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El amor según Platón y yo

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Por Rubén Darío Buitrón*

¿Fuimos Claudia y yo un amor real o un amor platónico?

En teoría, lo lógico era que lo nuestro hubiera sido un amor real: hubo sexo, hubo deseo, hubo equilibrio en decirnos todo lo que debíamos decir, nunca idealizamos lo que el uno fue para el otro ni lo que creímos era el otro con relación al mundo.

Pero fue platónico en el sentido de la distancia, de la fantasía, de nuestra idea de amor, de cómo nos necesitábamos, incluso diciéndonos cosas sucias en largas conversaciones telefónicas a la espera de que aquella distancia dejara de ser lo que era: una dolorosa ausencia cotidiana, una nostalgia similar a la de un corazón con vacíos, una melancolía imposible de eludir.

Cuando hacíamos el amor por teléfono todo era perfecto. No había errores, no había cuestionamientos, no había rencores, no había desesperación, no había angustias.

Ni siquiera existían ganas de tenernos, de estar juntos. Sin vernos ni tocarnos, yo me masturbaba y ella, supongo, también. Yo decía que tenía un orgasmo. Ella decía que tenía tres o cuatro, en seguidilla.

Pero yo no la veía gozar de mí. Ni conmigo. Y ella tampoco disfrutaba de mirarme. Por tanto, era una ilusión, era sexo idealizado, era la nada convertida en algo intangible. En esa medida, lo nuestro no fue real.

Cuando ella venía a Quito o yo iba a Guayaquil, lo cual sucedía cada mes, nos encerrábamos en un hotel para desbordar todas nuestras pasiones ocultas, dormidas, esperadas, guardadas durante tanto tiempo sin posibilidad de acortar los plazos.

Acortar los plazos. ¿Cómo? Imposible. Claudia tenía su familia. Su marido. Sus hijos. Yo tenía mi novia. Mi hijo del primer matrimonio. Había que inventar viajes con destinos falsos para encontrarnos en la realidad de nuestros cuerpos.

Ella solía decir que quisiera divorciarse de Henry, su esposo, que quisiera vivir conmigo, y yo repetía, siguiendo su libreto, que si ella se divorciaba yo me separaría de Sofía.

¿Cuántas veces había escuchado eso de mis amigos, de mis parientes? ¿Hasta dónde somos capaces de mentir o de engañarnos solo por sostener lo insostenible, por aferrarnos a un cuerpo o un alma que no nos pertenece?

Yo estaba consciente de que aquello no ocurriría. Claudia tenía negocios, compañías, sociedades anónimas, empresas, almacenes, pero todos estos asuntos financieros estaban bajo el control de Henry.

Y aunque decía que lo dejaría todo por mí, yo sabía que no era cierto: alguna de las pocas tardes que compartimos en una de las habitaciones de hotel, Claudia se puso a llorar porque confesó que si se divorciaría lo perdería todo: no solo sus hijos (el primero tenía 17 años y la segunda había cumplido 16) sino todo el capital y las ganancias que ella había ayudado a acumular en los negocios de Henry.

Este, con cierta capacidad visionaria (o con una celopatía perversamente oculta) registró las empresas a su nombre y el de sus hijos, mediante una fiducia, y a Claudia solo le dio una categoría de accionista minoritaria con un porcentaje mínimo, bajo el pretexto de que el resto de acciones que le habrían correspondido a ella se mantendrían en control de un albacea.

Si me amaba, ¿por qué le importaba tanto que pasara aquello? Claudia me contaba que Henry y ella no hacían el amor durante meses y que cuando esto sucedía lo hacían de una manera mecánica, él para sentir que ella aún era su posesión y ella para no despertar sospechas acerca de mí o acerca de sus verdaderas pasiones. Pero en esta historia había algo de falso.

Si analizamos las características del amor platónico en el sentido de que se trata de un sentimiento irrealizable o no correspondido, un sentimiento basado en la fantasía o en la idealización del objeto del deseo como un ser perfecto, de excelentes cualidades y sin nada que reprochar ni criticar, lo de Henry sí era una forma de amor. Lo mío, no.

¿El mío por Claudia solo era un amor socrático, como lo definió Marsilio Ficino en el siglo XV? ¿Qué tenía de real un sentimiento que solo se concretaba en la carnalidad seis o siete veces por año? ¿En la carnalidad y luego en la vaciedad?

¿De qué sirve, como dijo Ficino, un amor centrado en la belleza del carácter y en la inteligencia de la otra persona, y no en su apariencia física?

¿Qué sentido tiene para el hombre y para la mujer no tocarse, no abrazarse, no acariciarse, no besarse, no sentirse uno dentro del otro?

Por eso creía que Henry tenía una ventaja: dormía todas las noches con Claudia, le hacía el amor cuando él lo necesitaba (aunque en la mitología de Claudia fuera una vez cada dos o tres meses), mientras yo debía esperar que se produjeran aquellos encuentros furtivos que demandaban planificación pormenorizada, confirmación de ciudades, fechas, horas y lugares clandestinos. Y hasta desencuentros. A veces algo fallaba y ella no podía venir. O yo no podía ir.

Supongo que en nuestras citas fuimos felices mientras duraba la cita. De mi parte, al menos, lo daba todo, aunque siempre con las sombras de la duda. Mi entrega era en todas las dimensiones y la de ella parecía que también. Parecía.

Alguna vez, en los pocos espacios que nos concedíamos para conversar cuando estábamos juntos (porque expresarnos sexualmente era la prioridad, la urgencia, la premura, la consolidación de la memoria), Claudia me dijo (¿o me advirtió?, ¿o me amenazó?) que Henry se volvería loco si llegara a enterarse de lo nuestro, que sería extremadamente agresivo con ella y conmigo, que podría contratar sicarios para que me mataran y que a Claudia la dejaría sin un centavo de dólar. De nuevo, el dinero.

Era extraño que procediera así, pues antes de que nos conociéramos con Claudia, quien en sus 19 años de matrimonio decía haberle sido fiel en absoluto, algo así como una virginidad exclusiva, no había razón para atarla de esa manera, como si fuese un activo fijo más de sus empresas. A menos que supiera algo…

En “El banquete”, Platón deja entrever que no cree en el amor y en el sexo como dos entidades que se funden en una sola.

Las pasiones, según él, son “esencialmente ciegas, materiales, efímeras y falsas” porque el amor no está basado en la virtud.

Yo había leído a Platón antes de conocer a Claudia. Pero cuando empezaron a enredarse y a complicarse las cosas con ella volví a releerlo y me di cuenta de que el filósofo griego confundía los sentimientos, las sensaciones, los deseos y el placer.

Y también me percaté que cuando él hablaba de pasiones olvidaba tres fundamentales: la frustración, el odio y la venganza.

Estas tres pasiones me invadían cada vez con mayor fuerza.

¿Cómo podía estar seguro de era cierto lo que me decía Claudia sobre sus relaciones sexuales (supuestamente esporádicas) con su marido?

¿Cómo podía saber si era cierto que me amaba hasta arriesgarlo casi todo, cuando mi percepción era que no estaba para dejar por mí lo que tenía?

¿Qué derecho me asistía para mentir a mi novia y a mi hijo? ¿Hasta dónde pensaba llegar con ese amor, aventura o idealización?

Acudí donde Carlos, mi psiquiatra. Me explicó que sentir o tener un amor platónico en algún momento de la vida es algo habitual, pero me advirtió que a mi edad era extraño y que cuando se convierte en una fijación o una obsesión que genera frustraciones y sentimientos negativos debo recordar que ese tipo de amor está basado en una idealización que no se corresponde con la realidad, que se trata de una relación imposible o difícil de concretar.

Me recetó fármacos contra la ansiedad, la depresión y la tristeza. No los compré.

Decidí, en un extraño lapsus de generosidad, que lo que yo estaba haciendo era injusto con Claudia, con Henry, con mi novia y mi hijo, aunque en el caso de Henry tenía sentimientos encontrados: lo odiaba y lo temía, pensaba que sabía todo de nosotros y que en lugar de castigar a Claudia con la separación o el divorcio había encontrado la fórmula para hacerla sufrir sin que ella tuviera conciencia de que él estaba detrás.

Más tarde llegué a la conclusión de que si hubiera seguido la teoría de Platón, Claudia sería apenas un amor abstracto. O que lo fue siempre.

Pero ya era tarde para todos los arrepentimientos. El filósofo decía que el amor platónico es perfecto, pero que no existe en el mundo real, sino en el mundo de las ideas.

Confundido, golpeado, invadido de incertidumbre por Claudia, este día decidí dejar la oficina a las tres de la tarde y conducir mi auto por la autopista Simón Bolívar mientras caía una tempestad que impedía la visibilidad de la carretera.

A medida que, en palabras del psiquiatra, “aumentaba la fijación o la obsesión por Claudia”, apretaba con fuerza el acelerador y mientras aumentaba la velocidad del motor me acercaba a la curva más cerrada de la vía, cada vez con menor perspectiva de lo que tenía adelante.

Conocía esta carretera y sus tramos de mayor riesgo, así que sabía que no fallaría, que no serían necesarios los sicarios, que no sufriría más por las dudas de Claudia.

Ahora estaba convencido de que la ilusión no tenía sentido, de que el único camino era el mundo real. Y a 120 kilómetros por hora, perseguido por una patrulla policial, me precipité en su búsqueda.

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*Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y docente. Es el director-fundador de loscronistas.org

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