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El pueblo de Nerriga  y los enigmas de la Australia profunda. Por María Dolores Cabrera

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Por María Dolores Cabrera, desde Australia*

Primer día del año 2023. Jornada destinada a pasar en una de las hermosas playas de Australia. Mi familia y yo avanzamos por la carretera que nos llevará a la Bahía Jervis. Se nos antoja un café y esperamos encontrar en el camino, un sitio apropiado para tomarlo. De pronto, y como una respuesta mística a nuestro requerimiento, aparece un caserío. Un aviso que interrumpe un costado de la carretera y en el que se lee con letras grandes y rojas: PUB OPEN. Nos invita a detenemos.

Estamos en Nerriga, un pueblo muy pequeño de la Australia profunda, situado en las mesetas de Nueva Gales del Sur, en la carretera Braidwood-Nowra, entre Canberra y Jervis Bay. Mi hermano, quien conduce el carro, comenta que en el censo de 2016, Nerriga tenía apenas 72 habitantes. Me sorprendo. Australia es un país en el que hay muchas cosas para sorprenderse.

Es una población que fue víctima de terribles y devastadores incendios forestales que azotaron la zona sur de Australia en 2019 y 2020. Hasta la fecha se puede ver en los bosques de la ruta, muchos troncos quemados, negros, asolados, como si nos mostraran callados, consternados y sin necesidad de palabras, todo el dolor que causó aquella tragedia. Leños y cortezas carbonizadas, sostenidas sobre raíces que aún vivas bajo la tierra, son la muestra del lamento de una flora y de una fauna inocente, azotada por la tortura injusta del fuego inclemente y arrasador. Nerriga es un pueblo sobreviviente, que se mantiene erguido a pesar de las pérdidas y la devastación que sufrió con los incendios.

Nos llama la atención un dispensador de gasolina deteriorado, maltratado por el paso de los años y quizás por las infernales llamas que arruinaron la zona, pocos años atrás. Nos envuelve la incertidumbre y la curiosidad por saber si un artefacto tan destartalado estará aún en uso o ya no. La lata exterior roja, despintada y hundida. Golpeada como todo lo que daña el paso del tiempo. Con manchas amarillas por el estropeo de la corrosión. En ninguno de los dos indicadores, se puede distinguir números o letras o el valor del combustible, apenas en la parte superior se lee: Unleaded y Diesel. Notas precarias que parecen haber sido escritas a mano.

Hace un poco de calor. Nos llama la atención una edificación pequeña de tablas blancas, gruesas. Parece una iglesia por la pequeña cruz que tiene en la parte superior y en el frente una puerta que aparenta un cuarto diminuto adherido al templo principal. Sin ventanas. Místico, como secreto y oculto. A mí me parece enigmático y la imaginación me lleva a fantasear con algún espacio para castigos o puniciones religiosas similares a sótanos o catacumbas ancestrales. Nos acercamos con el vehículo para tratar de ver lo que dice en una rotulación de color celeste y leemos: The church of The good shepherd (La iglesia del Buen Pastor) Nerriga. Nos parece única, una reliquia, en realidad, atávica y dogmática, y la fotografiamos.

Avanzamos con lentitud y  de pronto tenemos en frente una casa un poco más grande pero con las mismas características de tablones blancos. Sin embargo, es más larga. En la fachada hay dos ventanas muy básicas, elementales, con cortinas antiguas por detrás. Una puerta frontal que parece sellada, impenetrable y, sobre esta,  un rótulo azul en el que se lee: Nerriga Progress & Sporting. Associaton Inc. Community Hall. (Nerriga Progreso y Asociación deportiva Inc. Salón comunitario). Al costado, tres ventanas idénticas a las anteriores y una puerta lateral más angosta que la principal. Un manojo de nubes grises, parecen permanecer sobre esa edificación que nos alucina con la idea de haber sido abandonada por asuntos funestos, macabros. Tomamos fotos desde todos los ángulos.

Enfrente, una casa de ladrillo más grande, con ventanas verticales en la pared principal y en las de los costados. Una cruz negra pintada sobre la fachada frontal. Arcana y envuelta de misterio.

En el lado izquierdo, quizás la edificación más grande de la población. Es una construcción alargada, con paredes de tablones rojizos, de una sola planta, una rotulación de forma esférica en la que dice: Carlton Draught Nerriga Hotel 1622. Otra con el mismo contenido, pero más actual, en blanco y rojo y sujeta sobre el techo de láminas metálicas. Junto a ésta, la bandera de Australia que flamea agitada. Cerca de la puerta de entrada hay una silla vieja y deteriorada, despintada, con manchas azules y amarillas, despostillada. Un poco más allá, gruesas bancas con mesas anchas de madera; se nota que éstas han sido construidas en una época reciente. Un hombre de mediana edad, sentado con una seriedad hermética en el rostro, sostiene el collar de un enorme perro marrón que parece inerte. El parqueadero frente al hotel con el espacio apropiado para que los carros se estacionen de frente.

Decidimos ir por nuestro café y parqueamos. Descendemos del auto y entramos. Nos invade la súbita sensación de haber viajado en el tiempo, de haber ingresado, de repente, al escenario lóbrego de un filme de años pasados. Es como si estuviéramos siendo grabados en el rodaje de una cinta antigua. Remota. Con decoración anticuada y vetusta. Un olor a rancio cruza lento por el aire. Nos miramos unos a otros con sospecha, con cierto temor por un ambiente de épocas pasadas. Un hombre de la tercera edad, alto y de contextura gruesa, de pelo blanco y recóndita mirada, nos observa fijamente. Parece reconocer, con desconfianza, que somos extranjeros. No habla. No pregunta si deseamos algo, nos mira en silencio desde el bar cerrado y alto. Nosotros, al ver una gran cafetera sobre el mesón, recordamos que venimos por un café.

Mi cuñada, mi sobrina y yo nos sentamos recelosas en las sillas de una de las mesas y mi hermano se acerca a la barra por los cafés. La pronunciación del inglés australiano es distinta y muy propia de este país. El hombre asiente con la cabeza al pedido de los cafés y los prepara sigiloso. No sé qué ávidas ideas pasaran por su mente acerca de nosotros, qué impertinentes e inicuos pensamientos se desatarán en su cabeza por nuestra presencia.

Alrededor, todo parece hosco, como si estuviéramos en medio de esos peligros amenazantes de las películas de misterio donde, de manera sorpresiva, sucede algo aterrador. Yo percibo un escalofrío mientras huelo a leña rancia, a tierra malograda, a humedad. Me percato de una chimenea de ladrillos que está al extremo del lugar; sobre esta hay una repulsiva cabeza de venado embalsamado con ojos huecos como pávidas cavernas. Cuernos irregulares. Cabeza deforme de un ente maligno y desfigurado. Me sacude el estertor de un miedo apocalíptico. La cabeza del animal está en posición agachada y mira fijo, con sus diabólicos ojos vacíos, una foto antigua en blanco y negro del Hotel Nerriga.

Al lado izquierdo, una repisa con libros antiguos que esperan ser desempolvados por algún curioso para revivir historias, quizás de muerte, tal vez de crímenes horrendos, de torturas oscuras, perversas. Y sobre las paredes azules, una decoración extraña con hachas primitivas, serruchos y martillos rústicos. A un costado, fotografías remotas de pequeñas y lúgubres viviendas del pueblo. Junto a todo esto, un mapa antiguo de Sur de Australia.

Volteo mi cabeza y, frente a nosotros, hay un gran mural que representa la escena de trece hombres en un bar, casi todos descalzos y con rostros medrosos. Un barril de vino, seres que brindan y beben con jarros. A dos les falta un ojo. Asocio con la última cena de los doce apóstoles pero con abismales diferencias, pues estas imágenes son tenebrosas.

Mi hermano nos sirve los cafés que ha traído desde el bar. Las mesas son de tabla y las sillas celestes combinadas con metal blanco. El extraño y desagradable aroma parece perpetuo. En la pared, cerca del lienzo, vemos borrosas fotografías de personas de otros siglos. Quizás de ancestros de los pobladores cuyos espíritus merodean por el lugar, todas enmarcadas con delgadas molduras de madera y cada una con un vidrio protector.

Comentamos sobre las sensaciones que nos produce el ambiente de un espacio dentro de Australia que pareciera que ha parado su avance en el tiempo. Hablamos en voz muy baja, con recelo de ser escuchados a pesar de hacerlo en español. Terminamos los cafés y decidimos que debemos continuar nuestro camino.

Al acercarnos a la puerta de salida, me asusta encontrar una siniestra figura similar a un tótem tallado en un pedazo de tronco milenario: sin piernas, con cuatro dedos en cada pie, parado sobre otro tronco sin esculpir. Ojos azules, demoníacos. Descomunal boca amarilla, dientes prominentes y grandes que ocupan la mitad de la circunferencia de la cara. La nariz negra, similar a la de un perro. Cejas muy gruesas, grises. Los pechos y el vientre tallado con un matiz más claro. Figura intimidante que obliga a tragar saliva al sentir la cercanía del más allá.

No puedo salir sin antes mirar con atención dos fotografías muy grandes. La una, dos humanos sobre una especie de andamio, trabajando con palas en la limpieza de enormes troncos de árboles gigantes en bosques australianos. La otra imagen parece ser una carreta de arado con muchos bueyes en medio de frondosos árboles en blanco y negro.

Después de un “gracias” en inglés, salimos. El aire de afuera nos devuelve la confianza. Sin embargo, las viviendas e iglesias que vimos al principio nos parecen ahora el doble de enigmáticas y mustias.

Seguimos nuestro camino y luego de un alegre y motivador día de año nuevo en una playa de arena blanca frente a un mar de aguas turquesas y transparentes, regresamos en la noche por la misma ruta. Pasamos de nuevo por Nerriga con una curiosa aprensión. Todo está en tinieblas, sombrío y tétrico. Vacío. Ha desaparecido la luz y el más mínimo vestigio de cualquier sonido. Parece que se ha extinguido la gente, la vida… Se asemeja a un pueblo fantasma donde las almas se evaporan en la oscuridad hacia dimensiones lejanas y ajenas a nuestra presencia. Como si ya no existiera.

Pero ahí está y estará el pequeño pueblo de Nerriga con sus pocos habitantes. Real y en pie. Infinito en el antes y en el después. Resiliente. Camino a la playa. Camino a Canberra.

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*María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Ha publicado tres novelas y tres libros de cuentos: Más allá de la piel (1998), De nuevo tus ojos (2010), Te regalo mi cordura (2012), Cuando duermen los jilgueros (2016, España), Pinceladas (2018), Siempre de Azul, cuentos escritos en Pandemia (2021). Estudió Psicología Clínica en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Integró el taller de escritura con el escritor Abdón Ubidia e hizo el diplomado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de los Hemisferios. Ha realizado cursos abiertos de literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar, taller de literatura con el escritor mexicano Alberto Chimal y taller de crónica en loscronistas.net con el escritor Rubén Darío Buitrón.

*La fotografía es una imagen referencial de un bar de Australia.

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