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Por Rubén Darío Buitrón*

El mensaje que acaba de llegar a mi Whatsapp es una bofetada a las seis y media de la mañana, mientras atravieso ese instante moribundo y vital en que aún no sé si sigo dormido o he empezado a despertar.

Leo la noticia. Me derrumba. Me quedo en la cama con los pensamientos como una nube de colores cambiantes.

Hace apenas dos meses y medio nos habíamos encontrado una mañana con Elena en Librería Española del CCI. Digamos que fue una casualidad. Ni ella ni yo lo esperábamos. Por tanto, se volvió causalidad.

Estaba bella. Con la exótica hermosura que conservaba desde pequeña. Con la cascada de su pelo negro. Con sus dos hijas y un nieto de brazos, buscaba un libro para el niño, algo para iniciarlo en el amor por la lectura.

Sus ojos negros chispeaban. Nos veíamos a los quince años. Hubo una conversación como si estuviéramos hablando por zoom. Se congelaba. Se detenía. Había que repetir algunas palabras. Fue poco. Demasiado poco.

Y ahora, en mi cama, la recuerdo hace más de 35 años en su casa de la calle Iquique, en El Dorado, a una cuadra de la de mi madre.

Tendría unos 17 años y yo 19. Ella con su uniforme azul de falda plisada del colegio Santo Domingo de Guzmán. Yo, aun dudando si era correcta la carrera de Arquitectura que habíamos elegido en la Universidad Central con su hermano Pancho, mi compañero y amigo desde primer curso de colegio.

Aquel tiempo con Elena fue un amor de miradas súbitas y precisas. De sonrisas como imanes. De silencios secretos. De saludos con besos en las mejillas, casi en las comisuras de los labios, con una chispa de magia, con una ráfaga de electricidad que quedaba dando vueltas en el aire.

Caminaba sigilosa por la sala con el fin de asegurarse de que nadie de su familia se percatara de que apagaría la luz de la cocina, se acercaría, nos abrazaríamos y besaríamos. Nos besaríamos y acariciaríamos. Fueron muchas veces. Muchas.

Un día, después de años luego de que me había marchado del barrio en busca de mí mismo, mi prima Margarita -una de sus mejores amigas- me contó que Elena se había casado, que su esposo era un artista muy celoso y que ella me enviaba un mensaje: nunca más podríamos hablar. ¿Alguien sospechaba algo de mí?

Pero, después, una tarde recibí una llamada. Elena me dijo que estaba llamando solamente a las personas que más había querido en su vida. Quería contarme que se iba de viaje.  

¿De viaje? ¿Por qué me llamaba para contarme eso si tenía miedo de hablar, si estaba prohibida de hacerlo?

Un viaje a la eternidad… Lo pronunció despacio, sílaba por sílaba, en tono de sonrisa triste. Tenía cáncer terminal y le quedaba poco tiempo. Quizás unos días, una semana.

Aquella noche no pude dormir y escribí un texto en homenaje a nuestro amor susurrado y nunca definido. Lo titulé “Elena se va de viaje”. Se publicó en mi libro de crónicas «Batallas personales».

Pasaron más años y supe que había superado la enfermedad. Me hizo feliz saberlo. Pero en el reciente y sorpresivo encuentro en la Librería me dijo, despacito, sin que sus hijas se percataran, que contrajo otro cáncer, igual de grave como el anterior.

Con torpeza le pedí que me prometiera salir de esa situación. Que si se curó de un cáncer podría hacerlo de otro. Le pedí que abriera una cuenta en Facebook para conversar y saber cómo le iría en su lucha, pero no le era posible. Tampoco me dio su número telefónico. No podía.

Leo otra vez la noticia en la pantalla de mi whatsapp.  Esta vez sí, Elena se fue de viaje. Y mientras me levanto, como sonámbulo en busca del primer café del día, me golpea entender que, a diferencia de la muerte, el amor inacabado nunca tiene desenlace.

______________________________

*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1969) es cronista y poeta. Premio Nacional de Periodismo. Máster en Comunicación por la Universidad de Alcalá (España). Autor y coautor de 12 libros. Miembro de la Unión Nacional de Periodistas (UNP). Su obra más reciente es «Leve es la vida que nos queda» (2022). Director de loscronistas.net y de los programas por streaming «La Otra Mirada» y «Los Cronistas», que se difunden por srradio.com.ec. Escribe perfiles en la revista Plan V y crónicas de la cotidianidad en la revista Latina.

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