempo trabajando en UCI COVID su visión es diferente: al principio, como todo médico joven, estaba aferrada a salvar a sus pacientes sin importar el costo o las consecuencias. Pero no siempre salvar significa vida. El pensamiento de Karla es distinto desde que el 24 de marzo del 2021 recibió un mensaje que decía que su propio padre tenía COVID, y que no había camas en ningún hospital. Ella lo llamó. Tenía miedo, no había hablado con él desde hace 15 años. Resultaba irónico que la próxima vez fuera en una situación así. Llamó a su padre y lo escuchó casi sin voz ni aliento al otro lado del teléfono. En ese momento supo que tenía que ir a verlo. Fue a su casa y lo encontró ahogado, sin poder casi hablar, con mucha tos y demasiado débil. Las ambulancias se habían negado a atenderlo y él estaba solo, así que su jefa ayudó a Karla a conseguir una cama en la UCI donde trabaja. Karla llevó a su padre en su coche. Ella manejaba con una mascarilla que cubría toda su cara. Lo único que pensaba en ese momento era qué hacer si su papá entraba en paro mientras conducía. Sudaba en medio de una gran ansiedad. Sentía ahogo y reconoció un miedo profundo en sus escalofríos: era el mismo que sintió cuando años atrás supo que su mamá iba a morirse, y tampoco estuvo preparada para eso.

Llegó al hospital y su padre ya no pudo caminar. Su oxigenación era muy baja y se desvaneció. Karla lo arrimó contra la pared para que no se cayera. Vio a su jefe salir a ayudarla, y solo entonces pudo quebrarse. Así debían sentirse los familiares al despedirse de un esposo, de un hijo, de una madre cuando entraban en la UCI, y posiblemente no volvían a verlos vivos. Pero ella y su padre eran afortunados. Estaban juntos. Karla podría verlo todos los días, ayudarlo a comer, sostener su mano, dejarlo dormido cuando tuviera temor. Incluso tenía la suerte de que en el peor de los casos lo vería morir. Un día tuvo un turno con su padre como paciente. Gritó varias veces su nombre y tuvo pánico. Se imaginaba intubando ella misma a su papá, y la idea era aterradora. Sabía lo agresivo de un procedimiento que consiste en insertar invasivamente una sonda en la tráquea, y pasarla por las cuerdas vocales hacia el punto donde se ramifica con los pulmones. Luego la sonda se conecta a un ventilador mecánico para ayudar con la respiración. Generalmente, el paciente intubado debe permanecer boca abajo.

Cuando el turno terminó, Karla fue a hablar con su padre, pero estaba desorientado, no sabía dónde estaba ni qué pasaba. Karla presintió que algo malo ocurría y se quebró de nuevo. Lo dejó dormido. Llegó a las 23H00 a su casa a descansar. El agotamiento se le había acumulado de nuevo. Al día siguiente despertó a las 5H00 y llamó a preguntar cómo estaba su padre. Le dijeron que bien, que había pasado la noche tranquilo, y que si todo seguía así, era probable que pronto le dieran el alta. Karla colgó feliz, con ganas de recuperar el sueño perdido. Iba a dormir diez minutos más, de repente entró otra llamada. Era su mejor amigo, estaba de guardia ese día. Karla recuerda su voz diciéndole: “Ñañita, se puso súper mal, entró en shock y no le puedo sacar, le tengo que intubar”. Sabía que no saldría y que no volvería a hablar con su padre. Alcanzó a llegar al hospital antes de que lo intubaran, pero don Roberto ya no era su padre. Él abrió los ojos, se quejó. Karla le dijo lo que ella siempre le decía a la mayoría de pacientes: “Tranquilo, ya va a acabar todo, este sufrimiento se va a terminar”. Y entonces lo intubaron. Estuvo cuatro horas con su padre antes de que falleciera. En ese momento se replanteó su existencia y recibió su muerte con una sonrisa. Morir es encontrar la paz. Muchas veces, Karla piensa que para la mayoría morir es lo mejor. Antes, si hubiera dicho esto, me dice, se hubiera escuchado feo: “Ojalá se muera”, es el peor insulto cultural, es desear el mal a alguien. Pero en su trabajo ya no lo ve así. Ahora acepta la muerte con amor.

Sin darse cuenta, hoy arriesga más que antes. Siempre que alguien muere en la UCI se pregunta: ¿Qué sucederá con todo lo planeado por esta persona? La respuesta es bastante obvia: se quedó en planes. Hoy cree que la vida es ahora, el momento en el que despierta, en el que come, en el que baila, en el que conversa. No tiene miedo. A la final, lo único que se puede perder es la vida misma, e igual, tarde o temprano se acabará, dice mientras sonríe con nostalgia.

 

Valeria Almache Dávalos, hospital de Especialidades Fuerzas Armadas N°1, psicóloga clínica, Quito

—Estoy entrenada para acompañar el dolor ajeno, pero no puedo ser indiferente— dice Valeria Almache, psicóloga clínica. Está al frente de los pacientes COVID-19 y sus familiares para brindarles soporte emocional en medio de situaciones cercanas a la muerte.

Comenta que el último mes, por el incremento de casos ingresados al hospital, la carga laboral ha aumentado notablemente. Hay días en los que se generan más de veinte interconsultas que solicitan apoyo psicológico, de las cuales un 60% corresponden a pacientes con diagnóstico SARS CoV-2. Los motivos con mayor demanda se deben a casos del manejo del luto, del duelo.

Uno de los días que recuerda como más caótico fue la primera vez que ingresó al área de COVID-19 para comunicar a un paciente la noticia sobre el fallecimiento de uno de sus familiares (en muchas ocasiones ingresan varios miembros contagiados de la misma familia). Sintió una mezcla de frustración y rabia, un coraje difícil de disimular en su rostro contraído, ansioso. La sensación de impotencia la invadió con un incontrolable deseo de llorar. Su trabajo se enfocó en transmitir lo ocurrido al paciente y brindar acompañamiento psicológico durante y después de recibir la noticia. Esa ha sido una de las experiencias en las que pudo ver, de manera literal, al dolor de frente. El dolor no la asusta, es una respuesta natural ante determinados eventos, dice.

Por su profesión de psicóloga y no de médico, no ha padecido la experiencia de ver el fallecimiento de un paciente de manera directa. Sin embargo, ha presenciado el deterioro de algunos de ellos que al ingreso solicitaron acompañamiento psicológico y que, por la evolución de la enfermedad, fallecieron. Es entonces cuando se brinda soporte psicológico a los familiares del paciente. Emociones como el desconsuelo y la impotencia son inevitables al presenciar el inminente deterioro de los pacientes y la desesperación de sus familiares. Lo que suele hacer cuando ocurren estos casos es conversarlo con sus colegas.

Dice que motiva mucho abordar a pacientes que se recuperan. Escuchar el nuevo sentido que piensan darle a su vida. Admira el espíritu de lucha y la gratitud que expresan. En el caso de pacientes que pasaron por UCI y lograron salir, manifiestan un volver a nacer, un nuevo comienzo, deseos de enmendar los errores del pasado, fortalecer valores familiares y transmitir ese espíritu de lucha a sus seres queridos. Cuando ella aborda a estos pacientes siente mucha alegría y satisfacción. Le parece increíble escuchar: “Gracias por estar conmigo”. “Gracias por estar pendiente”. “Gracias por motivarme”.

Una de las principales enseñanzas de Valeria Almache ha sido considerar el dolor como parte de su vida. Nadie quiere experimentarlo, pero es algo inevitable y lo ha visto exageradamente. La muerte es algo con lo que cree haber vivido a diario sin haberse dado cuenta. La pandemia nos muestra la fragilidad de los seres humanos.

Valeria Almache piensa que la muerte crea nuevos sentidos de vida y nos enseña a valorar lo esencial de nuestra existencia. Se cuestiona cómo ha llevado su vida hasta el momento, qué quiere en realidad, cuáles son las personas verdaderamente importantes y sus prioridades. La pandemia le hizo enfrentar muchos temores y le permitió darse cuenta que ella es más fuerte de lo que creía.

Valeria Almache habla sobre el riesgo del contagio. Luego están las prolongadas jornadas laborales y el cansancio del equipo. Está segura de que quienes trabajan de forma directa con los pacientes muestran su compromiso y vocación profesional. Todos dejan su máximo esfuerzo. Es una época para reflexionar mucho sobre la vocación. Atender a los pacientes desde hace más de un año y medio en el contexto de un clima laboral que en ocasiones incluye: falta de equipo de protección personal, falta de medicamentos, muerte de pacientes, alto nivel de estrés y miedo a infectarse a uno misma o a un ser querido, habla del compromiso de Valeria Almache con sus pacientes.

Valeria Almache ha visto la profunda frustración de integrantes del personal de salud. Verlos llorar en los pasillos. O gritar. Aislarse después de comunicar sobre la muerte de un paciente a los familiares. Valeria Almache cree que son importantísimas las redes de apoyo existentes entre el grupo de primera línea, es decir, el trabajo en equipo.

Para Valeria la pandemia marcó un antes y un después. La enfrentó con sus propios temores. Hoy se esfuerza por ser más consciente entre su sentir y su actuar, por enfocarse más en su aquí y en su ahora, por vivir un día a la vez, y agradecer por la salud y la vida de sí misma y de las personas a quienes ama.

En Ecuador, la salud mental se ha dejado de lado. Pero a lo largo de la pandemia se ha visibilizado la importancia de la psicología clínica. La pandemia nos enfrenta a la incertidumbre y al temor. A la ansiedad y a la tristeza. A la frustración y al enojo. A trastornos emocionales de la población y del personal de salud. Es esencial una detección e intervención oportuna y eficaz de profesionales calificados en salud mental. Según GK City, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) dice que 4 de cada 100 personas sufre de algún tipo de trastorno depresivo, mientras que 3 de cada 100 sufre de ansiedad. Además, el gasto público promedio en salud mental en Latinoamérica es apenas el 2 % del presupuesto destinado para la salud.

Mayte Navarro Romo, Clínica de La Sabana, interna rotativa, Chía-Cundinamarca, Colombia

—Sabíamos cómo tratar una neumonía, pero no sabíamos cómo enfrentar el caos— dice Mayte sobre su experiencia como Interna Rotativa en una clínica durante una de las épocas más duras y difíciles para el mundo.

Eso no se estudia en los libros de medicina ni en las clases de la Facultad, afirma. Además, cuenta cómo día tras día aprendió, entendió y luchó. Sin poder hacer nada vio morir a tres, a cuatro, a diez pacientes que se volvieron algo así como carne de su carne, porque nada como la muerte nos iguala, nos vuelve uno para siempre. Los insumos se terminaban, no había camas disponibles, sentía que ella y el resto del equipo médico no estaban preparados y el sistema de salud colapsaba.

El grupo de médicos que trabajan con ella entran en crisis depresivas constantes, pues, aunque no son sus propias familias, son sus pacientes, su responsabilidad. ¡Cómo les duele cada vida que no pueden salvar! A veces lloran, se encierran en el baño durante un rato, gritan o simplemente se aíslan.  Jóvenes, adultos mayores, niños por los que luchan y, de pronto, ya no responden más. Pero también está la alegría que experimentan por aquellos que logran salir, que consiguen vencer y que también son muchos. Se abrazan. Se dan fuerza. Lloran, comparten, sonríen. Dan gracias a Dios por cada uno de los que han salvado.

Hoy, Mayte valora más su propia vida y la de su familia. Aprecia con intensidad los momentos que se puede compartir con los seres queridos. Los abrazos. Las risas. El apoyo y el cariño cuentan ahora como primordial en cada minuto de su existencia.

Los momentos más duros que Mayte ha experimentado es cuando los pacientes que agonizan piden ver a sus familiares y, sin embargo, no es permitido. Enfrentar la muerte solos es terrible. Hay lágrimas en sus ojos y se quiebra su voz cuando nos comparte esa inevitable sensación de rabia por quienes no se cuidan.

El grupo de médicos de la Clínica La Sabana, en Bogotá, Colombia, asegura haberse esforzado al 100%, aún a costa de sus propias vidas. Según Mayte, han tenido que ser no solo médicos, sino familiares y sacerdotes, pero no les ha pesado. Han dado lo mejor.

Son innumerables las veces que Mayte se ha quebrado ante la muerte. Un día, uno de los intensivistas que tuvo un turno de 48 horas no pudo más y se sentó a llorar en el piso.

Ella lamenta que el sistema de salud no esté preparado para brindar protección al familiar de quién agoniza o muere, y se ha sentido frustrada por no poder brindar ayuda, apoyo moral y psicológico a las familias de la gente que padece COVID. Se enoja al reconocer que después de tanto estudio, sacrificio y lucha, un virus los derrote, aunque se apliquen todos los conocimientos y los esfuerzos posibles.

Una señora de 75 años entró a urgencias a las 15H00 y en cuestión de dos horas tuvieron que intubarla. Hizo dos paros, pero lograron sacarla de la emergencia, y Mayte terminó su turno. A los dos días regresó y una hora antes la señora había fallecido. Era su vecina de apartamento.

La familia, destrozada, quería verla y despedirse, pero el personal de la funeraria se la llevó para la cremación y nunca más la volvieron a ver. Mayte se planteaba decenas de preguntas y una de ellas era si la señora habría sufrido, pero no podía responderse. ¿Cómo aumentar más dolor a tanto dolor? Mientras todo aquello se queda dentro, dice, continuamos luchando por salvar más vidas.

Mayte confirma que cuando las UCI colapsan y ya no hay más respiradores, a los médicos les toca escoger salvar solo a uno de dos pacientes. Aunque hasta el momento ella no ha tenido que decidir, el triaje ético para quienes sí lo han hecho es demasiado duro.

YO

Familiar de pacientes COVID del Hospital La Merced en el Centro Histórico de Quito, Ecuador

Antes, la muerte era lejana y ajena. Ahora duerme en nuestra cama, nos abraza y se levanta con nosotros, aunque en realidad siempre fue así.

Mi vivencia como familiar de pacientes COVID-19 me permite contar la experiencia desde el otro lado. Victoria y Jorge, dos personas de mi familia. Intubadas en una sala UCI. La imaginación juega en doble sentido. La mente se dispara con pensamientos de todo tipo. Las incógnitas de no saber cuáles ideas desechar y cuáles permitir que se queden conmigo. La figura de la muerte como acechadora maligna se cuela por los rincones más insospechados. Victoria, la prima junto a la que crecí. Las imágenes de momentos, de detalles compartidos en la niñez, en la adolescencia, en la juventud. Los viajes en familia a la playa cuando éramos niñas. Las celebraciones infantiles de nuestros cumpleaños. Las reuniones en la casa de los otros primos. Las largas conversaciones sobre amores y desamores. Las confidencias. Los amigos en común. Mi fiesta de 15 años. Los días de nuestros matrimonios. El viaje a verla en España. Nuestras reuniones bohemias y también nuestras discusiones y diferencias. Todo esto revivía cada noche al pensar que tal vez no la volvería a ver.  El miedo como el compañero que nunca se va. La brutal zozobra por una noticia, mala o buena, una espera sin pausa. Pasaban 24 horas completas para escuchar pocas palabras: “Hoy mejoró un poco, se disminuyó la cantidad de oxígeno. Mañana volveremos a informar”. La siguiente noche, otras frases cortas: “Pensamos que podía respirar con menos ayuda, pero no fue así. Mañana intentaremos otra vez”. “Hoy ha habido una leve mejoría”. Esa es la información que un familiar recibe. No hay detalles, no hay una explicación que nos ayude a comprender lo que en realidad sucede. La muerte amenaza y el familiar solo especula e imagina mientras afronta un mensaje vacío.

La muerte nos respira en la nuca. La propia, la ajena. La vida no es segura, es frágil, es una suerte, un premio del día, un privilegio.

Desde afuera la angustia carcome el alma y el cuerpo. Fantasear con el sufrimiento de mis primos. Incertidumbre de no saber si esperar, si rezar, si tener fe o dar cabida al miedo, enfrentarlo y poderlo superar. Mi consuelo era mandar un mensaje diario de aliento y esperanza al WhatsApp de Victoria para que cuando despertara pudiera leerlos, uno a uno, y saber que no hubo un solo día que no la pensara.

Su esposo Jorge perdió la pelea frente al COVID y falleció. El dolor de ella, a pesar de su propia recuperación, se multiplicó. Después de batallar en medio de un infierno de sufrimiento y dolor, después de lidiar con los demonios que la acecharon inyectándole terror, venció a la enfermedad, pero su vida cambió para siempre. Cuando éramos niñas, para nosotras la muerte era desconocida, algo que parecía distante pero la verdad es que siempre estuvo ahí, rodeándonos silenciosa, dando vueltas alrededor de nuestros juegos, de nuestras vivencias, solo que ahora hizo ruido y la pudimos escuchar.

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 *María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Psicóloga clínica y escritora ecuatoriana. Ha publicado tres novelas y dos libros de cuentos. Tiene un Diplomado en literatura latinoamericana en la Universidad de Los Hemisferios y  cursos de literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar. En la actualidad escribe mensualmente para la revista literaria digital Máquina Combinatoria y colabora con loscronistas.net

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