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La zozobra del embarazo. Por Pamela Parra (II)

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«La ginecóloga me dijo eso y fue peor para mí. Hasta lloré. Otras de las emociones que parecen estar presentes a flor de piel, me dicen hola y o me molesto o me pongo a lagrimear».

Por Pamela Parra*

Como unas burbujitas en el vientre, así sentí los primeros movimientos del bebé. Estaba con mi hija Doménica en el cine viendo Rápidos y Furiosos X, una de las pocas películas de acción que me gustan y de las que no me da sueño… Será porque me atraen mucho las carreras de autos desde que era niña o porque me gusta la frialdad de Vin Diesel para hacer maniobras con esos hermosos vehículos, interpretando a Dominic Toretto. Pero allí, justo en el medio de la última fila de la sala, sentí un ‘pum’ en el vientre seguido de otro y de otro más y supe que me estaba diciendo: “hola, mamá”.

Estas semanas que han pasado desde que escribí la primera columna han sido sorprendentes. He podido analizar con detenimiento todos los cambios que he ido teniendo en mi cuerpo y en mi intelecto. Ya cumplí las 20 semanas, es decir cinco meses. Una de las ventajas de tener un bebé a esta edad (38 años) es que estás mucho más consciente de las cosas que te pasan, pero mucho más asustadiza además.

Creo que es esa misma conciencia la que a veces te hace pensar a veces cosas negativas. Ustedes me dirán, ¿negativas? ¿cómo? Pues les responderé que una futura madre siempre vive en constante zozobra. Desde el minuto en que sabe de la existencia de otra vida dentro de ella se desarrolla un instinto de protección (bueno, no en todas, pero según las investigaciones casi en el 99% de las madres) que nos hace sentir mucho temor.

Y lo voy a decir crudamente, un miedo a que el embarazo no vaya bien, a que se pueda perder, a que no se culmine bien e incluso a que no se forme bien. El otro día justamente, me dormí por la mañana (otra cosa maravillosa, la sensación deliciosa de a momentos solo querer cerrar los ojos por unos minutos y disfrutar adonde pueda llevarte Morfeo. Es un sueño tan placentero que cuando abres los jos ni parece que has dormido) y cuando desperté empecé a realizar las actividades y cosas que tenía acumuladas y pendientes. Cuando me di cuenta ya eran casi las dos de la tarde y no había sentido al bebé.

Empecé a estresarme, a querer sentir que tal vez algo no estaba bien, me quedé quieta, me senté, me senté encorvada hacia mis piernas, me acosté, me acosté boca arriba, mis hijas me decían con esa frescura adolescente: “Tal vez está dormido ma, no te preocupes”, pero yo no podía concentrarme en otra cosa que en querer sentir que se moviera.

Escribí a mi doctora. Ella, con esa vocecita tan sutil y delicada que tiene, me dijo que no era normal que no lo sintiera y que estuviera pendiente hasta la noche, que sino vaya a hacerme un eco para verificar que todo esté bien con el bebito.

Me dijo eso y fue peor para mí. Hasta lloré. Otras de las emociones que parecen estar presentes a flor de piel, me dicen hola y o me molesto o me pongo a llorar. Más tarde, el papá de mi bebé me envío unos audios -a propósito, qué fascinante es la tecnología en ese sentido, poder contactarse inmediatamente con los seres amados es una cosa formidable en estos casos. No me imagino cómo sería para las madres embarazadas de antaño no poder decir a los papás de sus hijos que tenían miedo de algo o que tenían un antojo o que les cambió el genio y que vengan prosudos a casa.

Él me decía en ellos que me tranquilizara, que le hablara al bebé, que acariciara mi vientre y que deje de estresarme porque tal vez siente mi tensión y no sabe bien si se debe a algo que pasó o a que su madre está un poco cucú.

Entonces eso fue lo que hice. Acto seguido, lo sentí. Y eso que yo siempre me he considerado una mujer relativamente positiva, no de esas personas que sonríen todo el tiempo o que siempre tienen palabras de aliento, pero sí alguien que cree en el poder de la palabra y de la manifestación. Pero en este caso hay cierta vulnerabilidad que corroe.

Recordaba que unos días antes de lo sucedido se movió muy fuerte y me golpeó en la parte baja del vientre. Me dolió.  Ese día le dije sin pensar: “¡Auch! mi amor, no así”, cosa que me arrepiento y desde entonces le he dicho que puede golpearme todo lo que quiera con tal de saber que está disfrutando de nadar dentro de mí.

El cambio en el intelecto también es cosa de mencionar. Les conté en mi anterior post que andaba despistada y olvidadiza, pues eso no se ha modificado mucho. Y eso que hago mil esfuerzos por mantener la concentración a tope como antes o meditar en cosas importantes de la vida y de lo que sucede alrededor, como por ejemplo las noticias, pero gran parte de mi cerebro se niega a actuar como antes. Está más concentrado en el bebé que en mí.

Y con esto no quiero decir que ando medio atontada, pero sí que siento que no funciono para mí al 100%. De todas maneras es un aliciente el ir viendo que ya me concentro más y que ya puedo comprender nuevamente a la perfección temas económicos para poder escribir mis artículos. Así que a medida que avanza el embarazo, el cerebro ya se divide en dos. Aunque confieso que sigo prefiriendo anotar todo y así no olvidarme de ningún pendiente.

Tengo mucha sed. Antes, y pese a llevar una vida 90% saludable, como ya les he contado, no era de mi completo agrado el agua. La sentía tan simple, tan sin sabor que prefería tomar otras cosas. Ahora el agua es como un elixir. Lo mismo me pasa con las frutas jugosas, tengo todo el tiempo unas enormes y angustiosas ganas de sentir el agua de la sandía, la piña, la naranja, las mandarinas, las uvas y las fresas. Toda fruta así es un éxtasis. Sueño con gelatina y helados de hielo. Es toda una sabrosura sentirlos en mi boca como que no hubiera mañana.

Muchas personas que me ven últimamente dudan entre si estoy embarazada o un poco subida de peso. Siento que les da vergüenza preguntar, entonces cautelosamente saco un poco más la pancita de tal forma que se inclinen hacia la primera opción. Y algo que me tiene consternada es la idea de que si me explotaría la barriga seguramente me invadirán las estrías sin piedad. Las tuve desde mi primera hija, así que no veo por qué podrían tener contemplación de mí y no aparecer esta vez. Pero como ya les dije en la columna anterior, para eso servirán las cremitas que me estoy haciendo para acá y para allá.

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*Pamela Parra (Quito, 1984) es una curiosa contadora de historias, periodista, escritora y cronista ecuatoriana, amante de lo natural y un estilo de vida saludable. Trabajó para Diario El Comercio y otros medios públicos y privados, fue directora de Radio Pública y asesora en Comunicación para políticos, aunque desde niña es aficionada a la NBA, la Fórmula 1 y todo lo relacionado a la moda y la belleza. Integra el equipo de loscronistas desde la fundación de este portal.

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