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Ensayo sobre la vejez. Una crónica de Nancy Carrillo

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Qué duro es aceptar que un día fuimos omnipresentes, ejes de decisiones y dueñas de la casta y el linaje. Ahora pasamos de guiar a ser guiadas, y no porque necesitemos manos generosas u hombros fuertes, sino porque el mundo nos dejó rezagadas, confundidas en el vértigo de los avances científicos, la incierta tecnología, la política que descuida el bien común, la moral inmoral y la resentida naturaleza que nos castiga.  Apenas estamos en los años setenta de una vida más bien privilegiada, pero con desafíos cotidianos.

Por Nancy Carrillo*

La lluvia amenazante no cambia mi plan, caminamos con mis amigas por el chaquiñán, dejamos el carro en un centro comercial, cruzamos el puente y allí está la ruta. La consigna es caminar una hora, tomar un helado y regresar, suficiente para iniciarnos en el deporte. Esta vez observo con avidez este lugar que no es desconocido.

A la vera del camino, tapiales muy altos guardan casas maravillosas. Los portones de ingreso hablan de fortalezas prohibidas para los que no viven allí, carros de altísima gama se dejan ver en determinados tramos que comparten el chaquiñán con las vías de acceso.

El camino es para todos, aunque se nota la diferencia entre los deportistas del lugar, descuidadamente elegantes, en bicicletas modernas con costosas adiciones, mujeres de inadvertida delicadeza al vestir, seres seguros y sin preocupaciones que abandonan los fines de semana sus gimnasios para caminar y pasear a sus mascotas, también de noble ascendencia, y esos otros caminantes relajados y sencillos empujando carritos de los hijos, corriendo tras las bicicletas de los aprendices. Nadie saluda, todos pasan cumpliendo con esmero la tarea.

A lo largo del sendero hay matorrales, hierbajos, algunas viviendas como manchas que desentonan con las que están a los lados de la ruta. Algunos lugareños colocan sus ventas de helados, golosinas y refrescos para ganar discretos dólares que sostienen su subsistencia. Los rótulos señalan la ubicación y los kilómetros, asientos en sitios precisos para descansar y observar el paisaje.

La conversación divertida, chismosa, llena de añoranzas, aligera el paseo, hora y media de ir, descansamos en una humilde heladería y empezamos el retorno. La conversación se detiene en algunos tramos y pienso en nuestra existencia entre dadivosa y egoísta, sin prisas ni temores. Todas sufrimos en algún momento, pero ahora disfrutamos de la experiencia, de la familia, sosteniendo los años para que la vejez se detenga.

Decidimos comer en un sitio popular. Allí se vende comida típica, inconveniente para nuestra dieta, pero generosa en sabor y en color. Escogemos una mesa, hay mucha gente, padres que entran con los hijos de la mano, algunos traviesos intentan burlar la custodia, la sombra del peligro o del secuestro mantiene vigilantes a los padres para prevenir los riesgos; otros arrastran a sus padres envejecidos, antaño hermosos y atléticos ahora envueltos de miedo, desconfianza, de respiración y corazón arrítmico, apretados a los hijos, lentos y torpes caminan sin protestar.

Terrible momento para reflexionar sobre la cercana vejez, los niños de cristal dirían que ya estamos en ella, aunque nosotras nos sintamos jóvenes y atléticas, el mundo empezó  solapadamente a recordarnos la tercera edad, frustrando nuestros olvidados designios, no sé si ellos o nosotras empezamos con la etapa invisible, aunque son numerosos los ejemplos sobre damas maduras que figuran en el mundo del arte, la política y la moda, bendecidas por la suerte y las circunstancias siguen vigentes, bellezas de quirófano, triunfadoras de la alta sociedad.

Pero están la otras, las adosadas a los hijos, las mujeres rotas por la vida, las luchadoras de la sobrevivencia, las que no conocen los libros ni los ardides para lucir más jóvenes, las que el sol y el viento se instalaron en sus ojos, en sus mejillas, en su frente, de movimientos desentonados y piernas destempladas con un sino maldito sobre sus cabezas.

Para todos es inevitable la vejez, los sesenta y los setenta avanzan inclaudicables, no se detienen, hasta que llegue la muerte liberadora de arrugas, enfermedades e ingratitudes. La vida fue y es un juego de cartas, hay que aprender a combinarlas para jugar hasta el fin, aunque cada vez ganar sea más esquivo.

He jugado mis cartas con mis hermanas y con mis amigas, todas manejaron la vida y los sueños de distinta manera. Algunas, con la avaricia del que puede perder todo lo que posee, pusieron freno a sus ilusiones y energías; otras, esforzadas, se rieron de los peligros, la soledad y la tradición y se lanzaron a la competencia y al mundo hostil del desafío. Una de ellas es Guadalupe, que sigue imparable con objetivos y cosas por hacer, tiene una nueva meta que surgió a los cuarenta, escuchó sus propios reproches, lamentos y porqués y guardó su corazón en un cofre silencioso, ya no quiere desempolvarlo, expulsó al amor de pareja como quien retira al traidor de la contienda, ya no es el incómodo comodín de una partida mal jugada.

Es muy fácil reconocer en los rasgos de mis amigas y de mis hermanas, la psicología y la vida que fueron construyendo y los sentimientos que priman en ellas. Elsa: radiante, espontánea, ríe con el altavoz, la serenidad y la alegría que la mantuvieron venciendo el azote de fuertes tempestades. La sensata María Elena: tierna y real, fortalecida por la fe y los momentos difíciles. Rosita: un canto al esfuerzo y a la valentía, nada de amores, prefirió a los gatos. Graciela: la del buen consejo, la que demuestra su amor en cada exquisitez que cocina, generosa en hechos y palabras. Luisa se ha negado a pintar sus canas, aunque el deporte la mantiene de veinte años, con sabrosas anécdotas nos mantiene al día en acontecimientos importantes.  Son innumerables las mujeres que podría describir, todas ellas construyeron su vida y su rostro.

Y mis hermanas… Dos de ellas parecen gemelas, son impredecibles como el clima de Quito. Unas veces cálidas y amorosas, te dejan sentir que eres parte importante de sus vidas; otras veces, retraídas, frías,  realistas, crudas en sus apreciaciones, poco soñadoras. Las profesiones que escogieron colaboran con su visión de la vida, han debido batallar con la enfermedad de cada uno de sus pacientes, han vivido con el sufrimiento  y la soledad de los enfermos, y entiendo que no es lo mismo ser la primera hija, la que luego se convierte en hija y amiga, que ser la quinta o la sexta. No es igual leer poesía a correr tratando de aliviar el dolor de hombres, mujeres y niños, han peleado con la miseria humana y no siempre han podido derrotar a la muerte. Eso marca de sutil manera la existencia, pero no ha terminado con su ternura, con el entrañable cariño que profesan a los suyos.

Mi última hermana es la dueña de mi corazón, hay diferencia de edades entre ella y yo, pero eso no ha impedido cierta complicidad en nuestra relación: es generosa, universal, pensadora, perdona con facilidad, aconseja con oportunidad, de nada se admira y cuando la necesito está ahí, no importa que el mundo nos separe.  Igual sucede con mi hermano, me basta enviarle un mensaje e inmediatamente recibo un presente. Talvez con los años conseguiremos aumentar un poco más de detalles a nuestra faz, como le pasa a mi segunda hermana, quien no ha tratado de ocultar su edad, el paso del tiempo reflejado en su rostro, sus gestos de sabiduría y conformidad, su papel de madre y abuela abnegada, ella es la fe, la confianza y la esperanza que no muere.  Todos nuestros gestos están muy ligados a nuestra forma de ser, sentir y ahondar el incierto futuro.

Qué duro es aceptar que un día fuimos omnipresentes, ejes de decisiones y dueñas de la casta y el linaje. Ahora pasamos de guiar a ser guiadas, y no porque necesitemos manos generosas u hombros fuertes, sino porque el mundo nos dejó rezagadas, confundidas en el vértigo de los avances científicos, la incierta tecnología, la política que descuida el bien común, la moral inmoral y la resentida naturaleza que nos castiga.

Apenas estamos en los años setenta de una vida más bien privilegiada, pero con desafíos cotidianos. En nuestras manos el teléfono inteligente cumple un diez por ciento de su función. Contestar dos llamadas a la vez es tarea imposible, seguir el waise también se complica, encontrar una dirección es una odisea. Eso sí, recibimos y reenviamos mensajes especialmente los de saludos, despedidas y cumpleaños, con especial dedicación, forzamos las vértebras cervicales y pasamos horas en la chismografía digital. El primer auxilio que necesitamos es el de los lentes.

El inconsciente maltrato familiar aparece cuando se solicita ayuda para tareas más complicadas como una tabla de Excel o las aplicaciones de Google, no acabas de explicar lo que deseas y los dedos digitalizados de los hijos o los nietos ya lo han hecho, una respuesta como: ya está, se transcribe como: no tengo tiempo para explicaciones porque seguramente no lo entenderás, pero ahí lo tienes. ¡Qué bochorno! Un “no vuelvo a pedir otro favor” se graba en el corazón.

En este afán de vivir la vejez con dignidad y no solicitar ayuda, decidimos tomar clases de Excel. Un joven profesor empezó con lo básico, una exasperante charla sobre la tecnología, y pasamos a lo que solicitábamos: un ir y venir de: presiona aquí, presiona acá, mueve el mouse, reinicia, borra, lee el instructivo. Los clicks canturreaban sin ritmo ni armonía. Terminó la hora y solicitamos el precio de cada clase. La parca y contundente respuesta nos dejó lívidos: “Veamos si logran aprender para ponerles un precio”. Lectura entre líneas: no van a lograrlo, no es para ustedes, llegaron demasiado tarde.

Llorar, reír o aceptar era la actitud. Recordamos que en nuestra vida de magisterio debíamos explicar un contenido las veces que fueran necesarias, una respuesta parecida nos hubiese dejado sin sueldo.

La multifuncional computadora, para una mayoría de adultos de la tercera edad -si es parte de sus vidas- sirve para lo básico, escribir, porque alguna vez estudiaron una materia que se llamó mecanografía. Leer es mejor hacerlo en los libros, porque la luz azul acaba con la visión, pero hay que entrar a Google para solventar algunas dudas o consultar hechos novedosos u olvidados. El uso de plataformas requiere esfuerzos mentales y digitales que se dejan para los más jóvenes.

La involuntaria y amorosa manera de recordarte los años con un ¡cuidado!, dame la mano, el paquete, la cartera, acuéstate temprano, llama para saber si estás bien, dejaron de ser manifestaciones sutiles y delicadas que antes enamoraban, se vuelven obligatorias porque nadie sabe cuándo será.

La invisibilidad y el patético olvido del señorío de antaño se hace presente, a nadie la importa lo que uno ha sido: el récord académico, el liderazgo y la experiencia acumulada.

El anonimato se regocija y alcanza todos los peldaños que aún quedan por subir.

Y está, además, la vejez de los que nacieron viejos, con la amargura de las carencias, días y noches interminables para sobrevivir en la pobreza y los pocos anhelos, anónimos, olvidados e invisibles, el fin aparece temprano, la psicología de la resignación pinta sus rostros y la muerte es el sueño esperado.

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*Nancy Carrillo, quiteña, es doctora en Lenguas graduada en la Universidad Computense, de Madrid, España. También es graduada en Filosofía y Letras en la Universidad Católica de Quito. A lo largo de su carrera como maestra ha formado a innumerables generaciones de jóvenes a quienes les ha inculcado el amor por la lectura y por la escritura. 

*Fotografía tomada del diario La Izquierda.

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