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Por Rubén Darío Buitrón*
@RubnDaroBuitrn2

A finales de 1985 desembarcó en París un joven de 23 años. Era Alfredo Noriega Fernández, quiteño, escritor, teatrero. En ese momento, ese joven sólo era nada más que otro ecuatoriano en Francia.

Nada más, porque a eso se había dedicado durante los últimos años que vivió en su ciudad. Pero fue feliz haciéndolo. Estuvo tres años y medio en el taller de creación literaria del escritor y maestro Miguel Donoso Pareja, formó parte de un grupo teatral llamado, sencillamente, “El Teatro” e integró “lapequeñalulupa”, un grupo de jóvenes escritores, la mayoría salidos del taller de Donoso.

Esa era su vida cotidiana. Una vida que lo colmaba, lo llenaba. Pero un día algo cambió. Decisiones súbitas donde se mezclaron el amor, la urgencia, la curiosidad, la idea de atravesar los límites, las ilusiones de soñar bajo otros cielos.

Para hacerlo pesaron mucho varios factores humanos, los afectos imprescindibles: su hermano, Ramiro, ya se hallaba en Francia estudiando literatura en una de las universidades de La Sorbona. También estaba allí su madre, la activista Esthela Fernández.

Muchos años después -como diría García Márquez en Cien Años de Soledad-, Alfredo tiene 60, usa lentes, ha perdido casi todo su cabello rizado de los años mozos, trabaja en París, vive con su nueva familia en la pequeña Cardiff, una ciudad costera, en Gales, y no ha dejado -eso sí- su particular forma de hablar en quiteño.

¿Cómo hace para vivir en un país y trabajar en otro? Entre las dos ciudades donde vive y trabaja son siete horas y media en tren. Pero en Europa hay mucha gente que transcurre su existencia de esa manera: con las fronteras abiertas, el transporte masivo seguro y eficiente y la cercanía limítrofe entre un país y otro, es natural que alguien divida su semana entre trabajar cuatro días en un lugar y vivir tres días con su familia en otro.

Y así, el Alfredo Noriega de hoy es novelista y acaba de publicar, en español, su nuevo libro de ficción: la novela «El australiano y yo», con el sello de la editorial Cactus Pink.

Nos enlazamos por zoom entre Cardiff y Quito. Allá son las siete de la noche y acá las dos de la tarde. Se lo ve en una casa cómoda, bonita, cerca del mar. Y así armamos, como un juego de rompecabezas, un poco de la vida de un escritor humano, sencillo, común, sin poses intelectuales, sin actitudes de superioridad, sin alardes de ningún tipo.

Él fue así, siempre. Lo recuerdo cuando compartimos el inolvidable e histórico espacio en el taller de Donoso Pareja, entre 1981 y 1985, los fines de semana, en el segundo piso de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Conversamos un buen rato sobre aquel maestro, riguroso y al mismo tiempo paterno, que no solamente nos enseñó a escribir, sino que nos dio la luz que necesitábamos para tener el miedo y la certeza de que sin literatura no podríamos asumir ni entender el sentido de los años que se nos venían.

Lo observo rodeado de libros. Vestido de manera informal, como siempre. Con la mirada limpia y la sonrisa acogedora y generosa. Le gusta cocinar y tanto es así que en medio de nuestra conversación se da modos para pedir a su esposa, Nia Lewis, que lo ayude a ver la lasaña que dejó preparada en la cocina, para que no se queme.

Nia trabajó en la diplomacia. Hasta hace cinco años era funcionaria internacional en Bruselas (Bélgica).  Con ella tiene un hijo, Ioan, de 12 años, a quien en las fotografías se lo ve como un niño cuyo rostro tiene mucho más de la mamá que del papá.

Años atrás estuvo casado con María Villacís, guayaquileña, y tuvo dos hijos: Samuel (hoy de 33) y Julian, que falleció en 2011. Hace 20 años se divorció de María, con quien mantiene una relación de respeto y amistad.

Retrocedemos en el tiempo y volvemos al joven que llegó a París sin conocer nada o casi nada del idioma francés. “Y cuando no hablas el idioma tienes todas las puertas cerradas”, dice al recordar el cambio brutal que significó dejar Quito y llegar al corazón de Europa.

Cada día era una urgencia. Cada día era la lucha por sobrevivir. La memoria, en estos casos, no es frágil. Los recuerdos siguen latiendo: “Quizás por eso empecé a perder el pelo -ríe un poco, pero se transforma de inmediato-. Era matar o morir, porque la vida se volvió un ejercicio complejo”.

Los primeros meses vivió de lo que sabía hacer: ficción y teatro. Así se convirtió en un migrante que presentaba obras de títeres dentro de los vagones del metro de París.

Lograba recoger, cuando el día estaba fecundo, alrededor de unos 100 francos. Era un extranjero pobre que no conocía los códigos culturales ni cómo funcionaba la sociedad. Era un nadie, un invisible.

Pero todo empezó a mejorar con el aprendizaje del idioma. Fue una experiencia que le permitió entender la importancia del lenguaje, la esencialidad de la palabra. “Es súper jodido lo del idioma”, recuerda: “Te desclasa y te desplaza”.

Con el paso de los años y con la madurez de haber llegado al sexto piso (en referencia a la edad), se asume como una identidad en movimiento. Es francés/ecuatoriano/galés. Pero no ha cambiado de nacionalidad y toda su literatura está escrita en español.

Ve a Francia como un país incluyente en su relación con los migrantes y afirma, sin dudarlo, que Francia es el país de los derechos humanos (no siempre -puntualiza-, pero puedo afirmar que es así).

Pasados los primeros años la situación personal y familiar fue cambiando. Obtuvo su licenciatura en Lingüística y es profesor de planta en la Escuela Superior de Comercio de París, donde dicta clases de español. Su rutina semanal se compone de dos instancias: cuatro días en Cadiff y tres días en París.

Tiene claro que la literatura no da de comer (la legendaria advertencia familiar cuando empieza a emerger la vocación de escribir), pero es lo que ama y lo que lo define. Comprende que en el entorno en que se mueve hay una ventaja respecto a América Latina: Francia es un país que lee mucho y que escribe muchísimo.

¿Por qué no estudió Literatura, entonces? Su respuesta es rápida y contundente: “No todos somos Umberto Eco. Para escribir no necesitas ser académico ni profesor de Letras. Yo leo porque me gusta leer y escribo porque es esencial en mi vida. Conozco mucha gente que escribe bien, muy bien, y no ha pasado por esas instancias universitarias. Acá tienes muy buena literatura hecha por médicos, abogados, antropólogos, policías y autodidactas”.

Su cotidianidad está marcada por tres ejes: el trabajo como profesor, el amor y dedicación a su familia y la pasión por la literatura.

Experimenta cada día la condición jodida de ser escritor, pero no se hace a un lado ni se deja vencer. Es disciplinado. Escribe en la computadora o a mano, donde sea. Y lee, siempre.

Sin embargo, no se considera un escritor robot, de aquellos que todos los días hacen exactamente lo mismo, en horarios estrictos y con una vida casi monástica.

¿Reglas para ser un escritor? No existen. “Lo único que existe es lo que haces a tu manera. Por ejemplo, escribir sin estar escribiendo sino pensando, elaborando, reflexionando mientras vas en el metro o en la bicicleta o en el avión. Escribir es toda la energía que eres capaz de volcar, toda la energía que le pones al texto. Escribir es lo que decía el gran
futbolista francés Eric Cantoná: Mi mejor gol fue un pase”.

Y en ese contexto -reflexiona- hay otro ingrediente clave: ir aceptando tu propia condición humana, ir asumiendo que eres lo que eres, ni más ni menos, siempre con el objetivo de querer ir más lejos, pero un más lejos personal, no idealizado.

Así ha publicado diez libros. Dos de poemas, dos de cuentos y seis novelas, una de ellas llevada al cine, con éxito, por el director ecuatoriano Víctor Arregui: “Cuando me toque a mí”.

A propósito de eso, hablamos de su visión acerca del país natal y su nuevo libro, ligado, se quiera o no, a la situación política del Ecuador, pues la novela es una ficción basada en los siete años que permaneció el legendario Julian Assange dentro de la embajada de nuestro país. De esta novela también saldrá una película, cuyo guion ya lo está trabajando el cineasta ecuatoriano Aylocha Saari.

Una ficción sobre los entretelones indirectos de un país que también parece de ficción. “Ecuador es complicadísimo -lo dice despacio, como pensando bien lo que está diciendo-. Pero cada vez me agrede menos lo que sucede allá, aunque siempre duele. Lo veo como una sociedad donde el poder es hiperconservador y estático. Así es difícil creer que las cosas vayan a cambiar, al menos no en lo inmediato”.

¿Hace política con su literatura? ¿La novela donde habla de Assange es ideológica? “Para nada -responde con velocidad mental-. Los ritmos de la literatura no son los ritmos de la política o de la ideología o de la militancia. Soy un hombre de izquierda, pero la literatura, para ser literatura de la buena, no debe estar al servicio de ninguna ideología ni de ningún partido ni de ningún líder. Eso lo tengo muy claro”.

Alfredo Noriega es un hombre de desembarcos. Y pronto lo hará en su ciudad, Quito, para abrazar, al menos por un tiempo pequeño, sus nostalgias de niño y adolescente.

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*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es cronista y poeta. Premio Nacional de Periodismo. Autor y coautor de 12 libros. Su obra más reciente es la colección de poemas «Leve es la vida que nos queda» (2022). Es director-fundador del portal digital loscronistas.net y dirige los programas de radio y streaming «La Otra Mirada» y «Los Cronistas», que se difunden al mundo por la señal intercontinental de srradio.com.ec. Escribe en la revista digital Plan V y es asesor cultural en Librería Española.

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