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 Primera parte sobre la infancia pobre de un estibador de guineo y su odisea bananera, cuando trató de reclamarle a la United Fruit Company las tierras de sus trabajadores. 

  1. El gran profeta Mutusinga

Una vez más, El Cuco abrió los ojos a las siete en punto de la madrugada, tiritando de frío entre las cuatro paredes de adobe de aquella casa fofa y vieja, echado en ese pedazo de sobrevida que las gentes de Nulti llamaban, con cierto cariño y tristeza, chaclilla —palos despellejados de carrizo y una cabuya encima para dormir desastrosamente—, y lo primero que hizo, como cada mañana desde los tres años y medio, o sea, hace apenas seis meses atrás, fue contemplarse los pies desnudos y angurrientos, vueltos casi un pedazo de yuca pelada por los shiranes, las piedras picudas y la basura de los caminos de tierra. Recordó a don Jaime y sus patotas devorados por las niguas que en los últimos años de su vida le estallaron como cráteres lunares en las plantas de los pies. El Cuco hizo de bastón por el puro placer de ayudar a ese pobre viejo apestado, hasta la tarde de fines de diciembre del último invierno, en que unos ganaderos encontraron a don Jaime tirado como sea en una cuneta, convertido en un flan de fermentos y hojas mojadas.

Se levantó de la chachilla, todavía bastante aperezado, y se restregó aquel recuerdo y los restos de legañas y llantos de anoche, a ver si continuaba contrariando lo que hasta entonces no había ocurrido nunca: que unas palabras, un gesto lastimoso o un rictus de una boca cualquiera se conmiserara por los piojos de su cabeza o las cenizas de la tullpa —fuego prendido en leña— pegada en sus cachetes. Pero lo peor, creía El Cuco, era haberse manchado de barro las pantorrillas, los tobillos y los talones al bajar de Jalshi, un cerro enorme desde donde aparece el pueblo entero: pura pampa desnuda, ósea, abierta como la palma de Dios entre maltrechas casitas de bahareque y adobe. En Jalshi, el Cuco solía gritar: «San Manantín, algún día he de ser hombre.» Sobre todo, porque extrañaba a su mamá, doña Dolores, que para poder fugarse con un viejo maestro capilla había vendido el torito que su abuelo materno y teniente político de Nulti, Manuel Isaac Espinoza, le había regalado para que comiera algo, lo que sea.

En 1941, el pueblo seguía siendo un señorío gobernado por caciques de bruma y magia, contagiado por el Mal del cerro que preñaba a las muchachas solteras, a las paseantes casadas y solitarias de las lomas, y a las jovencitas ingenuas que, además, eran acechadas furtivamente por unos maliciosos arcoíris que vivían en los pozos de agua y en sus horas libres agarraban a las mujeres a manos llenas, en especial, en sus ciclos menstruales, para colarse por los escondrijos de sus polleras y hacerles parir creaturas grotescas con respiración de huevo podrido. «No pasen por donde se para el arco», gritaba un viejo a los caminantes. Y claro, este pueblo habituado a taludes y perros flacos, al culto esotérico del mal de ojo y espanto, a las supersticiones de gatos negros y viudas del farol, lo hacía fértil en los asuntos de la imaginación que incluían velas a los santos y largos rosarios, pero sus tierras eran resecas y áridas como para morirse de hambre.

«A mi abuelo, un cura de San Bartolo le cambió los terrenos por una imagen del niño Jesús que curaba la tifoidea y hacía una infinidad de milagros», me dijo Román Auquilla, compañero de El Cuco en el Sindicato de Choferes de Cuenca. «Como él era mi mejor amigo, una noche me llamó al teléfono y me dijo que estaba mal y quería verme. Yo le llevé un cura de Totoracocha para que le confesara los pecados. Los otros no querían. Lo último que me dijo fue: “Vela porque mi mujer y mis hijos no tengan problemas”.» Paola, la hija de Román, sentada a su lado, me dijo que lo había afectado de sobremanera la muerte de su mamá. «Cuando le vio a su comadre toda blanca en el ataúd gritó: “¡Ay Román!, la comadre me hizo un gesto. Ayúdame, ayúdame que me estoy yendo”. Tuve que correr a comprar un suero oral para que se recuperara.» Seis días después lo enterramos en el Cementerio Municipal de Cuenca. Un viejo que entró en la casa y escuchó la conversación por accidente, dijo que «uno se acuerda de todos los que se van, pero todos los que nos vamos quedando sólo podemos esperar la voluntad de Dios.»

Tioelías regresó a la casa por la tarde; traía a rastras una res muerta que descubrió en una quebrada cuando volvía de Jadán, donde contrabandeaba el trago, subido en su caballo flaco y larguirucho. El Cuco no había probado nada aun, sentía estragado el cuerpo y el ánimo. Había estado andando por el pueblo, creyendo que podría encontrar unas frutas en algún zaguán o agua en un penco de por ahí, raspándolo. Tioelías puso la res de un costalazo sobre la mesa y dijo gangoso que hoy se comerían los ijares, el resto lo repartirían en partes iguales a los niños de su propiedad —cambiados por los campesinos más pobres por un galón de trigo o de maíz— que cultivaban sus terrenos de Ventanillas.

El Cuco buscaba desesperado que alguno tuviera sus mismos pelos endurecidos por los insomnios en la tullpa a la que apegaba la cara, sin desparpajo, cuando el frío de las noches era de hielo; que alguno creyera también en su santo inventado, San Manantín de Jalshi. El único amigo que encontró entre los niños fue Miguel Paredes, a quien muchos años después, a su regresó a Nulti, ya sin Tioelías, le dijo: «Eres libre, has de tu vida lo que quieras.» Pero ahora, veía a Tioelías despostar la res fétida y aspirar la hedentina de gusanos del flanco derecho y el olor a fierro de la sangre rezumante y glutinosa, que se regaba por una de las patas de la mesa. El Cuco ayudó a poner lo demás del cuerpo descuartizado en unos ganchos colgados dentro de un armario. Luego, comieron la carne en silencio y se limpiaron las manos en los escombros de la tullpa.

A la hora del sueño no se molestaban con minucias torpes ni caían en la tentación de abrigarse en el otro, sino que cada uno se refugiaba en su extremo de la chaclilla, a duras penas alumbrados por la luna que entraba a bocanadas a través de las hendijas del techo de tejas. El Cuco no encontraba nada más cómodo que el chorro de luz que le empapaba la cara y teñía de blanco los sueños con mamá. La luna le cubría la mitad de la cara, pero dejaba intactas la espuma del ceño y el sugerente inicio de la curvatura perfecta de los cachetes. Y siempre que al Cuco se le iba develando palmo a palmo la mamá ausente ante sus ojos, despertaba asustado a las siete en punto de la madrugada. («¿A eza hoza ze zue?», le había tartamudeado Tioelías.) Nunca sabría el momento exacto en que pasaba del remanso del sueño a esa pesadilla minuciosa, fluida, real, encarnada en el presente: el perfil siniestro y carcomido de su tío. Era normal, le oyó contar a ella, lo que pasó es que un martes de Carnaval el Elías se quedó ahí, de tres meses nomás, en el piso de tierra de la casa, y cuando los abuelitos llegaron le oyeron unos chillidos de desahuciado a la guagua, ahogándose en medio de los puercos que se habían metido, y dicen que la abuelita lanzó un grito de espanto y vio cómo un chancho feísimo le estaba comiendo el huequito de la nariz y tres dedos de la mano derecha. Desde entonces quedó incompleto, como todos en Nulti.

Eso no evitó que Tioelías creciera alto y orgulloso bajo las enseñanzas de los Santos Evangelios y las evidencias del Fin de los Tiempos de Juan de Patmos, ni que se le pegaran virtudes de venerable beato, como la compasión hacia los suyos, el temor a Dios que enseñaba a los suyos, el don de la sanación embutido en la mano devorada que postraba en la cabeza de los suyos, para iluminarlos, bendecirlos, librarlos del tormento de los puercos, amén. «Mazeo ochzo veintiochzo, Jezúz ahozó a loz puezcoz», clamaba con su voz de gárgaras tartamudas. No cabía duda que el poder de los demonios en los hombres —que el Hijo de Dios exorcizó en nuestra Era— era el castigo del Altísimo por darles a los puercos mejor trato del que merecían las vacas, los borregos, las personas. Pronto la gente echó a esas bestias malignas de los zaguanes, de los caminos de tierra, de los chiqueros al lado de las casas, y levantaron un chiquero comunal —un inmenso averno de lodo— y proclamaron por fin a Tioelías como Mutusinga, el Gran Profeta de Nulti.

Sin embargo, esa feroz cruzada porcina no terminó ahí ni muchos menos, había que resolver ahora el enigma de las pezuñas de los puercos que, de conseguirse, las gentes creían les permitiría entender, a través del lenguaje cifrado en el bulbo, la suela y el dedo, el exorcismo de la tuberculosis, la tifoidea, la varicela y el sarampión que todos los días los desplomaba sin más en los campos, sobre el lomo de las mulas y en el piso de tierra de las casitas. Pero si bien Nulti se mostraba fiel a la palabra de Mutusinga, los puercos continuaban siendo hervidos, sancochados y horneados para fiestas, bautizos y bodas. Lo que llevó al cura del pueblo a declarar frente a una multitud congregada en la puerta de la Iglesia, que se habían estado tragando el infierno. Al amanecer el cura fue más lejos y despotricó contra el Santo Profeta, acusándolo por su miopía herética. No podía ser que prometiera un cielo tan fácil de alcanzar, acaso no tenía en cuenta que él era resultado del hambre de los puercos, por tanto, si el pueblo quería librarse de los tormentos del Altísimo, más valía volver los ojos a las rodillas sanguinolentas de Cristo y no a la nariz fulminada de Mutusinga.

Las gentes comenzaron a verle los defectos al Gran Profeta y a burlarse de su habla afectada por su cacareo de zetas rotas, de sus chumas desquiciantes por los lugares donde vendía el trago contrabandeado en su caballo viejo. El medrado dinero se le esfumaba todavía más. «Cuazquieza pueze tenez cuazo mil quinienzoz zucrez», cantaba a pesar de sus desgracias. Le apodaron Cuchi pinshir, Huaco toyeya, Ñato. Le mandaron a sentarse al final de la Iglesia, ese sitio innombrable donde los indios se consideraban menos aptos para ganarse la gracia de Dios. Le vieron las costuras incluso al abandono en el que tenía sumido al sobrino y, aunque las gentes nunca hicieron nada, prefirieron darle las espaldas.

«Me quedé en la lona cuando mi Ángel María se me murió de cáncer», me dijo doña Zoila Peláez, dueña de una tienda de abarrotes en las faldas del cerro Jalshi. «Pero su abuelo nos ayudó tanto. Cuando mi marido tenía veintiún años lo llevó a trabajar con él en la Compañía. Mi Ángel María venía gritando “yo soy criado de mi tío Guillermo”. Hasta me ayudó llevándome a su casa la época en que mi Ángel María tomaba duro y me sonaba. Así era, pregúntele si quiere a doña Teresa Pacurucu, esa viejita que se pasa llenándose de polvo en la entrada de Nulti.» «¿Se murió? ¿Hace cuánto?», me preguntó doña Teresa Pacurucu, incorporándose pesadamente de la banqueta polvosa junto a la puerta de su casa. «Qué pena, tan buena gente, conversón y animado qué era. Ve esa mesa de allá, ahí al ladito había un baño que le presté una vez. ¿Si le contaron que le ayudó a mi papá a hacerse la casita? Los dos eran buenos para los tragos.»

«Encima fue bien necio cuando se entregó de cuerpo completo a la lucha sindical en la Compañía y en el Sindicato de Choferes de Cuenca», me dijo mi abuela, Martha Loyola, su viuda, en una mesa pequeña, bajo la funesta mirada del retrato en blanco y negro del marido. «Hizo mucho por todos. A nosotros nos dio la casa, la tienda, los terrenos, la profesión a tu papá. Era medio bravo, hijito, no te digo que no. Eso sí, tu tía Teresa no ha de negar que cuando le llevaba a dar una cueriza en el baño, porque se portaba mal, le ha sabido decir: “yo voy a pegar un correazo en la pared y vos grita”. Y yo ni cuenta.»

  1. La mamá con cara de niña

Igual o más infelices que El Cuco, las lavanderas comenzaron a apiadarse. Le regalaban manzanas, duraznos, reinas claudias, y le limpiaban la cabeza en el Julián Matadero —un río hecho de despojos de hombres y basura venerable que nace en las alturas heladas del Cajas y, a la fecha de hoy, le dicen con cierta simpleza, con cierto desgano: río Cuenca, un vórtice donde todos los  ríos de la ciudad se vuelven uno—, sabiendo como todos sabían a estas alturas, que  al Cuchi pinshir nunca le había interesado el sobrino, a pesar de que ambos eran, en el fondo, dos huérfanos al margen de los afectos, un pie de página en la historia de un pueblo que sólo podía contarse las costillas. Por eso, tras cargar trago en las alforjas, el Cuchi pinshir llamaba a El Cuco a comer justo después de mal limpiar la mierda fétida del caballo. Lo sentaba a la mesa para que se sirviera, mira, y con los dedos cafés, hediondos, con pelos, con lanas, servía un puñado lleno, furioso, hediondo, café, con pelos, con lanas, con las mismas manos con mierda, el mote en el cuenco de barro.

Al menos, con la cabeza bien lavada, El Cuco pudo conocer a unas niñas, Herlinda y María, hijas de don Pablo Paredes, un campesino pobre que sobrevivía de sus magras cosechas en una covacha a unos metros de la casa de Ventanillas. Fue María la que se presentó más indefensa, apenas armada de caricias furtivas que El Cuco recibió como un perrito apaleado, con el rostro impávido al inicio y luego desarmado en un gesto de sorpresa; habló sin temores a las malas caras y a los insultos, sintiéndose por fin escuchado (los escarabajos vuelan en círculos, las mariposas en triángulos y las libélulas en cuadrados, y yo apenas las veo pasar arribota mío, entonces salto y salto para coger alguna, y nada que puedo), tenido en algo más que un montón de letras, masticadas a saltos o vomitadas por unas bocas desdentadas y amarillentas, de cuyas voces nada más quedaban las sombras. Aquella mañana jugaron a las tortas con la tierra mojada, hicieron casitas de lodo, persiguieron unos perros alrededor de unos eucaliptos, comieron juntos las pocas reinas claudias de las lavanderas que El Cuco pudo guardar, y pudieron repetir cada acto y cada gesto por días, por semanas, hasta que ellos mismos se fueron volviendo remotos el uno del otro, por el cansancio del trato cotidiano y las inapelables diferencias que el paso del tiempo les entregó por propia cuenta. Pero, a la larga, su recuerdo mutuo e irrecuperable logró sellar una complicidad que fue más allá de la marginación y la locura.

En las fiestas de Nulti, María turbaba a los campesinos con sus pasos de baile, sus silbidos de tuga, con una mano delante y otra atrás, interrumpiendo a las bravas sanjuanitos, yaravíes y albazos, muchos de los cuales eran rasgados en guitarras y requintos por los amigos achispados de don Pablo Paredes, hasta que de repente la niña se extraviaba por horas dentro de los chaquiñanes de la pampa, para volver llena de shiranes que El Cuco le ayuda a quitarse. La parte más sucia, miserable de María, había empezado a corroerla. Estaba enloqueciendo; recogía basura, comía basura, la tiraba indignada contra su chaclilla. Fue entonces que tuvo su primera crisis de rabia y le lanzó caca de perro, hijueputa, en la cara a El Cuco.

Acostado bocarriba sobre su chaclilla, El Cuco soñó de nuevo con la cara de doña Dolores, pero, esta vez, la luna le había bajado a la altura de la boca, dejando a la vista las mejillas y el inicio de los labios de la mamá ausente que apartó las nubes que le estorbaban el paso para descender de aquel cielo inamovible. Agarró la quijada sucia del hijo entre el pulgar y el índice y le limpió la caca de perro embarrada en la frente, y en vez de soltarle el debido perdón por aparecerse únicamente en sus sueños, le soltó unas palabras ininteligibles. Pero ya la luna desvanecida mostraba una sonrisa distinta, vaporosa, infantil. ¡La mamá ausente tenía las facciones de María! El Cuco palpó, de pronto, el pelo enmarañado y los agujeros de la sonrisa, y con el dedo índice recorrió la leve distancia entre los labios y las mejillas de María, y ahí se detuvo para no dañarse así mismo. «Mi guagua», oyó temblando de pies a cabeza, y supo enseguida que debía agarrar, como sea, una libélula viva para que María sintiera en su mano el patrón de las alas y su vuelo cuadrado para aprenderlo para siempre. El Cuco así lo intentó durante meses en los que creía agonizar por un sentimiento de naufragio que le atenuaba los sonidos de las tripas. Era muy pequeño para saber que el amor y el delirio no aceptan medianías; era muy pequeño para padecer la soledad, sin conocer, sin entender, la palabra que la nombra.

En la covacha de los Paredes ayudaba a don Pablo a dormir a María, a cambiarle de ropa y darle de comer —cucharada a cucharada— en los instantes de mayor exaltación de su locura, cuando ya la niña comenzaba a mirar como despidiéndose. El Cuco le regalaba agua de penco a la familia, que la esposa mezclaba con panela y una hojita de naranja y servía en un jarro de peltre que pasaba por la boca de cada uno: don Pablo, su mujer, María, Herlinda y los demás hijos, seis, siete, confundidos con otros chiquillos que venían en desbandada a tragar unas papas calientes hervidas en fogón y comidas a dentelladas. Enseguida todos daban palmadas y sacudidas a la chaclilla y se acostaban, entremezclados los brazos, las piernas, los pechos, las nalgas y las entrepiernas, en una suerte de resignada comunión de sexo y deterioro. Por la falta de espacio, El Cuco se recostaba al pie de la cama, aferrado a las corvas de María, y como el idiotismo de la niña iba en aumento, una noche sintió una sopa tibia y fétida que se le metía por los oídos, le humedecía los dedos y terminaba por embarrarle el sueño.

— ¡Se cacó la María! —gritó.

Y María siguió empeorando —sin mencionar que su hermana Herlinda presentaba síntomas similares, al tiempo que se enamoraba e iba a la casa de su supuesto novio a lanzar flores en la entrada, juven Efraín, pu ganarse su cariñu—, acumulaba mayores cantidades de basuras de los caminos en un rincón de su covacha y organizaba huestes de amigos imaginarios con la intención de tomarse la hacienda de Huangarcucho y sorprender a la hora del almuerzo al Poeta Nacional, don Remigio Crespo Toral (aunque había muerto hacía dos años), coronado como tal a las cuatro de la tarde de 1917, con una corona de treinta y cuatro laureles de oro y un libro que contenía sus versos de juventud para que nadie los olvidara nunca. «Sólo nos quedan los caminos del cielo», cantó el Poeta cuando vio el primer avión en Cuenca, piloteado por el sargento mayor, Elia Liut. Pero a la pobre María todavía le quedaba recorrer de largo el camino de esta tierra triste, porque el cielo apenas se le abría entre sus propias babas, sopladas, glutinosas, con la cara clavada en el horizonte gris y los brazos extendidos como paloma en pleno vuelo.

El Cuco la buscaba durante horas y la calmaba contra su pecho. Le sacudía la mugre de las greñas y la hacía dormir tratando de imitar con mala fortuna los albazos de los amigos de don Pablo. Y ya nadie o casi nadie quería acercársele a El Cuco, ni siquiera las lavanderas piadosas, debido a los olores caldeados que empezaba a desprender su ropa y su cuerpo chiquito. Tampoco podía olerse: había perdido ese sentido. Los antiguos aromas estaban como a blanco y negro, y al respirar todo se teñía de pino quemado.

  1. La errancia y la espera

A los sesenta y nueve años, en su cama, junto a su mujer, miró a través del mosquitero por la puerta corrediza de vidrio del balcón del frente: en el horizonte de Puerto Inca la tormenta arreciaba. El alma es menos que una niebla pasajera, pensó. El cuerpo del hombre es frágil, endeble, sí, pero en él todo es frágil, excepto el mal. Esa es su metáfora: «San Manantín», susurró, «ya soy un hombre». Que los ganadores hacen la historia, es cierto, pero la sostienen sus excesos, ¿acaso la historia no es el exceso del hombre, una excrecencia inevitable de su propio mal? «El azma ez una ligezeza», le dijo el Cuchi pinshir y Él lo creyó. No era un asunto de controversia, habiendo nacido con la libertad de una llaga, ¿verdad? Hubieras querido nacer en otra parte, lejos de las tormentas, de las quebradas, de los ríos, de los charcos, de la lluvia, de las tufaradas del mar. Guayaquil estaba a una hora en bus. Afuera, desde el balcón que daba a las piscinas, observó los embates del aire húmedo: la llovizna persistente, furiosa, barría la Vía Colectora Cuenca-Puerto Inca. Estaba a la mitad de la digestión y sintió que los barcos de la juventud de Guayaquil le lanzaban el ancla en la boca del estómago, y cómo el olor del banano recién estibado subía violentamente y le llenaba los pulmones.

—Martha—dijo en altavoz—, soñé que mi mamá venía a llevarme.

No escuchó respuesta, ella dormía profundamente sin siquiera moverse de su sitio y Él se le acercó, como una sombra, a tomarle la temperatura con el dorso de la mano. La fiebre se reducía al grado mínimo, las mejillas recuperaban su color tostado. La sombra permaneció quieta, la vista concentrada en el cuerpo dormido. Lo que sucedió fue que María había cargado a El Cuco en brazos, a orillas del Julián Matadero, por su deseo de tener una muñeca de trapo como la de la hija de una de las lavanderas, presumida en su cara en medio de muecas y burlas chimuelas. De modo que María llevó a El Cuco, fastidiado y temeroso de lo peor, con la cabeza pegada en su hombro, por las orillas del río, hasta que ambos cayeron a las aguas del Julián Matadero y fueron sacados a los gritos por las lavanderas piadosas. La sombra le puso un trapo húmedo en la frente y salió. El sol se estaba metiendo detrás de la montaña y las tablas separadas de la covacha rayaban de tinieblas a María.

En la puerta de la casa de Ventanillas, El Cuco se topó con unos campesinos desconocidos, con fúnebres sombreros alones embutidos en la cabeza, que decían buscarlo de parte de doña Dolores. El Cuco no se inmutó, aunque los ojos se le desconcertaron con la noticia. Los campesinos lo agarraron del brazo por la fuerza, pero él se resistió con pataletas y chillidos. Su amigo Miguel Paredes fue en su auxilio, impuso la calma a las bravas, y entregó unas estampitas de San Judas Tadeo y un cesto de frutas a los enigmáticos campesinos —seguro habían sido pagados por alguien—, y les pidió volver el siguiente lunes. El Cuchi pinshir no aparecía hacía una semana.

El Cuco no durmió bien aquella noche ni las sucesivas, ¿sería posible tal aviso?, justo cuando creía superadas las brumas de la mamá ausente esos hombres le contaban semejante disparate. A los tres días comenzó a sentir que lo jaloneaban del brazo durante las horas menos insospechadas del sueño, y tendía a despertarse acurrucado entre las matas de uvilla y poroto del Cuchi pinshir; sentía una fuerza llamándolo hacia dentro de sí, entonces flotaba en una sustancia ambarina, mesozoica, en la duermevela, y al recobrar el sentido de la realidad se exaltaba de cualquier cosa: sus dedos, las puestas de sol, el ruido de la lluvia que ya jamás lo dejaría en paz. Tampoco pudo mantener los juegos con María, porque aplastaba los pastelitos de lodo, pisoteaba las mariposas y apedreaba a los escarabajos, usuales inquilinos de sus casitas de tierra mojada.

Desde entonces María languidecía de pena en la chaclilla, mojaba a menudo la cama, les arrebataba las papas a sus hermanos para metérselas en la boca y abandonarlas babeadas en la mesa. Desobedecía a todo, salvo a sus impulsos de recuperar los antiguos ánimos de El Cuco. Decidida a no perderlo se le presentó en el umbral de la casa de Ventanillas, investida con una autoridad distinta, con los pies recién lavados en el río y una diadema de flores silvestres que ella misma había hecho durante sus paseos de loca. El Cuco se incorporó incrédulo de su chaclilla, creía estar ante una niña distinta, resplandeciente, perfumada de chilchil, y no pensó dos veces en tocarle los huequitos de la sonrisa. La verdad era que hacía tiempo ya no sentía la ausencia pegada en los huesos, sino una sensación de gorriones desconcertándole la sangre, porque gracias a María la realidad había dejado de ser para él una imagen violenta y remota.

—Mi guagua— dijo ella.

Sin embargo, María no pudo encontrar a El Cuco al día siguiente. Asustada le preguntó a su padre con señas y ataques de rabia si lo había visto, y don Pablo Paredes le contestó que se estaba yendo con una mujer de pelo corto, medio gorda y medio fea, con acento de mona. María no se atrevió a preguntarle si sabía por cuánto tiempo. Lo primero que se le ocurrió fue buscar en la casa del Cuchi pinshir, que la recibió dando pasos entrecortados, con los hombros como descoyuntados y una cara de sábana hervida, lanzando insultos gangosos que le obligaron a María a recorrer con la vista el ambiente de la casa, apesadumbrada por un cono de luz filtrado por el sol. Vio aterrada que, en lugar de la chaclilla de El Cuco, descansaban espalda contra espalda dos niños descalzos, mano de obra barata del Cuchi pinshir. Sin perder tiempo, María recorrió enfebrecida todos los escondites de los juegos que se le empezaban a distanciar de su mente enferma: los chaquiñanes, la puerta de la iglesia, la orilla del Julián Matadero. Desde entonces la iría invadiendo una sensación que mejor le valía no contrariar, una sensación ingrata y purulenta que la iría condenando a una locura más grave, la de la espera, a una errancia insoportable por las calles de Cuenca, los vericuetos de El Vecino, los puestos de fritada y papas sucias de la 9 de Octubre, arrastrando a sus pies el peso de su martirio, su santidad sonámbula, violada por hampones y borrachos de mala muerte que la embarazaron de un hijo que perdió en la indigencia y llevó muerto como un símbolo de sus entrañas malditas a lo largo de su exilio furioso, con su tulo de ropa y su caja a cuestas; y ella, María la Guagua, cubierta los pómulos por los restos de basura que devoraba insaciable, moriría con los dedos rígidos, sosteniendo la muñeca de caucho que le dieron a cambio del hijo podrido.

«De la María sólo hay versiones», dijo doña Teresa Pacurucu, distraída en Puñales, un albazo del dúo Benítez-Valencia que de pronto enlutó la radio. «¿Si sabe, joven, que se llama albazo porque dicen que a los serranos nos gusta sufrir desde que empieza a clarear?» Mi vida es cual hoja seca / que va rodando en el mundo, / que va rodando en el mundo, lloraron las voces en la radio. «Yo me quedé empolvándome en este camino viejo, porque en Cuenca sino se es rica, hay que ser bien, pero bien pobre, para que a una le pinten la cara en las paredes del Cementerio. A la María hasta eso le negaron. En un mundo así mejor ser nadie. A las mujeres de existencias tan notorias como la María, como nadie las entiende, se las inventa. Digo yo. A ella le gustaba jugar con las libélulas. ¿Alguna vez ha visto una de cerca? ¿No? Yo sí. En las alas largas largas tienen como unas celdas entre filigranas de plata; cada una es como un mundo. Ella era como el ala de una libélula. Digo yo. Hacía un vuelo potente y ruidoso, pero, quién en esa ciudad quiere ver más arriba de sí mismo. Prefiere estirar la mano y ¡pum! Dicen que cuando la María se fue a vivir a El Vecino, unas señoritas solteronas de buena familia le daban de comer unos platos riquísimos en unos pórticos bien elegantes, a la entrada de una casa inmensa, pero nunca le hacían pasar por vergüenza de la mendiga. Y como la María no era ninguna botadita, dicen que luego de comer salía gritando: “¡Viejas putas, me dieron de comer sólo arvejas y porotos!”.»  Así es la vida guambrita, / ir por el mundo, bonita, / siempre sufriendo, lloraron por última vez las voces, y doña Teresa Pacurucu sin poder incorporarse más, aunque de verdad lo quiso, dijo: «¡Ay!, niña María, niña María, te fuiste de aquí sólo para volver a morirte.»

(Fin de la primera parte)

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y colaborador del diario digital Nuevo Tiempo en la sección de cine Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net

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Comments (2)

  1. León Troya

    07 Feb 2021

    Muchas gracias por tan lindo, triste y emotivo viaje. Me recordó a Huasipungo.

    • Los Cronistas

      07 Feb 2021

      Muchas gracias por su comentario.

      Saludos fraternos,

      Rubén Darío Buitrón
      Director
      loscronistas.net

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