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El motel del voyeur

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Por Christian Espinoza Parra*

El famoso periodista norteamericano Gay Talese recibió una carta en 1980, en la que un tal Gerald Foos afirmaba haber comprado un motel en Aurora, Colorado, el Manor House, para satisfacer sus afanes de voyerismo, ese interés desmedido por los comportamientos sexuales en el dormitorio de la gente, incluso en sus facetas más tediosas y cotidianas. Sin embargo, Foos pedía no ser tratado como un superficial mirón ni un pervertido. Era algo mucho más complejo: un investigador, un pionero del estudio de la sexualidad a la altura de Alfred Kinsey o de Masters y Johnson. Para Foos, la palabra «voyeur» no era un apelativo ni tampoco un sustantivo que lo describía de cuerpo completo, sino el término adecuado para referirse a su única manera de ser feliz, o mejor: era la manera de referirse a esa entidad autónoma que nunca se cansaba de ver la naturaleza humana, y que habitaba en la plataforma de observación que Foos construyó ilegalmente en el Manor House.

Talese no juzga a Foos, pues a su vez ha vivido de existencias ajenas, prestadas. Es un viejo testigo que por más de sesenta años ha contemplado las manchas de la realidad. «Casi todos los periodistas son incansables voyeurs que ven los defectos del mundo», dice Talese. En el fondo, Foos y Talese se parecen, debido a que personifican esa rara y supuesta estirpe mesiánica que entrega a los seres humanos el evangelio de lo horrendo (el uno escribe un diario con la historia de la incómoda intimidad de los clientes del motel, sin ningún permiso, en tanto el otro hace prácticamente lo mismo pero bajo el consentimiento de sus entrevistados), con el costo de cargar con los prejuicios, los secretos silencios y el vulgar anonimato como pago por la tarea de toda una vida.

Sólo un año después de la publicación del libro de Talese, se estrenó en Netflix el documental Voyeur, dirigido por Myles Kane y Josh Koury. La cinta funge como una suerte de tras bastidores de El motel del voyeur. Nos muestra la tormentosa relación entre Talese y Foos, así como la imposibilidad de separar la realidad de la ficción, cuando los límites entre escritor y personaje son tan difusos que, en última instancia, son una misma palabra en busca de plenitud.

«¿Cómo llegas a la verdad? Debes participar, estar allí», dice Talese en el documental. Para él escribir no-ficción es escribir la verdad, porque escribir no-ficción es usar la escritura del método, escribir no-ficción es la escritura de Stanislavski, por encontrar una especie de símil. De hecho, las minucias de la revolución sexual estadounidense que entraron de lleno en el polémico libro de Talese, La mujer de tu prójimo, las tomó de primera mano. Lo llevaron desde los patios traseros de las casas de los suburbios norteamericanos hasta la Mansión Playboy. Su mujer contestó ufana cuando le preguntaron en una entrevista de tevé cómo tomaba la investigación de su esposo: «Cómo enojarme con algo que a él le hace feliz.» Y añadió: «Quienes me preocupaban eran los niños.»

En El motel del voyeur Foos teme que la revolución no sea sexual sino genital, que haya hundido sus manos en placeres sin fondo al no encontrar otra manera de combatir el horror de afuera: la guerra de Vietnam, la Revolución Cultural, el letargo dictatorial de América Latina y de África, el capitalismo despiadado, la utopía comunista corrompida, psicópatas parecidos a James Eagan Holmes que en el siglo XXI masacran civiles a mansalva en los cines. Entre los apuntes de Foos hallamos lo siguiente: «Durante sus apariciones en público es imposible determinar que su vida privada es un infierno de desdicha. Reflexioné de por qué la gente se ve obligada a guardar ese secreto, a no permitir que nadie sepa que su vida es infeliz y deplorable. Es la “condición humana”, y estoy seguro que eso explica que, si la desgracia de la humanidad se revelara de manera espontánea y simultánea, quizá la consecuencia sería un genocidio en masa.»

El sexo es, quizá, más allá de la genitalidad, uno de los pocos actos libertarios que por un breve momento permiten que dejemos de representar (que nos abandonemos a nosotros mismos y al otro), pero cualquier lucha contra un sistema fallido no puede ser una superficial batalla en la cama, necesita de la integralidad humana en manifestaciones vitales tan diversas: arte, política, economía, ciencia, cultura. El erotismo impregna todas las expresiones vitales, la pornografía sólo los límites vacíos del sexo inocuo.

Que en su diario, Foos pase de la primera persona: Gerald, el ordinario e inconforme gerente detrás de un escritorio a la tercera: la conciencia omnisciente llamada El Voyeur, no es gratuito ni mucho menos obedece solamente a la generación despersonalizada y fragmentada de la postguerra fría ni a la invención de una vida paralela como en las delirantes fabulaciones de Don Quijote o de Emma Bovary, sino que es también la consagración del poder individual, aquel poder que se autocomplace de sí mismo, y que pasa de El Voyeur que manipula los hilos de intimidades individuales sin el consentimiento de éstas, a El Gran Hermano que vigila y castiga todo sin contemplaciones. El Voyeur no juzga la sexualidad de sus clientes, pero sí su ética personal. El mundo debería ser a su imagen y semejanza. Las palabras que cierran la novela tienen relación directa con la omnímoda mirada de El Voyeur, y vienen de la boca del apesadumbrado e impotente Gerald Foos que camina con solapada desesperación alrededor de los escombros del Manor House. «Sí —contestó Gerald al tiempo que la agarraba [a su esposa Anita] del brazo y se encaminaba hacia la verja del solar—. Ya he visto suficiente.»

La sonada polémica que rodeó la aparición de El motel del voyeur, e hizo que el propio Talese renegara brevemente de su libro, fue la poca fiabilidad de su única fuente: Gerald Foos, por inconsistencias en las entradas del diario, la inexistencia de documentos que prueben el asesinato que atestiguó El Voyeur desde la plataforma, y todavía más, el hecho de haber comprado el motel en 1969 y no en 1966, y el desvelamiento de que por una promesa de voyeurs jamás le contó a Talese que vendió el motel a su amigo Earl Ballard en 1983 para volvérselo a comprar en 1988. «¿Estaba recordando o escribiendo ficción?», se pregunta un Talese visiblemente molesto en el documental. La teoría de la experimentación de la verdad, de estar ahí, cae en picada. Al fin de cuentas, hay periodismo porque hay perspectivas, sino qué sentido tendría su propia existencia. Las verdades no existen, se fabrican. La verdad como el dolor, es personal, relativa. La verdad es la transformación de la verdad. De modo que el libro de Talese de cierta forma resulta el cierre de ese movimiento conocido como nuevo periodismo norteamericano (a cuya cabeza están escritores de la talla de Truman Capote y Tom Wolfe), no sólo porque plantea un dilema moral entre el autor periodista y su personaje debido a una semejante perspectiva del mundo (más allá de lo que consideremos legal o ilegal) que acaba por confundirlos al uno en el otro, sino porque además propone un segundo cómplice: el lector, pero el lector como voyeur.

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos, crítico de cine del diario digital Nuevo Tiempo. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net

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