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Ninguna máquina puede mentir,

ninguna máquina puede, tampoco,

decir la verdad.  

G.K. CHESTERTON

Aquella tarde, el sabio recorrió la residencia de la tecnología. Fue atravesando, en lento peregrinaje, todos los aposentos de la mansión. Fue dejando atrás, gradualmente, los primeros terraplenes que, como largas pendientes superpuestas, concluían abruptamente en un parque plagado de árboles asimétricos copados de hojas metálicas y frutos iridiscentes y translúcidos. Además, extraños animales, parecidos a fósiles pretéritos, convivían con una inapreciable cantidad de robots que deambulaban tranquilamente por el jardín.

Más adelante, el antiguo sendero se diseminaba en un sinfín de bifurcaciones que diseñaban un intrincado laberinto. El hombre se adentró en él, despreocupado al principio, para luego inquietarse vivamente al percibir que las formas de los objetos perdían, paulatinamente, sus vértices y aristas y se transmutaban en espacios esféricos e inconmensurables, anulando sus nociones de profundidad y de distancia.

Hacia el ocaso, el sonoro discurrir de una cascada y el vuelo de algunos guacamayos turquesas le devolvieron sus percepciones naturales. Sin embargo, no desligaron de él la sensación de opresión y desamparo que le acompañó en toda la jornada.

Innumerables aposentos, salas y patios recorrió. Enormes bibliotecas atiborradas, no de libros –no había ninguno- sino de millones de microchips y microfilmes. También recorrió, como contraparte, minúsculas bibliotecas conformadas por unos pocos y purísimos diamantes que, no obstante, contenían todo el conocimiento del Universo.

Luego de cruzar algunos ríos, o el mismo río muchas veces, se encontró con la aséptica a la vez que febril actividad de los laboratorios.

Comprobó que en las salas donde se experimentaba con los metales, los minerales, los circuitos, los superconductores, la fibra óptica y las inteligencias y memorias artificiales se notaba una inusitada actividad; en las de genética, biología, medicina y otras afines, en cambio, solamente se advertía un silencio opresor.

Hacia la medianoche, desde una terraza, visualizó una gran computadora que tenía inscrita en su rutilante pantalla una ecuación escrita con extraños caracteres. La visión duró pocos segundos y desapareció. La volvió a ver otras veces, asimismo, por pocos instantes.

Muchos esplendentes bosques, poblados de helechos gigantes y flores fosforescentes recorrió; o el mismo bosque muchas veces.

Pero al día siguiente llegó al pie de una enorme pirámide llena de arabescos y enigmáticos signos sistemáticamente dispuestos. Incontables visiones desfilaron ante sus ojos: endriagos fabulosos, grandes átomos que se trasmutaban en miles de circuitos integrados, singularidades desnudas que mostraban el origen del primer Universo, galaxias que nacían de agujeros negros. La realidad se confundía con la fantasía o, más propiamente, la ilusión sometía a la realidad, la subyugaba.

Todo el horizonte estaba copado por signos, luces de inenarrables colores y extraños artefactos, compenetrados entre sí por una mágica simbiosis.

Cada cierta distancia, siempre la misma, surgía una máquina diferente que proponía, asimismo, un enigma distinto. La inquietud y el desasosiego del hombre aumentaban de manera constante.

Fue ante el último prototipo, la enorme computadora antes observada, donde el sabio –obsesionado por la ecuación propuesta- solucionó el enigma. Situación que le acarreó la malaventura y la muerte.

Lastimosamente, el contenido original de la solución se ha perdido, aunque algunos sobrevivientes dicen que se trataba de otra ecuación y, otros tantos, que solamente era un número. Lo seguro, lo maravilloso, es que se hallaba entera y abarcaba todo lo existente: todos los ocasos y todas las auroras y todo lo nacido y procreado desde el principio de los tiempos.

Entonces, asegura la mayoría, al discernir el sabio la respuesta, la cábala, el número infinito, todo desapareció como por arte de magia: la mansión de la tecnología y sus componentes, los jardines, las raras máquinas y todo momento, infausto o glorioso, de todo ente que habitó o habitare en esta residencia.

Otras personas, más enteradas, dan otra versión del hecho. Ellos afirman que como no pueden coexistir en armonía dos naturalezas distintas y, al mismo tiempo, semejantes en el cosmos y, al enfrentarse por fin hombre y máquina inteligente, se desató la gran lucha por la supremacía del Universo. Y en esta batalla cerrada entre el hombre y su máxima creación triunfó el más resistente a los rigores de la existencia cósmica. Entonces, el sabio desapareció para siempre de la faz de la Tierra.

Poco esclarece la historia el destino final del personaje y, en la oscura memoria de los escasos hombres libres proscritos por las máquinas que deambulan por este desértico planeta, solo queda el lejano recuerdo de su nombre, o sus nombres: Edipo, Prometeo, Pitágoras, Galileo, Jesucristo, Zoroastro, Viracocha, Newton, Einstein, Howking, Hubble, Penrose, Visnu… Un nombre diferente por cada proscrito) y la promesa de una segunda venida, la que pondrá otra vez las cosas en su sitio.

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*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

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