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La casa de la calle Benalcázar

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El domingo era el día designado para visitar a los abuelos. En aquella época, entre mis 14 y 18 años, sentía curiosidad al entrar cada domingo a aquella casa. Se abría un inmenso portón que daba paso al sigilo, a la incertidumbre, a la intriga.

En la casa, ubicada en la calle Benalcázar 687 y Chile, frente al monumental edificio gris de las oficinas del Correo Central en el centro histórico de Quito, los miembros de la familia fueron testigos, por muchos años, de fenómenos como relojes antiguos que caminaban sin cuerda, quejidos ahogados a medianoche, el funcionamiento nocturno de las máquinas de la imprenta sin que nadie las pusiera a funcionar, una mujer de largo vestido blanco que cruzaba el patio trasero, un fantasma cariñoso que acunó el sueño de una prima.

Las historias eran contadas a menudo por mis tías y por mi abuelo paterno, Víctor Arturo Cabrera Martínez, abogado, nacido en Riobamba en 1890.

Mi padre, Arturo Cabrera Lemus, también abogado por tradición familiar, solía narrarnos episodios cuyos escenarios eran las enormes salas de la casa, una de ellas con un gran piano negro, imponente, brillante. Paredes con fotografías de rostros, miradas y trajes de otros tiempos.

Yo subía contenta con mis padres y mis hermanos pequeños. Ya en el segundo piso, frente a la enorme puerta cerrada de la sala, esperaba de pie María Ribadeneira. La empleada de siempre, de toda la vida, como decía mi abuela Josefina, nos recibía con humildad y cariño. Yo miraba de reojo aquella puerta altísima, blanca. Con adornos dorados que recargaban los pequeños tallados de hojas, espirales y círculos. Me inquietaba que la mantuvieran bajo llave. ¿Encerraba entes vivos en un salón que se abría solo para el ingreso de personas importantes? ¿Y era entonces cuando los misteriosos seres se escondían tras las cortinas moradas para dar paso a las luces y a las visitas?

—Vengan, pasen, pasen. Arriba está el doctor Arturito y la señora Josefinita. La ña Victorita, la ña Marujita y todas las demás. Sigan nomás.

—Gracias, María —decían mis padres—. Ahora subimos. Nosotros sonreíamos mientras caminábamos hacia las escaleras que nos llevaban al tercer piso.

Uno de los corredores tenía como primera habitación el “Cuarto de rezar”. Era oscuro, sin ventana, y a mis hermanos y a mí nos atemorizaba pasar frente a este. Casi siempre volteábamos el rostro para evitar mirar reclinatorios con aspecto de fantasmas negros arrodillados. La sensación de las imágenes de los santos y sus miradas de yeso nos recorría por todo el cuerpo. Altares creciendo según el dolor de las plegarías que exorcizaban. Crucifijos en carne viva que parecían a punto de sangrar en cualquier momento. Rosarios extendiéndose y velas de las que era posible adivinar cómo era la llama aún después de apagadas. Sin embargo, mi madre aseguraba: “Los fantasmas no existen, las casan antiguas emiten sonidos de madera vieja que cruje y de las cañerías desgastadas que se confunde con susurros y voces. Son  construcciones grandes y oscuras y las luces se proyectan como espectros”. Nadie le creía.

La historia más significativa, fue una que contó mi padre. Dijo que por el año 1945, cuando él era joven, la familia había arrendado una habitación en la planta baja de la casa (la misma cuya puerta yo veía de niña detrás de una mampara y en la que nunca había entrado) a un grupo de personas que pertenecían a la congregación de los Rosacruces, pues así ellos se identificaron. Ahí, algunos integrantes de esta orden, mantenían sus reuniones que las realizaban en las noches. Acostumbrados a oír que varias veces por semana abrían la puerta, entraban y se reunían, no les llamó la atención que una de tantas ocasiones, se les escuchara ingresar y mantener sus rituales como siempre. Pero, en esta ocasión en particular, decía mi padre, no terminaron a una hora habitual y continuaron a lo largo de toda la madrugada. Al ver que era ya demasiado tarde y que no habían podido descansar con aquella bulla; mis abuelos acompañados de mi padre y de una de mis tías, bajaron a pedirles que, por favor se retiraran porque no habían parado durante muchas horas y ya era suficiente. Llamaron a la puerta. Nadie abrió. Mi abuelo ingresó con un duplicado de llave y todo estaba a oscuras y en silencio. La habitación estaba vacía.

Sólo cuando fui mayor a los 19 años, conocí el cuarto. Era amplio. De paredes altas, frías, pintadas de un blanco maltratado por el tiempo. Las intuí vigilantes de las intenciones de quien entraba. Cautelosas. Se percibía con facilidad el olor de una humedad filtrada. Estancada. Esas paredes habían sido mudos testigos de sonidos, de plegarias, de palabras que evocaron espíritus de dimensiones extrañas, desconocidas. Los muebles de madera, estáticos y rígidos, escucharon y miraron hechos que nunca nos podrán contar. Doce sillas antiguas, tapizadas con cuero genuino y desgastado por el uso, aún estaban acomodadas en círculo. Una pequeña mesa lateral era la base de una lámpara de cristal que al encenderla proyectaba una luz tenue que mantenía en penumbra a la habitación. En el centro, la alfombra sobrecargada de rombos y de colores.

Ahí, años atrás, hubo una docena de hombres que practicaron de manera secreta, la Alquimia espiritual y que hurgaron en los límites de las facultades esotéricas que poseían.

Ahora, en el año 2021, sé que la fraternidad Rosacruz no es una organización religiosa ni tampoco un grupo cristiano y que sus orígenes se remontan a las escuelas de los misterios del Egipto faraónico, que eran fraternidades secretas donde se transmitía un saber nada común de las leyes y propósitos de la vida, mediante prácticas de conocimientos esotéricos que se basan en el estudio de todo lo que está oculto a nuestros sentidos y a la ciencia pero que existe. Se consideran esotéricos los conocimientos de wicca, zodiaco, tarot, numerología, cábala, chakras, runas y de la alquimia espiritual, que es la base que sustenta la creencia rosacruz y que sostiene que el alma debe transmutar, es decir purificarse mediante la oración y el ayuno.

Se cree que el alemán Christian Rosenkreuz, un legendario personaje de finales del siglo XIV, fue el fundador de la orden Rosacruz, quien habría aprendido de sabios turcos, árabes y persas, la sabiduría esotérica mientras era peregrino en Oriente. Se dice que se inició en ritos antiguos que ponían en contacto el plano terrenal con el divino y que construyó un templo al que se llamó “La Casa del Espíritu Santo”. Se asegura que su cuerpo fue encontrado en perfecto estado, 120 años después de su muerte. Se duda de la real existencia de Rosenkreuz pues su verdadera identidad ha sido un misterio que nunca fue develado. Autores ocultistas afirman que se habría reencarnado en el conde de Saint Germain, aventurero y alquimista del siglo XVIII.

El símbolo de los Rosacruces es una cruz con una sencilla rosa en el centro. Cada miembro recibe enseñanza sobre el significado y la aplicación de las leyes cósmicas y naturales en el Universo. En la Enciclopedia Británica se encuentra el artículo Rossicrucianism, escrito por H. Spencer Lewis, quien fuera el ideólogo más acreditado de este movimiento en el que dice que el Rosacrucianismo es un sistema de filosofía mística cuyo fin es el de guiar el desarrollo de la conciencia interna. Los dos principios fundamentales de esta hermandad son un dios impersonal y la creencia en la reencarnación y a pesar de que la organización dice no tener relación con ninguna otra fraternidad, existe un grado en el rito escocés de la Masonería que se llama “Rosacruz”

La casa, hoy en día remodelada y transformada para albergar las oficinas de la Vicepresidencia de la República del Ecuador, en realidad tenía el misterio innato de observarnos. Aquel espíritu propio que inhalábamos en el aire al ingresar. Esa energía que movía los relojes de la sala, siempre a la misma hora, sin que nadie los hubiera dado cuerda y que emigró con el derrocamiento de sus paredes, como cuando el cuerpo humano muere y el alma emerge y se va.

Las prácticas de los Rosacruces, en aquella habitación que usaban para sus reuniones y rituales, eran propicias dentro de una casa que movía objetos, que emitía susurros detrás de los oídos de las personas y que tocaba las teclas del piano.

Los Rosacruces hacen el juramento de no revelar nunca los rituales pero en el norte de Bogotá, hay un templo rosacruz que autorizó que se pueda ver  y entrevistar a personas que se reúnen miércoles y sábados durante una hora, toman agua, encienden velas y meditan al son de música mística.

En esta entrevista se muestra a los periodistas la espada que ellos usan en los rituales de iniciación. Este templo en Colombia tiene 40 años y sus dirigentes explican al equipo periodístico que los Rosacruces son una escuela de vida que ha sido perseguida y acusada de involucrarse en rituales oscuros como el sacrificio de menores, orgías y la adoración al diablo, aunque ellos lo niegan rotundamente. Argumentan que son infamias y calumnias y sostienen que sus prácticas solo son para conseguir iluminación y crecimiento personal, de preferencia a puerta cerrada. Explican que no pueden dar nombres de quienes pertenecen a esta organización secreta, hasta la muerte de los miembros Rosacruces.

Aquella noche de 1945, en la habitación blanca de  la casa en la calle Benalcázar, estuvo la cruz con la rosa en el centro. La espada de iniciación. La música mística que envuelve las mentes, que obnubila, que eleva los espíritus. Destellos brillantes. Seres celestiales y energía de luz. Voces mezcladas con vibraciones espirituales, reveladoras. Sin embargo, esa vez, en aquel ritual intenso y poderoso, no hubo nadie en realidad.

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*María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Psicóloga clínica y escritora ecuatoriana. Ha publicado tres novelas y dos libros de cuentos. Tiene un Diplomado en literatura latinoamericana en la Universidad de Los Hemisferios y cursos de literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar. En la actualidad escribe mensualmente para la revista literaria digital Máquina Combinatoria.

*Esta crónica fue desarrollada durante el curso-taller de loscronistas.net de febrero de 2021

Fuentes:

https://www.ecured.cu (Christian Rosenkreutz – EcuRed)

https://www.muyhistoria.es (La orden secreta de los rosacruces – Muy historia)

https://www.aminoapps.com (Creencias esotéricas Wiki Ocultismo Amino)

 

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