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El año que aprendimos a morir. Una crónica de Ronald G. Soria

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«Son las 11 de la mañana de un 31 de diciembre de 2019. En días normales, a esa hora la gente del diario se estaría recién desperezando para iniciar sus labores. Pero eso no sucede en un 31, la jornada se inicia más temprano. Todo el mundo quiere irse a sus casas o iniciar los festejos entre compañeros».

Por Ronald G. Soria*

El día uno en la Redacción
Los restos de un café hecho al inicio de la jornada se congelaban en un jarro mediano al pie de la computadora en la que G intentaba cuadrar un texto de 9.350 caracteres en una caja de 2.300. «Luego dicen que este trabajo de mierda es fácil. Un simple ‘copia y pega’. Me gustaría sentarlos aquí para ver si algún día terminan de cerrar una página«, así rezongaba -en silencio-, concentrado en su intento de ganarle al tiempo.
Se tomó 45 minutos en editar aquel texto. Quedó conforme con lo que había hecho, pensó que en algún lado desde donde el periodista envió aquel reportaje, por medio de una de las agencias de noticias con las que su diario tenía contrato, este debería sentirse contento por cómo quedó sobre la página que aparecería publicado al día siguiente.
Pero esto era una parte del trabajo. Luego tuvo que cumplir con la odisea de cuadrar el título. Algo así como meter a Nueva York en Guayaquil. A eso se sumaba lo de llenar los cortos, esas noticias diminutas que entran en espacios en los que se resumen envíos de menos importancia y que, mientras lo hace, siempre se pregunta si es que alguien se toma luego el trabajo de leerlo o las hojas de su periódico terminan como material barato de embalaje sin que nadie se entere de los acontecimientos
que estas traen.
Pero hay que hacerlo, aunque esto implique una sacadera de madre. En fin, lo cotidiano. Su día a día. Aquello no se diferenciaba en nada a lo que debió haber sido la jornada anterior o uno de los tantos días de la semana pasada. Ese era su trabajo desde que cierto día le comunicaron: Te pasamos a las páginas de noticias internacionales. Hasta entonces, era reportero de la calle. «Necesitamos a alguien de experiencia cazando las noticias del cable«, le dijeron. Desde entonces, se sintió un eunuco: sabe, pero no puede.
 Antes, veía complacido cómo alguno de sus temas robaba espacio en la portada. Ahora se complace cuando algún buen texto enviado por los corresponsales internacionales queda impecable en la página.
«Que lo importante esté ahí. Se trata de editar los textos, no cortar por donde sea, como un mal sastre«. Son las 11 de la mañana de un 31 de diciembre de 2019. En días normales, a esa hora la gente del diario se estaría recién desperezando para iniciar sus labores. Pero eso no sucede en un 31, la jornada se inicia más temprano. Todo el mundo quiere irse a sus casas o iniciar los festejos entre compañeros.
Una sensación que se mantiene desde que uno marca el ingreso en el dispositivo electrónico. En los días previos, la gente se prepara con adelantos. Páginas terminadas con reportajes que se planifican y elaboran una semana antes. En un día así, los diarios apresuran sus cierres hasta no más allá de la una de la tarde.
El reloj marca las 12:30. La gente de la sección Deportes acaba de cerrar sus páginas, igual los de la sección Ciudad. G revisa nuevamente la pantalla, lee los encabezados de las noticias internacionales que llegan hasta su computadora. Las ojea cada cierto tiempo, religiosamente, por evitar la sorpresa de que en ese minuto que dejó de leer se haya caído un avión con 100 pasajeros o defenestraron al presidente de Perú o de Argentina, eso por poner un ejemplo. Los periodistas asignados a las páginas de noticias internacionales saben que el dios de la información se reserva lo más importantes para las últimas
horas de un 24 o un 31 de diciembre. Como en aquel aciago día de 2004, cuando un terremoto de magnitud 9,1 golpeó la costa este de Sumatra, provocando un tsunami que acabó con la vida de unas 230.000 personas. No era 25 ni 31, pero aconteció un domingo, al final de un fin de semana cuando todo el mundo andaba somnoliento por la redacción, tras los festejos navideños que se habían iniciado el viernes 24. Por lo menos a G, tras tres años de escudriñar el mundo sentado al frente de un monitor,
nunca se le pasó por alto un hecho como tal. Hasta ahora era así, pero en esto del periodismo nunca se sabe por dónde despunta la madeja.
Los despachos de prensa llegan por montones, de lugares impensados. Desde México o Colombia. Del Reino Unido o de España. Las noticias saltan como si fueran peces en un inmenso océano y hay que estar ahí, plantado sobre la playa, oteando el horizonte para saber si en uno de los miles de saltos hay una hermosa corvina o un enorme marlín, como el que sedujo al viejo Santiago, el único personaje de El Viejo y el mar, la obra de Ernest Hemingway que escribió allá por 1951 y que G leyó de un tiro una tarde y noche cuando aún rondaba los 16 años. Fue cuando se enamoró del viejo, del marlin y de Hemingway.
No es que era homosexual ni nada de eso, reconoce cada cierto tiempo que recuerda esa etapa de su vida. Es que por primera vez le quedó de lección que en las cosas cotidianas hay siempre una buena historia que contar.
G se bebe el último resto de café. Lo siente delicioso. Café es café, dice. Suspira cuando observa que sus páginas están listas. Vuelve a revisar en la pantalla las noticias internacionales. Entonces observa una que lo deja con dudas. Proviene del continente asiático. Si en Guayaquil son las 10:00, en Pekín son las once de la noche. ¿Por qué diablos la mandan a esta hora? La noticia es escueta. Su título dice: Un brote de neumonía en China hace temer un retorno del SARS. Más abajo de estas líneas tampoco es que desarrolla gran cosa: «China está investigando un brote viral de neumonía, informaron los medios estatales este martes, mientras que en las redes sociales cundían los rumores de si podría estar ligado al SARS, un virus que mató a cientos de personas hace una década«.
– Por qué a esta hora, vuelve a cuestionarse G., algo molesto.
Duda si debe ponerla por lo menos en un corto. Aún tiene tiempo, reflexiona. Si se esmera, no le tomaría más de dos minutos resumir la información, colocarle un título. A sus 58 años, casi la mitad de estos en el periodismo, tiene como experiencia que ciertas cosas mínimas, insignificantes, encierran una gran noticia. Los crímenes no se revelan en la escena en la que los cuerpos aparecen despedazados, pero las razones y hasta la identidad de quién o de quienes ejecutaron el asesinato, están ahí. Así son las noticias. G sabe que un breve despacho de prensa, con un escabezado escueto, puede ser la punta de un hecho que en pocas horas tiene un desenlace monumental.
Por eso vuelve a leer el documento de 1.700 caracteres para ver si se decide: «Un equipo de especialistas de la Comisión Nacional de Salud llegó este martes a Wuhan, en la provincia de Hubei (centro), para llevar a cabo inspecciones y comprobaciones, según la cadena pública CCTV. Una nota de emergencia del comité sanitario municipal de Wuhan, publicada el lunes, informaba que los hospitales de la ciudad habían tratado a varios pacientes con una neumonía inexplicable, sin ofrecer más detalles«.
-Parece importante… ¿pero si es uno de los tantos virus que alarman en China y no llegan hasta acá? Como el de 2003 que en nuestro país ni se lo sintió. Eso fue cuando precisamente apareció el SARS, un coronavirus que llenó páginas de la sección Internacional y que apenas mató a 349 personas en China continental y a 299 en Hong Kong. ¡Pero eso fue allá, acá no pasó nada, nada…!
G no logra disipar la duda. Por un breve tiempo parece ahogarse en un vaso de agua, perderse dentro de la taza de su café que ya quedó sin una gota del gris brebaje.
– No… Ya no alcanzo, no alcanzo… ¡Seguro esta noticia se queda en una simple especulación!
Antes de irse, G termina por apagar su máquina. Era Nochebuena, y tras celebrar en casa con su familia, durmió tranquilo. Sin preocupación, y, sobre todo, sin miedo alguno.

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*Ronald G. Soria Quimí (Guayaquil) debuta con esta historia en nuestro portal digital loscronistas.net, el cual se siente orgulloso y muy entusiasmado al acoger a uno de los mejores cronistas del país. Ha ganado premios nacionales de periodismo y ha recibido reconocimientos importantes en los diarios donde ha trabajado. El equipo de loscronistas le da la bienvenida con un enorme abrazo y ya lo sentimos parte de nuestra comunidad.

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