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Alausí: la tragedia humana continúa. Por Mihaela Ionela Badin

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Aunque la palabra “dormir” es sinónimo de “descansar”, quienes perdieron a sus familiares no pueden conciliar el sueño hasta que los cuerpos asomen bajo la tierra caprichosa. Estiman que la profundidad del deslave puede ser unos siete metros.

Por Mihaela Ionela Badin*

Impotencia. Dolor. Incertidumbre. Tanta impotencia, tanto dolor, tanta incertidumbre… Tres semanas después de esta tragedia, esos sentimientos invaden a los afectados del macrodeslizamiento de Alausí.

Son las ocho de la mañana y el cantón Alausí amanece despierto. Hay mucho silencio, un silencio que hiere los corazones. Al fondo se escuchan los motores de las volquetas que recogen la tierra del deslizamiento. No hay paso a la zona cero, solo puede entrar el personal de búsqueda y rescate. El terreno sigue inestable y hay peligro de más deslizamientos.

A lo lejos, bomberos y policías remueven la tierra con palas. Aún hay cuerpos sepultados. Nadie se ha preocupado por determinar con precisión cuántas personas vivían en los barrios Nuevo Alausí y Pilcapamba. “Si fuera familiares de ellos (de altos funcionarios), no demoraran en buscar”, se escucha un murmullo.

“Los pobres solamente importamos en épocas de elecciones políticas, allí se acuerdan de nosotros”, dice con resignación Virgilio Caco, presidente del barrio Nuevo Alausí, lugar que quedó bajo tierra la noche del domingo 26 de marzo.

Él corrió con suerte, se quedó hasta más tarde en la Casa Barrial en una reunión con los vecinos. A las siete de la noche, dos horas antes de la tragedia, sus hijos se fueron a la casa de un amigo.

Dos días antes del derrumbe, Virgilio subió hasta la punta de la montaña, acompañado de su amigo que trabaja en la radio de Tixán, para documentar el hecho.

“Arriba, donde don Fausto, era el salón. Entramos allí, pero parecía que pisábamos en una poma de agua”, apunta con mano trémula hacia el deslave. Disimula con torpeza una lágrima que recorre su mejilla izquierda. Le sigue otra. Y otra. Son lágrimas necias. Está un poco incómodo, se queda en silencio por unos segundos, acomoda su gorra roja con el logo de la UFC, mira a sus vecinos y sigue: “Yo no miento, yo digo la realidad, he vivido aquí 24 años aquí”, afianza.

Cuando bajó de la montaña avisó a sus vecinos, pero ellos confiaron más en el criterio de los técnicos municipales.

“Dijeron: nosotros les avisaremos cuando estén realmente en peligro, por eso el ingeniero que estaba aquí se fue, porque yo estoy avisando la verdad”, sentencia, enfadado, el dirigente barrial. Sus vecinos asienten con la cabeza y apoyan el comentario de Virgilio, quien pidió vacaciones de su trabajo en el Municipio de Alausí para vigilar las tareas de búsqueda y rescate.

Perdió su casa en 45 segundos. El esfuerzo de tantos años de trabajo está enterrado junto con otras 70 viviendas y almas. Agradece a Dios que su familia está a salvo y pide compasión y apoyo para sus vecinos.

Aunque los ecuatorianos se volcaron en donarles alimentos, enseres domésticos y dinero, poca ayuda les llegó. En Alausí hay muchas bodegas que albergan las donaciones, sin embargo, los afectados no tienen acceso a ellas.

Virgilio consiguió a los ocho días de la tragedia un ticket de alimentos del Municipio, por el cual tuvo que invertir mediodía en hacer trámites. No se queja, está acostumbrado a la burocracia de las instituciones públicas.

Ante la falta de transparencia de las autoridades, los afectados han decidido guardar, como su bien más preciado, “los poquitos regalitos” en una bodega. Es lo único que les ayudará a sobrevivir más adelante, han perdido la fe en el alcalde saliente, quien no quiere hablar con los periodistas.

Se llama Rodrigo Rea. Buscamos su testimonio, pero el esfuerzo fue en vano. Encerrado en su oficina del segundo piso del Municipio, teme a la furia de su pueblo. Se lo responsabiliza por la muerte de 36 personas. Y por todas las almas que aún están sepultadas por la ignorancia, irresponsabilidad e inoperancia oficial.

Ahora, los vecinos depositan su esperanza en el alcalde entrante, Remigio Roldán. Necesitan una solución habitacional urgente, no pueden dormir en albergues por demasiado tiempo.

Aunque la palabra “dormir” es sinónimo de “descansar”, quienes perdieron a sus familiares no pueden conciliar el sueño hasta que los cuerpos asomen bajo la caprichosa tierra. Estiman que la profundidad del deslave puede ser unos siete metros.

Las prendas de vestir encontradas por las palas de los bomberos son un estímulo para los vecinos. ¿Esperanza o resignación? La fe los acompaña, esperan un milagro y piden fervientemente a San Pedro, su patrono, que esos cuerpos estén vivos, que haya un poco de oxígeno donde están enterrados.

Alex Quito, de 27 años, no encuentra a su hijo de ocho años y a la familia de su esposa: siete personas. “Siento impotencia y una gran tristeza”, dice mientras dirige su mirada al suelo, reclamando a la tierra por arrebatarle a su familia. Quiere los cuerpos para sepultarlos y tener unas tumbas donde ir a llorar. Rechaza que las autoridades declaren como camposanto al lugar. Esta no es opción válida para ninguno de los vecinos que sufren en silencio su desgracia.

Carmen Quiroz perdió a sus sobrinos, una niña de cuatro años y un niño de nueve, que recién empezaban a vivir. Su hermano, el papá de los niños, se fue a Estados Unidos para darles una mejor vida, pero el destino fue cruel. La montaña ahora es su enemiga, esa montaña que venía avisando desde hace cuatro meses de un posible peligro y que sepultó sus sueños. Carmen no deja de mirar hacia arriba mientras recuerda a sus sobrinos. Allí, en el fondo de la oscuridad de la tierra, están varios de sus conocidos. “Si las autoridades nos hubiesen prestado más atención… Decían que somos alarmistas, que había otras prioridades…”, solloza la vecina. La tristeza no le permite probar bocado desde hace algunos días.

Manuela Quiroz vivía también en el barrio Nuevo Alausí. Da gracias a su “Papito Dios” porque el día de la tragedia llegó a casa antes de lo normal. Se dedica a la venta de frutas tropicales en la feria de Alausí. Descansó un poquito en su hogar y decidió hacer la merienda para sus perritos, pero no encontró los fósforos para encender la cocina. Salió a buscarlos y escuchó un ruido muy fuerte, “como un tanque de gas que reventó” y, en la oscuridad de la noche, vio que algo negro corría hacia ella. “¡Ya bajó el derrumbo, ya bajó el derrumbo!”, alcanzó a gritar, pero “mi cuñada Melanie Ruiz con sus dos hijos y los papás se quedaron allí”. Jacob, el perro de su sobrina, estuvo buscándolos varios días entre los escombros.

“Me quedé sola, mi sufrimiento es tan grande”, lamenta la mujer. Pudo rescatar algunos de sus enseres, días después, y los llevó a una bodega del Municipio. Allí, en La Casona, desaparecieron tres tanques de gas. Su casa no tenía escrituras, fue una herencia de su papá: “Me quedé en la calle, sin casa y sin familia”. Solo pide los cuerpos de sus familiares, es lo que más necesita en este momento. “Luego, si tienen buen corazón apoyarán con algo; trabajaré hasta donde pueda, siempre lo he hecho”, añade y comenta que no ha recibido ayuda. Agradece a la gente solidaria que ha llegado al pueblo para prepararle un plato de comida caliente. Coincide con las demás personas que las ayudas no llegan a los afectados. No sabe qué hará el día de mañana, hoy solo quiere encontrar los cuerpos. Mientras vigila las tareas de rescate, un vecino le cuenta que vinieron unas personas para regalar cocinetas de gas. La mujer no lo escucha, sigue con su mirada perdida. ¿De qué le sirve en este momento una cocineta de gas?

Exige a los militares y a los policías que la dejen pasar la barrera que la separa del deslave para recuperar las prendas halladas en los escombros. Quiere quemarlas como ritual de descanso eterno. Siquiera eso…

Hay 170 policías, militares y bomberos, según indica el coordinador zonal 3 de la Secretaría Gestión de Riesgos, Julián Cutumbi, desplegados en la tarea de búsqueda y rescate. Agotados, psicológicamente afectados como la gente de Alausí, intentan cumplir un difícil encargo: rescatar con vida. Los acompaña Rex, un pastor alemán. Mira a sus colegas humanos mientras comen en dos minutos su tarrina de arroz y estofado de cerdo con papas, preparado por los cocineros del restaurante Tiffozzi. No pueden perder el tiempo. Se alimentan y vuelven a la zona cero.

El restaurante Tiffozzi tiene locales en Cuenca y Azogues. Sus dueños decidieron lanzar la campaña “Juntos por Alausí”: bajaron el costo de su comida al 50 por ciento para que la gente pueda comprar con el otro 50 por ciento víveres para los afectados de Alausí. Montaron su carpa cerca de la zona cero y prepararon comida caliente, durante un día, para 400 personas.

Las tragedias, que cada cierto tiempo ponen a prueba al ser humano, se pueden evitar. Según la memoria histórica de los ciudadanos de Alausí, en 1985 pasó un evento similar, muy cerca de ese lugar. Hay que exigir a las autoridades protección, evitar que haya sacrificio humano. Y ser conscientes que Ecuador está situado en una zona geográfica muy expuesta a desastres naturales.

El científico alemán Alexander Von Humboldt decía: “Los ecuatorianos son seres raros y únicos. Duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste”.

Cuando nos retiramos del lugar nos vamos pensando en que las almas de las personas enterradas vivas en Alausí descansen en paz, pero no olvidaremos la indolencia de sus autoridades.

Que no haya sido en vano este injusto sacrificio humano.

________________________________

*Mihaela Ionela Badin es periodista, antropóloga y comunicadora política. Graduada en Periodismo por la Universidad de Zaragoza y magíster en Antropología de lo Contemporáneo por la misma universidad española. Vive en Cuenca, donde realiza diversas actividades relacionadas con sus profesiones.

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Comments (2)

  1. Darwin Arturo Espinoza Aguilar

    20 Abr 2023

    Mientras viajaba sentí ansiedad, cuando llegué pude observar a mucha gente desorientada y con mucha rabia en su mirada. Cuando regresaba tenía ganas de entregar en donación lo poco que tenía; pero pude evidenciar cómo unos carros lujosos se llevaban los colchones y más donaciones… no es justo que se hagan de la visita gorda en tremenda tragedia. Alausí necesitó ser escuchado.

  2. Nidia Callegari

    23 Abr 2023

    Te felicito. Pero, dado que este escrito puede ser leído en cualquier parte del mundo, en mi caso Colombia, me hubiera gustado una contextualización espacial del sitio al que haces referencia… Para las próximas….

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