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Los Doce Apóstoles en Australia. Crónica de María Dolores Cabrera

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«El sol irradia destellos sobre nuestras cabezas, sobre nuestros rostros, sobre nuestra piel. El agua se torna incandescente, roja. El oro y la flama se mezclan en una danza liviana, sutil. El mar brilla con los reflejos, parece cubierto por una escarcha dorada y escarlata a la vez. Vale esperar al ocaso. Yo no hablo. No puedo. Si la magia existe, está en ese lugar. La espiritualidad del universo está presente. La divinidad está aquí, la puedo sentir».

Por María Dolores Cabrera, desde Australia*

Enero 13 de 2023. Día viernes. Hemos llegado al destino final de nuestro recorrido por la Gran Ruta del Océano, una de las carreteras panorámicas más hermosas del mundo, en la costa sureste de Australia, Estado de Victoria.

Después de un largo recorrido por el sur, en una aventura que iniciamos desde la ciudad de Canberra hace ya varios días y que incluyó la encantadora ciudad de Melburne, mi familia y yo estamos en Los Doce Apóstoles. El lugar está considerado una de las nuevas maravillas del mundo y a pesar de las fotos y las imágenes que hemos visto con antelación, aún no tenemos idea de lo que estamos a punto de observar, de vivir y de sentir. Nadie puede suponer lo que se experimenta hasta que se está ahí y se mira lo que podría ser el paraíso terrenal.

Los letreros nos advierten que estamos en el área del Parque Nacional Port Campbell, fundado en 1974 y que cuenta con 1.750 hectáreas entre acantilados, costas y bosques. Aquí  se encuentran Los Doce Apóstoles, nombre que se ha dado a un grupo de puntas de piedra caliza formadas por erosiones. Son agujas de diferentes tamaños que sobresalen en el mar. Se trata de un proceso geológico en el que el viento, al golpear sobre estas piedras calizas, provoca la creación de cuevas que, con el tiempo, se convierten en arcos y al derrumbarse forman las rocas que hoy nos deleitamos en mirar. El proceso continúa más o menos dos centímetros al año y consiste en caer en un punto para formarse de otra manera.

Hasta 1950 el lugar se llamó: “Sow and Piglets” (La cerda y sus lechones). La isla Muttonbird era la cerda y las puntas o ajugas, los lechones. A partir de ese año se lo llamó Los Doce Apóstoles, a pesar de que las puntas son apenas nueve. Antes de llegar imaginé que sería como la representación de Cristo sobre el agua con los doce apóstoles siguiéndole a su alrededor y la sensación es de un encantamiento similar en el que estaríamos inmersos si miráramos ese escenario.

Esperamos ver algo magnífico pero la expectativa no supera jamás a la realidad. Este día, el calor del verano es intenso. Aparcamos el carro en el estacionamiento que está casi lleno y de inmediato escuchamos el ruido de un helicóptero que da vueltas cerca del lugar. Lo vemos. Hay varios. Los turistas pueden, si desean, sobrevolar en uno de ellos y pasar muy cerca de las agujas o entre ellas y experimentar una vivencia sin igual.

Nos bajamos del auto y caminamos. Recorremos a pie un trecho bastante largo, pero ya estamos muy cerca. En los bordes del camino hay avisos que advierten sobre la existencia de serpientes venenosas, al igual que en todo el resto de Australia. Flora y fauna a un lado y al otro de aquel sendero. Una especie de puerco espín, que podría ser un equidna australiano, se esconde asustado entre los matorrales junto a pequeños reptiles e insectos.

De pronto, a nuestra derecha se ven las barandas de madera que bordean unas escaleras que nos conducen a un gran mirador. Estoy, de forma súbita, frente al espectáculo más imponente que yo haya visto en mi vida. Sin precedentes. Es como recibir la imagen de un paraíso frente a nuestra humanidad. De golpe. Milagroso. Impactante. Una presión en el pecho hace que deba absorber una bocanada muy grande de aire.

Debo asimilar, en segundos, una de las sensaciones más intensas que he vivido frente a un paisaje concreto. Se escuchan exclamaciones de asombro de quienes llegan y ven por primera vez Los Doce Apóstoles, pero no sé si la experiencia de las demás personas es igual o parecida a la mía. Sin embargo, observo el rostro de mi sobrina y miro una adorable sonrisa que hace juego con la emoción de su mirada. Mi conmoción me lleva hasta las lágrimas. El mundo se detiene. Ya no gira. El universo pone delante de mí, de nosotros, en este instante, un regalo para disfrutarlo con intensidad. Lloro de felicidad.

Cambia el sonido del aire, de la brisa, del viento. El aire no es el mismo que antes de llegar ahí. El sonido del movimiento del mar, que parece barnizado, nos envuelve de paz y serenidad. Es el eco de una gala excepcional. La resonancia de un océano de otro mundo. Lenta. Suave. Mística. No hay esas olas altas, fuertes, bravas que se ven en las costas de los mares australianos del sur y que sirven para surfear. Aquí el agua se acerca celeste, como mantos de seda que se deslizan despacio, con respeto y devoción hacia las puntas que, majestuosas, parecen dioses esperando para bendecir su reverencia.

El color claro del agua, el acentuado tono turquesa, la delgada transparencia de aquellas láminas de oropel, la delicadeza de garzos satines que mutan entre acuosos y azulados, fluyen, van despacio hacia las aristas creando una elegante ceremonia de veneración hasta besar las orillas sagradas del lugar.

Dicen que bajo el agua existen más formaciones que no se pueden ver, excepto al bucear. Arrecifes de piedra caliza con diversidad de invertebrados, de peces, de langostas. Coloridos jardines de esponjas y bosques de algas. Más misterios, más enigmas de preciosa excentricidad.

Sublime. Glorioso. Al igual que los cientos de turistas que llenan el mirador, nosotros tomamos fotos que aunque salieran maravillosas nunca podrán mostrar el esplendor del lugar.

Son las 16h00 y debemos esperar hasta las 20h00 para ver la caída del sol sobre Los Doce Apóstoles, el mayor espectáculo del lugar. Vale sentarse frente a ese paraje donde el tiempo no existe. Es fácil y da igual si son dos o diez horas. Sin embargo, decidimos ocupar el tiempo en cruzar al otro lado. Hay que avanzar por un largo tramo con diversa vegetación a los costados: árboles, plantas, piedras, terrenos y campos con enormes rebaños de ovejas y sus sonoros balidos.

Después, atravesar un túnel para descender hasta las playas, caminar por un lugar llamado “Gipson Steps” y admirar los impresionantes acantilados desde todos los ángulos. Cortes profundos, majestuosos. Gamas de verde esmeralda y de verde aceituna, escalas informes de un tono de miel empanizada. Peñascos hondos hechizados con colores intercalados de mostazas y marrones pajizos.

Llegar hasta la base misma de las agujas más cercanas y fotografiarnos con éstas. Caminar descalzos por una arena fina y dorada que recibe nuestra piel con una bienvenida de frescura y un placentero calor inofensivo, manso. El viento nos advierte la cercanía del ocaso. Antes de volver, toco el agua. Me bautizo. Me estremezco. Me complazco en el éxtasis de sentirme inmersa en un edén del que no sé si quiero salir.  

La caminata de regreso es un poco larga. Hay que llegar antes de que el resto de turistas nos dejen sin espacio para fotografiar el tan esperado ocaso.

El mirador es amplio, capaz de albergar a una multitud. Se extiende hacia la izquierda y en el extremo se amplía aún más. Hay bancas para que la gente pueda sentarse a observar aquel prodigio. La puesta de sol es mágica. El astro de fuego se vuelve inmenso, gigante y expone su color anaranjado en su mayor intensidad. Ilumina y pinta con los reflejos amarillos de sus rayos, todo el horizonte que puede abarcar nuestra mirada, todo el cielo, los picos de las rocas y de las agujas que parecen sacadas de un cuadro con matices artificiales. Las puntas se ven cubiertas con tonos apócrifos inventados por la luz.

El sol irradia destellos sobre nuestras cabezas, sobre nuestros rostros, sobre nuestra piel. El agua se torna incandescente, roja. El oro y la flama se mezclan en una danza liviana, sutil. El mar brilla con los reflejos, parece cubierta por una escarcha dorada y escarlata a la vez. Vale esperar al ocaso. Yo no hablo. No puedo. Si la magia existe, está en ese lugar. La espiritualidad del universo está presente. La divinidad está aquí, la puedo sentir.

Los Doce Apóstoles es un templo natural de misticismo y esplendor. Nos acercarnos a la baranda central y tomamos fotografías individuales y en grupo. Selfies con mi familia. Abrazo a mi sobrina, grabo un video. Varios videos. Nos volvemos a abrazar una y otra vez como si nos agradeciéramos la una a la otra por estar ahí.

La noche entra con lentitud y cae como un telón bendito. Tenemos que regresar al parqueadero. Emprendemos el retorno a pie, por el mismo sendero por el que llegamos. El puerco espín debe dormir oculto y a salvo bajo las hojas de la vegetación, pero, por un momento que tal vez dure más de lo pensado, no somos los mismos. Subimos al auto y nos alejamos por el carretero, llenos de gratitud. Volvemos cada uno a nuestra intimidad, a nuestro día a día, a nuestra vida. Pero queda tatuada en el alma un momento que permanecerá intacto, para siempre, entre nuestros recuerdos más alucinantes.

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*María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Ha publicado tres novelas y tres libros de cuentos: Más allá de la piel (1998), De nuevo tus ojos (2010), Te regalo mi cordura (2012), Cuando duermen los jilgueros (2016, España), Pinceladas (2018), Siempre de Azul, cuentos escritos en pandemia (2021). Estudió Psicología Clínica en la Universidad Católica del Ecuador. Integró el taller de escritura con Abdón Ubidia e hizo el diplomado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de los Hemisferios. Ha realizado cursos abiertos de literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar, taller de literatura con el escritor mexicano Alberto Chimal y taller en loscronistas.net con el escritor Rubén Darío Buitrón.

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