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«Los barrios infinitos». Novela de Jorge Luis Narváez. Comentario de Rubén Darío Buitrón

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Por Rubén Darío Buitrón*

El fluir de conciencia. La ciudad del pasado. Aquel barrio donde aún rondan las almas, todas nuestras almas. Las calles envejecidas por donde todavía transitan las sombras de quienes habitaron La Mariscal, zona donde vivieron millonarios, obispos, chagras hacendados, empresarios, comerciantes, banqueros, artistas, diplomáticos, comadronas clandestinas e inversionistas foráneos.
La Mariscal como emblema de lo que fue la aristocracia quiteña. La Mariscal como el símbolo de una ciudad que se fue perdiendo en sí misma, haciéndose ovillo en sus nostalgias, mitomanías y reminiscencias, engañándose detrás de un pedigrí impostado, escondiéndole al mundo sus culpas, sus pecados y sus placeres.
El fluir de conciencia de un narrador con múltiples voces. Los múltiples puntos de vista que se confabulan para rearmar, como si fuera un complejo rompecabezas, la vida de quienes hicieron de La Mariscal su territorio de culpas y de miserias, la vida de aquellos que hicieron de La Mariscal su trinchera, su escondite, su cueva, su madriguera, su razón de existir.
Jorge Luis Narváez (o su narrador/alter ego) deja que las ideas, las palabras y los personajes se muevan, se conmuevan, se acompañen, se amen, se desamen, se acaricien, se maten. Hay una locura omnipresente en la novela “Los barrios infinitos”. Hay gente real con la que, quizás hoy mismo, nos hemos cruzado o le hemos hablado o le hemos huido o le hemos abrazado.
La novela parece ser una extensión de las pinturas de Luigi Stornaiolo, como si este artista la hubiera inspirado, como si los cuadros le hubieran hablado al oído a Jorge Luis y le hubieran confesado lo que sus personajes sienten, lloran, deambulan, ríen, se desnudan, se vuelven criminales, se convierten en ladrones, se espían, se satanizan, se divinizan, se ignoran, se juntan.
Para el narrador (que no necesariamente es el autor, aunque en este caso todo parece llevarnos a que él también forma parte del entorno y del paisaje humano y urbano), “La Mariscal es un nombre de barrio grande (…) con seres deformes, íntegros, galanes y esperpentos, gesticulando sus emociones de tranquilidad, pánico y miedo o encontrando la paz infinita en la mentira”.
Y ahí aparece el protagonista de la historia, un individuo con nombre mágico, Ulises Sotomayor, quien, como cualquiera de nosotros, “tenía marcado el destino por derrotas y triunfos, aventuras de amor y locuras. En sus ojos, las personas que caminan por la madrugada son (…) siluetas multicolores que, difuminadas, se explican, caminan, se mueven…”.
Alrededor de Ulises encontraremos en la novela una serie de sucesos que página tras página se van superponiendo, como una construcción inacabada, como un relato que demanda al lector involucrarse en él para que complete el dibujo de los acontecimientos.
“Los barrios infinitos” es el abordaje de mínimas tragedias sucesivas donde lo que marca el ritmo y la continuidad narrativa es “lo irreversible de cada destino”.
Y sucede porque es ineludible quedar atrapado en esa maraña de rezanderos, enfermos terminales, religiosos, milagreros, fotógrafos, ebrios, matones, cómicos, vendedores de libros usados, locales de papas fritas, karaokes, discotecas, expertos en tatuajes, negocios de pipas, arepas, shawarmas, enchiladas mexicanas, bandejas paisas, sibaritas, prostitutas, cafiches y abogados (cuándo no).
En esa trifulca de un barrio cuyo esplendor terminó por matarse a sí mismo aparecen también los personajes de Endara Crow, las casitas chagras, las tejas multiplicadas, los árboles adornados con faroles y papel celofán violeta.
Y las calles: la Wilson, la Cordero, la Baquedano, la Roca, la Plaza, la Nueve de Octubre, la Foch, todas pobladas de ángeles negros y albañiles del delirio.
Son dos escenarios: el urbano y el rural, fáciles de empatar el uno con Stornaiolo y el otro con Endara Crow. Porque eso es La Mariscal, porque eso fue La Mariscal, un barrio donde los personajes vuelcan sus intensidades, imposturas, engaños, miradas turbias, rumores imprecisos, planes absurdos y desamores explosivos.
“El mundo es el barrio”, dice el narrador. Y eso es lo que es La Mariscal en esta novela. Un mundo. Pero un mundo con extensiones, con tentáculos. Un mundo que va más allá de ese territorio y de esa frontera invisible que en la vida real suelen fijar los propietarios del poder, los falsificadores de historias citadinas y los manipuladores de las circunstancias.
Un barrio que, en lo más insólito de la existencia circular de quienes lo habitan, no solo alcanza a definirse por sí mismo sino que extiende sus complejidades y sus contradicciones más allá y más acá de una ciudad no nombrada y de otra ciudad tampoco nombrada, pero que quienes conocemos lo que estamos leyendo sabemos que son pinceladas irónicas y burlescas de Quito y de Ibarra, de lo que ambas fueron en los años setenta, ochenta y, quizás, noventa, y que, de una manera inexplicable, fueron desapareciéndose a sí mismas como un leproso que va por las calles en actitud de desnudez y va dejando en las veredas pedazos de su piel, de sus músculos, de su corazón, de sus huesos, de su polvo ancestral, de sus neblinas, de sus cenizas.
En palabras del autor, ahora expuesto como tal, “escribir es una tarea compleja no recomendada para cobardes, la pasión puesta a prueba para crear obras trascendentes, es devorarse a uno mismo para vomitar sociedades enteras”.
Jorge Luis Narváez lo hace. Explora y se zambulle en un barrio icónico de una ciudad cuya grandeza se escabulló entre la algarabía de los nuevos ricos que en los años setenta aplaudieron el paso marcial del primer barril de petróleo por la avenida Amazonas, el tontódromo de Quito, y la masiva estafa bancaria de fin de siglo que expulsó del país a más de un millón de compatriotas que perdieron todo y huyeron de la miseria en oleadas humanas que desembarcaron en Europa y Estados Unidos,
Difícil el reto que se plantea Jorge Luis Narváez en esta novela. Compleja tarea esta de «devorarse a uno mismo para vomitar sociedades enteras». Imagino que eso debieron sentir Onetti con Santa María, García Márquez con Macondo, Juan Rulfo con Comala, ciudades o sociedades inventadas por sus personajes, o también Paul Auster con Nueva York, Cortázar con su ambigüedad Buenos Aires-París, Milan Kundera con su nostálgica Praga o Murakami con los blues de Tokio.
Quizás todavía hay mucho más por bucear en las aguas espesas y tormentosas de La Mariscal. Ya lo hicieron, a su manera, Abdón Ubidia con su “Ciudad de invierno” y Javier Vásconez con su “Ciudad lejana”, entre otros.
Ahora que he leído esta alucinante y vertiginosa novela de Jorge Luis veo que aún queda desbrozar caminos para que siga resonando ese barrio que en un momento de la traspapelada historia de Quito se convirtió en la puerta de entrada a la modernidad y terminó como una caricatura de la masticada ciudad pacífica y franciscana, una de las mentiras que los que nacimos aquí aprendimos a decirnos a nosotros mismos.
Larga vida a esta novela de Jorge Luis donde él afirma que se ha lanzado al vacío y se mira en el espejo de un vértigo similar a los que construía el gran maestro Alfred Hitchcock. Larga vida a los retazos y a las sobras de lo que fue La Mariscal. Hoy vengo por estas calles y compruebo que en la capacidad creativa del autor reposa la esencia de esta zona urbana, pero, también, empuja y grita que la cuenten más, que la exploren y que la conviertan en escenario teatral o cinematográfico donde podamos vernos en toda la dimensión de nuestras miserias y nuestras mentiras.
“En La Mariscal las hojas de los árboles se han vuelto locas”, escribe el narrador antes de confesar, maravillado y estupefacto, que siempre lo persiguen los paisajes de ciudades imposibles. Si, como lo muestra esta novela, Quito es una de aquellas, bienvenidas sean la obsesión y el delirio literario por esta ciudad del relato infinito.

Quito, 20 de abril de 2022
Texto leído en el acto de presentación de la novela «Los barrios infinitos» en la Casa Benjamín Carrión.

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*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es cronista y poeta. Premio Nacional de Periodismo. Máster en Comunicación por la Universidad de Alcalá. Autor y coautor de 12 libros. Su obra más reciente es la colección de poemas «Leve es la vida que nos queda» (2022). Es director-fundador del portal digital loscronistas.net y dirige los programas de radio y streaming «La Otra Mirada» y «Los Cronistas», que se difunden al mundo por la señal intercontinental de srradio.com.ec. Escribe en la revista digital Plan V.

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