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GUNDAROO

Por María Dolores Cabrera*

Sábado 21 de enero de 2023. Salimos en la mañana, desde Canberra, Australia, hacia un pequeño pueblo histórico con apenas 1.146 habitantes, situado en Nueva Gales del Sur, a 35 kilómetros al norte de la ciudad capital y a 16 kilómetros del Lago George. Se han hecho estudios y publicaciones sobre esta población, incluido un informe del National Trust of Australia.

Gundaroo es un típico poblado australiano catalogado como patrimonio del siglo XIX y se ha convertido en una importante atracción turística para la zona, una comunidad moderna que se mezcla con un pasado bien cuidado y conservado.

La mayoría de las edificaciones más antiguas, se levantaron entre 1860 y 1890 y, en general, se encuentran en buenas condiciones puesto que los materiales que se usaron para su construcción incluyeron losa, adobe, piedra y ladrillo cocido en la misma localidad.

Su carácter único atrae a muchos nuevos residentes en los últimos años, pues no tiene expansión urbana como ocurre con otras ciudades pequeñas cercanas a Canberra. Es un espacio para disfrutar de deliciosas experiencias gastronómicas y vinícolas pues está rodeado de Viñedos Premium de clima fresco.

Llegamos y nos llamó la atención un rótulo grande, vertical, colocado en una vereda del lado izquierdo del camino. Decía: SALLY PASKINS’ STORE y bajo este nombre un óvalo con el rostro en blanco y negro de una mujer con vestimenta y peinado antiguo. El dibujo de un ave y las palabras: Established 1886. OPEN.

Estacionamos el carro y nos bajamos. La casa de tablones rústicos se veía pequeña y el techo agreste con láminas de zinc. El umbral estaba decorado con decenas de plantas naturales y numerosos rosales. Dos bicicletas ornamentales, una a cada lado de la entrada, adornadas con canastos llenos de flores, ramas y hojas en varios tonos de verdes, marrones y cafés. Me fotografié junto a una de las bicicletas que parecía sacada del escenario de una película remota.

Entramos con curiosidad y al cruzar la puerta roja, la magia se desbordó sobre nosotros. Era como el portal de una máquina del tiempo en cuyo tramo no existen esas sombras de la memoria que obnubilan los recuerdos. La música que escuchamos retrocedió nuestra presencia hasta otra época pero con un encantamiento fascinante.

Si quisiera describir todo lo vimos en un espacio tan reducido, no podría por tanto detalle, por tanto fragmento de arte puro, por tanta gala, por tantos encajes y suntuosas cenefas. Ahí no se extraviaron los colores del ayer, otra era se quedó estática, tejida con hilos, con calados en tonos perennes que han sobrevivido alegres de generación en generación. Vivimos una experiencia que nos llevó hasta la atmósfera de un cuento de hadas de otro siglo.

Sally Paskins instauró su negocio en 1886. En aquel entonces se vendía una variedad de bienes y muebles a la comunidad local, incluida pólvora para mineros.

En la actualidad, el bazar ofrece una gama de artículos para el hogar de alta calidad diseñados por su propietaria, pero con la línea tradicional del pasado.

Hoy, después de casi 140 años, sus descendientes honran la memoria de la bisabuela al mantener la misma tienda original pero ahora con su propio sello.

El servicio de diseño profesional que brindan, también está disponible para crear interiores residenciales a gusto del cliente y objetos de casa personalizados.

Piezas clásicas. Sillas cuya tapicería pintada a mano, muestra paisajes, casas, interiores de viviendas de antaño, vestidos suntuosos de los años 1800, peinados y sombreros de la misma época. En las vitrinas apreciamos vajillas con decenas de diseños distintos; unos dorados, otros plateados, algunos en tonos pasteles.

Tazas, platos, jarros hermosos, delicados. Diseños con flores, figuras e imágenes esbozadas con finura y elegancia. En cada objeto hay un verso, una canción, en la minuciosidad de los detalles un poema, una nostalgia, un recuerdo y quizás un dolor.

Volteé y a mi derecha, vi cojines bordados, pincelados, estampados con innumerables diseños de frutas y hojas. Rojos y naranjas intensos, amarillos fuertes, blancos, violetas y azules ligeros. Cada uno de nosotros nos separamos para mirar las estanterías y los rincones que más interés nos despertaba. Así, al cruzarnos podíamos comentar las maravillas que observábamos: Un piano, teléfonos, baúles, cofres y radios de temporadas pasadas, planchas de carbón y cunas de mimbre.

El aire olía a madera eterna, a una combinación de cerámica vieja y actual. Era inusual el aroma de las telas, de las fibras. La presencia de la pintura minuciosa en las tacitas, en los lienzos, nos mostraba el respeto a las cosas que representaban el linaje, los lazos de sangre, los nexos del corazón.

Alfombras, mesas, delantales, pañoletas, vestidos, tapices y hasta bolsos; todo se mostraba en medio de un ambiente donde era claro que no había muerto el recuerdo de estirpes anteriores pues los sillones, los retratos de los ancestros, estaban intactos. En la parte alta de una pared, un video viejo que mostraba el mismo sitio, pero en otra época y debajo, en una repisa, cuencos, lámparas, utensilios de cocina y manteles.

Notamos que el ayer aún vivía y vibraba. Memorias que transmutan en la belleza postergada de los objetos en los que no existe la neblina del olvido.

Cruzamos un puente hacia otra era. Conversamos con la propietaria y nos explicó, con mucha amabilidad, que ella era descendiente de Sally Paskins, fundadora de la tienda y que además heredó la habilidad de confeccionar y decorar todos los artículos que teníamos frente a nosotros. Los hacía con el mismo estilo y trabajo prolijo con el que lo hizo su antecesora para que todo conserve la imagen original de aquel entonces. Una reliquia tipo vintage que nació en 1886 y que se mantiene igual en 2023. Hoy se promociona en sus redes sociales, como cualquier negocio moderno, pero conserva aquel misticismo, aquel hechizo, aquella pasión por el arte que no cambia su apostura y su valor.

Los costos de esas reliquias, de sus réplicas son subjetivos, simbólicos. Un negocio con olor a incienso ancestral, a trabajo, a sudor, a pulcritud. La heredera transmite a través de su cálida mirada toda una historia imborrable tatuada en el tiempo, plasmada en la habilidad de sus manos para crear con magia esbozos de flora, de fauna, del sol, de las figuras estampadas en aquel derroche de tesoros, de riqueza e impecable sobriedad.

Felicitamos a la dueña por aquel rincón precioso que sin duda podía ser un pequeño museo de arte. Adquirimos por separado, un par de adornos que a cada uno nos encantó, nos despedimos y salimos del lugar.

Afuera, un sol radiante nos abrazó y regresamos a la realidad. Al año actual, al mes actual, al ardiente verano australiano del 2023 pero con un sabor ecuánime a belleza inmortal.

Acaricié una flor que adornaba la bicicleta en la que hace un momento me fotografié y caminamos todos hacia “Cork Street Café Gundaroo”, un restaurante clásico donde almorzamos. Sin embargo, en el camino nos detuvimos frente una pequeña iglesia muy peculiar, cerrada, las paredes exteriores cubiertas con piedra. Sus puertas y ventanas puntiagudas pintadas de un blanco nítido, brillante. Esa imagen podría representar el templo perfecto para una historia de fantasía. 

En la tarde, regresamos al carro y volvimos a casa mientras crecía en mí el deseo de escribir, de contar, de narrar los detalles de algo que existe y que no todo el mundo lo sabe. Un tesoro vintage en Gundaroo, en una población escondida, un recodo de la Australia profunda.

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*María Dolores (Loly) Cabrera es escritora, psicóloga clínica. Autora de seis libros. Próximamente publicará un volumen de sus crónicas de viaje. Es miembro de la Comunidad de Los Cronistas. 

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